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El
vuelo inolvidable de Juan Francisco Alfonso
POR
IVAN TERRERO —de Gramna Internacional—
LAS pérdidas de combustible eran
profusas. Sus posibilidades de sobrevivir se
reducían al mínimo con cada segundo de vuelo.
Catapultarse o realizar un aterrizaje forzoso con la
barriga del avión eran las únicas salidas. Los
eventos que siguieron obligaron al piloto a optar
por la última.

Doval, hoy
teniente coronel de la Fuerza Aérea cubana. |
En esta circunstancia extrema se
encontraba el capitán Juan Francisco Alfonso Doval
(más conocido como Doval), hoy Teniente Coronel del
departamento de Fuerza Aérea de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR), aquel 11 de febrero de 1988
cuando en cumplimiento de una acción de bombardeo
rasante, al Sur de Cuito Cuanavale, fue impactado
por la artillería antiaérea enemiga.
Alfonso Doval, piloto cubano que
como muchos otros cumplió misión internacionalista
en la República Popular de Angola, se graduó el 3 de
enero de 1978 en Krasnodar, ciudad del Sudoeste de
Rusia a orillas del río Kubán, en el Norte de la
cordillera del Cáucaso. Allí se especializó en el
pilotaje de aeronaves de combate tipo
caza-interceptores, como el MIG-23, denominado
Flogger, según la prensa occidental, de la oficina
de diseño Mikoyan-Gurievich.
Justamente este año se conmemora el
30 aniversario de la Misión Militar Cubana en
Angola, y Alfonso accedió a narrarnos este pasaje,
que pudo costarle la vida, acontecido en su segunda
misión en esa nación africana, a la cual partió en
noviembre del año 1987como parte del refuerzo
enviado a las tropas cubano-angolanas con vistas a
rechazar el eminente ataque por Cuito Cuanavale de
las Fuerzas de Defensa de
Sudáfrica (SADF, siglas en inglés).
Tras recibir una actualización
rápida de vuelo, Alfonso, junto a otros pilotos,
partió hacia el Sur, primero en el aeropuerto de
Lubango y luego más al Este, en el aeródromo de
Menongue. Para ese entonces el mando había
convertido a esa base en el punto desde donde se
iniciarían las principales acciones combativas por
aire hacia el sur y sudeste de la geografía angolana.
De hecho, el mayor número de incursiones aéreas
relacionadas con la defensa de Cuito Cuanavale,
salió de este aeropuerto.
“Aquel día despegué al amanecer en
un aparato MIG-23ML como piloto número (denominación
del segundo integrante) en una pareja de vuelo que
conformaba con el Teniente Coronel Armando González,
quien volaba en condición de líder”, comenta Doval.
“La misión consistía básicamente
en un bombardeo rasante a 50 metros de altura contra
agrupaciones de las
Fuerzas de Defensa Sudafricanas (SADF) que
asediaban a Cuito Cuanavale y tenían en una
situación algo compleja a las tropas cubano-angolanas”,
explica el piloto mientras coloca la gorra del
uniforme sobre la mesa para liberar sus manos y
apoyar así su narración.
Aquella mañana la nubosidad estaba
bastante baja, a unos 300 metros, por lo que ambas
aeronaves tuvieron que realizar el vuelo por encima
de las nubes y efectuar la travesía haciendo los
cálculos de navegación por instrumentos, dada la
imposibilidad de observar el terreno.
“Tras vencer el lapso de vuelo
cronometrado salimos justo encima del objetivo e
hicimos, como estaba previsto, el lanzamiento de las
bombas y regresamos a la base sin contratiempos”,
prosigue.
“No pasó mucho tiempo de nuestro
arribo al aeródromo y el mando nos planteó repetir
la acción, pero en esta ocasión dispuso que el tiro
se realizara de manera individual, con diferencia de
un minuto entre uno y otro y no como se había
ejecutado antes. Apenas fueron artilladas las naves
—continuó— despegamos, y durante la travesía,
igualmente por sobre las nubes, tomamos distancia
para mantener el tiempo de vuelo prefijado”,
puntualiza Alfonso mientras se recostaba en la silla
semejando su postura en la cabina.
