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Kennedy, conspiración en
Hamburgo
POR GABRIEL MOLINA
UNO
de los objetivos colaterales del
asesinato del presidente John F.
Kennedy, fue el de aniquilar a la
Revolución Cubana.
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El
Comité Especial hizo investigaciones
en La Habana, donde algunos de sus miembros se entrevistaron con el
presidente Fidel Castro. En la foto,
a la derecha de Fidel, Louis Stokes,
jefe del Comité Especial del
Congreso de EE.UU.
y Roichardson Preyer, a cargo del SubComité Kennedy.
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Mas ese fin no fue logrado y es la
secreta razón para que cuarenta y dos
años después la conspiración continúe.
Casualmente, la última maquinación
coincide con el anuncio de la posible
liberación del terrorista Luis Posada
Carriles y viene de rebote desde
Alemania: “Hamburgo, 3 ene (DPA). — Un
documental de la televisión pública
alemana ARD, responsabiliza al servicio
secreto cubano del asesinato del
presidente estadounidense John F.
Kennedy, en Dallas, Texas”.
Wilfried
Huismann, director del documental, es el
instrumento de turno que afirma, según
la agencia alemana: “Fue la venganza de
Castro por el intento de la CIA de
asesinarlo con un bolígrafo
envenenado”.
No
es esta una acusación despreciable. El
estremecedor magnicidio tuvo tanto
impacto en el mundo que aun hoy, cuando
se evoca, alguien pregunta dónde estaba
entonces cada uno.
Por mi parte, estaba en el pintoresco
restaurante La Pecherie, en el puerto de
Argel, y me disponía a degustar los
excelentes caracoles de la casa, el 22
de noviembre de 1963, con Helen Klein,
la norteamericana jefa de prensa del
presidente Ahmed Ben Bella. De repente
conocimos la terrible noticia.
¡El presidente Kennedy ha sido
asesinado!.. —Ahora van a culpar a Cuba,
le dije inmediatamente.
—No
exageres, me contestó.
Rápidamente nos fuimos a la agencia
Prensa Latina, situada en 26, Rue Claude
Debussy, donde me desempeñaba como
corresponsal, para tener más
información. Allí confirmé cómo las
emisiones repetían que el Gobierno
cubano era acusado por el magnicidio.
Sorprendida, Helen me preguntó cómo lo
había adivinado.
—No soy adivino —le expliqué—, Cuba es
para Estados Unidos la causa de todo lo
malo. Un poco por histeria y otro poco
porque están buscando un pretexto para
tratar de aplastarnos.
Sin embargo, pocas horas más tarde, la
acusación desapareció del aire con la
misma rapidez con que había entrado. En
aquel momento todo quedó en el
misterio.
Quince años después, en Washington, por
enésima vez flotaba la misma acusación
en el ambiente. El Comité Especial para
investigar los asesinatos de John F.
Kennedy, de su hermano Robert y de
Martin Luther King, manejaba las muchas
teorías sobre el asesinato del
Presidente de Estados Unidos. Nuevamente
flotaba en los medios masivos el intento
de levantar sospechas sobre el Gobierno
de Cuba.
Un
periodista de Washington, muy ligado al
FBI, confidencialmente me reveló que la
versión partió originalmente de la CIA,
que distribuyó una nota en la cual se
expresaba que Oswald había cometido el
magnicidio por cuenta del Gobierno
cubano. Agregó que el FBI hizo retirar
la acusación de los medios de prensa.
Cuando le pregunté al veterano
periodista por qué se había molestado el
FBI en desautorizar a la CIA, explicó
que consideraron a la iniciativa una
irresponsabilidad que hubiese podido
desencadenar consecuencias
incalculables, como una Tercera Guerra
mundial.
La
primera investigación importante del
asesinato fue realizado por la llamada
Comisión Warren, la cual consideró esa
acusación a Cuba y la desechó expresando
que “no hubo tal conspiración.”
