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Informe Baker sobre Iraq:
Críticas sin éticas
POR ELSA
CLARO —de Granma Internacional—
A poco de divulgarse el resultado de la
tan esperada, y al parecer infructuosa,
Comisión Baker-Hamilton, The
New York Times publica un editorial
donde advierte: "No nos confundamos. El
informe es una contundente acusación del
fracaso de Bush en Iraq y en Washington.
Pero sus recomendaciones son lo
suficientemente vagas como para impedir
al Presidente darle carácter de esa
nueva estrategia de la cual sus
ayudantes hablan”.
La lectura del texto confirma las
aseveraciones del diario norteamericano.
En las 79 recomendaciones que contiene,
ninguna alude a que Estados Unidos pasó
sobre la ONU y violó disposiciones
internacionales a las cuales está
adscrito. No consta tampoco que invadir
Iraq fue un atentado a la soberanía de
un país que no les agredió antes.
Es imposible apoyarse en el expediente
de las armas de exterminio masivo,
porque es más que obvio que nunca
existieron. Si no tienen asideros que
justifiquen la guerra, menos hay para
disculpar la ocupación y cuanto ha
venido ocurriendo en estos 3 años y
medio, pero no constan este tipo de
consideraciones en el texto. Ese es su
primera deficiencia de peso.
Y es que pese a que el Informe Baker es
crítico con la Administración, no hay
razonamientos de principio ni de ética
alguna que lo fundamenten, por lo cual
es de imaginar que si estuvieran
ganando, con o sin mayoría demócrata en
el Congreso, los desganados reproches de
este grupo bipartidista no existirían.
El problema se reduce a intentar salir
del chiquero sin parecer muy revolcados.
Aún así, el presidente iraquí Jalal
Talabani dijo estar muy disgustado con
la “muy peligrosas” recomendaciones que
minarían la soberanía de Iraq. ¿Por qué
le parece que se pisotea la integridad
nacional con estas fláccidas
disposiciones y no cuando asesinan
ciudadanos o se les tortura? Ah, pues
sucede que una encomienda plantea que se
rehabilite a funcionarios y militares
del partido Baas, es decir, el de Sadam
Hussein. ¿Objetivo? Que retornen a sus
posiciones anteriores y con su
experiencia introduzcan algo de orden y
concierto en el país.
Es posible que Talabani lo ignore o
prefiera hacerse el ciego-sordo ante
fortuitos cantares, pero la cláusula que
toca ese propósito es muy probable esté
fundamentada en los encuentros
semiclandestinos y ¿semioficiales? que
han tenido enviados estadounidenses con
sunnitas que se supone forman parte de
la resistencia, para examinar con ellos
un posible cese al fuego, algo que
implica, al mismo tiempo, sustituir el
Gobierno iraquí en funciones y darle
vida a uno provisional con presencia de
las antiguas fuerzas que predominaron en
Iraq con el depuesto y condenado
mandatario.
El hipotético acuerdo al que se
llegare, no tiene como meta la salida
de las tropas norteamericanas, sino su
concertación contra el que llaman el
“clérigo radical”, Moktada al-Sadr,
líder chiíta que les tuvo en jaque en la
región de igual nombre, y ha exigido la
retirada de los invasores.
Nada es de un solo color y menos lo
concerniente a una guerra y en sitio
dividido por fuerzas dispares. Mokdata
al-Sadr forma parte de la coalición del
Gobierno encabezado por el primer
ministro Al Maliki, pues aunque se ha
enfrentado a las tropas ocupantes,
parece que considera oportuno tener
presencia en el aparato de decisiones,
aunque sean mínimas las que puedan
tomarse por ahora. Si sus motivos no son
por entero transparentes, los de la
parte norteamericana, en lo que respecta
a las estratagemas “diplomáticas”
emprendidas, no dejan lugar a duda.
Reintegrar a los baasistas tendría su
costo-beneficio correspondiente. En
primer término pretenden parar el flujo
mortal del centenar de muertes por mes
que están teniendo como promedio. En
segundo, hacerse de funcionarios
entrenados por el anterior régimen,
conocedores del medio y los mecanismos
ante los cuales reacciona la mayoría,
les daría otro gran alivio. Hasta
pudieran salir de Iraq con cierta
apariencia de invictos.
