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D E  L A  P R E N S A  N A C I O N A L

La Habana, 4 de Agosto de 2005

La lenta muerte de la señora Hamid

Nyliam Vázquez García
Tomado de Juventud Rebelde

Latiffa Jalaf Hamid sobrevive en las afueras de Bagdad. Su improvisado puesto de venta, a orillas de la carretera, ofrece manojos de perejil fresco, hojas de menta, eneldo y cebollas. Mientras, a solo unos pasos, yace un tanque iraquí destruido por un proyectil estadounidense revestido con uranio empobrecido. Los niños de la localidad juegan “todo el día” en el tanque, dice Hamid. Nadie advierte de la contaminación radioactiva. El silencio es la única respuesta ante la muerte pausadamente cruel de millones de seres humanos...

Un estudio de un almirante de las Fuerzas Navales de la India ha revelado que la radiación liberada en la guerra de ocupación de Iraq, liderada por los norteamericanos, equivale a la de 250 000 bombas como la lanzada en Nagasaki, hace ya 60 años. Se calcula que desde que comenzó la contienda en marzo de 2003, ya suman 2 000 las toneladas de uranio arrojadas sobre el país árabe.

Casi todas las balas y gran parte del material bélico que producen las empresas militares estadounidenses, contienen uranio empobrecido, muy efectivo para la perforación del blindaje enemigo. Tras la detonación de cualquiera de estas armas, el uranio se oxida y pasa al aire en pequeñas partículas, que pueden ser fácilmente inhaladas por los humanos. Lo peor es que el rastro de contaminación tiene una vida promedio de 4 500 millones de años, la misma edad de nuestro sistema solar.

Estudios médicos indican que la exposición a las radiaciones alfa y beta, debido a la inhalación de partículas insolubles de uranio empobrecido, puede producir lesiones en el tejido pulmonar y aumentar la probabilidad de contraer cáncer de pulmón u otro tipo.

“El Pentágono sabe que existen graves riesgos para la salud, asociados al material radioactivo. Lo saben tras años de controlar nuestros propios campos de pruebas y centros de fabricación”, admitió un coronel estadounidense del Comando de Operaciones Especiales. El mismo militar aseguró que más de cien toneladas de municiones revestidas de uranio empobrecido se utilizaron en Bagdad y sus alrededores. “Destruimos con uranio empobrecido más de 20 000 vehículos de distinto tipo en Iraq, e incluso bombardeamos con él edificios en el centro de Bagdad”, agregó durante una entrevista.

La rimbombante reconstrucción del devastado país, por supuesto que no incluye la descontaminación radiactiva, por lo que los inmuebles que se han logrado poner en pie, arriesgan una vez más la vida de civiles inocentes. Y las víctimas del actual conflicto, apunta la prestigiosa revista británica The Lancet, sobrepasan las 100 000.

¿Cuántas más se sumarán en este macabro ciclo?

Por el oro negro —verdadera causa de la ocupación de Iraq— la administración Bush ha condenado a varias generaciones de iraquíes a una muerte lenta. Los jóvenes que prestan servicio como soldados y que en su mayoría no entienden las razones por las cuales les obligan a estar allí, también están expuestos al grave peligro. Saben que el uranio empobrecido disperso en la atmósfera no hace distinciones e invade por igual los pulmones de un bebé herido por la última metralla yanqui, que los del casi adolescente soldado de la coalición, recién llegado para librar la “guerra contra el terror”.

Datos conservadores de organizaciones humanitarias aseguran que unos 100 000 veteranos norteamericanos y otros 8 000 británicos están afectados por el Síndrome de la Guerra del Golfo. Según la Asociación Nacional de Veteranos del Golfo y sus Familiares del Reino Unido, 521 veteranos británicos y 8 000 norteamericanos han muerto ya por los efectos de las radiaciones a las que fueron expuestos en los campos de batalla iraquíes.

EE.UU. emplea uranio empobrecido en su industria armamentista desde 1977. Aunque los tratados y convenciones internacionales sobre desarme han puesto freno a la amenaza de la destrucción de la especie, al menos de la manera dramática en que más de 100 000 personas murieron instantáneamente en las dos ciudades japonesas, el peligro se mantiene y es ahora más sofisticado.

Sesenta años después del primer acto de terrorismo de Estado, mientras muchos todavía mueren por aquellas primeras bombas y los niños iraquíes juegan inocentes con lo único que les ha dejado el invasor, las conciencias parecen no martirizar lo suficiente.

Los días de Latiffa Jalaf Hamid y de su puesto de verduras iniciaron su cuenta regresiva. Trágicamente, a los pequeños que juegan “todo el día” junto al tanque iraquí, como a tantos japoneses, también les han acortado la vida.

 

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