Sin embargo, a partir de 1967, la
columna de Drew Pearson y Jack Anderson
levantó nuevamente idénticas
acusaciones. Los medios alzaban el tono
apuntando hacia Cuba cada vez que
surgían nuevas evidencias envolviendo al
establishment, sobre que Oswald
no había actuado solo. Es de notar que
Anderson fue durante su carrera, al
menos, muy cercano a la CIA. Fueron
tantas las evidencias que el Congreso
decidió crear un Comité Especial de su
seno, presidido por el congresista
afroamericano Louis F. Stokes, para
investigar los asesinatos de John F.
Kennedy, su hermano Robert y Martin
Luther King. Tras más de un año de
arduas investigaciones el Comité Stokes
llegó a interesantes conclusiones.
Entre sus hallazgos figura en el
Apartado C, acápite 2, “El Comité cree
sobre la base de la evidencia disponible
que el Gobierno cubano no estuvo
envuelto en el Asesinato del presidente
Kennedy”.
Tras pesquisas en EE.UU. y en Cuba
sobre las causas del asesinato, se
manejaron, entre otras, las intenciones
del presidente Kennedy de normalizar las
relaciones con Cuba, además de otras no
menos importantes razones de política
interna.
LA INMORAL COLUSION CIA-MAFIA
El Comité Especial llegó a la
conclusión de que Carlos Marcello, Don
de Nueva Orleans y parte de Texas;
Santos Trafficante, de Florida, y James
Hoffa, presidente del gremio de
camioneros, "tenían motivos, medios y
oportunidades para asesinar al
presidente Kennedy".
Trafficante era un objetivo vital en la
lucha de la Administración de Kennedy
contra el crimen organizado. Su nombre
estaba entre los diez principales
sujetos a investigar y combatir.
Cuando Robert Kennedy conoció de la
inmoral colusión de la CIA con la Mafia,
prohibió a los funcionarios involucrados
recurrir a tales asociaciones sin
informárselo. Pero ellos continuaron
haciéndolo bajo la dirección de Richard
Helms.
El informe del Comité expone que la
posición de Trafficante en el crimen
organizado, en el narcotráfico, y su
papel como principal enlace de la mafia
con figuras criminales dentro de la
comunidad exiliada cubana, lo proveían
con la capacidad de formular una
conspiración para asesinar al presidente
Kennedy, como lo hizo antes contra Fidel
Castro.
El Comité establece que existió una
posible conexión entre Trafficante y
Ruby, especialmente en La Habana en
1959, cuando Ruby servía, de hecho, como
correo de los intereses de la Cosa
Nostra para trasladar fondos de la
capital cubana a Miami. Cuba suministró
pruebas.
Sin embargo, el Comité no pudo encontrar
evidencias directas sobre si fueron
ejecutores en el asesinato del
Presidente tanto Trafficante como
Marcello. La capital del imperio de éste
último, Nueva Orleáns, se había
convertido en un importante escenario de
las conspiraciones terroristas. Allí
iban personajes como Orlando Bosch, Luis
Posada Carriles, los hermanos Guillermo
e Ignacio Novo Sampoll, Eladio del
Valle, Jorge Mas Canosa, Herminio Díaz y
otros. En el mismo edificio donde se
reunían. Oswald desarrollaba una
actividad de engañoso apoyo a Cuba.
El Comité Especial confirmó también que
estos terroristas de origen cubano
conspiraron, como individuos para la
comisión del crimen. Los mismos que se
complotaron para atentar contra Fidel
Castro, lo hicieron para asesinar a
Kennedy. Poco antes de ser asesinado,
John Roselli dijo al columnista Jack
Anderson que cubanos de la banda de
Trafficante habían participado en el
magnicidio.
En el informe se admite que "los
anticastristas estaban "frustrados,
amargados y coléricos" y la dirección de
sus resentimientos la enfocaban contra
Kennedy, quien en los días de su muerte
había encargado a William Atwood
discutir con representantes cubanos en
Naciones Unidas sobre la posibilidad de
normalizar las relaciones. El delegado
cubano en esas conversaciones fue Carlos
Lechuga, entonces embajador en la ONU.
El asesor de seguridad de Kennedy,
McGeorge Bundy, manifestó que el
Presidente quería para cuando regresase
de Dallas, un informe sobre la marcha de
esas pláticas. Aún después de muerto, su
hermano, Roberto Kennedy, trató también
de suprimir las medidas contra Cuba,
pero el nuevo presidente, Lyndon B.
