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Aniversario 138 del alzamiento en La
Demajagua
La bandera
de Céspedes aún ondea en las plazas
cubanas
• A
Candelaria Acosta (Cambula), la mujer
que arrancó una parte de su vestido para
confeccionar la bandera de La Demajagua,
se le otorgó en 1935 la Orden Carlos
Manuel de Céspedes
Por: Osviel Castro Medel y Aldo Daniel
Naranjo
MANZANILLO.— Cada año el 10 de Octubre
se nos antoja un cuadro dibujado entre
pinceles de muchedumbre inquieta,
grilletes zafados al viento y repiques
de campanas en el matutino.
Cada año el
suceso truena en las páginas o en las
frecuencias de los medios de
comunicación con su lógico halo y con
descripciones a veces milimétricas, en
las que no es difícil observar a un
Céspedes erguido y magnánimo, abrazado a
sus antiguos sirvientes negros.
Suele ser una
narración bastante lineal: conspiración
adelantada, desprendimiento del patricio
bayamés, libertad a los esclavos,
juramento de la bandera confeccionada
por él mismo y cosida por su amante
Cambula, lectura del Manifiesto de
Independencia... el primer combate al
día siguiente.
La historia, sin
embargo, traspasa cualquier lienzo
retórico y es más. Es oleada constante
de precisiones; es detalle, radiografía
de la atmósfera, interpretación.
Por eso, hechos
tan extraordinarios como los vinculados
al día fundacional tendrán siempre
nuevas miradas, aunque sería fatal que
alguna resultara apologética.
Hoy, 138 años
después, parece natural preguntarse qué
pasó con los esclavos que se sublevaron
ese día. ¿Adónde fue a parar Candelaria
Acosta (Cambula)? ¿Cuál fue el destino
de los agentes de Céspedes, captados
dentro de la guarnición española de
Manzanillo? ¿Dejó de izarse la bandera
tricolor concebida por el Padre de la
Patria luego de la Asamblea de Guáimaro?
Algunas de esas
interrogantes son completos enigmas. No
obstante, conviene empezar a rozarlas
para llegar un día a la verdad.
LA
BELLA COSTURERA
Era hermosa sin
dudas aquella mujer que en los instantes
previos al alzamiento arrancó una parte
de su vestido azul celeste con tal de
donarlo al estandarte que ondearía
Céspedes en La Demajagua.
Tenía solo 17
años y amaba al Iniciador con su vida.
Nacida el 2 de febrero de 1851 en
Veguitas, había sido transportada tiempo
antes del alzamiento a una canción
compuesta por el líder revolucionario,
titulada Cambula, en la cual se hablaba
elogiosamente de la «preciosa trigueña».
Candelaria
Acosta, hija del mayoral del ingenio La
Demajagua, Juan Acosta, se unió en la
intimidad a Céspedes probablemente
después de que este enviudara, en enero
de 1868. Siempre supo los entretelones
de la conspiración, no solo por su
relación con el abogado bayamés, sino
porque en el ingenio se cocinaba casi
abiertamente la insurrección contra
España.
Sufrió en
demasía luego del estallido
independista. El 17 de octubre de 1868,
cañoneada e incendiada la propiedad
azucarera del Padre de la Patria, tuvo
que irse a Manzanillo.
Mas el hecho de
haber cosido la bandera le atrajo
persecuciones; así debió salir hacia
campamentos insurrectos en la Sierra
Maestra y en la zona de Las Tunas.
Céspedes la visitó reiteradamente, y en
septiembre de 1871 comienza a hacer
gestiones para embarcarla a Jamaica
junto a Carmita, la hija de ambos.
Sobre esta
salida expone el Héroe de San Lorenzo en
epístola de suspiros: «Yo en conciencia
no podía oponerme, ella cedió
lastimosamente y yo le cedí el caballo
africano para el viaje. Creo que en todo
cumplí con mi deber».
Marchó
embarazada (tendría en el exilio otro
hijo de Céspedes) y con la hija en
brazos, y retornó en 1881. Se estableció
en Santiago de Cuba, donde se casó con
Antonio Acosta, con quien tuvo otros dos
retoños. Vivió en la ciudad oriental
cuatro décadas.
Una de sus
mayores emociones sobrevino el 20 de
enero de 1935, cuando en su lecho de
enferma se le otorgó la Orden Carlos
Manuel de Céspedes. Operada dos veces de
la visión, murió el 23 de mayo de ese
año en la capital del país, a los 84
años. Jamás olvidó la fecha cumbre del
levantamiento.
LOS
ESCLAVOS
Es conocido que
entre los bienes embargados por España
al iniciador de la independencia cubana
se contaron 53 esclavos, aunque el Día
de la Libertad había con él unos 20.
Bartolomé Masó
apunta en su testamento que con los
«emancipados» aquel 10 de octubre se
formó el primer grupo de zapadores del
naciente Ejército Libertador.
Los patronímicos
y el destino de aquellos mambises están
por conocerse. Esa es una de las deudas
de la historiografía nacional. Resulta
presumible adivinar que, habiendo sido
subordinados directos de Céspedes, hayan
batallado hasta con los dientes por la
independencia de este país.
