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Resistencia cardiovascular,
ventaja del entrenamiento
POR JOAQUIN ORAMAS
NO sólo
las personas mayores necesitan realizar un programa
de entrenamiento, apropiado a su condición corporal
y edad, para gozar de buena salud y prolongar la
existencia con calidad.
La
actividad física es importante durante toda la vida,
y sus beneficios son innumerables. Control del peso,
flexibilidad articular, tonicidad muscular, combate
al estrés, son algunos de ellos. Pero la resistencia
cardiovascular es, quizás, una de las ventajas más
importantes del entrenamiento.
Cuando
realizamos ejercicios de cierta intensidad durante
más de dos minutos, nuestros músculos requieren un
importante aumento del aporte de oxígeno. Estas
actividades se denominan aeróbicas, y obligan a
quienes las realizan con regularidad a aumentar la
resistencia cardiovascular.
Esta
consiste en la capacidad continuada de la sangre
para llevar el oxígeno a las células, suponiendo la
eficiencia del corazón y los vasos sanguíneos para
bombear y transportar el suficiente volumen de
sangre a cada parte del cuerpo, en especial a los
músculos más activos durante el esfuerzo. Pero
supone también la capacidad de los tejidos,
celulares, de procesar ese oxígeno y eliminar los
residuos que provocan.
Llegada cierta edad, y sobre todo cuando se ha
llevado una vida sedentaria y en la alimentación no
se ha tenido en cuenta el debido balance de lípidos,
esta capacidad puede descender, poniéndonos en
peligro de accidentes vasculares.
Como
otros, el músculo cardíaco es capaz de desarrollar
resistencia cuando lo enfrentamos al esfuerzo. Si
logra funcionar eficazmente durante un tiempo
prolongado bajo exigencias superiores a las
normales, no tendrá luego mayores problemas para
acompañarnos con su bombeo en nuestra vida
cotidiana, mucho más relajada. Pero tampoco se verá
sorprendido ante situaciones que requieran de su
rápida reacción.
Sin
embargo, el corazón no es capaz de hacer funcionar
el sistema cuando no está acompañado por vasos
sanguíneos sanos. El esfuerzo cardiovascular
mantiene en buena forma el tejido de estos vasos, lo
hace resistente y flexible, y la sangre puede ser
transportada a través de ellos con menor esfuerzo.
Uno de
los mayores riesgos está en el exceso de peso y en
particular la obesidad. En la práctica, se llama
obeso a un individuo que tenga un porcentaje de
grasa corporal mayor al 25% en el varón y del 30% en
la mujer. Entre sus principales características
figura la exageración del hambre, ausencia de la
saciedad al comer, son las personas que no se llenan
nunca, que efectúan la ingesta repetida entre las
comidas y realizan “picoteos”. También los atracones
de comida sin hambre y sin paladear los sabores. Los
que la padecen son conscientes de la anormalidad de
esta conducta, pero se sienten impotentes para
controlarla o detenerla.
Sin embargo, atendida a tiempo por los médicos, el
mal tiene remedio.
Estudios recientes demuestran que un 40% de la
etiología de la enfermedad podría considerarse
heredada y esta influencia genética ser responsable
de las obesidades masivas y de las centrales (los
individuos panzones) principalmente.
El
tratamiento de la obesidad no está orientado
únicamente a tratar el exceso de peso, sino a
mejorar el estado general de salud de las personas
en esta situación. Las pautas a seguir son las
dietas hipocalóricas equilibradas en cuanto a
proteínas, grasas e hidratos de carbono. Realizar un
programa de ejercicio físico adaptado a las
condiciones del enfermo.
Desempeña un papel importante la psicoterapia para
estimular la motivación de estos pacientes
ayudándoles a seguir la dieta y a modificar su
actitud respecto a las comidas. Todo después del
diagnóstico y orientación facultativa, dada la
afectación que puede originar en el organismo este
padecimiento. |