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“Puedo hablar en voz bien
alta si quiero”
—Fidel
POR MIGUEL BONASSO
(Desde La Habana)
ME
había preparado para verlo, pero la
realidad fue mucho más fuerte. Incluso
le llevaba de regalo un ordenador de
viaje. Es decir una suerte de cartuchera
de cuero argentino, que en su interior
tiene espacios predeterminados para
papeles, tarjetas, pasaje, pasaporte,
anotaciones varias, todo lo que necesita
un viajero. Sé muy bien que Fidel Castro
no lleva tarjetas de crédito ni dinero
en sus travesías por el mundo, pero el
modesto presente encerraba un mensaje
subliminal: “Espero que pronto esté bien
para volver a viajar”.
Pero
una cosa es lo que uno imagina, teme,
desea, y otra bien distinta el hecho en
sí. De pronto el llamado telefónico:
“Esté a tal hora en tal lado”. Y nada
más. Podía ser que lo viera
personalmente o podía ser que me
encontrara con algunos de sus hombres de
confianza en una reunión preparatoria.
No podía creer en mi buena suerte: era
el primer invitado a la Cumbre del
Movimiento de los No Alineados que tenía
el privilegio de ver al Comandante en su
recuperación, como ya lo habían visto
antes de la Cumbre Hugo Chávez y Evo
Morales.
Estaba tan aturdido que olvidé hasta
una elemental libreta de notas por si
tenía la suerte suplementaria de que me
hiciera una declaración.
Pero
al llegar a la cita supe que lo vería.
Con sus colaboradores más cercanos
recorrí el pasillo como en un travelling
cinematográfico donde el visitante ve
intensificarse la realidad a medida que
avanza: al comienzo los hombres de su
custodia vestidos de verde oliva, luego
su médico personal siempre derrochando
bonhomía, al final del largo corredor un
trío compuesto por dos mujeres y un
hombre alto, los tres de guardapolvo
blanco. ¿Médicos, enfermeros? Por fin
una señora muy amable que me introdujo
en la habitación. Un cuarto austero,
blanco, totalmente despojado de adornos.
Fidel, que estaba sentado en una cama,
con una mesa blanca y móvil por delante,
se puso de pie para darme un abrazo.
Vestía una bata color vino y un pijama
haciendo juego y, por suerte, era el
Fidel de siempre. Más delgado, es
verdad, pero no tanto como lo habían
mostrado unas fotos recientes.
“Perdí cuarenta y una libras —me
recordó—, pero estoy recuperando peso.
Ya casi la mitad de lo que perdí.”
Muchos kilos para quien ya parecía un
hidalgo español de prosapia cervantina y
ostenta ahora un perfil quijotesco.
Nos
sentamos para charlar. Eran las once y
media de la mañana habanera de ayer y
afuera reverberaba la canícula. El nudo
que yo traía en la garganta se aflojó de
golpe: puede sonar increíble, pero Fidel
estaba tan lúcido y filoso como siempre.
El mismo tono confidencial de
conspirador que el oyente debe
desentrañar, las mismas señas
misteriosas o las acentuaciones
gestuales de algún hallazgo verbal,
alguna orden a sus colaboradores en voz
bien alta, para demostrar que puede
regresar a la oratoria en cualquier
momento.
“Ves”, subrayó. “Puedo hablar en voz
bien alta si quiero.”
Pasó
un rato largo antes de que me hiciera la
confesión que carga de peso existencial
esta nota. Arrancó como siempre,
apasionado por los hechos colectivos,
políticos, poniendo lo personal en un
tercer o cuarto plano de sombra. Estaba
entusiasmado con el hecho de que
Venezuela gane la batalla para ocupar un
sitial en el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas. “Genio y figura”,
pensé. El tránsito por la enfermedad y
la presencia cierta de la muerte no han
disminuido un ápice la intensidad de sus
sueños y obsesiones.
“No
van a poder bloquear el ingreso”,
aseguró. Y subrayó que su gran amigo
Hugo Chávez Frías se ha convertido en un
líder mundial. “Chávez ha ido creando un
modelo indestructible. No es portador de
un socialismo extremo, sino realista.
Indiscutiblemente va a tener éxito en
crear un gran partido que reúna y
represente a todos los revolucionarios
venezolanos. Los diversos partidos que
lo apoyaban han respondido bien a su
convocatoria para lograr la unidad.
Además —agregó— ha prometido realizar
todos los cambios democráticamente,
consultando al pueblo. No es extremista.
Ha prometido cooperar con las capas
medias y el respeto y la colaboración
con las empresas privadas que acaten los
principios de la revolución. Además ha
desarrollado programas sociales que no
tienen paralelo en el mundo y que lo
convierten en un líder imbatible. Pienso
que un pueblo tan saqueado como el
venezolano merece este cambio. Y veo con
alegría el impulso hacia la integración
de América Latina, en la que Venezuela
será un ejemplo de lo que se puede hacer
cuando un país pone sus recursos al
servicio del pueblo. Chávez no sólo usa
bien esos recursos sino que los
multiplica con medidas fiscales que
antes no se tomaban.”
