Prisioneros Políticos del Imperio| MIAMI 5      


     

D E  L A  P R E N S A  N A C I O N A L

La Habana, 21 de Junio de 2006

A mí me tocaron dos caminos
Uno de los hombres más altos de Cuba  Ortelio Santa María García (Tito), mide dos metros y 16 centímetros

Luis Raúl Vázquez Muñoz
corresp@jrebelde.cip.cu

foto: Osvaldo Gutiérrez Gómez

CIEGO DE ÁVILA.— Yo nunca tuve zapatos… O al menos, los que me dieron los tuve que botar. Mi vida ha sido un poco eso: una lucha por tener zapatos y superar los complejos que salen de este tamaño.

Uno de los hombres más altos de Cuba mide dos metros y 16 centímetros.Y sin embargo no es fácil. Con 38 años yo no puedo hacer las cosas que otro haría con tranquilidad. No puedo salir al portal de mi casa cuando cae la noche y estar mucho rato mirando los carros pasar.

Tampoco puedo sentarme en un parque, solo, sin que nadie se dé cuenta de que existo, a olvidarme de la amargura que a veces uno siente. No puedo porque enseguida empiezan a mirarme, me gritan algo o cuchichean, pensando que no me doy cuenta. Los oigo o los imagino decir: «¡Míralo qué grande!. Ay, pero qué es eso». Y me tengo que ir.

Quizá por eso apenas llego a un lugar me fijo en todos: nadie se me escapa y ningún rostro se me olvida. Es algo instintivo y no lo puedo evitar…

He descubierto que a uno lo respetan por cómo es y que no hace falta la violencia. Pero al comienzo, entenderlo me costó trabajo

 En una ocasión en la terminal de Jatibonico, mientras salía un camión cargado de gente, un jovencito lanzó un chiste desde la baranda. Si él supiera… nunca imaginó que podía alcanzarlo. Ni me alcé: solo impulsé el puño como si fuera a levantar un cubo vacío... Nadie volvió a reírse. pero fue un error. Uno no debe ser así.

II

A mí me captaron para la ESPA nacional, incluso matriculé en el Instituto Superior de Cultura Física. Al Comisionado de Baloncesto en el país le hablaron en Sancti Spíritus de un alumno altísimo, «una vara de tumbar gatos de verdad». Al verme no cerró la boca del asombro y por poco monta una fiesta cuando vio que yo era zurdo. Eso fue a finales de los 80.

El aprendizaje iba bien, decían que era bueno, hasta soñaba con las competencias internacionales, cuando me dieron la baja médica. Parece que mi cuerpo no resiste las cargas físicas y los doctores temieron un infarto.

 Entonces me vi de nuevo en Sancti Spíritus, en medio del papeleo por continuar la carrera. Fue una época en la que me acordé mucho de Alberto, uno de mis hermanos mayores, que no aceptaba las derrotas. Siempre que me veía acomplejado soltaba un «¡Hey!, ¿qué pasa?». Ese ¡Hey! me lo repetí muchas veces en silencio.

El período especial comenzaba y yo no tenía trabajo. Y encima de eso el tamaño, las burlas, las miraderas y los sueños que la vida te quitó. En el pre todo el mundo me decía: «¡Qué clase de basquebolista tú eres!». Casi nunca fallaba el tiro al aro y mi equipo, el de la pre-EIDE, batió a todos en los juegos provinciales. Sin embargo, al llegar los nacionales el único que no pudo ir fui yo, porque no había zapatos para mi pie. Me tuve que sentar a ver cómo se iban sin mí.

Con 16 años medía dos metros con un centímetro y cada vez que intentaba ponerme el 11 y medio veía las estrellas. Entrenaba con botas, y aún así es terrible. Mis amigos preguntaban: «¿Tito, cómo tú puedes?» y yo respondía: «Estoy adaptado».

Más bien andaba resignado… Nadie puede adaptarse a unos zapatos ajustados: esas punzadas nunca mueren y yo tengo los dedos engarrotados de tanto calzado estrecho que he tenido que ponerme. Ellos no te dejan muchos caminos: o te escondes o sales alante. Yo escogí el segundo y he pagado un precio, como estos dedos que parecen garras y estas piernas de ulceroso.

Pero nada me ha impedido ser quien soy. Por eso cuando me gradué de licenciado en Cultura Física en el curso dirigido nada me importó, ni la gente que no dejó de cuchichear. Ni caso les hice: fui derecho a recoger el título, con un safari usado y unos zapatos viejos remendados por mí.

