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La lenta muerte de la señora Hamid
Nyliam Vázquez García
Tomado de Juventud Rebelde
Latiffa Jalaf
Hamid sobrevive en las afueras de Bagdad. Su
improvisado puesto de venta, a orillas de la
carretera, ofrece manojos de perejil fresco, hojas
de menta, eneldo y cebollas. Mientras, a solo unos
pasos, yace un tanque iraquí destruido por un
proyectil estadounidense revestido con uranio
empobrecido. Los niños de la localidad juegan “todo
el día” en el tanque, dice Hamid. Nadie advierte de
la contaminación radioactiva. El silencio es la
única respuesta ante la muerte pausadamente cruel de
millones de seres humanos...
Un
estudio de un almirante de las Fuerzas Navales de la
India ha revelado que la radiación liberada en la
guerra de ocupación de Iraq, liderada por los
norteamericanos, equivale a la de 250 000 bombas
como la lanzada en Nagasaki, hace ya 60 años.
Se calcula que
desde que comenzó la contienda en marzo de 2003, ya
suman 2 000
las toneladas de uranio arrojadas sobre el país
árabe.
Casi todas las balas y gran parte del material
bélico que producen las empresas militares
estadounidenses, contienen uranio empobrecido, muy
efectivo para la perforación del blindaje enemigo.
Tras la detonación de cualquiera de estas armas, el
uranio se oxida y pasa al aire en pequeñas
partículas, que pueden ser fácilmente inhaladas por
los humanos. Lo peor es que el rastro de
contaminación tiene una vida promedio de 4 500
millones de años, la misma edad de nuestro sistema
solar.
Estudios médicos indican que la exposición a las
radiaciones alfa y beta, debido a la inhalación de
partículas insolubles de uranio empobrecido, puede
producir lesiones en el tejido pulmonar y aumentar
la probabilidad de contraer cáncer de pulmón u otro
tipo.
“El Pentágono sabe que existen graves riesgos para
la salud, asociados al material radioactivo. Lo
saben tras años de controlar nuestros propios campos
de pruebas y centros de fabricación”, admitió un
coronel estadounidense del Comando de Operaciones
Especiales. El mismo militar aseguró que más de cien
toneladas de municiones revestidas de uranio
empobrecido se utilizaron en Bagdad y sus
alrededores. “Destruimos con uranio empobrecido más
de 20 000 vehículos de distinto tipo en Iraq, e
incluso bombardeamos con él edificios en el centro
de Bagdad”, agregó durante una entrevista.
La rimbombante reconstrucción del devastado país,
por supuesto que no incluye la descontaminación
radiactiva, por lo que los inmuebles que se han
logrado poner en pie, arriesgan una vez más la vida
de civiles inocentes. Y las víctimas del actual
conflicto, apunta la prestigiosa revista británica
The Lancet, sobrepasan las 100 000.
¿Cuántas más se sumarán en este macabro ciclo?
Por el oro negro —verdadera causa de la ocupación de
Iraq— la administración Bush ha condenado a varias
generaciones de iraquíes a una muerte lenta. Los
jóvenes que prestan servicio como soldados y que en
su mayoría no entienden las razones por las cuales
les obligan a estar allí, también están expuestos al
grave peligro. Saben que el uranio empobrecido
disperso en la atmósfera no hace distinciones e
invade por igual los pulmones de un bebé herido por
la última metralla yanqui, que los del casi
adolescente soldado de la coalición, recién llegado
para librar la “guerra contra el terror”.
Datos conservadores de organizaciones humanitarias
aseguran que unos 100 000 veteranos norteamericanos
y otros 8 000 británicos están afectados por el
Síndrome de la Guerra del Golfo. Según la Asociación
Nacional de Veteranos del Golfo y sus Familiares del
Reino Unido, 521 veteranos británicos y 8 000
norteamericanos han muerto ya por los efectos de las
radiaciones a las que fueron expuestos en los campos
de batalla iraquíes.
EE.UU. emplea uranio empobrecido en su industria
armamentista desde 1977. Aunque los tratados y
convenciones internacionales sobre desarme han
puesto freno a la amenaza de la destrucción de la
especie, al menos de la manera dramática en que más
de 100 000 personas murieron instantáneamente en las
dos ciudades japonesas, el peligro se mantiene y es
ahora más sofisticado.
Sesenta años después del primer acto de terrorismo
de Estado, mientras muchos todavía mueren por
aquellas primeras bombas y los niños iraquíes juegan
inocentes con lo único que les ha dejado el invasor,
las conciencias parecen no martirizar lo suficiente.
Los días de Latiffa Jalaf Hamid y de su puesto de
verduras iniciaron su cuenta regresiva.
Trágicamente, a los pequeños que juegan “todo el
día” junto al tanque iraquí, como a tantos
japoneses, también les han acortado la vida. |