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La
libertad está en marcha
Eliot Weinberger*
(Tomado de La Jornada)
ENTRE las cosas que vendrán
con el segundo período de gobierno de la camarilla
de George W. Bush está la Iniciativa de Nueva
Libertad. Se trata de una propuesta, escasamente
abordada por los medios de comunicación, para
aplicar a todos los ciudadanos estadounidenses —de
niños de escuela en adelante— una prueba
estandarizada para detectar enfermedad mental. Los
que reprueben el examen recibirán medicinas, y a los
que no se las quieran tomar se les apremiará a
implantárselas debajo de la piel. Inútil decir que
la comisión de Nueva Libertad, designada por el
presidente, está formada en su totalidad por
ejecutivos, abogados y cabilderos de las
corporaciones farmacéuticas. La pregunta es:
¿Alguien aprobará el examen? La mitad de Estados
Unidos está deschavetada, y ha vuelto loca a la otra
mitad.
El presidente declara
abiertamente que Dios habla por su conducto. Los
republicanos hacen anuncios de televisión que
presentan al actor que interpretó a Jesús en La
pasión de Cristo, de Mel Gibson, y distribuyen
folletos en los cuales advierten que si John Kerry
es electo prohibirá la Biblia. Obispos católicos han
declarado que votar por Kerry es pecado (¿mortal o
venial?) que se debe confesar antes de comulgar. El
único tema de investigación científica que el
gobierno promueve activamente es determinar si pedir
a otros que oren por uno puede curar el cáncer. (El
Instituto Nacional de Salud ha explicado que esto es
"perentorio" porque los pobres tienen acceso
limitado a la atención normal de la salud.) En la
tienda autorizada de regalos del Parque Nacional del
Gran Cañón venden un libro que declara que esta
llamada maravilla natural brotó formada por completo
en los seis días de la Creación. Ya sabemos que el
gobierno estadounidense no cree en el calentamiento
global ni en los peligros de la contaminación; ahora
sabemos que tampoco cree en la erosión.
Las encuestas son prueba de
que la nación sufre una lesión colectiva de la
cabeza. En cualquier tema dado —la economía, la
guerra en Iraq, la atención a la salud— la mayoría
de los estadounidenses percibe que la situación es
mala y que el presidente la ha manejado mal. Sin
embargo, esas mismas personas, en las mismas
encuestas, señalan que votarán por Bush. Como una
esposa golpeada —que se da cuenta de lo que pasa
pero lo niega, y encima ofrece excusas para la
conducta del marido—, los electores están gobernados
por el miedo, la intimidación y la amenaza de que lo
peor está por venir. Han sido derrotados por el
fantasma del terrorismo.
Cada pocas semanas nos
aporrean con amenazas de que es cuestión de días
para otro ataque de los terroristas. Incitados por
el Departamento de Seguridad de la Patria, millones
han comprado cinta para tuberías y láminas de
plástico con el fin de proteger sus hogares contra
ataques químicos y biológicos, y han amasado enormes
reservas de comida enlatada y agua embotellada. Para
cerciorarse de que todo el mundo en todas partes
continúe atemorizado, 10 mil agentes del FBI han
sido enviados a ciudades pequeñas para hablar con
jefes de la policía local respecto de lo que pueden
hacer para combatir el terrorismo. Después de la
masacre de Beslán, directores de escuela recibieron
cartas del Departamento de Educación con
instrucciones de que deben desconfiar de extraños.
El vicepresidente repite la cantinela de que si
Kerry es electo los terroristas harán estallar
bombas nucleares en las ciudades. (Y, para prever
todas las posibilidades, también advierte que los
terroristas podrían detonar bombas antes de la
elección con la intención de influir en los
electores... pero no vamos a permitir que les diga a
los estadounidenses por quién votar, ¿o sí?)
El miedo ha infectado hasta
las transacciones más comunes de la vida cotidiana.
No sólo a los visitantes extranjeros se les trata
como criminales, con huellas digitales, fotografías
y escrutinios de la retina. Cualquiera que entre a
cualquier anónimo edificio de oficinas debe ahora
pasar revisiones de seguridad dignas de una
audiencia con Donald Rumsfeld, jefe del Pentágono.
En los aeropuertos, el miedo a volar ha sido
reemplazado por el miedo a documentarse. Casi todos
los días escuchamos relatos de personas arrestadas o
detenidas por actividades inocuas como tomarle una
foto a un amigo en el Metro o llevar puesto un botón
de protesta contra la guerra al ir de compras a un
centro comercial. Lo peor de todo es que el país
entero se ha tragado el mito de la omnipotencia
terrorista. Ni siquiera quienes se ríen de las
alertas de colores y otros excesos del aparato
antiterrorista cuestionan la necesidad del aparato
en sí. El Departamento de Seguridad de la Patria,
después de todo, fue en principio una propuesta
demócrata rechazada por el presidente Bush.
El sentido común se ha
retirado a los monasterios de unos cuantos sitios
web. Se considera engañoso sugerir que el
terrorismo internacional no es más que una actividad
criminal realizada por un puñado de personas, que Al
Qaeda y grupos similares son el Weather Underground,
las Brigadas Rojas, la Banda Baader-Meinhof, con
técnicas más sofisticadas y armas más poderosas, que
operan en la era de los histéricos noticiarios de 24
horas en la televisión. No son un ejército. No
llevan a cabo una guerra. Son grupos minúsculos que
perpetran actos aislados de violencia.
