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LA
VICTORIA ESTRATÉGICA
La
ocupación de Las Mercedes
(Capítulo 3)
El mando enemigo
desencadenó la primera fase de su
ofensiva el 25 de mayo.
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Fidel en el Pico Turquino,
junto a él varios
combatientes, entre ellos el
legendario Comandante Camilo
Cienfuegos. |
Ese
día comenzó a avanzar hacia el caserío
de Las Mercedes, desde su base de
operaciones en Cerro Pelado, el fuerte
Batallón 17, al mando del comandante
Pablo Corzo, reforzado por la Compañía
81 del Batallón 20. Allí, en Las
Mercedes, donde comenzó la gran ofensiva
enemiga con la que se esperaba dar el
golpe de muerte al núcleo principal de
la guerrilla, terminará también la
operación, 74 días después, con una
rotunda victoria del Ejército Rebelde.
Este primer combate de Las Mercedes
tipifica la estrategia que habíamos
elaborado para hacer frente al empuje
del Ejército de la tiranía. Las fuerzas
enemigas, con el apoyo de su número y su
poder de fuego, incomparablemente
superiores, lograron en definitiva el
objetivo inmediato que se habían trazado
de ocupar la posición, pero solo después
de tener que vencer una resistencia
tenaz que demoró su avance, desarticuló
sus planes, comenzó a desgastar su
poderío y demostró la moral superior del
combatiente rebelde.
El
25 de mayo, el acceso a Las Mercedes, en
el sector nordeste de nuestro territorio
central, estaba protegido tan solo por
una escuadra rebelde de poco más de una
docena de hombres, al mando del capitán
Ángel Verdecia. Este grupo, como se
recordará, había ocupado posiciones
desde algún tiempo atrás en la loma de
La Herradura, entre Las Mercedes y Sao
Grande, cubriendo el camino que conducía
al poblado. Será en ese lugar donde el
puñado de combatientes de Angelito
Verdecia realizará una primera
resistencia durante toda la tarde del 25
de mayo.
Desde las primeras horas de la mañana,
la aviación enemiga comenzó a bombardear
y ametrallar intensamente toda la zona a
los lados del camino del Cerro, y
concentra su fuego, en particular sobre
la falda exterior y el firme de la loma
de La Herradura. Fue ese día cuando,
posiblemente por primera vez en la
guerra, entraron en acción contra los
rebeldes los aviones T-33 de
retro-propulsión, entregados a Batista
por los Estados Unidos pocas semanas
antes, que podían operar cómodamente y
con absoluta seguridad entre el relieve
poco accidentado de la zona de Las
Mercedes.
Un
rato antes del mediodía, las fuerzas del
Batallón 17 comenzaron a avanzar desde
el Cerro, una parte a pie y otra en
camiones. Cinco tanquetas T-17 de la
Compañía C del Regimiento Mixto 10 de
Marzo acompañaron ese avance. Durante
toda la primera parte del trayecto no
ocurrieron incidentes importantes.
Confiados en que el intenso ataque aéreo
había destruido las posiciones
defensivas de los rebeldes y obligado a
replegarse, los guardias, no obstante,
avanzaron lentamente y con extremas
precauciones, efectuando un incesante
fuego de registro. De esa manera
cruzaron el Arroyón o río Caney, por
donde comienzan actualmente los terrenos
de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos
y, poco después dejaron atrás el caserío
de Sao Grande. Frente a ellos, a poco
más de un kilómetro, se levanta la loma
de La Herradura, largo firme de poca
elevación tendido en arco de Este a
Oeste, como celoso guardián de Las
Mercedes y de la propia Sierra Maestra.
La
punta de vanguardia enemiga prosiguió su
avance a lo largo del camino y a sus dos
lados. Ya los guardias estaban casi
seguros, en vista de la ausencia de
indicios rebeldes, de que solo dos o
tres horas más de marcha descansada y
sin incidencias los separaban de su
objetivo. Fue entonces, apenas a 200
metros de coronar el firme, cuando
Angelito dio la orden de iniciar el
fuego.
La
sorpresa paralizó el avance enemigo
durante un buen rato. Administrando
inteligentemente sus disparos, la
escuadra rebelde combatió durante todo
el resto de la tarde. Solo el despliegue
enemigo en un ancho frente en la falda
de la loma —entonces, como ahora,
cubierta de potreros y algunas guásimas
salteadas— obligó al capitán rebelde a
ordenar la retirada, alrededor de las
5:00 de la tarde.