El único de los
nombres manejado por los historiadores
es el de Francisca Fraguet, esclava
doméstica y acompañante de Cambula
durante su exilio interno y externo.
Se dice que,
concluida la Guerra de los 10 años, se
estableció en Cienfuegos, aunque
ciertamente se desconoce cómo fue el
final de sus días.
LOS
AGENTES
Aunque no mucho,
se ha publicado que Carlos Manuel tenía
dentro de la guarnición española de
Manzanillo a dos agentes, masones como
él.
Estos ayudaron
en algo en los planes conspirativos y en
los días previos al alzamiento
prometieron hasta «ceder la Plaza de
Manzanillo». Uno de ellos,
probablemente, impartió lecciones de
sable en pleno ingenio La Demajagua.
Sus nombres eran
Pedro Nuño de Gonzalo y Hernández, y
Germán González de las Peñas, quienes
ocupaban en la Logia Buena Fe los
puestos de Segundo Vigilante y
Hospitalario, respectivamente. El
primero era teniente del ejército
español; el segundo, comisario de
policía.
Sin embargo,
inculpados ante oficiales superiores,
delataron más tarde a un número
importante de patriotas masones,
residentes en Manzanillo, entre los que
se encontraban José María Izaguirre,
Baltasar Muñoz, Francisco Fajardo
Infante y Juan Palma Lazo.
El juicio en el
que comparecieron se realizó bajo un
nombre kilométrico: «Causa criminal
seguida contra el Licenciado Don Carlos
Manuel de Céspedes y otros por
afiliación política en sociedad masónica
constituida en Manzanillo».
El proceso se
alargó, absurdamente, siete años. Nuño
hasta solicitó traslado al Batallón
Movilizado de Matanzas y destacado allá,
en 1872, pidió que no lo molestaran más
para declarar de nuevo.
De Germán, como
apunta el historiador Francisco Ponte
Domínguez, «no se supo más en lo
adelante», solo que fue sustituido de su
cargo.
LA
BANDERA
Similar a la de
Chile, casi cuadrada, la bandera
diseñada por Céspedes para el
levantamiento, tuvo su estreno guerrero
en Yara, el 11 de octubre. Ya para
entonces se le había designado una
escolta.
Cuatro días
después se desplegó en el combate de
Barranca, y el 16 de octubre, en el
templo católico de la localidad, fue
bendecida por Emiliano Izaguirre, más
tarde capellán del Ejército Libertador.
Con el
estandarte de Céspedes se alzó también
en octubre, en Las Mangas, su amigo
Perucho Figueredo, quien apoyó con
emoción, como abanderada, a su hija
Candelaria. Esa es la enseña que entró
triunfal a Bayamo con el Ejército
Libertador el 20 de octubre de 1868. No
pocos le llamaban entonces la «Bandera
cubana».
En noviembre,
una bayamesa nombrada Felicia Marcel
terminó de coser una bandera de estas,
mucho mayor y viva en sus tres colores:
blanco, rojo y azul. El 8 de ese mes fue
bendecida en la Iglesia Parroquial de
Bayamo por el cura Diego José Baptista,
quien recibió a Céspedes bajo palio (con
todos los honores).
Pero meses más
tarde, en abril de 1869, en la Asamblea
de Guáimaro, se decidió adoptar como
enseña nacional la traída por el
anexionista Narciso López, tomada por
parte de los alzados en Camagüey y Las
Villas. Céspedes, presidente
indiscutible de la República en Armas,
hasta derramó lágrimas al conocer esta
decisión.
«Aquella gente
era muy formalista. En plena guerra
desigual reúnen un grupo constituyente,
y se discute bastante, hasta la idea de
la bandera. Por evidentes rivalidades y
reservas de una parte de los
constituyentes hacia Céspedes, se
rechaza la bandera con la que él inició
la lucha», ha dicho Fidel en su
entrevista con Ignacio Ramonet.
Lógicamente,
como añade el Comandante en Jefe, con la
lucha y la sangre aquella bandera de
dudosa cuna (la de López) se llena de
historia y de gloria en los campos
insurrectos.
Esa misma
Asamblea, no obstante, acuerda que el
estandarte del Libertador sea conservado
como Tesoro del Congreso Nacional y en
un lugar honroso de la Cámara de
Representantes.
Desde entonces
ha estado, como recuerdo de fuego, en
incontables sesiones parlamentarias
cubanas. Incluso, no ha dejado de ondear
en plazas públicas de Yara y de Bayamo.
Tampoco en las
ruinas de La Demajagua, donde se respira
todavía, entre campanazos, no lejos del
mar, el olor a pólvora y alumbramiento;
el aire de volcanes que despertaron
eternamente la nación.
Fuentes
bibilográficas:
Mayda Mendoza Sosa: Genealogía de Carlos
Manuel de Céspedes. Fondo de la Casa
Natal de Carlos Manuel de Céspedes.
Francisco Ponte Domínguez: El delito de
la fracmasonería en Cuba (1951).
Carlos Manuel de Céspedes. Escritos. T.
III. Compilación de Hortensia Pichardo y
Fernando Ortiz.
Ignacio Ramonet: Cien horas con Fidel.
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