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Mientras peor se pone Irak,
mayores mentiras
Robert Fisk
(Toamdo de
La
Jornada
www.jornada.unam.mx)
Nos encontramos ahora en la
peor crisis desde la última crisis más grande. Así
es como manejamos la guerra en Irak, o la segunda
guerra en Irak, como lord Blair de Kut al Amara*
quiere que creamos. Los captores hacen desfilar
a los rehenes en overoles naranjas para recordarnos
Bahía de Guantánamo. Exigen la liberación de mujeres
aprisionadas por los estadunidenses. Se refieren a
Abu Ghraib. ¿Abu Ghraib? ¿Alguien se acuerda de Abu
Ghraib? ¿Recuerdan esas sucias instantáneas? Pero no
se preocupen. No es ese el Estados Unidos que el
presidente George W. Bush reconoció y, además,
estamos castigando a las manzanas podridas, ¿no?
¿Mujeres? Bueno, sólo queda
un par de damas por allí, y se trata de la doctora
Germen y la doctora Antrax. Pero los
árabes no olvidan con tanta facilidad. Fue una
libanesa, Samia Melki, la primera en entender la
verdadera semántica que tuvieron esas fotografías de
Abu Ghraib para el mundo ára-be. El iraquí desnudo,
con el cuerpo embarrado de excremento, de espaldas a
la cámara fotográfica con los brazos extendidos
frente a ese estadunidense rubio que sujetaba un
palo con ademán de macho, poseía "todo el drama y
los colores contrastantes de un cuadro de Caravaggio",
escribió ella en Counterpunch.
Lo mejor del arte barroco
invita al espectador a ser parte de la obra.
"Obligado a caminar en línea recta con las piernas
cruzadas, con el torso ligeramente ladeado y los
brazos extendidos para no perder el equilibrio, el
cuerpo fornido del prisionero iraquí, acentuado por
el excremento y la escasa luz, se extiende como un
crucifijo. Exudando una dignidad negada durante
mucho tiempo, el árabe sufre por los pecados del
mundo."
Y eso, me temo, es el menor
sufrimiento que ha habido en Abu Ghraib. ¿Qué
ocurrió con todos esos videos que se exhibieron en
secreto a los miembros del Congreso estadounidense y
que a nosotros -el público- no nos dejaron ver? ¿Por
qué de pronto nos olvidamos de Abu Ghraib?
Seymour Hersh, el periodista
que reveló el caso de Abu Ghraib -uno de los pocos
en Estados Unidos que cumplen con su labor-, ha
hablado en público de lo ocurrido en esa cárcel
terrible.
Debo a un lector el
siguiente extracto de una conferencia reciente de
Hersh: "Ustedes no conocen algunas de las peores
cosas que sucedieron. Hay videos de mujeres. Tal vez
algunos de ustedes hayan leído que ellas mandaron
cartas a sus hombres. Estaban en Abu Ghraib.
Enviaban mensajes en los que pedían 'por favor, ven
y mátame por lo que ha pasado'. Y lo que había
pasado en esencia era que esas mujeres habían sido
detenidas junto con sus hijos, y existe registro de
que los chicos fueron sodomizados mientras las
cámaras los filmaban, y lo peor era que la cinta
recogía sus alaridos..."
Sin embargo, ya olvidamos
aquello. Así como ya no hablamos de las armas de
destrucción masiva. Conforme van saliendo a la luz
los detalles de los esfuerzos desesperados de Bush y
Tony Blair por encontrar esas calamidades
inexistentes, ya no sé si reír o llorar. Los equipos
móviles de investigación de Estados Unidos lograron
en algún momento abrirse paso hasta un antiguo
cuartel de la policía secreta iraquí, en el cual
encontraron una puerta interior cerrada con candado,
y detrás de ella pensaban encontrar los horrores por
los que los gobernantes Bush y Blair oraban. ¿Qué
fue lo que encontraron? Un vasto emporio de
aspiradoras nuevas.
En la sede del Partido Baaz,
otro equipo, encabezado por el mayor Kenneth Deal,
creyó haber encontrado documentos secretos que
revelarían el programa armamentista del derrocado
Saddam Hussein. Los papeles resultaron ser una
traducción al árabe de La lucha por la
supremacía en Europa, de A. J. P. Taylor.
Quizá Bush y Blair deberían leerla.
