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Carta del cámara de Al
Jazzera,
preso en Guantánamo, a su abogado
británico Clive Stafford
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Castigado por tres granos
de arroz y cuatro hormigas
Sami Muhydin al-Hajj
Al Jazzera
(Traducido de la versión
francesa para Rebelión por Juan Vivanco)
Querido Clive:
Deja que te confiese una cosa: No paro
de hacerme esta pregunta: ¿Por qué me
castigan? Es una pregunta obsesiva que
me ronda continuamente la cabeza.
Mi historia con las sanciones empezó en
la cárcel de Bagram. Sólo nos dejaban ir
al baño dos veces al día, la primera
justo después del alba y la segunda
antes del anochecer, y sólo puedes ir
cuando te toca el turno.
Recuerdo que una vez estaba muy apurado
y le cuchicheé al oído al que tenía
delante de mí que me dejara colarme. El
soldado, hecho una furia, me gritó: “¡No
hables!”, y me ordenó que saliera a la
puerta. Me ató las manos a un alambre y
allí me quedé el resto del día, de pie,
tiritando de frío. Me oriné en los
pantalones, para regocijo de los
soldados y las putas.
Luego en Kandahar:
En pleno verano, bajo un sol de justicia
y sobre un suelo abrasador, un soldado
grita: “¡Tú, detente, el segundo, el
tercero y también el cuarto! ¿Por qué
habláis? Poneos de rodillas con las
manos en la cabeza”. Así lo hicimos y
nos dejaron en esa postura con un calor
tórrido y las rodillas sobre unos
guijarros candentes hasta que uno de
nosotros de desmayó y los demás le
socorrimos.
Una semana después de llegar a
Guantánamo los soldados se presentaron
muy temprano y ordenaron a los presos
que sacaran los brazos por la abertura
de la puerta que servía para pasarnos la
comida, porque nos iban a vacunar del
tétanos, dijeron.
Cuando me tocó a mí les dije que antes
de salir de Doha me había vacunado del
tétanos, la fiebre amarilla, el cólera y
otras enfermedades y que según el médico
esas vacunas valían para cinco años. No
me hacía falta repetirlas. El oficial me
gritó que no discutiera: “¡Saca el brazo
para vacunarte si no quieres que te lo
saquemos a la fuerza!”, me dijo. Me
negué.
Me dejaron y luego volvieron después de
haber terminado con el barracón. Pero
seguí negándome a que me vacunaran.
Entonces me requisaron todas mis cosas,
desde la colchoneta hasta el cepillo de
dientes, y tuve que acostarme en el
somier durante tres días y tres noches.
Vuelvo a hacerme la misma pregunta que
me atormenta: ¿Por qué me castigan?
¿Las curas son obligatorias? ¿Nos hemos
convertido en un rebaño de ovejas que se
lleva y se trae? ¿Tenemos que aceptarlo
todo sin rechistar, sin hacer ninguna
objeción, sin informarnos siquiera?
Me pasaron cosas peores. Una noche me
había acostado muy pronto. Estaba
extenuado después de una sesión de
varias horas en la sala de
interrogatorios. Había conciliado el
sueño cuando oí los gritos y las órdenes
de un soldado: “¡Saca la cabeza y las
manos de la manta!” Me desperté
sobresaltado y obedecí. En efecto,
teníamos prohibido cubrirnos las manos y
la cabeza al dormir.
Acababa de quedarme dormido otra vez
cuando el soldado golpeó con fuerza la
puerta de mi jaula y me gritó a voz en
cuello: “¿Por qué has puesto la pasta de
dientes en el sitio del cepillo?” Me
acusó de desobedecer deliberadamente las
leyes y los reglamentos militares y me
ordenó que recogiera mis cosas. El
castigo duró una semana entera.
Y vuelvo a hacerme la sempiterna
pregunta: ¿Por qué me castigan? ¿Acaso
es motivo suficiente para castigarme
durante una semana sin mis cosas y sin
colchoneta ni manta, durmiendo sobre el
somier?
Otra vez estaba tomando el desayuno, que
consistía en el contenido frío de una
lata. Cuando terminé vino un soldado a
recoger los restos de comida y los
sobres de plástico. Se detuvo en la
puerta de mi jaula y se puso a contar
los trozos de sobre y a juntarlos. De
repente me gritó: “¿Dónde está el trozo
que falta?” Me puse a buscar entre mis
cosas pero no lo encontré. Entonces se
fue con el cuento a la administración y
volvió con la sentencia: Merecía una
sanción que sirviera de ejemplo a los
demás reclusos. De modo que me quitaron
mis cosas durante tres días y yo no
paraba de hacerme esta pregunta: ¿Por
qué me castigan, qué iba a hacer yo con
un trocito de sobre de plástico?