Los
combatientes ocuparon, entonces, una
segunda posición defensiva detrás del
cementerio, aproximadamente a medio
camino entre el firme de La Herradura y
el poblado. Poco antes de la caída de la
noche, cuando los primeros guardias
comenzaron a bajar del firme, estalló
entre sus filas una mina de 50 libras de
explosivos que la escuadra de Angelito
había colocado en el camino. Esta
explosión, que sumó nuevas bajas
enemigas a las ocurridas durante el
combate de la tarde, detuvo de manera
definitiva el avance enemigo ese día.
Por la noche los guardias acamparon en
el firme y la falda interior de la loma,
a unos 400 metros de distancia de la
segunda posición rebelde.
Durante todo el día, el desarrollo del
combate fue observado por las fuerzas
rebeldes que ocupaban posiciones en los
altos de Las Caobas y de El Moro, del
otro lado de Las Mercedes, al mando de
los capitanes Horacio Rodríguez y Raúl
Castro Mercader, respectivamente. Ambos
jefes tenían instrucciones expresas de
no intervenir en la acción, a no ser que
el enemigo desalojara a la escuadra de
Angelito y continuara su avance más allá
del poblado. Estos dos pequeños
pelotones tenían la misión de cubrir
importantes accesos al interior del
territorio rebelde, y debían entrar en
acción solamente como un segundo escalón
de defensa, en caso de un intento de
penetración enemiga más allá de Las
Mercedes.
Es
bueno decir que esta estrategia no era
comprendida cabalmente por todos los
combatientes rebeldes y por muchos de
nuestros jefes en aquel instante. En el
ánimo de un gran número de ellos existía
el criterio de que lo que había que
hacer era oponer todos los recursos
humanos de que se dispusiera, en un
momento y un sector determinados, para
ofrecer la mayor resistencia posible y
contener por todos los medios al enemigo
en el lugar donde concentrara su ataque.
Por otra parte, hay que reconocer que no
le resultaba fácil a un soldado rebelde,
ansioso de luchar e imbuido de ese
sentimiento de solidaridad combativa que
siempre lo caracterizó durante toda la
guerra, contemplar cómo cerca de ellos
un grupo de sus compañeros se batía
tenazmente y no acudir en su ayuda,
teniendo, además, los medios y las
posibilidades de hacerlo. Y esto ocurrió
en Las Mercedes, donde muchos de los
integrantes de los pelotones de Horacio
y de Castro Mercader no entendían que la
gente de Angelito Verdecia combatiera
duramente a pocos cientos de metros de
sus posiciones, y tuvieran que
retroceder, inclusive, mientras ellos
permanecían inactivos. Hay que ponerse
en el lugar de esos compañeros para
comprender que solo en virtud de un
supremo esfuerzo de voluntad y
disciplina obedecieron la orden que
habían recibido sus jefes.
El
combate inicial en Las Mercedes, por
tanto, fue la primera aplicación
práctica de esta nueva táctica.
Por
Horacio, quien enviaba partes constantes
a partir del mediodía del 25, conocí del
inicio de la operación y de su
desarrollo, hora por hora. Recuérdese
que esa misma tarde, mientras Angelito
combatía tenazmente en La Herradura,
estaba teniendo lugar a 15 kilómetros de
allí, en las Vegas de Jibacoa, la
primera reunión campesina en la Sierra
Maestra desde el inicio de la guerra.
Estos mensajes de Horacio me sirvieron
para elaborar la información sobre el
combate que se dio a conocer al día
siguiente por Radio Rebelde, en el
primero de los partes de guerra sobre la
situación militar, emitidos
sistemáticamente por la emisora
guerrillera durante toda la ofensiva
enemiga.
Esa
noche, Raúl Castro Mercader envió a tres
combatientes de su pelotón a hacer
contacto con Angelito en el cementerio.