III

Supe lo que era el flash de una foto a los 12 años, una tarde, mientras miraba las nubes por las ventanas del hospital Pedro Borrás, en La Habana. Yo estaba acostado en la sala infantil y de pronto noté un resplandor. Pensé que era el brillo de un trueno y pregunté: «¿Está brillando el cielo?». Nadie me hizo caso. Al otro día aparecieron en Juventud Rebelde mis pies y el perfil borroso de mi abuela Cándida con un letrero encima: «Niño gigante».

Entonces medía un metro con 95 centímetros, y era feliz: ese era el tamaño de Fadraga, un profesor de química de la secundaria básica en el campo que siempre andaba bien vestido y al que todos los varones queríamos imitar.

Un año antes había empezado a crecer y en medio del asombro, y hasta del miedo, uno de los consuelos era saber que podía alcanzar en poco tiempo a Fadraga.

El primer síntoma fueron los pantalones: Había comenzado el octavo grado y a los pocos días los bajos no estaban en su lugar. Después fueron los zapatos. Me cambiaron el número por primera vez y a los 15 días quedaban apretados. Así comenzó el ciclo. A las dos semanas, par nuevo y número nuevo. Hasta que se acabaron las tallas y no tuve nada que ponerme.

Entonces apareció el complejo. Todos me miraban, a todos los veía cuchichear y mi cuerpo sobresalía por encima de todo el mundo. Cuando entraba al dormitorio se hacía silencio. Como no tenía zapatos y no quería hacer el ridículo, me encerraba en el albergue. Un fin de semana no quise salir de pase porque no quería que me vieran descalzo. Humberto, un amigo, corrió y me buscó unos zapatos plásticos. Otra vez me dio rabia verme tan inútil, y solito remendé un par viejo con el abridor de una lata de sardinas, que convertí en aguja de zapatero.

Creo que fue mi primer acto de rebeldía conmigo mismo. Luego apareció el otro, que lo mantengo aún: contestar rápido a cualquier amenaza.

El 24 de marzo de 1982 operaron el tumor que me producía el gigantismo, pero no se podía detener el crecimiento que va parejo con el desarrollo de la persona, así que los 21 centímetros que me quedaron por crecer fueron la época de «trompones» y «galletas», sin importarme el momento y el lugar.

Hasta que un día reflexioné. No sé si porque maduré. El caso es que me hice una pregunta simple: «Ortelio Santa María García, ¿tú quieres ser una buena o una mala persona?». Creo que a partir de ese momento empezó la paz conmigo mismo.

 Comprendí que el complejo no existe: lo que pasa es que la sociedad crea un estereotipo de cómo tienen que ser los humanos, pero el principal complejista es el que se niega a sí mismo.

Y en verdad, este tamaño me limita bastante. no se consigue con facilidad el 53 y medio de zapatos. Para vestirme, mi esposa compra dos pantalones, talla 40, y los convierte en una pieza, y lo mismo con las camisas.

Pero también la estatura me ha abierto otras puertas. Me ha obligado a encontrarme. Ella y el ejemplo de mi familia —gente de campo, que no se deja torcer— no han dejado que me rinda. Sin esas dos cosas tal vez yo sería uno más, y no el profesor de balonmano de la ESPA Idelfonso Ríos Piedras, de Ciego de Ávila.

Y así soy yo: una persona susceptible, incondicional con los amigos, con mi familia, con mi país y con mi señora. Si tengo este tamaño es porque así tenía que ser: para no acostumbrarme a las rendiciones frente a la vida.

Fíjese si es como le digo, que una noche soñé que yo no era así, sino como los demás; pasaba inadvertido por los carnavales y no tenía que doblarme para subir a una guagua… Era otro el que andaba en el sueño, y me sentí mal, porque gracias a este tamaño he sido lo que soy: un hombre libre.

 

IMPRIMIR ESTE MATERIAL


Director General:
Lázaro Barredo Medina. Director Editorial: Gabriel Molina Franchossi.
HOSPEDAJE: Teledatos-Cubaweb. La Habana
Granma Internacional Digital: http://www.granma.cu/

También en: http://granmai.cubaweb.com/

http://www.granmai.cubasi.cu/

 

Correo-E | Inglés | Francés | Portugués | Alemán | Italiano | REVISTAS
Sólo Texto | Feeds RSS en español | Suscripción para la Edición Impresa
Versión sólo texto | Canal RSS |
© Copyright. 1996-2006. Todos los derechos reservados. GRANMA INTERNACIONAL DIGITAL. Cuba.

Subir