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Llegó el que faltaba
Lázaro L. Fariñas
Tomado de Juventud Rebelde
En
la época en que se estaba llevando a cabo en Miami
el juicio contra cinco jó-venes cubanos acusados,
entre otras cosas, de espionaje, tanto en los
programas de radio y televisión, como en el
periódico local, se comentaba que tal parecía que
los que estaban en el banquillo eran los Basulto y
compañía de la ultraderecha miamense.
Recuerdo
que en diferentes programas de debate a los que
asistí en aquella época afirmé que, si el veredicto
fuese justo, quienes deberían terminar en la cárcel
eran los que estaban participando como testigos y no
los acusados. En el juicio se demostraba, una y otra
vez, que los terroristas eran los que estaban en la
calle y no los que estaban siendo juzgados.
Los lectores de este comentario saben lo que sucedió
después: los jóvenes cubanos fueron a parar a
cientos de millas de Miami, donde permanecen pagando
crueles e injustas condenas, mientras los que
acudieron como testigos andan por las calles de esta
ciudad, vanagloriándose de sus acciones y hablando
públicamente de lo que están haciendo y de lo que
harán en el futuro inmediato. Esas son las cosas que
suceden en Miami, ciudad donde los que están adentro
deberían estar afuera, mientras los que están afuera
deberían estar adentro.
En realidad, a estas alturas no hay por qué
asombrarse de esto. Hace varios años Orlando Bosch
se montó en un avión en Sudamérica, y así como el
que no quiere las cosas vino a parar de cabeza al
aeropuerto de Miami. Después de estar cierto tiempo
detenido, el presidente de este país en aquella
época, dio la orden de que dejaran al visitante en
libertad y desde entonces anda por las calles de
esta ciudad como Pedro por su casa. Al principio,
para cubrir la forma, le pusieron una serie de
restricciones, pero al transcurrir el tiempo, estas
fueron desestimadas. Ahora Mr. Bosch anda por estos
lares, por la libre, de guapo, haciendo por control
remoto, a la distancia, una guerra de pan duro
contra el Gobierno de Cuba. El FBI no tiene que ir a
buscar a
Orlando Bosch, el terrorista, como a Bin Laden, en
lontananza. Este camina entre noso-tros, como el
diablo entre sus discípulos.
Hace unos meses
llegaron a estas costas tres de los que estaban
condenados en Panamá. Allá, estos “caballeros”
habían sido indultados por la
presidenta de
aquel país antes de dejar el cargo (presidenta que,
por corrupta, si las investigaciones siguen el curso
que llevan, en un futuro tendrá que buscar a alguien
que la indulte). Cuando llegaron fueron recibidos
con bombo y platillo en uno de los aeropuertos de
Miami. Su interrogatorio por las autoridades
federales no duró ni una hora. Fueron entregados en
los brazos de los que allí los esperaban, para que
les hicieran un recibimiento de héroes. Quienes en
aquella ocasión llegaron, a diferencia de Orlando
Bosch, tenían la ciudadanía norteamericana en sus
bolsillos, así, si es que vamos a poner las cosas en
el orden que aquí se ven: regresaban a su país,
después de unas largas vacaciones en el extranjero.
De cuatro, habían
llegado tres, pero ¿dónde estaba el cuarto? Decían
que se había quedado por Honduras. Se insinuaba que
estaba escondido en una isla del Caribe. Se presumía
que alguien poderoso lo estaba protegiendo en algún
lugar de América Latina. La realidad es que pocos,
fuera de su círculo, sabían dónde estaba el
misterioso personaje
que había salido en un avión de Ciudad de Panamá y
que no había llegado a Miami. Bueno, por lo menos se
decía públicamente que no había llegado. ¿Quién
puede afirmar que de verdad no llegó? Vamos a
suponer que no llegó a Miami ese día, pero, ¿quién
puede asegurar que no llegó ese día u otro cercano,
a otro lugar de Estados Unidos?
Resulta que ahora el cuarto pasajero, Luis Posada
Carriles (El Bambi), se acaba de entregar,
oficialmente, a las autoridades de inmigración de
Estados Unidos. No es ciudadano, ni residente de
este país, pero como nació en Cuba puede fácilmente
acogerse a la famosa Ley de Ajuste Cubano. Así es
que, dentro de muy poco, lo veremos por las calles
de esta ciudad, en los programas de radio y de
televisión, hablando de sus acciones terroristas. No
importa que el país proclame a los cuatro vientos
que estamos en guerra contra el terrorismo. Nada
importa, pues es de los “nuestros”, es la cuarta
pata de esta última mesa. Estamos completos, listos
para la fiesta. Como decíamos en mi pueblo, llegó
el que faltaba. |