Los tres hombres permanecieron con esta
tropa todo el día siguiente, y
combatieron junto a ellos en el segundo
día de acción en Las Mercedes. Por
cierto que, algunos días después, cuando
me enteré del envío de este pequeño
refuerzo, me causó un gran disgusto
saber que estos compañeros habían ido a
unirse a Angelito y habían combatido
provistos de fusiles Mendoza, bastante
escasos de municiones. El Che me aclaró
después que había sido él quien había
dispuesto que llevaran esos fusiles,
pues como eran de cerrojo, no gastarían
tantos proyectiles como un fusil
semiautomático, sin percatarse de que en
el pelotón de Raúl Castro Mercader había
otros fusiles de similar mecanismo mejor
provistos de parque.
Poco después del amanecer del día 26 se
reanudó el combate. El enemigo prosiguió
su avance, desplegado en dirección al
cementerio, y una vez más el puñado de
hombres de Angelito luchó tenazmente
hasta que no le quedó otra opción que
replegarse ante la amenaza de ver
rodeada su posición por la enorme
superioridad numérica de la fuerza
enemiga, a la que ayudaban en su
desplazamiento el poco relieve y las
condiciones abiertas del terreno.
El
capitán rebelde ordenó entonces ocupar
una tercera línea de defensa, y situó el
grueso de sus hombres a la entrada del
caserío, del otro lado del río Jibacoa
en su margen izquierda, mientras otro
pequeño grupo se ubicaba en la más alta
de las colinas que bordean la margen
derecha, frente al poblado y a pocos
cientos de metros detrás del cementerio.
El
comandante Pablo Corzo Izaguirre ordenó
un intenso fuego de morteros en
dirección a las casas, con la esperanza
de quebrar de esa forma la resistencia
rebelde. Una avioneta, en la que viajaba
el coronel Manuel Ugalde Carrillo,
oficial ejecutivo del puesto de mando de
Bayamo, sobrevolaba constantemente a
gran altura la zona del combate. Desde
ella, seguro y prepotente, daba órdenes
constantes al jefe del Batallón 17.
A
pesar de todo su poder y sus esfuerzos,
el enemigo no había logrado aún cruzar
el río a las 4:00 de la tarde.
Apareció entonces de nuevo la aviación y
se reanudó también el bombardeo con
morteros. Dos de las tanquetas pasaron a
ocupar la posición de vanguardia.
Finalmente, después de una última
resistencia de más de una hora, Angelito
dio la orden de retirada, y los
combatientes rebeldes se replegaron
organizadamente ante el empuje
incontenible de la abrumadora fuerza
enemiga. A las 6:45 de la tarde del día
26, los guardias entraron en Las
Mercedes. Un batallón completo,
reforzado con morteros y armas
automáticas y apoyado por tanquetas y
aviones, debió combatir durante casi 30
horas contra menos de una veintena de
hombres, armados con sencillos fusiles y
parque más que limitado.
La
escuadra rebelde no sufrió en esta
acción ni una sola baja, a pesar de que
inicialmente se informó que un hombre
había resultado herido. Salvo tres o
cuatro combatientes que fueron a parar a
las posiciones de Horacio Rodríguez, el
grueso de la aguerrida tropita rebelde
se retiró hacia el alto de El Moro y se
reunió con el pelotón de Raúl Castro
Mercader.
Ese día bajé
junto con Celia y un pequeño grupo
de compañeros desde las Vegas de
Jibacoa hasta las posiciones de
Horacio, encima de Las Mercedes,
para observar el desarrollo del
combate. Allí pude comprobar la
extraordinaria resistencia brindada
por la docena de hombres de Angelito
Verdecia. El parte divulgado por
Radio Rebelde, el día 27, redactado
y firmado por mí, incluía una
merecida mención especial, "por su
extraordinario valor", al capitán
Ángel Verdecia y los hombres a su
mando:
A
pesar de la extraordinaria superioridad
numérica, la calidad de los armamentos y
el apoyo aéreo [con] que contaban las
fuerzas enemigas, nuestros hombres
escribieron una página de singular
heroísmo.
El día
anterior, al informar sobre la
primera jornada del combate,
habíamos afirmado premonitoriamente
que la resistencia ofrecida en Las
Mercedes era "símbolo de lo que va a
ser para los soldados mercenarios de
la tiranía la Sierra Maestra". Y
agregábamos:
El alto mando
enemigo luce desconcertado ante la
posible táctica de nuestras fuerzas.
