|
¿Quién dice que no puedo moverme?
POR JOAQUIN ORAMAS
EL
anciano Evaristo se levantaba del sillón para ayudar
a la sobrina a cambiar de lugar unos libros, pero la
joven lo detuvo y le dijo con amor: “No abuelo,
siéntese, no se mueva. Ya usted hizo mucho por la
familia... ahora nos toca a nosotros”. Como movido
por un resorte, Evaristo se levantó del sillón y
señalando al mueble respondió: “No, mi hijita, aquí
sólo para ver la TV”.
La
sobrina sonríe y le comenta al vecino que
presenciaba la escena: “Qué cascarrabias se está
poniendo”. “Pero tiene razón”, respondí.
Pensé
entonces en lo necesario que resulta insistir en que
la movilidad o capacidad de desplazamiento es
imprescindible para tener autonomía, y resulta un
componente esencial de la vida del hombre. Más si es
alguien de la llamada Tercera Edad y deseamos que
prolongue la vida hasta 120 años o los rebase.
La
capacidad de movilización es un indicador del nivel
de salud del adulto mayor y de la calidad de vida,
ya que determina su grado de independencia. El
anciano inmovilizado es considerado un paciente de
alto riesgo para la aparición de complicaciones
médicas, dependiente en las actividades básicas de
la vida diaria y candidato a la
institucionalización.
El síndrome de inmovilidad es un
problema geriátrico caracterizado por una reducción
marcada de la tolerancia al ejercicio, cuyas
consecuencias son, entre otras, taquicardia,
hipertensión arterial, disnea, progresiva debilidad
muscular y, en casos extremos, pérdida de los
automatismos y reflejos posturales que imposibilitan
la deambulación.
Se
puede distinguir una inmovilidad relativa, en la que
el anciano lleva una vida sedentaria pero es capaz
de movilizarse con menor o mayor independencia, y la
inmovilidad absoluta que implica el encamamiento
crónico, estando muy limitada la variabilidad
postural.
El
riesgo de la inmovilidad relativa es el encamamiento,
mientras que la inmovilidad absoluta es un factor de
riesgo de institucionalización, de morbimortalidad.
Este cuadro clínico es generalmente multifactorial,
potencialmente reversible y, a distintos niveles,
prevenible.
La mejor medida
preventiva es mantener el grado de movilidad.
Diversos estudios coinciden en señalar el ejercicio
y en general la actividad física, como principales
factores para prevenir la inmovilidad. Los
beneficios del ejercicio no disminuyen con la edad,
así se produce un aumento de la capacidad
cardiovascular, de la musculatura y de la densidad
ósea, disminuyen la ansiedad, la hostilidad y los
síntomas depresivos y favorece la socialización.
La
persona mayor que lleva un tipo de vida autónoma y
activa con la realización regular de ejercicio tiene
disminuido estadísticamente su riesgo de mortalidad.
Los que han hecho ejercicio desde siempre envejecen
mejor y presentan menor incapacidad funcional. Según
diversos estudios, la población que realiza menos
ejercicio físico es la anciana y del sexo femenino.
Es
necesario estimular al adulto mayor a mantenerse
activo y proponerle que acuda a círculos de abuelos
si es posible. Además es importante permitirle que
realice o participe todo lo que pueda en las
actividades de la vida diaria y a su propio ritmo.
Hay que evitar la sobreprotección por parte de la
familia, haciendo por él las tareas "más rápido y
mejor", ya que así se acelera el grado de
dependencia.
El
médico debe evaluar periódicamente las capacidades
funcionales en los ancianos, así como en aquellos
que han sido recientemente dados de alta en un
hospital.
La
prescripción del ejercicio en el adulto mayor debe
cumplir una serie de condiciones que incluyen
revisiones periódicas del estado físico, ajustando
de forma individualizada el tipo de ejercicios y
actividades que puede realizar. Igualmente,
establecer los objetivos mínimos de actividad de
acuerdo con su capacidad funcional y el correcto
aprendizaje de las técnicas. También evaluar la
motivación del anciano, ya que la capacidad de
disfrute y el entretenimiento constituyen el mejor
factor de adhesión al ejercicio.
Entre
las actividades recomendadas de forma general por
los médicos se pueden incluir caminar, montar
bicicleta, la natación, labores de jardinería y
ejercicios aeróbicos controlados por el médico.
Aunque realmente está un poco
cascarrabias, no pude más que sonreír con su sobrina
cuando Evaristo repetía: “¿Quién dice que no me
puedo mover...?” |