Jonhson, lo impidió.
El Comité Stokes confirmó que los
contactos de Oswald en Estados Unidos
eran contrarrevolucionarios de origen
cubano y optó por analizar abiertamente
estos aspectos que no investigó la CIA,
confabulada con los cubanoamericanos.
Decidió examinar con rigor a los grupos
que, aparte de estar motivados, tenían
la capacidad y los recursos como para
mezclarse en el asesinato.
Existían muchas organizaciones
terroristas en el período comprendido
entre el triunfo de la Revolución Cubana
y el asesinato de Kennedy. Pero se
determinó que en dos de ellas pudiera
haber existido una conexión con Oswald:
Alpha 66 y la llamada Junta
Revolucionaria Cubana (JURE).
El Comité Stokes escuchó el testimonio
de Marita Lorenz, una hermosa espía
reclutada por Frank Sturgis, quien
relató un encuentro que presenció en
Miami, en casa de Orlando Bosch y en el
que participaron Pedro Luis Díaz-Lanz y
Oswald, planeando un viaje a Dallas.
Agregó que el 15 de noviembre ella viajó
a esa ciudad en dos autos con Bosch,
Sturgis, Díaz-Lanz, Oswald, Gerry
Hemming y los hermanos Novo Sampoll. En
las habitaciones del hotel donde se
alojaron había varios fusiles y
recibieron la visita de Ruby, más tarde
ejecutor de Oswald. Más recientemente
Lorenz dijo que allí Howard Hunt
(Eduardo para los cubanos) entregó
dinero a Sturgis el 21 de noviembre para
una operación que no le dijeron cuál era
y regresó a Miami 2 ó 3 horas después
del atentado.
PHILIPS, PROTAGONISTA DEL TRABAJO SUCIO
Antonio Veciana, fundador de Alpha 66,
declaró al Comité que dentro del
contexto de sus actividades contra el
Gobierno de Cuba, se entrevistó en
muchas oportunidades con un oficial de
la CIA que dijo llamarse Bishop. Y que
en agosto de 1963, en Dallas, Texas,
éste hizo contacto con él en un edificio
de oficinas, en compañía de una persona,
a quien identificó después de la muerte
de Kennedy como Lee Harvey Oswald.
Más tarde Veciana confesó al escritor
Gaeton Fonzi que el nombre del oficial
Bishop era David Atlee Philips, quien
trabajó en La Habana para la CIA con
fachada de empresario en Humboldt 106
apartamento 502.
Atlee Philips-Bishop fue desde 1960 jefe
en Miami de los aspectos
propagandísticos de la invasión de 1961
contra Cuba, junto a Howard H. Hunt,
principal organizador del Watergate. En
1954, ambos dirigieron la conjura para
derrocar al Gobierno de Arbenz, en
Guatemala. La seguridad cubana confirmó
esa identidad de este oficial CIA, quien
organizó los grupos terroristas
cubanoamericanos que aún chantajean al
Gobierno de Bush y tratan de excarcelar
a Posada Carriles y sus cómplices.
Uno de los miembros del grupo JURE,
Silvia Odio, testificó en 1964 ante la
Comisión Warren, que un hombre al que
ella identificó a través de los medios
masivos como el Oswald que mató a
Kennedy, visitó en Dallas su
apartamento, en septiembre de 1963, en
compañía de otros dos latinos. Agregó
que los dos hispanoparlantes le dijeron
ser miembros de JURE.
Uno de ellos le dio el nombre de
Leopoldo y tenía acento cubano. El otro,
Angelo, parecía mexicano. El tercero se
presentó con el nombre de León Oswald y
era, para ella, Lee Harvey Oswald. La
Seguridad Cubana identifica a los
acompañantes de Oswald como los hermanos
Novo, poseedores de una larga lista de
asesinatos y otras acciones
terroristas.
Silvia declaró lo mismo al FBI y agregó
que dos días más tarde, el tal Leopoldo
la volvió a llamar y le expresó que,
según León, ellos debían haber matado a
Kennedy después del fracaso de la
invasión por Bahía de Cochinos. Dos
meses después Kennedy fue asesinado.
