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I N T E R N A C I O N A L

La Habana, 6 de Diciembre de 2006

Para espiar a Cuba y Venezuela: una reliquia del régimen de Reagan

POR JEAN-GUY ALLARD —de Granma Internacional—

INFILTRABA el Gobierno de Noriega en Panamá mientras se preparaba la invasión norteamericana; asesoró a Duhalde en Argentina cuando el país corría al desastre económico; confiesa ser socio de Lyndon LaRouche, el controvertido político norteamericano de extrema derecha: el nuevo “espía en jefe” que Bush designó contra Cuba y Venezuela es una auténtica reliquia del régimen de Reagan, del cual fue un consejero privilegiado.

 Todo indica que a Bush no le queda otro remedio que buscar en el closet de papá a la hora de reclutar a altos funcionarios de su gobierno en declive. Norman Bailey, a quien el director nacional de Inteligencia estadounidense, John Negroponte —otro residuo de la conexión reaganista— acaba de nombrar como “Jefe de Misión” de la Inteligencia norteamericana para los dos países hermanos, tiene una largo currículo con la CIA, no desprovisto de incongruencias y disparates.

 Su biografía oficial indica que Bailey es “economista consultor” y “profesor” de la Potomac Foundation, de Washington, un think tank conservador más dentro de la red a la que son aficionados los mandarines republicanos. Ex asistente especial del presidente Ronald Reagan para asuntos económicos internacionales y miembro del National Security Council (NSC), instó a la NSA, la agencia de  espionaje electrónico que monitorea su correo, a espiar los movimientos de dinero a escala mundial. Posee su propia oficina de cabildeo, Norman A. Bailey Incorporated, que asesoró incluso a la Mobil Oil.

 Pero por encima de todos sus títulos y coberturas, este sesentón de perfil redondo, quien se formó con la Inteligencia militar y se graduó de la Columbia University, actuó desde hace décadas como cabeza de playa de la CIA, notablemente con gobiernos latinoamericanos que, al darle su confianza, aceleraron su derrumbe.

 En 1989, en Panamá, cuando se preparaba la invasión de EE.UU., fue quien manejó los planes de George Bush, padre, del Departamento de Estado y de la CIA.

 Se dice que fue gracias a sus indiscreciones, tal vez inspiradas por Otto Reich, que el periodista Seymour Hersch publicó en el New York Times una verdadera ráfaga de crímenes supuestamente cometidos por Manuel Noriega, dando lugar a una amplia campaña de descrédito internacional y a una serie de operaciones encubiertas.

 Asesoró entonces a Noriega, y lo “acompañó” hasta el funesto desenlace de la crisis que llevó al Presidente panameño a una cárcel norteamericana, en medio de una verdadera masacre de istmeños humildes de los barrios más desfavorecidos de la capital.

 Con la misma desvergüenza, se acercó al mandatario argentino Eduardo Duhalde, en calidad de gran experto financiero norteamericano —su papel favorito— después del abrupto final del Gobierno De la Rúa, en diciembre del 2001, con la economía argentina en llamas.

 El 8 de marzo del 2002, el diario Clarín, con admirable inocencia, anuncia que “el Presidente ya recibe consejos de sus consultores americanos” y que el día anterior se había entrevistado en el palacio presidencial con Norman Bailey, “un especialista que asesoró a (George W. Bush) en su campaña” con el propósito de “mejorar sus contactos en EE.UU”.

 Al Presidente desamparado le recomendó reprimir con fuerza la agitación social o, si no funcionaba a corto plazo la manera fuerte, provocar elecciones como forma de diversión. También le recomendó emitir bonos con fideicomiso de las tierras del Estado. Poco después de recibir tan buenos consejos de un asesor “independiente” perteneciente a la vez a la CIA y a los círculos más íntimos del inquilino de la Casa Blanca, Duhalde terminó en los implacables archivos de la historia.

SOCIO DE LYNDON L. LAROUCHE

 A través de todas estas décadas, en las que el reaganismo prevalece, de una forma u otra, en Washington, Bailey siguió manifestándose bajo múltiples etiquetas en América Latina. Se dice que apareció en el proceso de la dolarización en Ecuador y participó en la concepción del Plan Colombia.

 Pero lo que más llama la atención en su trayectoria es su confesada amistad con Lyndon H. LaRouche Jr., ex candidato presidencial y eminente miembro de la extrema derecha norteamericana, que maneja una red de Inteligencia cuya amplitud y eficiencia elogió públicamente.

 Más aún, Bailey es quien LaRouche usó para penetrar la Casa Blanca poco después de que el funcionario-espía fuera nombrado en el Consejo Nacional de Seguridad (NSC por sus siglas en inglés).

 El propio Bailey contó en algún momento que fue entonces orientado por oficiales del NSC para que conversara con un grupo de partidarios de LaRouche, quienes ofrecían proporcionar información de Inteligencia.

 A partir de ahí, mantuvo relaciones estrechas y regulares con el grupo y su jefe, a quien visitó, incluso, en su rancho exclusivo de Loudoun County.

 Sus enemigos califican a LaRouche de antisemita con propensión a concebirse como una suerte de Hitler, a la cabeza de una secta oculta.

 En su apología de aquella controvertida organización, Bailey señaló que constituía “uno de los mejores servicios de Inteligencia en el mundo” por operar “más libre y abiertamente que las agencias oficiales”, lo que le permite “hablar con primeros ministros y presidentes”.

 En diciembre de 1999, en un cable procedente de Washington en el cual se denunciaba la aparición de “nuevas amenazas a la seguridad de Estados Unidos en América Latina”, la agencia norteamericana AP citaba a Bailey atacando groseramente al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, elegido democráticamente el año anterior.

 En su perorata, Bailey declaraba que el Gobierno de Ecuador estaba “totalmente en bancarrota'', sugiriendo no descartar “una intervención militar”. De Panamá, dijo entonces que era “un país vulnerable a las incursiones de la guerrilla” y que las posibilidades de sabotaje al canal son “enormes'' lo que, por supuesto, le permitía soñar con otra aventura en el istmo.

 En marzo del 2001, en el Washington Times, el actual Espía en Jefe contra Cuba y Venezuela expresaba abiertamente sus deseos de una caída de los precios del petróleo, lo que tendría, comentaba, “consecuencias catastróficas” para Venezuela.

 Más tarde, se burló groseramente del proyecto de gasoducto transcontinental elogiado por Chávez: "Si quieren construir el gasoducto que lo hagan, pero no tiene ningún sentido económico. Es totalmente estúpido".

 A Bailey se le escapó entonces una muestra de su poca sutil visión de América Latina: "Pensar que Bush necesita a Kirchner para contener a Chávez es idiota".

 

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