Después abordó el tema de la “Operación
Milagro”, uno de los programas de salud
que más lo apasiona. Y lo hizo con la
misma intensidad de siempre. Como si no
hubiera pasado por el filo de la navaja
dejando en terrible suspenso a millones
de personas. Recordó que en apenas dos
años, unos 400 mil latinoamericanos
habían sido operados de cataratas,
pterigium y otras enfermedades de la
vista con la nueva técnica oftalmológica
desarrollada por los médicos cubanos. Y
que todas esas operaciones, muchas de
las cuales se habían llevado a cabo en
Cuba, habían sido gratuitas, en
beneficio de los latinoamericanos más
pobres.
Al
rato Fidel me ofreció más café, mientras
nos sacaban un montón de fotos. Con su
sempiterno entusiasmo, me comentó
admirado: “Son increíbles estas cámaras
digitales”.
Nos
íbamos acercando a la confesión. Sobre
la mesa había un libro voluminoso. La
portada sobria, bien realizada,
anunciaba Cien horas con Fidel. Y
abajo: “Conversaciones con Ignacio
Ramonet. Segunda edición. Revisada y
enriquecida con nuevos datos”.
Algunos meses antes había visto con
inocultable envidia la primera edición
de esa megaentrevista en la que el líder
cubano pasa revista a su vida y a la
historia mundial que lo destaca como uno
de sus principales protagonistas. En
junio último, el Comandante me había
mostrado sus correcciones manuscritas a
las respuestas de la primera edición.
Las preguntas de Ramonet, obviamente,
habían sido respetadas por el
entrevistado. A fines de julio, cuando
volví a verlo en Córdoba, viajaba
acompañado por las pruebas de página, en
pleno proceso de revisión y aumento.
Pero nunca hubiera imaginado lo que
ocurrió tras la operación del 27 de
julio.
“Lo
seguí corrigiendo en los peores momentos
—musitó—. No paré de corregirlo. No
creas que lo hice cuando mejoré. Desde
los primeros días. Y lo hice no sólo por
su contenido sino porque le había
prometido al pueblo que lo revisaría
antes de publicarlo. Así que pasé muchas
horas dictándole a Carlitos (Valenciaga,
su secretario). Muchas horas.”
Entonces me miró, con los ojos muy
abiertos y esa expresión como de asombro
que le redondea la boca cuando tira un
dardo decisivo, para aclarar en un tono
profundo, pero despojado de énfasis y
dramatismo:
“Quería terminarlo porque no sabía de
qué tiempo dispondría”.
La
sombra del gran límite, de la
imposibilidad de toda posibilidad,
anidaba todavía en el fondo de la mirada
como un fondo de café. Comenté:
“Otra
gran batalla”.
Asintió en silencio y agregó:
“Estas cosas te las cuento como amigo y
escritor”.
Después se excusó de no poder regalarme
el libro por razones protocolares, hasta
entregar una copia a los jefes de Estado
que concurren a la reunión del
Movimiento de No Alineados. A nuestro
lado, el infatigable Carlitos Valenciaga
—el joven colaborador que leyó la
histórica proclama sobre el traspaso de
poderes— ponderaba algunas
incorporaciones a esta nueva edición
aumentada:
“Hay
cartas inéditas a Sadam Hussein
recomendándole que se retire de Kuwait.
Las cartas a Nikita Kruschev
contextualizadas”.
Sobre la mesa blanca había también un
folleto reproduciendo la portada del
libro con la siguiente leyenda:
“Capítulo 24 - Los sucesos de abril de
2002 y otros temas de América Latina”.
“Está traducido a nueve idiomas”,
aclaró Valenciaga. Pedí uno para
reproducirlo como anticipo en Página/12,
después que se le entregara a los Jefes
de Estado. En particular a dos amigos
fieles que el Comandante aguarda con
impaciencia: Chávez y Evo Morales. En
ese capítulo 24, además de las
intimidades del fallido golpe contra
Chávez, el lector encontrará
interesantes reflexiones sobre los
militares nacionalistas y progresistas
de América Latina, como Omar Torrijos,
Juan Velasco Alvarado o el propio Juan
Domingo Perón. Y referencias agudas a la
derrota de Carlos Menem y el triunfo de
Néstor Kirchner en el 2003.
Se
acercaba el momento de la despedida. La
charla se había prolongado durante hora
y media. Fidel señaló el modesto
televisor que tenía frente a la cama
(nada de plasma ni equipo estereofónico)
y comentó:
“La
tele está cada vez más violenta. Todo es
de una violencia extrema. Todo es
publicidad y violencia. Desde las
ficciones hasta los noticieros
internacionales.”
Le
dije, con total sinceridad, que me iba
muy contento de verlo tan bien.
“Todo en su justo medio”, advirtió,
mientras me daba un apretón de manos.
“No hay que olvidar que la máquina a
reparar ya tiene ochenta años.”
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Recibió Fidel al
Diputado e Intelectual argentino Miguel
Bonasso representante personal del
presidente Kirchner |