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CUBA EN EL CAPITALISMO
Politiquería y fraudes,
reglas de juego
de las elecciones
POR JOAQUIN ORAMAS
DURANTE la seudorrepública,
Cuba estaba sometida a las brutales reglas del
capitalismo con su práctica de democracia
representativa y un sistema electoral que tenía como
eje central a los partidos políticos que imponían
candidatos y controlaban las maquinarias electorales
que elegían a presidentes, senadores,
representantes, alcaldes y concejales.
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Junto a la Coca Cola y la
Gillette, los candidatos de los partidos políticos y
la burguesía. Así era antes de 1959.
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Los electores se veían
forzados a concurrir a ejercer el sufragio, no sólo
porque el voto era obligatorio, sino porque muchos
de ellos debían entregar su cédula de votar para
pagar favores, y otros bajo amenaza de quedar
cesantes en sus trabajos. Conseguir empleo o el
ingreso en un hospital o una beca para estudiar
significaba el compromiso de entregar las cédulas a
los llamados sargentos políticos del gobierno de
turno e incluso a partidos tradicionales,
circunstancialmente en la oposición.
Esas, conjuntamente con la
compra de votos, eran las reglas de juego, en
general, en los comicios en los 58 años de
capitalismo en Cuba. Sin embargo, a pesar de tales
mecanismos de coerción, presiones y chantajes, todos
esos procesos electorales fueron caracterizados
siempre por la baja votación que recibían los
candidatos y el alto por ciento de abstencionismo.
Veamos cómo se
caracterizaron.
En las primeras elecciones
presidenciales, cuando no tuvieron derecho al voto
los analfabetos y las mujeres, y bajo el garrote de
la Enmienda Platt, Tomás Estrada Palma fue electo en
1901 por el 47,32% de los ciudadanos empadronados,
comicios en los cuales el abstencionismo superó el
36% de los votantes. En 1906 Estrada Palma intentó
la reelección, cuyos resultados fraudulentos le
daban el 71,42% de los votos y abstención del
26,01%. El conflicto creado por la farsa electoral y
la violencia del poder culminó con la denominada
Guerrita de agosto y la intervención militar de
Estados Unidos, solicitada por Estrada Palma.
Después de tres años de
intervención militar norteamericana, el gobernador
Charles Magoon, nombrado por el Secretario de la
Guerra de EE.UU., sumó al país en un pantano,
enriqueciéndose a costa del erario cubano. Entre
otros vicios, Magoon creó las botellas, falsos
cargos para aquellos que cobraban sueldos sin
trabajar.
Convocó a elecciones en las
que resultó electo Presidente uno de sus discípulos,
el general José Miguel Gómez, a quien el pueblo
nombraba Tiburón se baña, pero salpica, porque parte
de las ganancias por la corrupción las repartía
entre sus cómplices. Hubo un 28,99% de abstención y
43,1% de sufragios para el ganador, que se
distinguió por generalizar las “botellas” y el juego
mediante la lotería. Con José Miguel Gómez se inició
en Cuba la era de políticos millonarios enriquecidos
en el poder, que caracterizó la vida política del
capitalismo en la Isla.
Concluido el período de
cuatro años del segundo presidente cubano, en 1912
ocupó la alta magistratura el general Mario García
Menocal, cuyos datos de votación no aparecen
oficialmente, pero que se reeligió en 1916 con el
apoyo de la Secretaría de Estado del presidente
Wilson, quien para respaldarlo desembarcó los
marines en varios puntos de la Isla, en la llamada
revuelta de la Chambelona, perpetrada por la
oposición. En sus dos períodos, Menocal dilapidó la
riqueza originada por los altos precios del azúcar
durante la Primera Guerra Mundial y facilitó que
el capital norteamericano controlara gran parte de
la industria azucarera y otros recursos, gracias al
crack bancario originado por los principales bancos
estadounidenses con la complicidad de su Gobierno.
