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San
Juan Evangelista:
Prístino campo santo
Por Sara Sariol Sosa y
Yamicelis Cancio Sánchez
Fotos Luis Carlos Palacios
Publicado: 2 de febrero de 2006
En
esa suerte de patrimonio que hacen de
Granma el territorio más aportador a la
memoria histórica y cultural nacional,
están las ruinas del San Juan
Evangelista, una cúpula de ladrillos con
huellas de incendio, que perdura en la
contemporaneidad de Bayamo, para
testificar que fue el y no otro, el
primer cementerio de Cuba.
ANTECEDENTES
Fue
en la segunda mitad del siglo XVIII,
cuando las autoridades civiles y
eclesiásticas de Bayamo asumieron la
necesidad de romper con la arraigada
costumbre popular de reposar la
eternidad en templos y conventos.
La práctica, simbiosis
de herencia familiar y devoción
religiosa, había nacido el siglo
anterior, justo con los proyectos de
construcción de la Parroquial Mayor y el
Convento de Santo Domingo.
Durante más de una
centuria antes, la sociedad de la
jurisdicción realizaba los
enterramientos fuera de esos recintos,
por causas diversas. Una, porque la
mayoría de los grupos humanos
iniciadores de la colonización, al
pertenecer a clases medias y bajas, se
inclinaban por efectuar los sepelios en
espacios abiertos, cementerios anexos a
un santuario. Correspondía solo a la
elite hispana el hábito de utilizar
iglesias y conventos con tales fines.
Además, los
terratenientes de mediados del XVI,
aunque ya con proyecciones elitistas y
conciencia de que su vida y muerte
transcurriría dentro de la demarcación,
estaban más ocupados en problemas
derivados del comercio de contrabando y
rescate predominante, que del lugar
donde reposarían después de la muerte.
De haber contado con
otro panorama económico, se imponían
también las condiciones constructivas de
la iglesia local, de paja y muy
deteriorada por el tiempo, que impedían
utilizarla como depósito de cadáveres.
Cuando este último
panorama cambió, tanto como la
mentalidad de los habitantes de la villa
y los templos y conventos se levantaron
de ladrillos y tejas, las clases
pudientes se empeñaron entonces en
agenciarse bóvedas, panteones y nichos
dentro de aquellos.
En el siglo XVIII ya se
habían edificado 11 instalaciones
religiosas en el actual territorio que
ocupa hoy el centro histórico de la
capital granmense; los fieles se
preocupaban más del mejoramiento de esos
sitios ( porque habían decidido ser
enterrados en su interior) que por sus
propias casas. De las enclavadas allí
mil 184 eran de paja y solo 626 de
tejas.
De esa manera la
práctica de hacer los enterramientos en
los citados lugares cobró fuerza de
costumbre.
EL CAMBIO
El problema comenzó
cuando, después de muchos años, el
espacio dentro de los templos y
conventos se hizo mínimo y el
abarrotamiento de cadáveres provocó una
alarmante situación de insalubridad,
algo al parecer común para todas las
partes de la Isla.
La amenaza que aquello
representaba para la salud conllevó a
que hasta los representantes del clero,
principales beneficiados monetariamente
con los entierros en iglesias,
comenzaran a pronunciarse por la
construcción de cementerios fuera de los
poblados.
Tal conveniencia fue
apoyada por los gobernantes, según dan
cuenta documentos de archivos de la
época, uno de estos recoge lo escrito
entonces por Don Joseph de Espeleta,
Gobernador y Capitán General de la Isla
de Cuba y de la Ciudad de San Cristóbal
de La Habana
… la mayor parte de las
enfermedades epidémicas que se conocían
con distintos nombres arbitrarios no
tenían en su concepto otro principio que
el de enterrarse en las iglesias los
cadáveres y por hallarse los templos
reportados en toda la población y
combatirla unos ayres corrompidos é
impuros, á causa de su temperamento
cálido, y húmedo, como porque
comprehendiendo mayor número de personas
que las que permitía su extensión, y
capacidad, en ciertas estaciones del año
eran tantos los que se enterraban, que
en algunas iglesias apenas podía pisarse
sin tocar sepulturas blandas, y
hediondas; baxo de cuyo concepto, para
prevenir un daño tan considerable,
propuso como medio urgentísimo, y
conveniente á la salud pública el
establecimiento de un cementerio fuera
de poblado en donde se enterrasen todos,
sin excepción de personas …
La disposición fue
implementada con celeridad por las
elites bayamesas, aun cuando la
monarquía española no dio apoyo
económico a los gobernantes locales para
obrar al respecto.
