Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      


     

I N T E R N A C I O N A L

La Habana, 3 de Enero de 2006

2005 y la desazón de Bush

• Como una pesadilla se abaten sobre la administración estadounidense problemas que pueden considerarse los frutos podridos de su mala siembra

POR JUANA CARRASCO MARTIN —especial para Granma Internacional—

AQUÍ está 2006, lleno de incertidumbres y desasosiegos para la mayoría de los habitantes de este planeta. También para los estadounidenses, quienes piensan que habrá menos paz en el mundo que en 2005, una línea de pensamiento propiciada por el actuar de su presidente, ese que ya no escogerían si las elecciones volvieran a producirse de inmediato.

Un sondeo de la Universidad de Quinnipiac, en el estado de Connecticut, dio el pesimista aunque realista resultado. Mientras tanto, su mandatario se trasladaba casi de las vacaciones de Navidad, pasadas en la residencia ejecutiva de Camp David, a las vacaciones de fin de año en su rancho en Texas, pero tales festejos son apenas la epidermis de lo cierto. Le seguían con persistencia los oscuros nubarrones de un año, supuestamente de triunfo reeleccionario, aunque especialmente desventurado para su administración.

 Muchos han sido los problemas en 2005 y todo indica que se irán agravando. Su sola enumeración describe la crisis y apunta a la posibilidad de un impeachment que ya algunos comienzan a nombrar, porque son demasiadas las tropelías de esa administración de rufianes.

 El velo del engaño se descorrió con las revelaciones de que no solo la guerra contra Iraq había sido edificada sobre unas inexistentes armas de exterminio masivo, sino que el argumento fue inventado alevosamente por una bien engrasada maquinaria propagandística que daría envidia al propio Goebbels.

 De ese sucio asunto salió a relucir otro, la revelación de la identidad de una agente encubierta de la CIA, Valerie Plame, porque gente muy encumbrada en la Casa Blanca debían vengarse del marido, el diplomático que tuvo la sensatez de explicar en un artículo periodístico la falsedad de una supuesta intención de compra de uranio en un país africano, por parte de Saddam Hussein. Ahí salieron a relucir los más importantes asesores de Bush y de su vice Dick Cheney. Un jurado especial actúa en el proceso que apenas asoma.

 Las falsedades proceden como cordón umbilical y el próximo eslabón era una prensa encadenada en la que ciertos periodistas procedían como empleados de los intereses de la mansión ejecutiva. Mencionemos solo el nombre de Judith Miller, y luego, las presiones del propio George W. Bush sobre los directivos de los dos más influyentes rotativos estadounidenses, The New York Times y The Washington Post, para que detuvieran las revelaciones de otras trapisondas.

 Y estos embrollos también tienen que ver con la obcecada visión imperial del equipo neoconservador: los vuelos y las cárceles secretas de la CIA para los sospechosos de “terrorismo” y “combatientes enemigos”, prolongación de las execrables torturas que asombraron al mundo cuando fueron anteriormente revelados los procedimientos habituales en Abu Ghraib y el campo de concentración ubicado en la ilegal Base Naval de Guantánamo.

 Para la Agencia Central de Inteligencia otros cómplices en la muy civilizada e impoluta Europa. Una pequeña gira de la secretaria de Estado Condoleezza Rice, sin necesidad de visitar todos los aeropuertos que acogieron a las naves de la CIA, sirvió para que los ministros de la OTAN creyeran la explicación de que nada había sido ilegal...

 El escándalo de la agencia de espionaje por excelencia era acompañado por otro de igual o hasta mayor magnitud: Bush autorizó a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) a la escucha sin autorización judicial de las llamadas telefónicas de los residentes en Estados Unidos al exterior o viceversa bajo el pretexto obligado de la guerra contra el terrorismo. Esto se unía al rastreo de cada correo electrónico, de los archivos médicos, de los datos personales en cuentas bancarias o en muchas otras empresas, de las lecturas predilectas en librerías y bibliotecas, etcétera, etcétera, etcétera. Las sacrosantas privacidad y libertades individuales de los estadounidenses eran simple hojarasca en la enfermiza búsqueda de enemigos.

