Mensaje de René González
Queridos compatriotas.
Amigos de todo el mundo:
Una vez más, la mascarilla judicial
de la sociedad más hipócrita jamás
erigida se deshace, dejando al
descubierto el rostro verdadero del
imperialismo norteamericano y
abofeteando la conciencia del mundo con
un cínico mensaje: No serán sus propias
leyes las que les impidan garantizar la
impunidad a sus terroristas.
No ha tomado mucho para que
comprendamos lo que en el argot del
establishment norteamericano significa
-al menos cuando se trata de Cuba- la
palabra cambio. La madeja de crímenes,
genocidios, arrogancia y bajezas sobre
la que se ha tejido la psiquis de este
imperio no se desenredará por la
elección de un carismático presidente,
oportunamente sacado de entre un sector
aun oprimido del pueblo norteamericano.
Para nosotros cinco, sometidos a más de
una década de ensañamiento ruin y
cobarde, no es más que la reiteración de
una familiar moraleja: No importa cuan
bajo hayan podido caer nuestros
captores, ellos siempre podrán
demostrarnos su infinita capacidad de
rebajarse aun más.
Para nosotros y para nuestras
familias, ya cualquier momento sería
demasiado tarde para recibir justicia.
También lo será para los pueblos nativos
diezmados; para los países cuyos
territorios han sido usurpados; para los
millones de seres humanos incinerados
vivos por bombas incendiarias, o
desaparecidos por dictaduras cómplices,
o torturados bajo la asesoría de
oficiales yankees, o masacrados
alrededor del mundo por apetencias
corporativas. Es demasiado tarde para
hacer justicia a las miles de víctimas
del terrorismo contra Cuba; terrorismo
cuya prevención es nuestro imperdonable
crimen.
Frente a esos millones de víctimas;
niños inocentes de todas las edades;
ciudadanos de todas las razas y credos
convertidos, bajo las más disímiles y
ordinarias circunstancias, en daños
colaterales; seres humanos privados del
elemental derecho a la vida en la
seguridad de sus hogares, en el seno de
sus familias o arrancados abruptamente y
sin aviso a la cotidianeidad; nosotros
cinco somos afortunados. Somos cinco
soldados, ocupantes conscientes y
orgullosos de una trinchera, que hemos
escogido levantarnos por algo antes que
caer por nada, espejo vivo de la moral
de un pueblo en que el enemigo ve
reflejados, lleno de impotencia y rabia,
su falta de valores, su pobreza de
espíritu, la fragilidad de su autoimagen
y todas sus miserias. Somos cinco
revolucionarios cubanos a los que no
podrán doblegar jamás, y habrán de vivir
cada día la humillación de ser incapaces
de entender el porqué.
Para los pueblos de todo el mundo la
desfachatez de este proceso es la
reiteración de una vieja lección:
Enfrentamos un imperio que no reparará
en cualquier crimen, conque sólo calcule
que se podrá salir con la suya. No habrá
consideración ética o clamor universal
que les haga detenerse, sólo el precio
que les imponga la resistencia.
Para el pueblo de Cuba, al que va
dirigido este nuevo acto de venganza, es
otro llamado a cerrar filas, a no creer
en apariencias, a esperar del agresor
siempre lo peor, y a no cejar en la
edificación de una sociedad en que la
hipocresía, el revanchismo, la
indignidad, la mentira y la cobardía que
han impulsado un proceso como el nuestro
estén bien lejos de ser, como lo son en
el vecino imperio, virtudes ciudadanas.
Esa será la única medida de justicia
digna de todas sus víctimas.
Hasta la Victoria Siempre.