Por ese camino han llegado, se afirma
por informadores y algunos analistas, a
proponerles una devolución parcial del
poder, a cambio, además, de que les
permitan dejar varias bases militares
en el territorio. Y como los negocios
van también delante, o junto con las
estimaciones geoestratégicas, ese
supuesto nuevo régimen iraquí debe
darles garantía de que van a estimular
la participación de empresas privadas
estadounidenses en la futura
reconstrucción. Washington se reserva
algunos financiamientos que favorezcan
tales transacciones.
En los papeles y en la imaginación de
unos cuantos todo parece simple, llano,
expedito. Es cosa de ver, pues si damos
por fieles los trascendidos, los propios
sunníes, que serían coprotagonistas de
esa supuesta historia, no aceptaron las
recomendaciones de la Comisión Baker.
Los chiíes tampoco. Menos aún los
kurdos, quienes, entre diferentes
motivos, han encontrado en su
colaboración con Washington, la
posibilidad de quedarse con un
territorio que sería la base de un
Estado propio. De momento, hicieron
fuertes objeciones con respecto a la
recomendación de aumentar las fuerzas
invasoras que se ocupan del
entrenamiento de la tropa nativa.
OTRA PARTE DEL ASUNTO
Entrevistado por el semanario alemán
Der Spiegel, el premier judío Ejud
Olmert dijo que “las
tesis y la política de Israel no han
cambiado” y no espera cambios en el
enfoque y trato de la Casa Blanca hacia
su gobierno, como consecuencia del
informe rendido por Baker.
Sucede que el grupo presidido por el ex
secretario de Estado y el congresista
Hamilton, sugiere que se efectúe una
conferencia internacional para Oriente
Medio, teniendo en su centro el
conflicto israelí-palestino, y
negociaciones directas con Siria e
incluso un diálogo con Irán. La
Comisión, en realidad, reconoce que de
la buena solución del conflicto
árabe-israelí, depende mucho de cuanto
acontezca en la emponzoñada zona.
Y tienen razón, incluso cuando instan a
no excluir a dos países del área
influyentes en varios sentidos y parte
activa de los dilemas o de los remedios
que se necesitan. Descartar a estos
posibles interlocutores es poco realista
y una parcialidad torpe.
“La recomendación del informe de que se
realice una conferencia internacional al
estilo de la conferencia de paz de
Madrid no solamente es una oportuna
señal del vínculo entre el conflicto
árabe-israelí y los demás problemas de
la región, es también un recordatorio
que se debió haber hecho hace mucho
tiempo de que las negociaciones
bilaterales entre las partes no pueden
resultar en un acuerdo. Haber llegado a
esa conclusión fue lo que motivó la
iniciativa de paz del 2002 por parte de
los árabes, que estableció las
condiciones para un acuerdo global
árabe-israelí”. El criterio pertenece a
Shlomo Ben-Ami, ex primer ministro de
Israel, quien participó de las
negociaciones que cita, no por
fracasadas irrisorias. No puede
considerarse el suyo un criterio
“subversivo”, pero sí medianamente
atinado.
Las autoridades israelíes no tienen
similar visión o no les interesa, por
“principio”, buscar entendimientos
sólidos con los árabes ni solucionar el
despojo al que someten a los palestinos.
Andan bravuconeando en la certeza de que
no habrá cambios en la política que les
tiene como principal aliado de EE. UU.
en la región.
Pero hay muchos runrunes en
medios oficiales y públicos
norteamericanos sobre algunos de los
asuntos aquí esbozados y hasta de otras
variantes posibles destinadas a airear,
quizás de manera definitiva, el asunto
iraquí.
Pese a que cualquiera se percata de que
la situación es difícil, George W. Bush
sólo vio en el Informe Baker aquello que
corrobora —según dijo— su sesgado y
erróneo enfoque sobre una guerra que
quiera o no, tiene perdida. Claro que no
será maquillando la realidad que esta se
transforme. Puede que se entere pronto. |