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Para espiar a Cuba y
Venezuela: una reliquia del régimen de
Reagan
POR JEAN-GUY ALLARD —de Granma
Internacional—
INFILTRABA el Gobierno de Noriega en
Panamá mientras se preparaba la invasión
norteamericana; asesoró a Duhalde en
Argentina cuando el país corría al
desastre económico; confiesa ser socio
de Lyndon LaRouche, el controvertido
político norteamericano de extrema
derecha: el nuevo “espía en jefe” que
Bush designó contra Cuba y Venezuela es
una auténtica reliquia del régimen de
Reagan, del cual fue un consejero
privilegiado.
Todo indica que a Bush no le queda otro
remedio que buscar en el closet de papá
a la hora de reclutar a altos
funcionarios de su gobierno en declive.
Norman Bailey, a quien el director
nacional de Inteligencia estadounidense,
John Negroponte —otro residuo de la
conexión reaganista— acaba de nombrar
como “Jefe de Misión” de la Inteligencia
norteamericana para los dos países
hermanos, tiene una largo currículo con
la CIA, no desprovisto de incongruencias
y disparates.
Su
biografía oficial indica que Bailey es
“economista consultor” y “profesor” de
la Potomac Foundation, de Washington, un
think tank conservador más dentro
de la red a la que son aficionados los
mandarines republicanos. Ex asistente
especial del presidente Ronald Reagan
para asuntos económicos internacionales
y miembro del National Security Council
(NSC), instó a la NSA, la agencia de
espionaje electrónico que monitorea su
correo, a espiar los movimientos de
dinero a escala mundial. Posee su propia
oficina de cabildeo, Norman A. Bailey
Incorporated, que asesoró incluso a la
Mobil Oil.
Pero por encima de todos sus títulos y
coberturas, este sesentón de perfil
redondo, quien se formó con la
Inteligencia militar y se graduó de la
Columbia University, actuó desde hace
décadas como cabeza de playa de la CIA,
notablemente con gobiernos
latinoamericanos que, al darle su
confianza, aceleraron su derrumbe.
En
1989, en Panamá, cuando se preparaba la
invasión de EE.UU., fue quien manejó los
planes de George Bush, padre, del
Departamento de Estado y de la CIA.
Se
dice que fue gracias a sus
indiscreciones, tal vez inspiradas por
Otto Reich, que el periodista Seymour
Hersch publicó en el New York Times
una verdadera ráfaga de crímenes
supuestamente cometidos por Manuel
Noriega, dando lugar a una amplia
campaña de descrédito internacional y a
una serie de operaciones encubiertas.
Asesoró entonces a Noriega, y lo
“acompañó” hasta el funesto desenlace de
la crisis que llevó al Presidente
panameño a una cárcel norteamericana, en
medio de una verdadera masacre de
istmeños humildes de los barrios más
desfavorecidos de la capital.
Con la misma desvergüenza, se acercó al
mandatario argentino Eduardo Duhalde, en
calidad de gran experto financiero
norteamericano —su papel favorito—
después del abrupto final del Gobierno
De la Rúa, en diciembre del 2001, con la
economía argentina en llamas.
El
8 de marzo del 2002, el diario Clarín,
con admirable inocencia, anuncia que “el
Presidente ya recibe consejos de sus
consultores americanos” y que el día
anterior se había entrevistado en el
palacio presidencial con Norman Bailey,
“un especialista que asesoró a (George
W. Bush) en su campaña” con el propósito
de “mejorar sus contactos en EE.UU”.
Al
Presidente desamparado le recomendó
reprimir con fuerza la agitación social
o, si no funcionaba a corto plazo la
manera fuerte, provocar elecciones como
forma de diversión. También le recomendó
emitir bonos con fideicomiso de las
tierras del Estado. Poco después de
recibir tan buenos consejos de un asesor
“independiente” perteneciente a la vez a
la CIA y a los círculos más íntimos del
inquilino de la Casa Blanca, Duhalde
terminó en los implacables archivos de
la historia.
SOCIO DE LYNDON L. LAROUCHE
A
través de todas estas décadas, en las
que el reaganismo prevalece, de una
forma u otra, en Washington, Bailey
siguió manifestándose bajo múltiples
etiquetas en América Latina. Se dice que
apareció en el proceso de la
dolarización en Ecuador y participó en
la concepción del Plan Colombia.
Pero lo que más llama la atención en su
trayectoria es su confesada amistad con
Lyndon H. LaRouche Jr., ex candidato
presidencial y eminente miembro de la
extrema derecha norteamericana, que
maneja una red de Inteligencia cuya
amplitud y eficiencia elogió
públicamente.
Más aún, Bailey es quien LaRouche usó
para penetrar la Casa Blanca poco
después de que el funcionario-espía
fuera nombrado en el Consejo Nacional de
Seguridad (NSC por sus siglas en
inglés).
El
propio Bailey contó en algún momento que
fue entonces orientado por oficiales del
NSC para que conversara con un grupo de
partidarios de LaRouche, quienes
ofrecían proporcionar información de
Inteligencia.
A
partir de ahí, mantuvo relaciones
estrechas y regulares con el grupo y su
jefe, a quien visitó, incluso, en su
rancho exclusivo de Loudoun County.
Sus enemigos califican a LaRouche de
antisemita con propensión a concebirse
como una suerte de Hitler, a la cabeza
de una secta oculta.
En
su apología de aquella controvertida
organización, Bailey señaló que
constituía “uno de los mejores servicios
de Inteligencia en el mundo” por operar
“más libre y abiertamente que las
agencias oficiales”, lo que le permite
“hablar con primeros ministros y
presidentes”.
En
diciembre de 1999, en un cable
procedente de Washington en el cual se
denunciaba la aparición de “nuevas
amenazas a la seguridad de Estados
Unidos en América Latina”, la agencia
norteamericana AP citaba a Bailey
atacando groseramente al presidente de
Venezuela, Hugo Chávez, elegido
democráticamente el año anterior.
En
su perorata, Bailey declaraba que el
Gobierno de Ecuador estaba “totalmente
en bancarrota'', sugiriendo no descartar
“una intervención militar”. De Panamá,
dijo entonces que era “un país
vulnerable a las incursiones de la
guerrilla” y que las posibilidades de
sabotaje al canal son “enormes'' lo que,
por supuesto, le permitía soñar con otra
aventura en el istmo.
En
marzo del 2001, en el Washington
Times, el actual Espía en Jefe
contra Cuba y Venezuela expresaba
abiertamente sus deseos de una caída de
los precios del petróleo, lo que
tendría, comentaba, “consecuencias
catastróficas” para Venezuela.
Más tarde, se burló groseramente del
proyecto de gasoducto transcontinental
elogiado por Chávez: "Si quieren
construir el gasoducto que lo hagan,
pero no tiene ningún sentido económico.
Es totalmente estúpido".
A
Bailey se le escapó entonces una muestra
de su poca sutil visión de América
Latina: "Pensar que Bush necesita a
Kirchner para contener a Chávez es
idiota". |