Así pues, mientras
continuamos bajando a tientas por la tambaleante
escalera de nuestro propio engendro, nos obligan a
escuchar mentiras cada vez más grandes. Iyad Allawi,
el primer ministro títere -a quien muchos de mis
colegas reporteros todavía se refieren con
deferencia como "primer ministro interino"-, insiste
en que se realizarán elecciones en enero, aunque
tiene menos control de la capital iraquí (ya no se
diga del resto del país) que el alcalde de Bagdad.
El ex agente de la CIA, que con obediencia se negó a
liberar a las tres prisioneras tan pronto como
Washington le dio esas instrucciones, se desplaza de
Londres a Washington cada vez que se le convoca para
apoyar las mentiras de Blair-Bush.
Segunda guerra en Irak. Sí,
como no. ¿Cuánto más de esta versión engañabobos
vamos a tragarnos? Según lord Blair de Kut,
combatimos en "la encrucijada del terrorismo
global". ¿Qué debemos entender con semejante
estupidez? Por supuesto, no nos dijo que íbamos a
tener una segunda guerra en Irak cuando ayudó a
empezar la primera, ¿verdad? Y tampoco se lo dijo a
los ciudadanos iraquíes, ¿o sí? No, fuimos a
"liberarlos".
Recordemos, pues, la crisis
previa a la crisis anterior a la crisis.
Remontémonos a noviembre del año anterior, cuando
nuestro primer ministro habló en el banquete en
honor del lord alcalde. La guerra en Irak, nos
informó entonces y es de suponerse que todavía se
refería a la primera-, era "la batalla de
importancia seminal para el principio del siglo XXI".
Y vaya que lo ha sido. Pero
escuchemos otra cosa que lord Blair de Kut nos
informó sobre la guerra: "Definirá las relaciones
entre el mundo musulmán y Occidente. Influirá a
profundidad en el desarrollo de los estados árabes y
de Medio Oriente. Tendrá implicaciones de largo
alcance para el futuro de la diplomacia
estadunidense y occidental". También eso se cumplió,
aunque no como él lo vislumbraba, ¿verdad? Porque es
difícil pensar en algo más profundamente peligroso
para nosotros, para Occidente, para Medio Oriente,
para cristianos y musulmanes por igual desde la
Segunda Guerra Mundial -la verdadera segunda guerra,
claro- que la guerra de Blair en Irak.
Irak, recordémoslo, iba a
ser el modelo para todo Medio Oriente. Todo estado
árabe aspiraría a ser como él. Irak sería el
catalizador -tal vez incluso la "encrucijada"- del
nuevo Medio Oriente. Ahórrense las risitas huecas,
por favor.
Me ha impactado ver cuántas
de las cartas de lectores que he recibido en días
recientes provienen de hombres y mujeres que
combatieron en la Segunda Guerra Mundial, los cuales
exigen con indignación que no se permita a Blair y
Bush comparar el pantano en que nos han metido con
la verdadera lucha contra el mal que esos veteranos
libraron hace más de medio siglo.
"Tengo 90 años, y recuerdo
los hombres baldados de cuerpo y mente que pululaban
por los caminos del Gales rural, donde yo crecí en
los años posteriores a 1918", señala Robert Parry.
"Por esta razón, la frase Dulce et decorum est**,
de Wilfred Owen, es para mí la expresión que resume
la realidad de la muerte en la guerra, vuelta hoy
más terrible por los bombardeos de precisión de los
estadounidenses y por los atacantes suicidas.
Necesitamos un nuevo Owen que nos abra la mente y la
conciencia, pero mientras no aparezca uno se debe
dar espacio para que ese gran poema vuelva a hacerse
escuchar." Sería difícil encontrar mejor respuesta a
las pueriles tonterías que nuestro primer ministro
balbucea en estos días.
Tampoco en muchos años había
existido un abismo tan profundo -tanto en Estados
Unidos como en Gran Bretaña- entre el gobierno y el
pueblo que lo eligió. Las recientes declaraciones de
Blair son discursos hechos, por citar ese poema de
Owen, "para niños ávidos de alguna desesperada
gloria".
Los ojos vendados del rehén
británico Ken Bigley son la más grande de nuestras
crisis recientes. Pero no olvidemos todo lo que
ocurrió antes.
*
En dicho lugar de Mesopotamia,
en 1916, los británicos fueron sitiados y derrotados
por las tropas turcas.
** Es dulce y apropiado,
título del poema, que recogía la desilusión de los
británicos después de la Primera Guerra Mundial. La
frase concluye con "morir por la patria". Owen llama
a esa frase "la vieja mentira" (N. del T.) |