Ignoran si
defenderemos pulgada a pulgada el
terreno o los dejaremos penetrar
hacia los puntos más estratégicos de
nuestras defensas. Ayer que fué el
primer día de combate importante, se
observaba en todos los hombres de
este frente revolucionario y en el
pueblo que lucha junto a nosotros un
entusiasmo febril y enardecido. Solo
un mínimo de nuestras fuerzas había
entrado en acción. Cuesta trabajo
contener el ímpetu de los que desde
sus puntos de reserva o de posible
maniobra escuchan el fuego de los
compañeros que están en primera
línea. Es preciso explicarles
constantemente que la guerra no es
solo cuestión de valor, sino también
cuestión de técnica, de psicología y
de inteligencia.
Estos hombres
son los que la dictadura ha estado
invitando con ridículas proclamas a
que se presenten en los cuarteles
para someterse al yugo indigno de la
opresión. Nuestra respuesta la
estamos dando ya.
Hay cosas que
ni los déspotas ni sus esbirros
pueden comprender. No es lo mismo
luchar por un sueldo, alquilar la
persona a un miserable tiranuelo,
cargar un fusil por una paga como un
vil mercenario, que ser soldado de
un ideal patriótico. Al mercenario
se le puede hablar de la vida,
porque le importa más la vida que su
causa; pelea por el sueldo, y si
muere, el incentivo material
desaparece con su vida. Al hombre de
ideal, la vida no le importa porque
le importa el ideal: no cobra
sueldo, soporta gustosamente todos
los sacrificios que le impone una
causa a la que ha abrazado
desinteresadamente. Morir no le
preocupa porque más que la vida le
importa el honor, le importa la
gloria, le importa el triunfo de su
causa.
Aquí nuestros
hombres saben que dando la vida
sirven a su causa, han visto morir a
otros muchos compañeros y conocen el
respeto, el cariño, la lealtad y la
admiración con que se recuerda a los
héroes caídos; están hechos a la
idea de que el individuo puede morir
pero no la causa que defienden. En
el ideal de la Revolución siguen
viviendo los que han caído y
seguirán viviendo todos los que
caigan. El ideal es una forma
superior de vida en [la] que la
muerte individual no cuenta.
Yo
sé que lo que más preocupa a los mandos
de la dictadura es la tenacidad del
soldado rebelde. Les cuesta trabajo
comprender. Tal vez lo anterior explique
a sus mentes conturbadas por qué a pesar
de sus aviones, de sus tanques, de sus
morteros, de sus enormes recursos
económicos, de sus reservas inagotables
de parque y de sus miles y miles de
alquilados, no pueden tomar una
trinchera rebelde si los rebeldes no
queremos que tomen la trinchera.
Sin
duda, la resistencia ofrecida por la
escuadra rebelde de Ángel Verdecia en
Las Mercedes fue un símbolo —que cubrió
de gloria y prestigio al aguerrido
capitán guerrillero, quien pocas semanas
después encontraría la muerte en
desigual combate—, y un anuncio claro de
lo que vendría más tarde. Tras este
combate en Las Mercedes, el Che pudo
informarme complacido: "Angelito sin
novedad, se salvó todo". El plan
elaborado se había cumplido cabalmente.
Para el enemigo, esta primera
resistencia en Las Mercedes resultó un
golpe psicológico importante. Aquí
sufrió las primeras bajas de su
ofensiva. La cifra no pudo determinarse,
pero debieron ser numerosas. El propio
Angelito Verdecia reportaba, después del
primer día de enfrentamiento, haber
ocasionado siete muertos.
Pero para el mando enemigo, más grave
aún fue constatar que las fuerzas
rebeldes eran capaces de sostener con
éxito una lucha de posiciones,
desarrollar una táctica defensiva de
desgaste progresivo, que por primera vez
se veían obligados a enfrentar.
La manera en
que el enemigo manejó la información
relacionada con el combate fue
significativa. El 28 de mayo, el
Estado Mayor del Ejército de la
tiranía publicó un parte oficial en
el que, entre otras cosas, se decía
lo siguiente:
Otra fuerza del
Ejército que operaba en Cerro Pelado
y Las Mercedes, sostuvo un encuentro
con otro grupo de forajidos
ocasionándoles 18 bajas y
ocupándoles 18 escopetas y parque.
Se continúa la
persecución del enemigo en fuga que
se dedica a amedrentar a los
campesinos, robándoles su ganado,
quemándoles sus cosechas,
destruyéndoles sus viviendas y
aperos de labranza.