No hay duda de que se trata
de individuos peligrosos, pero —sin minimizar el
trauma indeleble del 11 de septiembre o los bombazos
en Madrid—, el peligro que representan debe
evaluarse con alguna clase de perspectiva
desapasionada. Un ataque terrorista es un desastre
raro y repentino, el equivalente de factura humana a
un terremoto o una inundación. Más personas mueren
en Estados Unidos cada año por ahogarse con un
bocado que las que perecieron en las Torres Gemelas.
Unas 35 mil personas fallecen cada año por heridas
de arma. (Mientras Bush levanta la veda a las armas
de asalto, y tanto el mandatario republicano como
Kerry promueven la posesión de armas de fuego, un
manual capturado a Al Qaeda recomienda viajar a
Estados Unidos para comprar armas.) Alrededor de 45
mil mueren en accidentes automovilísticos, en tanto
el gobierno de Bush reduce las normas de seguridad
en vehículos para incrementar las ganancias de la
industria automotriz, que realiza grandes donaciones
a su campaña. Millones, por supuesto, fallecen por
enfermedades, y uno sólo puede imaginar qué
ocurriría si los miles de millones de dólares
gastados en inútiles burocracias elefantinas como el
Departamento de Seguridad de la Patria se hubieran
destinado a hospitales e investigación médica. Si el
objetivo en verdad fuera proteger vidas, combatir el
terrorismo sería un asunto serio para las
dependencias de policía y servicios de inteligencia,
y un pequeño proyecto para el bienestar de una
nación.
Compárese, por ejemplo, con
España. Después de los bombazos en Madrid, la
policía, en cuestión de días, detuvo a los
responsables. (Después del 11/S, Washington
detuvo a más de 5 mil personas, muchas de las cuales
siguen en la cárcel sin que hasta ahora se haya
demostrado que una sola haya tenido conexión con
cualquier forma de actividad terrorista.) No
tapizaron de bombas a Marruecos. De manera discreta
incrementan la vigilancia policiaca sin el pánico
nacional de una Alerta de Terror y con poca o
ninguna interrupción de la vida cotidiana. Y eso que
por geografía, demografía e historia (el sueño
fundamentalista de recuperar Al Andalus) existe una
probabilidad mucho mayor de otro ataque terrorista
en España que en Estados Unidos.
Pero, por supuesto, la
"guerra contra el terrorismo" en curso no se refiere
en absoluto a salvar vidas: se refiere a mantener el
poder en manos de una minúscula célula de ideólogos.
A la usanza de todas las sociedades totalitarias, la
camarilla de Bush, con unos medios masivos que la
complacen con alegría, ha exagerado hasta la locura
el poder del enemigo. Eso le ha permitido emprender
una guerra en Iraq que comenzó a planear mucho antes
del 11/S y maquinar futuras invasiones,
suspender las garantías constitucionales y desdeñar
el derecho internacional para enriquecer a sus
amigos y despreciar las opiniones de la mayor parte
del mundo. Muchos estadounidenses a quienes les
desagrada Bush votarán por él de todos modos en
noviembre porque la campaña de marketing lo
ha hecho aparecer como el decidido comandante en
jefe de "tiempos de guerra" que mantendrá "segura" a
la nación. Se ha vuelto inútil tratar de alegar que
la guerra al terror no existe, que la guerra de
verdad en Iraq nada tiene que ver con la seguridad
de los estadounidenses en su patria, y que en el
extranjero han matado o baldado a más
estadounidenses que el 11/S. Aún está por
verse qué precio pagarán el país y el mundo por esta
fantasía.
Un anónimo "alto consejero"
de Bush declaró en fecha reciente al periodista Ron
Suskind que personas como su entrevistador eran
miembros de "lo que llamamos la comunidad basada en
la realidad": los que "creen que las soluciones
surgen del estudio juicioso de la realidad
discernible". Sin embargo, explicó, "ya no es así
como el mundo funciona. Ahora somos un imperio, y
cuando actuamos creamos nuestra propia realidad. Y
mientras ustedes estudian esa realidad (...)
volveremos a actuar, creando otras nuevas
realidades, las cuales pueden estudiar también, y
así es como las cosas se acomodarán. Somos actores
de la historia, y a ustedes, todos ustedes, sólo les
quedará estudiar lo que hacemos".
Esa puede ser la definición
más clara hasta ahora de la doctrina Bush.
Indignarse por particularidades —la masacre
cotidiana en Iraq, la tortura en las prisiones, la
peor situación económica desde la Gran Depresión,
los trucos e injurias de república bananera en la
campaña electoral— es errar la cuestión. Ya no
estamos en la "realidad discernible". En el segundo
período, la única opción será hacer cola para
recibir las medicinas y gozar de la Nueva Libertad.
Como dice ahora Bush en todos sus discursos, "la
libertad está en marcha".
* Poeta
estadounidense. Vive en Nueva York. |