SAN JUAN, EL PRIMERO
Importantes
búsquedas bibliográficas, en las cuales
se ha apoyado este trabajo periodístico,
aportan elementos que llevan a asegurar
que el de San Juan Evangelista, fue el
primer cementerio cubano.
Ludín B. Fonseca García,
en su texto BAYAMO EN LA MODERNIDAD.
CEMENTERIOS Y ENTERRAMIENTOS, plantea
que aquí se tomó en cuenta la sugerencia
del gobernador político y militar de
Santiago de Cuba sobre lo oportuno de
hacer los cementerios en terrenos
aledaños a iglesias, para solo incurrir
en los gastos del campo santo. La
iglesia San Juan, en esos momentos en
ruina, estaba fuera del poblado, por lo
que se ajustaba a varios requerimientos.
"Para la construcción
del cementerio –apunta Ludín- no solo
influyeron las condiciones materiales
que existieron en la villa, sino
también, las actitudes mentales de sus
pobladores que serían, finalmente, los
que aportarían recursos económicos y
enterrarían a sus familiares fallecidos
en este nuevo lugar, que significaba una
ruptura respecto a prácticas culturales
ejecutadas durante dos siglos. Solo la
existencia de un pensamiento
modernizador entre sus pobladores
permitió que Bayamo inaugurara su
cementerio el 5 de enero de 1798 por
medio de una ceremonia religiosa oficial
y que se convirtiera, así, en la primera
población que materializaba la real
orden"
Por su parte José
Carbonell Alard, en ESTAMPAS DE
BAYAMO señaló:" Tocó al vicario,
doctor José Antonio Dimas Cuevas y
Oduardo, ser el primero en cumplir
aquella Real Orden al notificar el 8 de
febrero de 1798 que en la villa se
habían concluido las obras del
cementerio auxiliar… Anteriormente había
quedado inaugurada el 5 de enero del
propio año y bendecido como dispone el
ritual romano.
"Por su orden el de la
villa San Salvador de Bayamo fue el
primero. El segundo, el de La Habana (2
de febrero de 1806) por iniciativa del
obispo, doctor Juan José Díaz de Espada
y Landa. El tercero, construido por el
arzobispo, doctor Mariano Rodríguez de
Olmedo y Valle en Santiago de Cuba, en
febrero de 1828."
PERPETUIDAD
La
alta tasa de mortalidad que se produjo
con la contienda libertadora del 68 hizo
que el cementerio se ocupara totalmente.
A este fueron a parar los restos, además
de los moradores, de soldados españoles
y patriotas capturados y luego
fusilados.
En 1871 estaba abierto,
abandonado después de dos años de lucha,
causas que igual llevaron a la propuesta
de dotar a la villa de otro campo santo.
Varios proyectos
nacieron con ese propósito pero ninguno
se concretó por falta de recursos
primero y luego por falta de un terreno.
Solo en 1918 quedó inaugurada la nueva
Necrópolis.
El 24 de agosto de 1923,
de acuerdo con la propuesta del concejal
Juan J. Oduardo, se acordó construir un
parque público en la Plaza de San Juan,
frente al antiguo cementerio, con su
arboleda y asientos de corte moderno y
que llevara el nombre de Francisco
Vicente Aguilera.
Y así se hizo en la
década del 40, tiempo en cual se
ampliaron las calles José Martí y
Capotico.
En el parque, que
restaurado años más tarde recibió el
nombre de Retablo de los Héroes, sigue
en pie el pórtico de aquel primer campo
santo cubano, ayer cómplice y
sobreviviente del incendio
revolucionario del 12 de enero de 1869 y
abrigo de quién sabe cuántos patriotas;
hoy silencioso testigo de la cultura
bayamesa de la época de la colonia,
símbolo de perpetuidad.
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