Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      


d e  la  p r e n s a  N A C I O N A L

La Habana, 27 de Octubre de 2005

Raza y furia de la naturaleza

Mumia Abu-Jamal
(Tomado de Juventud Rebelde)

Después de los horrores del huracán Katrina, voces de furia y rabia se oyen por todas partes, pero casi simultáneamente, vienen los ataques de los censores de los medios de comunicación que se precipitan a criticar y condenar a todos aquellos que se atreven a decirle la verdad al Emperador Desnudo.

click para ampliar imagenEn efecto, el gobierno central ha aprobado el mensaje que dice, casi con una sola voz: “Este no es el tiempo para empezar a jugar a las acusaciones”.

La relación incestuosa del gobierno y los medios de comunicación me hace recordar otras veces cuando se consideró “malo” criticar a los líderes políticos.

Cuando un alcalde negro de Filadelfia dio luz verde a la policía para que bombardeara la Casa MOVE, en 1985, él aceptó “toda la responsabilidad”, pero no la culpa. Once hombres, mujeres y niños fueron heridos de bala, despedazados y quemados vivos, pero nadie había para culpar (excepto Ramona África, que fue sentenciada a siete años de cárcel... por el delito de sobrevivir).

Cuando ocurrieron los ataques del 11 de septiembre y murieron miles, nombre a un solo líder político que perdió su trabajo.

Y cuando una agente del FBI reportó que ella había, en verdad, dado información a sus superiores sobre personas que posiblemente estaban envueltas en terrorismo doméstico, ella terminó siendo acusada.

Ahora, cuando los líderes políticos se sentaron confortablemente por casi una semana mientras el pueblo se ahogaba, moría de hambre, caían muertos víctimas de enfermedades crónicas, o eran tirados, para que vivan o mueran, a las oscuras madrigueras del Gran Estadio de Nueva Orleans, ¡no es hora de acusar a nadie!

Desde cuándo ha visto Usted a un miembro del liderazgo nacional “no” acusar a la gente por no vivir a la altura de los “standards” de lo que ellos llaman moralidad? Las prisiones estatales y federales están llenas con millones de acusados y castigados por tantas leyes nuevas que han pasado. Empezaron una guerra culpando al Presidente de un país de estar almacenando “armas de destrucción masiva”. ¿Y qué es la guerra, después de todo, si no una acusación que envuelve a todos? Es acusar a un país —a todo un país— por ciertos crímenes.

Sin embargo, gritan: “Este no es el tiempo para empezar a jugar a las acusaciones”.

Rapper Kanye West, en un momento cristalino de emoción ocasionado por la difusión de horrendas fotografías de la miseria de los negros y de los pobres en Nueva Orleans, dijo: “A George Bush no le importan los negros”. Las cadenas de televisión cortaron inmediatamente el reportaje en vivo, y prometieron grabar los programas siguientes para asegurarse de que se pudiera editar y eliminar toda expresión no aprobada que fuera a avergonzar al Emperador.

Sin embargo... ¿quién entre nosotros se podría imaginar una inundación, digamos, en Boston, donde miles estuvieran en peligro y el gobierno esperara cuatro días para socorrer a los angustiados rostros blancos?

Los rostros de Nueva Orleans, su sufrimiento, su miseria, lo que perdieron, se podrían muy fácilmente haber visto en Haití, en Rwanda, en Cambodia; y sin embargo, tenemos que hacer creer que los gobiernos del estado y el nacional se habían preocupado por socorrerlos.

Los gobiernos no dieron un pepino por el sufrimiento de Nueva Orleans.

La apurada foto de propaganda de Bush cargando a unos bebés negros mostraba a un hombre tan confortable como un miembro del Ku Klux Klan en medio de la marcha de un millón de hombres negros.

Pregunte a un hombre común en Nigeria qué vio en la televisión. Pregunte a una británica común qué vio en la “tele”.

Ellos vieron rostros negros y angustiados, con uno que otro hispano, vietnamita y blanco, todos pobres, mirando tristemente con sus miradas vacías.

Ellos vieron el lado oscuro de la “sociedad de propietarios”: la sociedad de un pueblo que no es dueño de nada.

Vieron a los Estados Unidos de Norteamérica, sin maquillaje y sin máscara.

Ellos se vieron en el espejo y se preguntaron, solo por un minuto, “si ese es el lugar donde queremos ir”.

A este gobierno no empezaron a no importarle los pobres hace unas semanas; ¿qué es entonces el obsesivo intento de acabar con los programas de seguridad social, si no un ataque frontal contra los pobres?

 

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