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C U B A

La Habana, 25 de Mayo de 2010

 

Barracones a salvo
Restauran en Trinidad caserío de esclavos con excepcional valor arqueológico

Juan Antonio Borrego (Foto: Vicente Brito)

TRINIDAD, Sancti Spíritus.— De todos los caseríos de esclavos que inundaron el Valle de los Ingenios durante el boom azucarero de la primera mitad del siglo XIX —hacia 1827 funcionaban en la zona de Trinidad 56 instalaciones industriales con más 11 700 negros en sus feudos—, sólo uno, el de la hacienda Manaca Iznaga, ha logrado sobrevivir hasta nuestros días.

En la recreación que realizara Laplante del ingenio de Manaca Iznaga (1857) se aprecia, a la izquierda, el caserío esclavo.
En la recreación que realizara Laplante del ingenio de Manaca Iznaga (1857) se aprecia, a la izquierda, el caserío esclavo.

El villorrio, concebido como una suerte de barracón “decente” por la sacarocracia criolla, propio de esta región y también de otras del país, es considerado hoy por los especialistas como el único exponente de su tipo en Cuba y en buena parte de América Latina, un privilegio que legaron a las actuales generaciones los descendientes de esclavos que por siglos han convivido en el lugar.

 “Las habitaciones de los negros son de mampostería y teja formando cuatro calles…”, describió Justo Germán Cantero, rico hacendado y mecenas de las artes en la zona, en su libro Los Ingenios, de 1857, un compendio imprescindible para la historia de la industria azucarera cubana, que tuvo a bien ilustrar con las obras del grabador francés Eduardo Laplante.

Víctor Echenagusía considera a los barracones como una pieza clave para comprender la plantación esclavista azucarera.
Víctor Echenagusía considera a los barracones como una pieza clave para comprender la plantación esclavista azucarera.

La estampa correspondiente a Manaca Iznaga es casi cinematográfica: las carretas de caña rumbo a la fábrica, una de las más prósperas de todo el valle; las chimeneas humeantes, antepuestas a la casa familiar con ínfulas de mansión vernácula; la torre campanario, plantada para frustrar cualquier intento de cimarronaje; y a un costado, tan anónimo como sus inquilinos, el caserío de esclavos en perfecta simetría.

 De aquella aldea inicial que describiera Cantero y dibujara Laplante, los especialistas identificaron como sobrevivientes 16 inmuebles con diferentes grados de deterioro, pero como la restauración del sitio se ha previsto de manera integradora, la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios extendió su intervención a otras ocho casas que aunque no tenían igual relevancia patrimonial, se vinculaban al conjunto arquitectónico.

 Los trabajos de rehabilitación, implican mejoras notables para las paredes de mampuesto (tercio, piedra y ladrillo), las cubiertas y la carpintería, pero al mismo tiempo incluyen la reanimación del batey, con un reconocido interés turístico, donde obviamente las familias, nativas o no, han sido partícipes y beneficiarias del suceso.

Paredes de mampuesto, propias de este tipo de edificación.
Paredes de mampuesto, propias de este tipo de edificación.

Acostumbrados a lidiar con las mansiones de la zona, sus arcos de medio punto y sus techos de maderas preciosas, los técnicos restauradores y alarifes trinitarios han tenido que enfrentar en Manaca Iznaga un escenario diferente, donde clavar una puntilla sobre la roca, colocar un interruptor o disimular un cable necesitan escuela y no poca pericia. 

 Más allá del significado histórico que representa salvaguardar un sitio tan pintoresco, Víctor Echenagusía, acucioso investigador y especialista de la Oficina, ha reconocido en el hecho otras utilidades: “El verdadero valor del proyecto —dice— radica en el mejoramiento de la calidad de vida de los lugareños, que aprendan a habitar armónicamente el sitio, y que el caserío también se sume a los

atractivos de Manaca Iznaga como lo que en realidad es: una pieza clave para comprender la plantación esclavista azucarera”.
 

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