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Barracones a salvo
Restauran en Trinidad
caserío de esclavos con excepcional
valor arqueológico
Juan Antonio Borrego (Foto:
Vicente Brito)
TRINIDAD, Sancti Spíritus.— De todos los
caseríos de esclavos que inundaron el
Valle de los Ingenios durante el boom
azucarero de la primera mitad del siglo
XIX —hacia 1827 funcionaban en la zona
de Trinidad 56 instalaciones
industriales con más 11 700 negros en
sus feudos—, sólo uno, el de la hacienda
Manaca Iznaga, ha logrado sobrevivir
hasta nuestros días.
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En la
recreación que realizara
Laplante del ingenio de
Manaca Iznaga (1857) se
aprecia, a la izquierda, el
caserío esclavo. |
El
villorrio, concebido como una suerte de
barracón “decente” por la sacarocracia
criolla, propio de esta región y también
de otras del país, es considerado hoy
por los especialistas como el único
exponente de su tipo en Cuba y en buena
parte de América Latina, un privilegio
que legaron a las actuales generaciones
los descendientes de esclavos que por
siglos han convivido en el lugar.
“Las
habitaciones de los negros son de
mampostería y teja formando cuatro
calles…”, describió Justo Germán
Cantero, rico hacendado y mecenas de las
artes en la zona, en su libro Los
Ingenios, de 1857, un compendio
imprescindible para la historia de la
industria azucarera cubana, que tuvo a
bien ilustrar con las obras del grabador
francés Eduardo Laplante.
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Víctor
Echenagusía considera a los
barracones como una pieza
clave para comprender la
plantación esclavista
azucarera.
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La
estampa correspondiente a Manaca Iznaga
es casi cinematográfica: las carretas de
caña rumbo a la fábrica, una de las más
prósperas de todo el valle; las
chimeneas humeantes, antepuestas a la
casa familiar con ínfulas de mansión
vernácula; la torre campanario, plantada
para frustrar cualquier intento de
cimarronaje; y a un costado, tan anónimo
como sus inquilinos, el caserío de
esclavos en perfecta simetría.
De
aquella aldea inicial que describiera
Cantero y dibujara Laplante, los
especialistas identificaron como
sobrevivientes 16 inmuebles con
diferentes grados de deterioro, pero
como la restauración del sitio se ha
previsto de manera integradora, la
Oficina del Conservador de la Ciudad de
Trinidad y el Valle de los Ingenios
extendió su intervención a otras ocho
casas que aunque no tenían igual
relevancia patrimonial, se vinculaban al
conjunto arquitectónico.
Los
trabajos de rehabilitación, implican
mejoras notables para las paredes de
mampuesto (tercio, piedra y ladrillo),
las cubiertas y la carpintería, pero al
mismo tiempo incluyen la reanimación del
batey, con un reconocido interés
turístico, donde obviamente las
familias, nativas o no, han sido
partícipes y beneficiarias del suceso.
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Paredes de
mampuesto, propias de este
tipo de edificación.
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Acostumbrados a lidiar con las mansiones
de la zona, sus arcos de medio punto y
sus techos de maderas preciosas, los
técnicos restauradores y alarifes
trinitarios han tenido que enfrentar en
Manaca Iznaga un escenario diferente,
donde clavar una puntilla sobre la roca,
colocar un interruptor o disimular un
cable necesitan escuela y no poca
pericia.
Más
allá del significado histórico que
representa salvaguardar un sitio tan
pintoresco, Víctor Echenagusía, acucioso
investigador y especialista de la
Oficina, ha reconocido en el hecho otras
utilidades:
“El verdadero valor del proyecto —dice—
radica en el mejoramiento de la calidad
de vida de los lugareños, que aprendan a
habitar armónicamente el sitio, y que el
caserío también se sume a los
atractivos de Manaca Iznaga como lo que
en realidad es: una pieza clave para
comprender la plantación esclavista
azucarera”. |