El robo y latrocinio y la
entrega de los recursos a transnacionales
norteamericanas continuaron con los regímenes de
Alfredo Zayas, electo en 1920 por el 27,8% de los
votantes y del general Gerardo Machado (1928-1933),
cuya sangrienta tiranía fue derrocada por la presión
del embajador Summer Welles, para evitar que los
sectores progresistas y el pueblo tomaran el poder.
Se iniciaba un período de
los gobiernos provisionales de Carlos Manuel de
Céspedes, la Pentarquía presidida por Ramón
Grau San Martín y el del coronel Carlos Mendieta
Montefur. Este último impuesto por Fulgencio
Batista, quien surgió a la palestra pública el 4 de
septiembre de 1933, encabezando un movimiento de
sargentos del Ejército que destituyó a los jefes
militares tradicionales.
Para intentar dar una
imagen de estabilidad, el hombre fuerte de Cuba,
como lo llamaba Estados Unidos, convocó en 1936 a
elecciones presidenciales en las que Miguel Mariano
Gómez fue electo con poco más del 20% de los
sufragios. Meses después era inhabilitado por el
Congreso bajo presión del dictador Batista, quien
ocupaba la jefatura del Ejército con el grado de
Coronel.
Luego de un nuevo período
provisional en que los presidentes eran designados
por Batista y el embajador norteamericano, la
situación internacional y la repulsa del pueblo les
obligó a celebrar la Constituyente de 1940 y
posteriormente elecciones, en las que fue electo
para la presidencia Batista, con el 45,68% de los
sufragios. Comicios famosos por los fraudes,
secuestros de urnas por los militares y otras
ilegalidades.
En 1944, próxima la
terminación de la Segunda Guerra Mundial, por
primera vez se celebraban en Cuba elecciones
limpias, en las que resultó electo Ramón Grau San
Martín, con el 44,71% de la votación y 19,17% de
abstenciones. Pronto desaparecían las ilusiones de
un gobierno honrado, pues desde los primeros meses
comenzaron a enriquecerse los nuevos ministros y
funcionarios del régimen, aprovechando la situación
favorable de la industria azucarera, principal
abastecedora de este producto en los mercados
norteamericano y mundial. El robo y la especulación
fueron mayores durante el Gobierno de Carlos Prío
Socarras, su sucesor en 1948, con el 36% de votos.
Prío fue derrocado el 10 de marzo de 1952 por
militares que conspiraban con Batista, quien
estableció de nuevo la dictadura castrense para su
enriquecimiento y del resto de los personeros del
régimen.
Tras cruenta lucha iniciada
el 26 de Julio de 1953 con el asalto a los cuarteles
Moncada, de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de
Céspedes, en Bayamo, y que tomó mayor fuerza luego
del desembarco del Granma en 1956, la dictadura fue
derrocada por las fuerzas rebeldes comandadas por
Fidel Castro. En 1954 el tirano había convocado a
comicios cuyas irregularidades fueron mayores aún de
las que practicó durante los once años en que el
Gobierno de Estados Unidos lo consideraba su hombre
fuerte en Cuba. Luego de esa farsa electoral, eran
muy pocos los que dudaban que hubiera otra salida al
problema cubano que no fuera la lucha
insurreccional. Eso lo conocían el tirano y la
embajada norteamericana, que organizaron las
elecciones de 1958 en busca de una salida al
conflicto que les favoreciera. Resultaba “electo”
Andrés Rivero Agüero con el 15% de los votos
emitidos y un 55% de abstenciones. Comicios
efectuados en pocas provincias, cuando prácticamente
el único candidato fue el de la tiranía y militares
y funcionarios del régimen se repartían los votos
para escaños de un Congreso ilegal.
Rivero Agüero no tomó
posesión y huyó con el tirano hacia Santo Domingo,
acogidos por el sátrapa Rafael Leónidas Trujillo.
Quedaba para la historia un pasado oneroso en el que
las elecciones eran un capítulo más de la corrupción
y el crimen imperantes en la Isla.
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