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La Habana, 15 de Abril de 2005

¿Quién dice que no puedo moverme?

POR JOAQUIN ORAMAS

EL anciano Evaristo se levantaba del sillón para ayudar a la sobrina a cambiar de lugar unos libros, pero la joven lo detuvo y le dijo con amor: “No abuelo, siéntese, no se mueva. Ya usted hizo mucho por la familia... ahora nos toca a nosotros”. Como movido por un resorte, Evaristo se levantó del sillón y señalando al mueble respondió: “No, mi hijita, aquí sólo para ver la TV”.

 La sobrina sonríe y le comenta al vecino que presenciaba la escena: “Qué cascarrabias se está poniendo”. “Pero tiene razón”, respondí.

 Pensé entonces en lo necesario que resulta insistir en que la movilidad o capacidad de desplazamiento es imprescindible para tener autonomía, y resulta un componente esencial de la vida del hombre. Más si es alguien de la llamada Tercera Edad y deseamos que prolongue la vida hasta 120 años o los rebase.

 La capacidad de movilización es un indicador del nivel de salud del adulto mayor y de la calidad de vida, ya que determina su grado de independencia. El anciano inmovilizado es considerado un paciente de alto riesgo para la aparición de complicaciones médicas, dependiente en las actividades básicas de la vida diaria y candidato a la institucionalización.

 El síndrome de inmovilidad es un problema geriátrico caracterizado por una reducción marcada de la tolerancia al ejercicio, cuyas consecuencias son, entre otras, taquicardia, hipertensión arterial, disnea, progresiva debilidad muscular y, en casos extremos, pérdida de los automatismos y reflejos posturales que imposibilitan la deambulación.

 Se puede distinguir una inmovilidad relativa, en la que el anciano lleva una vida sedentaria pero es capaz de movilizarse con menor o mayor independencia, y la inmovilidad absoluta que implica el encamamiento crónico, estando muy limitada la variabilidad postural.

 El riesgo de la inmovilidad relativa es el encamamiento, mientras que la inmovilidad absoluta es un factor de riesgo de institucionalización, de morbimortalidad. Este cuadro clínico es generalmente multifactorial, potencialmente reversible y, a distintos niveles, prevenible.
 La mejor medida preventiva es mantener el grado de movilidad. Diversos estudios coinciden en señalar el ejercicio y en general la actividad física, como principales factores para prevenir la inmovilidad. Los beneficios del ejercicio no disminuyen con la edad, así se produce un aumento de la capacidad cardiovascular, de la musculatura y de la densidad ósea, disminuyen la ansiedad, la hostilidad y los síntomas depresivos y favorece la socialización.

 La persona mayor que lleva un tipo de vida autónoma y activa con la realización regular de ejercicio tiene disminuido estadísticamente su riesgo de mortalidad. Los que han hecho ejercicio desde siempre envejecen mejor y presentan menor incapacidad funcional. Según diversos estudios, la población que realiza menos ejercicio físico es la anciana y del sexo femenino.

 Es necesario estimular al adulto mayor a mantenerse activo y proponerle que acuda a círculos de abuelos si es posible. Además es importante permitirle que realice o participe todo lo que pueda en las actividades de la vida diaria y a su propio ritmo. Hay que evitar la sobreprotección por parte de la familia, haciendo por él las tareas "más rápido y mejor", ya que así se acelera el grado de dependencia.

 El médico debe evaluar periódicamente las capacidades funcionales en los ancianos, así como en aquellos que han sido recientemente dados de alta en un hospital.

 La prescripción del ejercicio en el adulto mayor debe cumplir una serie de condiciones que incluyen revisiones periódicas del estado físico, ajustando de forma individualizada el tipo de ejercicios y actividades que puede realizar. Igualmente, establecer los objetivos mínimos de actividad de acuerdo con su capacidad funcional y el correcto aprendizaje de las técnicas. También evaluar la motivación del anciano, ya que la capacidad de disfrute y el entretenimiento constituyen el mejor factor de adhesión al ejercicio.

Entre las actividades recomendadas de forma general por los médicos se pueden incluir caminar, montar bicicleta, la natación, labores de jardinería  y ejercicios aeróbicos controlados por el médico.

 Aunque realmente está un poco cascarrabias, no pude más que sonreír con su sobrina cuando Evaristo repetía: “¿Quién dice que no me puedo mover...?”

 

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