|
A mí me tocaron dos
caminos
•
Uno de los hombres más altos de Cuba
•
Ortelio
Santa María García (Tito), mide dos
metros y 16 centímetros
Luis Raúl Vázquez Muñoz
corresp@jrebelde.cip.cu
foto: Osvaldo Gutiérrez
Gómez
CIEGO
DE ÁVILA.— Yo nunca tuve zapatos… O al
menos, los que me dieron los tuve que
botar. Mi vida ha sido un poco eso: una
lucha por tener zapatos y superar los
complejos que salen de este tamaño.
Y
sin embargo no es fácil. Con 38 años yo
no puedo hacer las cosas que otro haría
con tranquilidad. No puedo salir al
portal de mi casa cuando cae la noche y
estar mucho rato mirando los carros
pasar.
Tampoco puedo sentarme en un parque,
solo, sin que nadie se dé cuenta de que
existo, a olvidarme de la amargura que a
veces uno siente. No puedo porque
enseguida empiezan a mirarme, me gritan
algo o cuchichean, pensando que no me
doy cuenta. Los oigo o los imagino
decir: «¡Míralo qué grande!. Ay, pero
qué es eso». Y me tengo que ir.
Quizá
por eso apenas llego a un lugar me fijo
en todos: nadie se me escapa y ningún
rostro se me olvida. Es algo instintivo
y no lo puedo evitar…
He
descubierto que a uno lo respetan por
cómo es y que no hace falta la
violencia. Pero al comienzo, entenderlo
me costó trabajo
En
una ocasión en la terminal de Jatibonico,
mientras salía un camión cargado de
gente, un jovencito lanzó un chiste
desde la baranda. Si él supiera… nunca
imaginó que podía alcanzarlo. Ni me
alcé: solo impulsé el puño como si fuera
a levantar un cubo vacío... Nadie volvió
a reírse. pero fue un error. Uno no debe
ser así.
II
A mí
me captaron para la ESPA nacional,
incluso matriculé en el Instituto
Superior de Cultura Física. Al
Comisionado de Baloncesto en el país le
hablaron en Sancti Spíritus de un alumno
altísimo, «una vara de tumbar gatos de
verdad». Al verme no cerró la boca del
asombro y por poco monta una fiesta
cuando vio que yo era zurdo. Eso fue a
finales de los 80.
El
aprendizaje iba bien, decían que era
bueno, hasta soñaba con las competencias
internacionales, cuando me dieron la
baja médica. Parece que mi cuerpo no
resiste las cargas físicas y los
doctores temieron un infarto.
Entonces me vi de nuevo en Sancti
Spíritus, en medio del papeleo por
continuar la carrera. Fue una época en
la que me acordé mucho de Alberto, uno
de mis hermanos mayores, que no aceptaba
las derrotas. Siempre que me veía
acomplejado soltaba un «¡Hey!, ¿qué
pasa?». Ese ¡Hey! me lo repetí muchas
veces en silencio.
El
período especial comenzaba y yo no tenía
trabajo. Y encima de eso el tamaño, las
burlas, las miraderas y los sueños que
la vida te quitó. En el pre todo el
mundo me decía: «¡Qué clase de
basquebolista tú eres!». Casi nunca
fallaba el tiro al aro y mi equipo, el
de la pre-EIDE, batió a todos en los
juegos provinciales. Sin embargo, al
llegar los nacionales el único que no
pudo ir fui yo, porque no había zapatos
para mi pie. Me tuve que sentar a ver
cómo se iban sin mí.
Con
16 años medía dos metros con un
centímetro y cada vez que intentaba
ponerme el 11 y medio veía las
estrellas. Entrenaba con botas, y aún
así es terrible. Mis amigos preguntaban:
«¿Tito, cómo tú puedes?» y yo respondía:
«Estoy adaptado».
Más
bien andaba resignado… Nadie puede
adaptarse a unos zapatos ajustados: esas
punzadas nunca mueren y yo tengo los
dedos engarrotados de tanto calzado
estrecho que he tenido que ponerme.
Ellos no te dejan muchos caminos: o te
escondes o sales alante. Yo escogí el
segundo y he pagado un precio, como
estos dedos que parecen garras y estas
piernas de ulceroso.
