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2005 y la desazón de Bush
• Como una pesadilla se
abaten sobre la administración
estadounidense problemas que pueden
considerarse los frutos podridos de su
mala siembra
POR JUANA
CARRASCO MARTIN —especial para Granma
Internacional—
AQUÍ está 2006, lleno de incertidumbres
y desasosiegos para la mayoría de los
habitantes de este planeta. También para
los estadounidenses, quienes piensan que
habrá menos paz en el mundo que en 2005,
una línea de pensamiento propiciada por
el actuar de su presidente, ese que ya
no escogerían si las elecciones
volvieran a producirse de inmediato.
Un sondeo de la Universidad de
Quinnipiac, en el estado de Connecticut,
dio el pesimista aunque realista
resultado. Mientras tanto, su mandatario
se trasladaba casi de las vacaciones de
Navidad, pasadas en la residencia
ejecutiva de Camp David, a las
vacaciones de fin de año en su rancho en
Texas, pero tales festejos son apenas la
epidermis de lo cierto. Le seguían con
persistencia los oscuros nubarrones de
un año, supuestamente de triunfo
reeleccionario, aunque especialmente
desventurado para su administración.
Muchos han sido los problemas en 2005 y
todo indica que se irán agravando. Su
sola enumeración describe la crisis y
apunta a la posibilidad de un
impeachment que ya algunos comienzan a
nombrar, porque son demasiadas las
tropelías de esa administración de
rufianes.
El velo del engaño se descorrió con las
revelaciones de que no solo la guerra
contra Iraq había sido edificada sobre
unas inexistentes armas de exterminio
masivo, sino que el argumento fue
inventado alevosamente por una bien
engrasada maquinaria propagandística que
daría envidia al propio Goebbels.
De ese sucio asunto salió a relucir
otro, la revelación de la identidad de
una agente encubierta de la CIA, Valerie
Plame, porque gente muy encumbrada en la
Casa Blanca debían vengarse del marido,
el diplomático que tuvo la sensatez de
explicar en un artículo periodístico la
falsedad de una supuesta intención de
compra de uranio en un país africano,
por parte de Saddam Hussein. Ahí
salieron a relucir los más importantes
asesores de Bush y de su vice Dick
Cheney. Un jurado especial actúa en el
proceso que apenas asoma.
Las falsedades proceden como cordón
umbilical y el próximo eslabón era una
prensa encadenada en la que ciertos
periodistas procedían como empleados de
los intereses de la mansión ejecutiva.
Mencionemos solo el nombre de Judith
Miller, y luego, las presiones del
propio George W. Bush sobre los
directivos de los dos más influyentes
rotativos estadounidenses, The New York
Times y The Washington Post, para que
detuvieran las revelaciones de otras
trapisondas.
Y estos embrollos también tienen que
ver con la obcecada visión imperial del
equipo neoconservador: los vuelos y las
cárceles secretas de la CIA para los
sospechosos de “terrorismo” y
“combatientes enemigos”, prolongación de
las execrables torturas que asombraron
al mundo cuando fueron anteriormente
revelados los procedimientos habituales
en Abu Ghraib y el campo de
concentración ubicado en la ilegal Base
Naval de Guantánamo.
Para la Agencia Central de Inteligencia
otros cómplices en la muy civilizada e
impoluta Europa. Una pequeña gira de la
secretaria de Estado Condoleezza Rice,
sin necesidad de visitar todos los
aeropuertos que acogieron a las naves de
la CIA, sirvió para que los ministros de
la OTAN creyeran la explicación de que
nada había sido ilegal...
El escándalo de la agencia de espionaje
por excelencia era acompañado por otro
de igual o hasta mayor magnitud: Bush
autorizó a la Agencia de Seguridad
Nacional (NSA) a la escucha sin
autorización judicial de las llamadas
telefónicas de los residentes en Estados
Unidos al exterior o viceversa bajo el
pretexto obligado de la guerra contra el
terrorismo. Esto se unía al rastreo de
cada correo electrónico, de los archivos
médicos, de los datos personales en
cuentas bancarias o en muchas otras
empresas, de las lecturas predilectas en
librerías y bibliotecas, etcétera,
etcétera, etcétera. Las sacrosantas
privacidad y libertades individuales de
los estadounidenses eran simple
hojarasca en la enfermiza búsqueda de
enemigos.
