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-M- Y MATHIEU CHÉDID
¿crimen o castigo?
POR PEIO GARCIA —especial para Granma Internacional—
MATHIEU Chédid
habla hoy de retomar su nombre de escena, cambiar el
traje y el peinado en M. En resumen: quiere
desaparecer a M.
Por la
popularidad que Mathieu Chédid conoció a través de M
en los tres álbumes con los cuales llegó a la cumbre
de la canción pop‑rock francesa, uno podría
preguntarse ¿por qué anuncia hoy que piensa
separarse de su personaje?
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'M es una
cobertura...
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...adentro se
encuentra
Mathieu Chédid”.
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Resulta muy
difícil a primera vista establecer una diferencia
entre los dos perfiles que por lo tanto vienen de la
misma cara. M, el personaje que nació de la
imaginación voraz de Mathieu Chédid, es su doble
artístico y a veces puede parecer más vivo que el
hombre. En efecto, el artista confiesa que “ama la
idea de que Superman hace maravillas y que cuando
vuelve a ser Clark Kent es un poco torpe, anónimo¼”.
Si M se impone
en el escenario para prestarse a una improvisación
tan incontrolable como el río de sonidos y gestos
que produce, observamos en la parte oculta del
trabajo de Mathieu Chédid, en particular en la
escritura, un comportamiento mucho más ponderado.
Claro que M se presiente ahí con textos metafóricos
e ilustrativos, pero al indagar un poco más
profundamente uno se percata de que “M es una
cobertura. Adentro se encuentra Mathieu Chédid”,
como lo afirma el propio artista. Hallamos todo el
arte literario que sólo puede nacer de Mathieu
Chédid.
Un detractor
podría sólo ver divagaciones del hombre a ultranza,
pero es precisamente ahí donde está la sustancia que
le dio vida a M.
Mathieu Chédid
nació en Boulogne‑Billancourt en Francia, el 21 de
diciembre de 1971, hijo del cantante Louis Chédid y
nieto de la escritora Andrée Chédid, y creció en ese
ambiente de creación. Tenía seis años cuando hizo su
primera aparición en su “carrera musical” cantando
en el coro de una canción de su padre T'as beau
pas être beau (A pesar de que no eres bonito).
Al cursar de los años crea diversos grupos con otros
cantantes franceses como Mathieu Boogaerts, Pierre
Souchon o Julien Voulzy antes de convertirse en un
músico profesional y acompañar a varios artistas
franceses en los estudios o en las giras.
En 1997 llegó
el primer álbum, el bautizo, con el cual nació la
trama de un nuevo personaje: M.
Dos años
después con el segundo álbum, Je dis aime (Digo M),
ganó en el 2000 el premio de mejor intérprete
masculino y de mejor concierto.
¡Creció M y
halló su lugar!
Se esboza mejor
entonces la silueta de “un simple” autor, compositor
e intérprete que, a la inversa de lo acostumbrado en
la música francesa moderna, no hace un cuento de su
vida, sino una búsqueda poética para que resurjan
las vibraciones de la letra.
El joven Chédid
habrá pasado unas cuantas noches al calor de la
chimenea junto a papáy a abuelita para definir la
palabra música, y ahora con sus propìos instrumentos
para crear el sonido, usa con tacto figuras de
estilo y juegos de sonoridades. Un guitarrista con
un talento tan singular que llega a hacer sonar las
palabras. Una disonancia por aquí, una asonancia por
allá, el artista le agrega el ambiente de la nota a
la letra.
En la frase
Emilie 1000 volts milite (Emilie mil voltios
milita) —del álbum Je dis aime—, las
siete primeras notas verbales parecen fluir como una
corriente continua, da la impresión de que uno está
deslizándose poco a poco en el agua, y llegar a la
última sílaba tiene el mismo efecto que chocar con
una pared en medio de una autopista.
Uno podría
pensar que la forma con la que maneja el idioma lo
convierte en un autor realizado... ahí es donde le
aprieta el zapato. En las giras donde presentó sus
dos últimos álbumes mostró con claridad cómo la
fuente de sus sonidos estaba lejos de agotarse, pues
le agregó juegos de palabras a la interpretación,
como “el amor matemático” una canción que es una
visión algebraica de un amor que luce tan racional
que se convierte en una paradoja.
El punto cumbre
de esas extravagancias de la palabra es más evidente
en el último álbum que le dedicó a su hijo, con
canciones en general más suaves aunque siguen siendo
muy trabajadas, como le radeau de l'amour (la
balsa del amor) donde el texto se convierte en una
partitura musical con numerosas notas diseminadas en
las palabras. Pero ese juego de frases musicales no
es sólo un efecto de estilo, también deja entrever
las concepciones del hombre escondido detrás del
artista. Así lo sugiere antes del refrán “una nota
falsa y la vida se va”.
La profundidad
de los últimos textos demuestra que en el fondo
Mathieu Chédid no se refugió en el mundo
fantasmagórico de M, sino que nos deja adivinar su
visión de la creatividad, entrelazada con los
sentimientos fundamentales que construyeron el ser
tal y como es.
Convertido en
un noble representante de la nueva generación de la
música francesa en ascenso, parece lógico que tenga
ganas de cambiar de traje de trabajo, hablando de M,
y aún cuando hasta ahora dice “no estoy seguro de
nada”; ya es algo, nosotros podemos, al menos, estar
seguros de una cosa: por más que haga Mathieu Chédid,
nunca se olvidará a M ¡y eso ya es algo!
No es un
crimen, sino algo así como un castigo. |