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En el centenario de Jean-Paul Sartre
POR
JORGE GOMEZ BARATA
QUITO, Ecuador (ALTERCOM) —
La Revolución Cubana vino al mundo en plena Guerra
Fría, cuando Estados Unidos paladeaba su victoria
propagandística en la 2ª Guerra Mundial, que los
soviéticos ganaron para ellos, y sobre una montaña
de cadáveres, consolidaban el liderazgo aportado por
el Plan Marshall y el empate en la Guerra de Corea.
En ese entonces, el
socialismo soviético, que había realizado hazañas
colosales como fue sacar a la sexta parte de la
tierra de las tinieblas del absolutismo feudal y
derrotar al fascismo, pagaba las consecuencias de
los errores del período estalinista denunciado en el
20º Congreso del Partido Comunista Soviético, en
1956, y de los sucesos de Polonia y Hungría ese
mismo año.
En aquel contexto, desde lo
más profundo y exótico del Caribe, emergió la
Revolución Cubana, que apostando por lo joven y lo
nuevo, puso de moda las barbas y la irreverencia.
La intelectualidad de la
izquierda de Occidente que, con razones y sin ellas,
había tomado distancia del enfoque soviético y se
refugiaba en su propia interpretación del marxismo y
del socialismo, fue fascinada por Cuba que propuso
un nuevo socialismo.
Los compañeros de entonces,
los mismos de ahora, descubrimos a Sartre sin
reparar entonces que aquellas apresuradas lecturas
serían enriquecedoras experiencias culturales.
Envueltas en sus luces y sus
sombras, aquella intelectualidad de izquierda era
heredera del desencuentro que, a mediados del siglo
XIX, dividió el pensamiento social en dos grandes
vertientes: el marxismo y la socialdemocracia,
prevalecido en Occidente que injustamente fue
excomulgada por los guardianes de la fe del
dogmatismo.
Años después, la unidad
retornó a la izquierda europea apremiada por la
necesidad de enfrentar al fascismo alemán, que al
ocupar los pueblos del Viejo Continente, no
distinguió entre comunistas, socialistas o
socialcristianos, liberales o patriotas. Entonces se
formó el haz de la resistencia popular frente a la
ocupación.
Como casi siempre ocurre,
las alianzas de la guerra no sobrevivieron en la
paz. Con los últimos bastiones alemanes, se
desmoronó el frente antifascista, la Unión
Soviética, Inglaterra y los Estados Unidos se
embarcaron en la Guerra Fría y los partidos de la
izquierda los imitaron.
En una época en que no se
toleraban las críticas a la Unión Soviética, Sastre,
que nunca se afilió al Partido Comunista francés,
fue estigmatizado como revisionista y reformista. Ni
siquiera el estremecimiento provocado por los
movimientos de protesta de 1968, conocido como el
Mayo Francés, cambió aquella errónea percepción que
estuvo vigente hasta los mismos días de la debacle.
El 21 de junio, Jean-Paul
Sartre cumpliría cien años. Estuvo en Cuba y quedó
fascinado con la Revolución y con los
revolucionarios cubanos, en especial con Fidel y el
Che y escribió:
Huracán sobre el Azúcar.
Sartre no lo necesita, pero
tal vez cuando se sumó a las barricadas de París, en
1968 le hubiera emocionado conocer el enorme efecto
que tuvo sobre toda una generación que, dicho sea de
paso hoy, en las barricadas de la Batalla de Ideas,
sigue vigente.
Cuentan que al enterarse de
que Sartre peleaba en las barricadas del París
sublevado, un Jefe de Policía propuso apresarlo.
Enterado, Charles De Gaulle, con lúcido realismo,
explicó: “Ni siquiera a Luis XVI se le ocurrió
encarcelar a Voltaire. Estén donde estén los genios
no dejan de serlo. Apresar a Sartre sería ofender a
Francia, que los prefiere a ellos equivocados que a
nosotros acertados”.
En mi opinión, el socialismo
propuesto por Marx y que en su expresión más pura
Sartre asumió, no pereció en la derrota de mayo del
68 como tampoco en la debacle soviética. Aquellos
hombres y aquellos sueños no pertenecen al pasado,
sino al porvenir. (Condensado).
Jorge
Gómez Barata es profesor universitario, investigador
y periodista cubano, autor de numerosos estudios
sobre EE.UU.)
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