Hasta los legisladores fueron llamados
“irresponsables” porque están remisos a
extender las prerrogativas de la Ley
Patriota, que otrora aprobaron casi sin
leer su texto y ahora, cada vez en
número mayor, se están dando cuenta de
que fueron marionetas en la
implementación de una política de
autoridad absoluta. Se habla de
inconstitucionalidad y de violación de
los derechos civiles.
Preocupa también a los congresistas
—como a buena parte del pueblo
norteamericano— la prolongación de una
guerra engañosa a miles de kilómetros,
que fue proclamada como victoria y
misión cumplida, pero que al terminar
este 2005 suma casi 2 180 muertos entre
sus soldados, sin contar la cifra
premeditadamente escondida de unos 150
000 civiles iraquíes masacrados, muchos
de ellos niños y mujeres, como ha vuelto
a calcular y denunciar la revista
científica Lancet.
En Iraq se multiplican los crímenes de
los invasores estadounidenses. Falluja,
la ciudad mártir, fue bombardeada con
fósforo blanco y que a nadie quepa dudas
de que ese es un arma química, por tanto
de exterminio masivo, pero el tema
apenas tiene repercusión en la prensa
estadounidense, como tampoco el hecho de
que su aviación está cumpliendo misiones
contra varias ciudades iraquíes con una
intensidad que se asemeja a las
operaciones que destruyeron
prácticamente y masacraron al territorio
y la población iraquí.
El pueblo norteamericano se está
cansando de esa guerra, exige plazo de
retirada de las tropas, pero apenas dan
la callada por respuesta. Las fuerzas y
los dineros que hacen falta para mejorar
las condiciones de vida de su propia
ciudadanía se dedican a la destrucción
de otros pueblos y este año recién
concluido tuvo consecuencias
catastróficas e incalculables.
De otrora emporio de la industria
petrolera y maravilla cultural, la costa
del Golfo y Nueva Orleáns se
convirtieron en región fantasma por obra
de las furias de los huracanes Katrina y
Rita y la gracia de un gobierno
negligente a la hora de precaver, porque
está más interesado en una infinita y
sui generis guerra contra el terrorismo.
Las secuelas permanecen, miles y miles
son los desplazados y, sobre todo los
negros y los blancos pobres no volverán
a su hogar.
De las aguas que inundaron las
ciudades, de los lodos que enterraron
ilusiones, ha salido a flote tanta
hipocresía, mentiras, corrupción y falta
de ética que hasta muchos incautos en
los propios Estados Unidos muestran su
disgusto cuando abren, asombrados, sus
ojos a tamaña miseria humana. Los
índices de popularidad del presidente
Bush, del vicepresidente Cheney, bajaron
a niveles extremos, un mal augurio para
el 2006, cuando habrá elecciones
parciales, y muchos avizoran un pase de
cuentas en el que saldrán perdiendo los
políticos republicanos.
Las agonías del 2005 le ponen cola al
2006. “Ningún presidente está por encima
de la ley”, ya dicen los demócratas. Sin
embargo, este ha puesto las bases para
embolsarse también al sistema judicial.
Logró imponer al presidente del Tribunal
Supremo, y espera la confirmación de
Samuel Alito, otro neoconservador, como
magistrado de ese cuerpo, porque aspira
a dominar también a la justicia.
En este marasmo, se recuerda ahora como
la cita más memorable pronunciada en el
2005 por Bush, una frase pronunciada
para ensalzar a Michael Brown, quien
era director de la Agencia Federal de
Manejo de Emergencias durante el
descalabro del Katrina: “Brownie, estás
haciendo un trabajo muy intenso”.
Por supuesto, era la expresión
incorrecta y en el momento equivocado.
También pudiera aplicársele este
bushismo al propio Bush empeñado en
tener igual poder que el Rey Midas, solo
que todo lo que toca parece convertirse
en puro estiércol. |