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Un marine y su batalla
Juana Carrasco Martín
El
marine Andres Raya debía reportar a su unidad en
Camp Pendleton, cerca de San Diego, California, pero
decidió no hacerlo. Había tenido suerte en Iraq,
sobrevivió. Y llegó a su pueblo, Ceres, con la
veteranía conquistada en Falluja. Por supuesto, no
pensaba ni quería regresar a Iraq, así lo atestiguó
el teniente Bill Heyne, un vocero de la oficina del
sheriff en el condado Stanislaus, luego del extraño
suceso que lo tuvo de protagonista.
Andres hizo lo equivocado y en el lugar equivocado:
perdió sus 19 años de vida en una batalla a tiros...
con la policía estadounidense. Los emboscó con un
rifle semiautomático. Una cámara de seguridad de un
establecimiento de venta de licores grabó el
combate, una cacería de tres horas.
El incidente había comenzado cuando el joven entró a
la tienda, merodeó en ella y actuó de forma extraña:
salió afuera, disparó con su rifle y volvió a entrar
al local, diciéndoles a los empleados que alguien le
había disparado. Entonces les pidió que llamaran a
la policía.
En cuanto los agentes llegaron, de inmediato se
enzarzó a tiros con ellos. Dicen testigos y
protagonistas que no le importaban los disparos de
respuesta.
Para el marine no
valieron nada la Medalla de Servicio por la Defensa
Nacional, la Medalla Expedicionaria por la Guerra
Global contra el Terrorismo, la Medalla del Servicio
en la Guerra Global contra el Terrorismo y la Cinta
por Servicio en la Marina y el Cuerpo de Marines.
Ninguna condecoración detuvo las horas de violencia.
Parecería que Andres Raya escogió así su modo de
suicidarse.
Fue la gran noticia y comidilla entre los 35 000
habitantes de Ceres, bien cerca de Modesto, donde
reside su madre. Las declaraciones de esta al diario
Modesto Bee se están volviendo lastimosamente
reiterativas en Estados Unidos: “mi hijo regresó
diferente” de su última asignación...
También volvió “diferente” el veinteañero Jeffrey
Lucey y un día apareció colgado en el sótano de su
casa en Belchestown, Massachusetts, sucumbiendo por
sus tormentos mentales y emocionales.
Lo terrible es que estos jóvenes y decenas más que
han cometido también suicidio en Iraq o luego de su
retorno, o se han visto envueltos en incidentes de
violencia, fueron a la guerra bajo las falsas
premisas impuestas por George W. Bush y sus
compinches.
Lo ocurrido con Andres Raya prácticamente coincidió
con las revelaciones más recientes de la
administración Bush. Y esto añade una monstruosa
desvergüenza a lo acontecido. La Casa Blanca
confirmó el reporte del Iraq Survey Group (ISG), ya
no se buscan más las armas de destrucción masiva en
Iraq. No las hay, ni las hubo. Pero Andres, Lucey y
miles y miles de soldaditos estadounidenses fueron a
la guerra o están en ese infierno, bajo tal engaño.
Desde septiembre pasado, Charles Duelfer, el jefe
del ISG, había informado que el presidente Saddam
Hussein no tenía armas de exterminio en masa, que
las había destruido “hacía más de diez años”,
incluso que los iraquíes “no tenían capacidad” para
fabricarlas. Hasta apelaron al Pentágono para que
pusieran en libertad a varios científicos iraquíes
presos en alguna de las tenebrosas cárceles es-tadounidenses
en Iraq. Era lógico, no existía tal delito. Pero en
los campos de detención permanecen
todavía dos mujeres a las que la gobbeliana
propaganda estadounidense calificó de Dra. Germen y
Sra. Ántrax. Así las científicas Rihab Taha y Huda
Amash fueron transformadas en “monstruos”.
En septiembre, el diario británico Guardian
reportaba que las dos mujeres y muchos otros
científicos iraquíes permanecían encarcelados, no
tanto por “delitos” propios sino porque —según
algunos observadores en la región— “conocían
demasiado” sobre el involucramiento de Estados
Unidos con Iraq desde los años 80, cuando Hussein
era uno de los amigos de Washington.
Pero a Bush y a su gente les importan poco las
mentiras que han dicho y las vidas que han
destruido. Definitivamente la invasión de Iraq se
cumpliría, con o sin armas de exterminio, y ahora,
para justificar su crimen, lanzan otra aseveración
tramposa. “Saddam era peligroso y el mundo está seguro
sin él en el poder”, dijo el mandatario reincidente
a la periodista Barbara Walters, de la cadena ABC.
La invasión de
Iraq era ventajosa para Estados Unidos. La mentira
era necesaria para que Andres Raya fuera a Falluja,
y luego lavara su “culpa” en el enfrentamiento
fatídico. El Moloc, o dios de la guerra, acepta la
impúdica ofrenda.
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