Pero
nada me ha impedido ser quien soy. Por
eso cuando me gradué de licenciado en
Cultura Física en el curso dirigido nada
me importó, ni la gente que no dejó de
cuchichear. Ni caso les hice: fui
derecho a recoger el título, con un
safari usado y unos zapatos viejos
remendados por mí.
III
Supe
lo que era el flash de una foto a los 12
años, una tarde, mientras miraba las
nubes por las ventanas del hospital
Pedro Borrás, en La Habana. Yo estaba
acostado en la sala infantil y de pronto
noté un resplandor. Pensé que era el
brillo de un trueno y pregunté: «¿Está
brillando el cielo?». Nadie me hizo
caso. Al otro día aparecieron en
Juventud Rebelde mis pies y el perfil
borroso de mi abuela Cándida con un
letrero encima: «Niño gigante».
Entonces medía un metro con 95
centímetros, y era feliz: ese era el
tamaño de Fadraga, un profesor de
química de la secundaria básica en el
campo que siempre andaba bien vestido y
al que todos los varones queríamos
imitar.
Un
año antes había empezado a crecer y en
medio del asombro, y hasta del miedo,
uno de los consuelos era saber que podía
alcanzar en poco tiempo a Fadraga.
El
primer síntoma fueron los pantalones:
Había comenzado el octavo grado y a los
pocos días los bajos no estaban en su
lugar. Después fueron los zapatos. Me
cambiaron el número por primera vez y a
los 15 días quedaban apretados. Así
comenzó el ciclo. A las dos semanas, par
nuevo y número nuevo. Hasta que se
acabaron las tallas y no tuve nada que
ponerme.
Entonces apareció el complejo. Todos me
miraban, a todos los veía cuchichear y
mi cuerpo sobresalía por encima de todo
el mundo. Cuando entraba al dormitorio
se hacía silencio. Como no tenía zapatos
y no quería hacer el ridículo, me
encerraba en el albergue. Un fin de
semana no quise salir de pase porque no
quería que me vieran descalzo. Humberto,
un amigo, corrió y me buscó unos zapatos
plásticos. Otra vez me dio rabia verme
tan inútil, y solito remendé un par
viejo con el abridor de una lata de
sardinas, que convertí en aguja de
zapatero.
Creo
que fue mi primer acto de rebeldía
conmigo mismo. Luego apareció el otro,
que lo mantengo aún: contestar rápido a
cualquier amenaza.
El 24
de marzo de 1982 operaron el tumor que
me producía el gigantismo, pero no se
podía detener el crecimiento que va
parejo con el desarrollo de la persona,
así que los 21 centímetros que me
quedaron por crecer fueron la época de
«trompones» y «galletas», sin importarme
el momento y el lugar.
Hasta
que un día reflexioné. No sé si porque
maduré. El caso es que me hice una
pregunta simple: «Ortelio Santa María
García, ¿tú quieres ser una buena o una
mala persona?». Creo que a partir de ese
momento empezó la paz conmigo mismo.
Comprendí que el complejo no existe: lo
que pasa es que la sociedad crea un
estereotipo de cómo tienen que ser los
humanos, pero el principal complejista
es el que se niega a sí mismo.
Y en
verdad, este tamaño me limita bastante.
no se consigue con facilidad el 53 y
medio de zapatos. Para vestirme, mi
esposa compra dos pantalones, talla 40,
y los convierte en una pieza, y lo mismo
con las camisas.
Pero
también la estatura me ha abierto otras
puertas. Me ha obligado a encontrarme.
Ella y el ejemplo de mi familia —gente
de campo, que no se deja torcer— no han
dejado que me rinda. Sin esas dos cosas
tal vez yo sería uno más, y no el
profesor de balonmano de la ESPA
Idelfonso Ríos Piedras, de Ciego de
Ávila.
Y así
soy yo: una persona susceptible,
incondicional con los amigos, con mi
familia, con mi país y con mi señora. Si
tengo este tamaño es porque así tenía
que ser: para no acostumbrarme a las
rendiciones frente a la vida.
Fíjese si es como le digo, que una noche
soñé que yo no era así, sino como los
demás; pasaba inadvertido por los
carnavales y no tenía que doblarme para
subir a una guagua… Era otro el que
andaba en el sueño, y me sentí mal,
porque gracias a este tamaño he sido lo
que soy: un hombre libre. |