Nuevamente los cálculos de
navegación le indicaban al piloto líder su posición
sobre el objetivo. Sin vacilar se lanzó hacia el
enemigo en una violenta picada de 60 grados y
efectúa el tiro para entrar posteriormente en una
prolongada trepada, soportando cerca de 7 gravedades
sobre su cuerpo; 60 segundos después Alfonso realiza
una maniobra similar para ejecutar el lanzamiento,
pero al abandonar las formaciones nubosas y salir
sobrevolando el terreno se percata de que estaba
algo desviado del objetivo.
Ante dicha situación el navegante
en función de apuntador le hace las indicaciones
para que reinicie un giro de acomodamiento que lo
lleve hasta el objetivo, ahora alejado a un
kilómetro de su posición.
Justamente cuando realizaba este
giro las tropas sudafricanas lo avistan y, poco
después de liberar la carga mortífera sobre el
blanco, la aeronave es alcanzada, al parecer, por
alguna barrera de tiro de artillería antiaérea que
perforó los tanques de combustible del ala y un
proyectil se había trabado en el estabilizador
(timón para cambiar la altura).
“Nunca había sido impactado
—afirma—, sentí que el avión comenzaba a vibrar. Con
un movimiento del bastón de mando aquella terrible
sensación desapareció, llevé nuevamente el mando al
pecho y aceleré el motor para buscar potencia.”
“Sobrevolé las nubes y durante esa
maniobra de ascenso me percato de que el avión
perdía bastante combustible, al observar cómo se
iluminaban de manera consecutiva todas las lámparas
de señalización que en la cabina indican los niveles
en los tanques”, y hace un movimiento con la mano
derecha como si tirara hacia sí el dispositivo de
control de la nave.
Las lámparas en los paneles de la
cabina advertían insistentemente sobre la seria
avería en los depósitos. Al levantar la cabeza y
observar por el retrovisor, pudo comprobar las
abundantes fugas del carburante que por ambas
semialas se pulverizaba hacia la atmósfera a través
de las fracturas ocasionadas por los impactos.
Una multitud de emociones le
agitaban. Sin embargo, la ecuanimidad reinó sobre el
temor, y pudo informar por radio lo sucedido antes
de enfilar el rumbo de regreso, consciente de que
las pérdidas no le permitirían al motor mantenerse
funcionando por mucho tiempo. La distancia que debía
cubrir hasta la pista rondaba los 180 kilómetros.
Durante la preparación de este tipo
de operación aérea, el mando siempre tiene prevista
una zona de aterrizaje para casos de emergencia, que
por lo general está cercano al punto medio de la
travesía y donde permanece en estado de listo un
grupo de búsqueda y salvamento dotado de un
helicóptero. Dada su ubicación la zona dispuesta
recayó en una pista de tierra ubicada en el poblado
de Longa, y aunque no reunía muy buenas condiciones
garantizaba, al menos en última instancia, un
catapultaje o un aterrizaje forzoso.
“Al apreciar lo grave de la
situación y debido a que continuaba volando sobre
las nubes, solicité autorización para dirigirme a
ese lugar. Al llegar comencé un descenso suave y
luego de emerger de los velos nubosos apareció la
pista, justo al frente de la nariz del avión”, dice
a la vez que sus pequeñas pupilas parecen suavizar
un rostro visiblemente tensionado al rememorar aquel
suceso.
“Bastó realizar un solo giro de
acomodo y prácticamente sin reservas en los
depósitos accioné la palanca de despliegue del tren
de aterrizaje.”
Al parecer los estragos ocasionados
sobre el planeador se extendieron en alguna medida
hacia parte del sistema hidráulico, puesto que notó
un cierto retardo en la salida de los montantes del
tren, y tras considerar la cercanía de la pista más
la carencia de combustible para repetir tráfico y
hacer un nuevo intento, decidió volver la palanca de
accionamiento a su posición inicial y realizar un
aterrizaje forzoso con la barriga del avión.