 Hasta los legisladores fueron llamados “irresponsables” porque están remisos a extender las prerrogativas de la Ley Patriota, que otrora aprobaron casi sin leer su texto y ahora, cada vez en número mayor, se están dando cuenta de que fueron marionetas en la implementación de una política de autoridad absoluta. Se habla de inconstitucionalidad y de violación de los derechos civiles.

 Preocupa también a los congresistas —como a buena parte del pueblo norteamericano— la prolongación de una guerra engañosa a miles de kilómetros, que fue proclamada como victoria y misión cumplida, pero que al terminar este 2005 suma casi 2 180 muertos entre sus soldados, sin contar la cifra premeditadamente escondida de unos 150 000 civiles iraquíes masacrados, muchos de ellos niños y mujeres, como ha vuelto a calcular y denunciar la revista científica Lancet.

 En Iraq se multiplican los crímenes de los invasores estadounidenses. Falluja, la ciudad mártir, fue bombardeada con fósforo blanco y que a nadie quepa dudas de que ese es un arma química, por tanto de exterminio masivo, pero el tema apenas tiene repercusión en la prensa estadounidense, como tampoco el hecho de que su aviación está cumpliendo misiones contra varias ciudades iraquíes con una intensidad que se asemeja a las operaciones que destruyeron prácticamente y masacraron al territorio y la población iraquí.

 El pueblo norteamericano se está cansando de esa guerra, exige plazo de retirada de las tropas, pero apenas dan la callada por respuesta. Las fuerzas y los dineros que hacen falta para mejorar las condiciones de vida de su propia ciudadanía se dedican a la destrucción de otros pueblos y este año recién concluido tuvo consecuencias catastróficas e incalculables.

 De otrora emporio de la industria petrolera y maravilla cultural, la costa del Golfo y Nueva Orleáns se convirtieron en región fantasma por obra de las furias de los huracanes Katrina y Rita y la gracia de un gobierno negligente a la hora de precaver, porque está más interesado en una infinita y sui generis guerra contra el terrorismo. Las secuelas permanecen, miles y miles son los desplazados y, sobre todo los negros y los blancos pobres no volverán a su hogar.

 De las aguas que inundaron las ciudades, de los lodos que enterraron ilusiones, ha salido a flote tanta hipocresía, mentiras, corrupción y falta de ética que hasta muchos incautos en los propios Estados Unidos muestran su disgusto cuando abren, asombrados, sus ojos a tamaña miseria humana. Los índices de popularidad del presidente Bush, del vicepresidente Cheney, bajaron a niveles extremos, un mal augurio para el 2006, cuando habrá elecciones parciales, y muchos avizoran un pase de cuentas en el que saldrán perdiendo los políticos republicanos.

 Las agonías del 2005 le ponen cola al 2006. “Ningún presidente está por encima de la ley”, ya dicen los demócratas. Sin embargo, este ha puesto las bases para embolsarse también al sistema judicial. Logró imponer al presidente del Tribunal Supremo, y espera la confirmación de Samuel Alito, otro neoconservador, como magistrado de ese cuerpo, porque aspira a dominar también a la justicia.

 En este marasmo, se recuerda ahora como la cita más memorable pronunciada en el 2005 por Bush, una frase pronunciada para ensalzar a  Michael Brown, quien era director de la Agencia Federal de Manejo de Emergencias durante el descalabro del Katrina: “Brownie, estás haciendo un trabajo muy intenso”.

 Por supuesto, era la expresión incorrecta y en el momento equivocado. También pudiera aplicársele este bushismo al  propio Bush empeñado en tener igual poder que el Rey Midas, solo que todo lo que toca parece convertirse en puro estiércol.

 

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