Las conclusiones del informe fueron que
“las declaraciones de Silvia son aún
creíbles y más cuando ésta sostuvo
insistentemente, después de quince años,
sus mismos argumentos”.
Ese mismo día prestó testimonio Nicholas
Katzenbach, ex secretario de Justicia de
la Administración de Johnson, quien hizo
alusión a pugnas internas y a malas
relaciones entre el FBI y la CIA durante
la época de la investigación.
RICHARD HELMS CONFESO QUE LOS ASESINATOS
DE LA CIA ERAN “ACCION POLITICA”
Al día siguiente, 22 de septiembre, el
ex director de la CIA, Richard Helms,
provocó indignación en algunos
congresistas y asombro en la mayoría, al
comparecer durante siete horas ante el
Comité Selecto para responder a las
indagaciones sobre la efectividad de la
investigación hecha por la CIA después
del asesinato, y si suministró a otros
la relevante información que tenía. En
el momento del asesinato de Kennedy,
Helms era jefe del Servicio Clandestino
de la CIA, el presidente Johnson lo
nombró subdirector de la CIA un año
después. Y director en 1966.
El congresista Christopher J. Dodd
preguntó si la Comisión Warren fue
informada de los intentos de asesinato
contra Fidel Castro, y se mostró airado
por los contactos del crimen organizado
y la Agencia.
Helms respondió que solamente se
informaba a la Comisión Warren de los
asuntos por los que preguntaba.
Ante la insistencia de los
congresistas, dijo que las actividades
contra la Revolución Cubana incluyeron
intentos de volar plantas eléctricas y
centrales azucareros, incendiar campos
de caña y múltiples tipos de acciones
terroristas. Añadió que esta era una
acción política de la que no se podía
culpar sólo a la Agencia, pues el
Presidente, el Pentágono, el
Departamento de Justicia, el de Defensa,
el de Estado y el Consejo de Seguridad
Nacional, tenían pleno conocimiento de
los planes y los aprobaban.
De alta estatura, pelo entrecano de
amplias entradas y maneras cultivadas,
con su traje oscuro bien cortado, camisa
blanca de tenues rayas azules y corbata
oscura, Helms enfrentó a sus
interrogadores con gran aplomo y trazas
de buen humor. Su distinguido aspecto no
hacía fácil pensar en el hombre que
desde su despacho daba las órdenes de
asesinar. Fríamente, con asepsia, se
refería a los criminales intentos en
complicidad con los matones de la mafia.
LOS CONTACTOS DE OSWALD CON LA CIA DATAN
DE 1960
Otro de los documentos sobre los que
fue interrogado se refería a que los
primeros contactos de la CIA con Oswald,
aun cuando informaron a la Comisión
Warren que no habían tenido ninguno, se
remontaban a 1960. Uno de los
memorándums de la CIA presentado,
expresaba que Allan Dulles, a pesar de
ser miembro de la Comisión Warren,
aleccionaba a sus subordinados sobre
cómo esconder las relaciones de la CIA
con Oswald.
Helms contestó estos aspectos
evasivamente.
Tres días antes, Thomas J. Kelley y
James J. Rowley, inspector y jefe,
respectivamente, del Servicio Secreto
encargado de la protección del
Presidente, sorprendieron a toda
Norteamérica al declarar que a pesar de
que el FBI y la CIA poseían información
sobre Oswald, el Servicio Secreto no la
conoció.
"De otro modo hubiésemos sabido lo que
hacíamos el día de la muerte del
presidente Kennedy", dijeron Kelley y
Rowley a los integrantes del Comité
Selecto.
Estos y otros hallazgos hicieron al
Comité llegar a la conclusión de que
hubo falta de cooperación y coordinación
entre las distintas agencias del
gobierno; que el Servicio Secreto fue
deficiente en proteger al Presidente y
en analizar la información que poseía.
Incluso que no contaba con personal
suficiente para una protección adecuada.