“Cuando el altímetro me reveló que
estaba entre los 10 ó 12 metros apagué el motor para
enfrentar la pista y el silencio se apoderó de los
breves instantes que me separaban de aquella
inaplazable colisión”, describe Alfonso mientras el
aire parece cortarse en el recinto.
El tiempo comenzaba a agotarse. La
tierra aparentaba acelerar su movimiento de
aproximación hacia la nave. El primer golpe resultó
escalofriante. El deslizamiento del fuselaje sobre
la superficie irregular y blanda de la pista de
tierra, unido a la alta velocidad con que se
desarrollaba el planeo provocaron la aparición de
sucesivos saltos y sacudidas que hacían peligrar la
integridad de la aeronave y su tripulante, al
aproximarlos, con cada movimiento errático, a un
catastrófico capotaje (vuelco).
Todo acontecía extremadamente
rápido. En un intento por disminuir la velocidad y
acortar la carrera, el piloto se inclina hacia el
frente para accionar el mecanismo de salida del
paracaídas de frenado, mas al no quedar firmemente
sujetado con los arneses a la silla de eyección
(catapulta), recibió un fuerte golpe en el rostro
con el bastón de mando que le ocasionó serias
fracturas en el tabique nasal y los labios.
Por fin, el robusto MIG-23ML se
detuvo. Con el rostro ensangrentado pudo desmontarse
de él y dirigirse al helicóptero de rescate mientras
observaba el profundo surco en la tierra que
revelaba aquella arriesgada maniobra que pudo
costarle la vida. El médico de a bordo del grupo de
salvamento lo asistió de inmediato y lo evacuaron
con urgencia hacia el hospital de Menongue.
Días más tarde, en Cuba, fue
intervenido quirúrgicamente por especialistas
maxilofaciales. Una recuperación increíblemente
rápida le permitió regresar a concluir su misión,
ahora como instructor de vuelo en Luanda.
Doval realizó cerca de 67 acciones
combativas durante el cumplimiento de sus dos
misiones internacionalistas en Angola, y fue, junto
al resto del personal de vuelo, técnico e ingeniero,
un baluarte decisivo para alcanzar la supremacía
aérea tan necesitada en aquel teatro de operaciones
militares con el fin de asegurar el avance de las
tropas y el éxito en las acciones combativas
siguientes que condujeron a la victoria final sobre
la
Unión Nacional
para la Independencia Total de Angola (UNITA) y las
Fuerzas de Defensa Sudafricanas (SADF).
En su primera misión (1985-1986)
cumplió servicios de exploración e intercepción
nocturna de los Hércules C-130, de construcción
norteamericana, que abastecían a la UNITA en la
región de Huambo, por el Norte de Cuito.
Los pilotos cubanos jamás vacilaron
ante el cumplimiento de una misión en cualquier
circunstancia. La disposición con que partían a
combatir, sin importarles hora o lugar, era
impresionante.
Los MIG-23ML conquistaron,
indudablemente, en el Sur de Angola, la superioridad
y el dominio del espacio aéreo sobre la Fuerza Aérea
Sudafricana (SAAF, siglas en inglés). El 27 de
septiembre de 1987 la SAAF perdió su primer Mirage
F1 derribado por un MIG-23ML y desde ese instante
los cazas enemigos evitaron el contacto directo con
los MIG. De noviembre de ese mismo año a enero del
siguiente estos formidables cazas llevaron a cabo
más de 1 000 misiones de combate en apoyo a las
Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA)
y frenaron el avance del SADF y la UNITA hacia Cuito
Cuanavale, obligándolos a moverse sólo de noche, y a
enmascararse muy bien durante el día.
LOS MIG-23 EN LA DEFENSA DE CUITO
CUANAVALE
La defensa de Cuito Cuanavale
fue la batalla más grande
en la historia del Africa negra, y tuvo
consecuencias que decidieron la guerra a favor de
angolanos y cubanos.