Otra vez la providencia me reunió en el
mismo barracón con Yamel el ugandés,
Mohamed el chadiano y Yamel Blama el
británico. Estábamos juntos, pero
también unidos por el mismo color negro
de la piel y el mismo color odioso de
nuestro mono naranja. Nuestra piel negra
bastaba para excitar a los carceleros,
que nos hacían la vida imposible
castigándonos con motivo o sin él. A
menudo nos despertaban en medio de la
noche con el pretexto de cachear la
celda. Una noche me despertaron para un
cacheo. No encontraron nada sospechoso,
salvo tres granos de arroz en el suelo
que habían atraído a unas hormigas.
Entonces me pusieron una sanción de
siete días. Lo que me obligó a hacerme
la misma pregunta obsesiva: ¿Por qué me
castigan? No me parecía que tres granos
de arroz y cuatro hormigas fueran motivo
suficiente.
Otra noche dos soldados se pararon
delante de la puerta de mi jaula.
Llevaban cadenas y grilletes. Golpearon
violentamente la puerta y me desperté
asustado. Me esposaron y me llevaron al
barracón Romeo, donde me metieron en una
jaula después de dejarme en camiseta y
calzoncillos. Nada más, ni siquiera
jabón o cepillo de dientes.
Por mucho que preguntara nadie me
explicaba el motivo del castigo, hasta
que a la mañana siguiente, ante mi
insistencia, un responsable me dijo que
estaba sancionado con dos semanas de
aislamiento porque un soldado había
encontrado un clavo en el borde exterior
de la abertura de aireación de mi jaula.
Entonces le dije al responsable: “¿Cómo
iba a tener yo ese clavo, de dónde lo
habría sacado y cómo habría podido
ponerlo en el borde de fuera de esa
abertura, y para qué?”, pero me dio la
espalda y se fue sin contestar a mis
preguntas.
De modo que estuve 14 días sentado y
evitando, por pudor, rezar mis oraciones
con el culo al aire, y tuve que dormir
durante 14 frías noches de invierno
sobre el somier, sin colchoneta ni
manta.
El acoso y las provocaciones de los
soldados fueron en aumento. Una vez nos
enteramos de que un soldado había
pisoteado el Santo Corán y había dejado
en él la huella de sus botas. Todos los
presos se rebelaron y decidieron
devolver los ejemplares del libro santo
a la administración para que no los
profanasen delante de ellos, porque
además el general se había comprometido
en otra ocasión a que esa clase de
provocaciones no se repetirían. Pero no
cumplieron la promesa. Los presos
decidieron no salir de las jaulas, ni
siquiera para el paseo y la ducha tan
ansiados, para que recogieran los
ejemplares del Corán.
Como siempre, los responsables vinieron
dando órdenes y profiriendo amenazas. Al
momento llegaron las valientes fuerzas
antidisturbios, que abrieron los
calabozos y golpearon a los reclusos
antes de encadenarlos y ponerles los
grilletes. Les cortaron el pelo, la
barba y el bigote y les metieron en
jaulas individuales.
Como a los demás presos, a mí también me
llegó el turno. Me rociaron los ojos con
un gas y luego cinco soldados me dieron
una paliza, me sacaron a la zona de
paseo y me tiraron al suelo. Entonces
uno de ellos me agarró la cabeza y la
golpeó contra el suelo de cemento. Otro
me dio una patada entre las cejas y me
hizo una brecha. Brotó la sangre y me
cubrió la cara. Todo eso mientras yo
estaba tirado en el suelo, esposado y
encadenado. Me cortaron el pelo, el
bigote y la barba y me metieron en una
jaula individual, bañado en sangre.
Al cabo de una hora llegó un soldado y
me preguntó a través de la abertura si
quería que me viera un médico. Dije que
no y me encomendé a Dios, denunciando
ante él la injusticia de mis carceleros.
Hubo un momento en que sentí que me
desvanecía por la pérdida de sangre, y
entonces pedí un médico. Llegaron y me
dieron tres puntos de sutura en el arco
superciliar, me pusieron un apósito en
la cabeza y me dieron somníferos
diciendo que eran antibióticos. Todo eso
por una abertura de unos pocos
centímetros.
Me quedé dormido, abatido por la
tremenda injusticia de los hombres.
A la mañana siguiente volví a hacerme la
pregunta obsesiva: ¿Por qué me castigan?
¿Acaso la defensa de mi fe y mi religión
es un crimen castigado con prisión?
¿También es un crimen nuestra petición
de que recojan los ejemplares del Corán
para que no los profanen delante de
nosotros? ¿Por qué estoy aquí? ¿El haber
viajado a Afganistán para pasar cuatro
semanas con una cámara de Al Yazira
después de la guerra de agresión contra
un pueblo afgano inerme también es un
crimen por el que merezco llevar más de
cuatro años preso? ¿Y además acusado de
terrorismo? Son muchas las preguntas que
me bullen en la cabeza, atormentan mi
espíritu y chocan con la estridencia de
los eslóganes embaucadores esgrimidos
por quienes se dicen promotores de la
libertad, defensores de la democracia y
protectores de la paz sobre la faz de la
tierra. |