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Vivir
después de la vida
Por Ibrahín Sánchez Carrillo
Fotos ISCarrillo
"Siéntese mijo", fue la
primera expresión que escuché de su voz
centenaria. Una voz leve, pero
sostenida…amigable y excelsa… un sonido
que se cuela en el oído con delicadeza.
Un susurro audaz que recorre las venas y
se te planta en el corazón hasta hacerlo
volar.
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Blanca tiene el privilegio de
llegar a la edad de 110 años.
Construyó una familia que suma 291
descendientes entre hijos, nietos,
bisnietos, tataranietos y choznos |
Su tono no es el de
otros tiempos. No puede ser. Ha
salpicado ¡110 años! Por eso, es más eco
y ternura que fuerza. Entre tanto
alarido de la Sierra Maestra se me
antoja despreocupada… yo diría eterna.
Tiene una voz eterna.
"Sí, ahora mismo,
entrevísteme… ahora mismo" –dijo- y se
achantó en una añeja butaca sin perder
la curiosidad.
Pero su voz no es nada
sin la mirada. Detrás de los ojos
azulados, por el paso de los años, una
señal infantil advierte regresión; no a
los orígenes del ser… sino a la
inocencia de un alma legendaria ya.
Mas, tocan sus ojos.
Cuando se hincaron en mi rostro me
estremeció el cuerpo. Y por un instante
quise abrazarla. En la fugacidad de un
segundo redujo mis dudas -confieso-
pensé encontrar una anciana lánguida y
ardí de alegría y nostalgia.
Después de los primeros
10 minutos del encuentro, en su remanso
guisero, todavía no podía salir del
asombro. Saboreé un diálogo hilvanado
con palabras exactas, fui testigo de su
memoria increíble y de una definición
ortodoxa de la existencia.
CONTRA LA HIPOCRESÍA DEL
TIEMPO
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Junto a su hermana Primitiva, de
90 años de edad, también residente
en Guisa y con un excelente estado
de salud. |
El
tiempo es hipócrita. Te arranca de la
tierra a cualquier edad. Te da y te
quita sin prevenirte u ofrecer
explicación, se burla… Empero Blanca
Díaz Mendoza (26 de agosto de 1896) está
parada sobre él.
"Nací en El Rincón, de
Baire para arriba, cerca de La Puya
–recuerda-. Me contaban que mi mamá me
parió en el medio del monte, cuando la
guerra contra los españoles… ella era
muy escrupulosa, no comía carnes… pero
le gustaba la paloma torcaza."
A rafagazos aparecen los
trozos de vida. Uno detrás del otro,
separados por pequeñas acotaciones.
"Recuerdo cómo guardaban
los palos encendidos debajo de las
cenizas del fogón, para que no se
apagaran y tener candela al otro día
–dice-. Eso era porque no había
fósforos."
"También recuerdo a mis
abuelos… recibían una paga del Gobierno…
habían estado en la Guerra de los 10
años… y en la de La Chambelona, que no
duró mucho. Nosotros éramos seis o siete
hermanos… siete, sí, siete.
"Yo quería aprender a
leer. Mi mamá me mandó con unos primos
para que me enseñaran… porque me
gustaba, aprendí algo, hasta el libro
segundo –asegura-. Pero me dediqué a
ayudarle a mi papá…sembraba tabaco,
maíz… esas cosas del campo".
Ella es la tercera del
matrimonio. Una longeva familia, pues
aseguran que el hermano mayor murió a
los 100 años, una a los 101, otro a los
86 y tiene una hermana de 90.
El 24 de julio de 1944
se mudó para Guisa. Pero no olvida el
lugar donde vino al mundo. "Unos cuantos
años viví allí, creo que 30. Mis 10
hijos nacieron en La Pimienta… un
poquito más afuera de donde nací."
AÑOS DUROS
La década de los ´50
fueron tiempos difíciles. "Mi esposo y
yo vivíamos en una casita con los niños
más chiquitos –cuenta-. Nos desalojaron
y tuvimos que irnos adonde los mayores,
que ya estaban casados… aquí todo era de
los terratenientes. Estábamos en Monte
Escondido, cerca de Colón…".
Allá los sorprendió la
lucha rebelde. Y después del combate de
la "M", en la zona de El Oro, su casa
fue abrigo de los combatientes. Por
varios días socorrió al Capitán Veguita.
"Estaba herido. Le matábamos gallinitas
para hacerle caldos y lo escondimos en
una barbacoa… para que no lo
encontraran".
También a principios de
los ´50 sufrió el único problema de
salud que ha padecido.
"La operaron del
interior –comenta Ángel Rodríguez, uno
de sus hijos que tiene 69 años-. No
contábamos con recursos y para llevarla
a la Clínica Villaverde, en Bayamo, fue
necesario recolectar votos… era plena
dictadura".
Para esta época perdió a
su esposo. Único, exclusivo. Todavía
siente devoción por él. Cuando lo evoca
reposa las manos sobre las piernas. Mira
de frente y con ternura, la voz se torna
más firme… aunque dulce y melancólica.
Él era quien llevaba las riendas de
todo. "Y lo hizo honradamente. Todos mis
hijos son revolucionarios.
"Me casé una sola vez
–afirma-. Ni antes ni después volví a
hacerlo. Nunca busqué otro hombre, me
dediqué a cuidar la familia. Murió en el
59. En lo adelante yo fui el padre de
mis hijos".
QUE DICHA, LA VIDA
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Con cuatro de sus hijos, de
izquierda a derecha Celia (72
años), Hilario (85), Ángel (69) y
Gloria (76). No están aquí Rafael
(78), Félix (86), Roberto (63),
Sofía (83) e Iraís (81); Vidalina
murió a los 81. |
Blanca crió a 10 retoños, nueve están
vivos. Una prole que crece por días y
que ha coronado cinco generaciones
(desde hijos hasta cuatro choznos).
"Es una viejita dichosa"
–dice Gloria, una hija de 76 años y
quien la cuida actualmente-. La
alimentación es su mayor exigencia. Todo
a la hora y bien hecho. Come lo mismo
que un niño: puré, sopa… y siente
predilección por el café. Ella quisiera
que fuera agua. No da trabajo".
La curiosidad, enemiga
de la distracción, regaló escenas
fascinantes. Come sola, camina, escucha
radio y apuesta a Fidel. "Gracias a Dios
está bien". Le gusta la pelota "porque
ese es el deporte del Comandante".
Cuentan que hace unos
años le dijo a un colega que la mayor
satisfacción que tiene es que sus cinco
hijos varones "son combatientes, de la
lucha clandestina, y militantes del
Partido Comunista de Cuba… y las hembras
mueren por esta Revolución".
¿Por qué ha llegado
hasta aquí? No sabe. Aunque afirma que
la alimentación es fundamental. "No lo
pensé… y llegué. Mi esposo me cuidaba
mucho… me buscó muchos alimentos… ahora
Nelson, mi médico, me da la medicina que
necesito".
Para Hilario, un
fortachón de 85, su mamá es una gente
fuerte. "Ha pasado trabajo pero mira
como está –dice-. Nunca le faltó nada".
EPÍLOGO
Vivir, después de la
vida, es sentarse frente al tiempo y
lograr un buen pacto. Porque esta, la
vida, no es la suma de los años. Es el
jirón dejado cada tras almanaque… es la
inmortalidad lograda en la tierra. Es
ella, Blanca… todo pureza, bella y
eterna.
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