El
15 de diciembre de 1987 las SADF comenzaron la
"Operación Hooper", con la finalidad de, junto a la
UNITA, destruir a la agrupación de las FAPLA ubicada
en los alrededores de Cuito Cuanavale. Para ello
iniciaron el hostigamiento del aeródromo del lugar
empleando obuses tipo G5 y G6, perfectamente
enmascarados y con un alcance de 42 km, que obligó a
sus defensores a limitar el empleo del aeródromo por
los MIG, aunque no así con los helicópteros Mi-8 y
Mi-24, los cuales continuaron operando desde allí.
Contrariamente
al objetivo principal, que derivó en su diseño y
construcción como Caza-Interceptor, el grueso de las
misiones de los MIG-23ML y MIG-23UB fue de ataque a
tierra, es decir, como cazabombarderos, aunque
también cumplieron misiones de exploración,
intercepción y cobertura aérea.
Los pilotos
cubanos sabían sacar perfectamente, de las
magníficas características técnicas de estos cazas
de fabricación rusa, el máximo de provecho y
efectividad.
Así, su radio
de acción y capacidad de carga combativa (que
doblaba al de los aparatos MIG-21), además de sus
posibilidades de desdoblarse (versatilidad) para
ejecutar otro tipo de operaciones desde el aire, se
convirtieron en un importantísimo factor para el
triunfo.
En la mañana
del 13 de enero de 1988 se produjo el primer gran
ataque a Cuito, pero los agresores se encontraron
con una defensa inesperada, y sólo lograron avanzar
3 km en algunos puntos del frente.
Por el mal estado del tiempo, el
mando sudafricano pensó que los MIG no despegarían y
se agruparon abiertamente para efectuar un segundo
ataque por la tarde, sin condiciones de
enmascaramiento y en estrechas formaciones de
blindados. El enemigo no tardó en pagar semejante
error táctico.
Para sorpresa de los atacantes, el
tiempo mejoró ligeramente, y de inmediato los
MIG-21Bis y MIG-23ML despegaron del aeródromo de
Menongue artillados con una tonelada de bombas cada
uno. La agrupación sudafricana es sorprendida, y le
fueron ocasionadas cuantiosas bajas, a la vez que
son destruidos numerosos equipos. Sin perder tiempo
el mando cubano aprecia la situación y repite el
golpe otras dos veces, pero duplicando el tonelaje
de carga combativa por aeronave y estableciendo una
escolta constituida por 4 MIG-23ML, que portaban en
sus vigas de lanzamiento misiles aire-aire tipo R-24
y R-60 por si aparecen los Mirage F1 de la Fuerza
Aérea Sudafricana.
Esa tarde, los MIG realizan 22
misiones, demoliendo, con cerca de 32 toneladas de
bombas, más el fuego de la artillería y los T-55
cubanos, al enemigo, que tras la pérdida de
numerosos equipos pesados como tanques Olifants,
medios blindados y otros vehículos, desiste del
ataque y se retira.
El SADF y la UNITA inician otra
fuerte ofensiva, el 25 de febrero por la madrugada,
iluminándose con bengalas, pero es nuevamente
rechazado. En esta oportunidad la aviación realiza
52 misiones y arroja 26 toneladas de bombas y
cohetes.
Durante este mes los MIG-23ML
comienzan la caza de los obuses G5 y G6, que
hostigaban todo el tiempo a las tropas.
Para elevar la
efectividad de sus golpes, la artillería cubana
lanza proyectiles fumígenos en medio de las líneas
enemigas, y consigue marcar con exactitud el
objetivo a los MIG-21 y MIG-23, que atacaban desde
el vuelo rasante. Ese día el combate fue tan intenso
que sólo los sudafricanos dispararon 700 proyectiles
de 155 mm de G5, 36 cohetes de Walkirie y 66
granadas de mortero.
El 1 de marzo se produce un quinto ataque y el 23
inician el último intento de avance cuyo colofón
sería la hecatombe para el agresor. De nuevo la
aviación apoya intensamente a las tropas cubano-angolanas
en la defensa. |