En
el acápite 5 se afirma que no estuvieron
envueltos el Servicio Secreto (de la
presidencia) ni el FBI ni la CIA. Pero
los criticó por no haber analizado,
investigado, usado ni intercambiado
adecuadamente informaciones que poseían
sobre las acechanzas alrededor del
viaje de Kennedy a Dallas.
El
informe recomendaba que el Departamento
de Justicia continuase la investigación,
pues se habían encontrado evidencias de
una conspiración en la que participaban
elementos de la mafia ítalo
norteamericana y grupos mafiosos
cubanoamericanos. No se expresaba que
éstos habían sido históricamente
manejados por la CIA, pero se insinuaba.
Pues se hacía constar que no se había
podido llegar a conclusiones definitivas
al negarse la Agencia Central de
Inteligencia a descodificar ciertas
informaciones. Asimismo la CIA fue
criticada por no haber investigado con
rigor a estos grupos de origen cubano
radicados en Miami.
También se tomó en cuenta para
solicitar más investigaciones al
Departamento de Justicia, el hecho de
que las pruebas fílmicas y acústicas
analizadas mostraban la posibilidad de
una segunda persona en el piso desde
donde supuestamente disparó Oswald y que
probablemente hubo más de un tirador.
También se resaltó que el FBI tampoco
investigó después del magnicidio la
posibilidad de una conspiración y que la
CIA fue deficiente, tanto antes como
después del asesinato.
Además, la Policía de Dallas, como toda
la población de Texas, sometida en esos
días a una fuerte propaganda contra
Kennedy, también se mostró incapaz de
protegerlo. El ambiente contra Kennedy
llegaba allí a extremos tales que la
mañana de ese fatídico 22 de noviembre
de 1963 se distribuyeron panfletos
contra el Presidente.
El más agresivo fue publicado en un
diario de Dallas como anuncio pagado a
página completa, llevaba una foto de
Kennedy y el texto era provocativo:
"Buscado por traición: Este hombre es
buscado por actividades traidoras contra
Estados Unidos."
Aún después del asesinato hubo serios
descuidos al proceder al traslado
de Oswald. Es elocuente la fotografía
que muestra a los dos guardianes mirando
hacia otro lado, mientras Ruby se acerca
impunemente a disparar contra el
acusado. Así murió la persona más
indicada para dar a conocer los móviles
y complicidades del atentado. Sin
embargo, los oficiales actuantes ese día
no fueron despedidos, sino que más tarde
obtuvieron ascensos.
No solamente Veciana habló de las
intenciones de la CIA para vincular al
Gobierno de Cuba en el atentado. Resultó
sospechoso para todo el mundo que desde
antes del atentado, la CIA haya tratado
de identificar a Oswald con la Isla y
llegó hasta amenazar a la empleada
mexicana del Consulado de Cuba en Ciudad
de México, Silvia Durán Tirado, para que
corroborase esta versión. La valiente
mujer se negó.
Las acusaciones contra Cuba se
mantuvieron vivas hasta que el Comité
Stokes las desechó en 1978, después de
realizar investigaciones en México y en
La Habana, donde se entrevistaron con
el presidente Fidel Castro. A las
sesiones asistió como testigo el señor
Eusebio Azcue, cónsul cubano en México,
quien negó visa a Oswald semanas antes
del magnicidio, a pesar de la ruda
insistencia de éste. ¿Quién sabe lo que
hubiese provocado esta visita?
Esta sesión nos hizo preguntarnos qué
quería decir exactamente el presidente
Kennedy, cuando confiaba a su
colaborador Clark Clifford, poco después
de la invasión por Playa Girón, Bahía de
Cochinos: “Algo muy malo ocurre dentro
de la CIA y quiero saber qué es. Quiero
hacer mil pedazos a la CIA y esparcirlos
a los cuatro vientos”.
El Comité Stokes en su informe final
señaló que la CIA se negó a
desclasificar ciertos documentos
importantes. Cuando en una audiencia se
interrogó a Frank Carlucci, subdirector
de la CIA en 1978 y asesor nacional de
Seguridad del presidente Reagan en 1987,
éste declaró: “Vienen de fuentes
altamente sensitivas y deben ser
protegidas”.
Una de las más importantes e
inquietantes pruebas halladas por el
Comité Stokes, es la grabación
descubierta en la Policía de Dallas, que
deja oír cuatro disparos y no tres como
estableció la Comisión Warren. Fortalece
ese hallazgo la declaración de la esposa
del gobernador Connally de que a éste lo
alcanzó un segundo disparo y no el mismo
que hirió en la garganta al Presidente,
la bala mágica, como se hizo ver.
LOS CULPABLES MATERIALES E
INTELECTUALES
El general Fabián Escalante, uno de los
que investigaron el caso por la parte
cubana, ha expresado que basado en
informaciones de los archivos de la
Seguridad, algunos testimonios y
análisis de los hechos y antecedentes,
se llegó en La Habana a conclusiones
sobre los culpables, semejantes a las de
otros investigadores: la CIA, la Mafia y
los contrarrevolucionarios cubanos
planearon y ejecutaron el hecho.
Agregó que estudiando las descripciones
de testigos del crimen, especialmente
expuestas por el ex fiscal Garrison, se
presume que los expertos tiradores de
origen cubano Eladio del Valle y
Herminio Díaz, se encargaron de
disparar, y escaparon después en una
camioneta Nash Rambler. Y que el
atentado fue realizado por dos grupos,
uno bajo el control de Jack Ruby, y el
otro por Frank Sturgis, más tarde jefe
de los plomeros de Watergate.
Los participantes por parte de la
mafia, continuó Escalante, fueron Santos
Trafficante, Sam Giancana, John Roselli
y en menor grado Carlos Marcelo y Jimmy
Hoffa.
Entre los planificadores de la CIA
mencionó, además de a David Atlee-
Philips y Richard Helms, supervisor
entonces de las operaciones anticubanas,
al general Cabell, ex vicejefe de la
CIA, Gerry Hemmings y otros altos
oficiales.
El escándalo provocado por las
investigaciones, recogido en la prensa
de todo el mundo, hizo declarar a la
dirección de la Agencia Central de
Inteligencia que desclasificaría la
mayoría de los documentos, con lo que
consiguieron acallar las protestas. Pero
hacerlo hubiese sido autoincrimarse.
Imposibilitado de continuar con sus
investigaciones, el Comité Stokes, al
cumplirse en diciembre de 1978 el
mandato del Congreso, hizo la atendible
sugerencia de que el Departamento de
Justicia continuase la línea
investigativa hasta dilucidar el enigma.
Por eso a Carter no se le podía dejar
reelegirse. Había que impedirlo con
provocaciones como la de los asaltos a
las embajadas que resultaron en el éxodo
del Mariel. Por eso 27 años después de
la investigación y 42 años después del
asesinato, las Administraciones de
Reagan, Bush, Clinton y Bush Jr., que
debieron recoger ese guante, no movieron
un dedo para colocárselo.
La más importante documentación sobre
el magnicidio de Dallas se halla
abovedada, en calidad de secreta, en los
archivos de la CIA, el FBI y el
Pentágono, y no será desclasificada
hasta el año 2013.
En los años subsecuentes al asesinato,
más de 22 personas involucradas en los
hechos murieron de forma poco menos que
misteriosa, entre ellos los principales
protagonistas: Oswald y Ruby.
Desde 1963 la lista ha ido creciendo. A
ese ritmo, difícilmente quedará vivo
algún testigo. Y lo que es peor, no
quedará vivo ningún culpable. Hoy el
tenebroso secreto es transparente para
todos menos para quienes lo tendrían que
ver. Porque los protagonistas
principales del magnicidio han adquirido
una temible ascendencia sobre el
Gobierno de Estados Unidos. El alemán
Wilfried Huismann no es más que otro
peón en este ajedrez. Por eso ignora
maliciosamente estas fuentes. Con esa
conspiración en Hamburgo se busca
alejar la atención de los medios sobre
Luis Posada Carriles para liberarlo.
Porque si éste llegase a cumplir sus
amenazas de decir todo lo que sabe, el
Watergate de Nixon quedaría como un
epifenómeno de poca monta ante la
perversidad que se oculta. |