Nuestras fuerzas no han tenido que
lamentar baja alguna.
La mentira era,
como siempre, descarada. Ni se
habían producido bajas rebeldes, ni
se habían ocupado armas, ni se
continuaba "persecución" alguna, ni
los rebeldes cometían ninguno de los
atropellos que se denunciaban, ni
era cierto que el Ejército no había
tenido bajas. Por otra parte,
obsérvese el ridículo intento de
denigrar a los combatientes
revolucionarios llamándolos
"forajidos", y de insistir en que
combatían con escopetas, para dar a
entender que se trataba de una banda
desorganizada de delincuentes y
cuatreros que podían ser fácilmente
batidos por las fuerzas de la ley y
el orden. Al respecto, en un parte
que preparé para Radio Rebelde el 29
de mayo, decía lo siguiente:
¿Verdad que es
asombroso, señores oyentes, escuchar
un parte del Estado Mayor afirmando
que había ocasionado a los rebeldes
18 muertos en Las Mercedes y que el
ejército continuaba la persecución
de los forajidos? ¿Qué pensarán los
propios soldados de la dictadura que
han participado en los hechos y
saben que todo eso es mentira?
¿Puede haber moral en un mando
militar que tan descaradamente
mienta ante sus propios soldados? No
tendría nada de extraño que dentro
de algunos días 18 infelices
campesinos sean cobardemente
asesinados para justificar el parte
del Estado Mayor como ha ocurrido
otras muchas veces.
No
se llega a saber nunca si mienten para
asesinar, o asesinan para mentir; si son
más hipócritas que asesinos o más
asesinos que hipócritas.
Para destacar
más todavía la diferencia entre la
veracidad de nuestros partes y las
mentiras e informaciones manipuladas
de los partes enemigos, desde el
comienzo mismo de las acciones di
instrucciones a los locutores de
Radio Rebelde de que concluyeran
cada una de las trasmisiones con la
lectura de un párrafo que les había
preparado con ese propósito, y que
decía así:
Radio Rebelde ajusta sus noticias a la
más estricta verdad. Trasmitimos las
noticias a medida que las vamos
recibiendo oficialmente o de fuentes
fidedignas. Nuestras bajas no las
ocultamos porque son bajas gloriosas.
Las bajas del enemigo no las exageramos
porque con mentiras no se defiende la
causa de la libertad, ni se destruyen
las fuerzas enemigas. Y porque, además,
los hombres que caen frente a nosotros
son también cubanos a quienes un régimen
tiránico y odioso está sacrificando en
aras de una innoble y vergonzosa causa.
Aparte de dejar sentada, desde el primer
momento de los combates, nuestra diáfana
posición en cuanto al uso de la verdad,
era importante también esclarecer cuál
seguiría siendo nuestra conducta en
relación con el soldado enemigo.
Después de la ocupación de Las Mercedes
en la tarde del 26 de mayo, el enemigo
se dedicó a consolidar sus defensas en
el lugar y a sus actividades preferidas:
el asesinato de campesinos indefensos,
la quema y destrucción de sus casas, el
saqueo indiscriminado de sus bienes.
También aquí en Las Mercedes, en
realidad ocurrió que los crímenes y
abusos de que nos acusaban fueron
cometidos por ellos mismos.
Siguiendo una
norma de conducta criminal a la que
ya nos tenían acostumbrados, y
buscando quizás justificar sus
cifras fabulosas de bajas rebeldes
causadas en combate, los guardias
enemigos se dieron a la tarea de
calmar su frustración y su sed de
sangre comenzando una cadena de
asesinatos entre la población de la
zona. Un caso sirve de ejemplo,
denunciado también por Radio Rebelde
sobre la base de informaciones
suministradas por Horacio Rodríguez,
quien se mantuvo todo este tiempo
enviando constantes noticias:
Al
muchacho que mataron en Calambrosio le
cortaron sus partes, después le pegaron
4 tiros en el pecho, y lo llevaron luego
al puente de Jibacoa, lo atravesaron en
el puente y le pusieron tres lajas
arriba. Se llamaba Telmo Rodríguez. Lo
acusaban de colaborar con los rebeldes.
La
víctima de este crimen, cuyo nombre
completo real era Telmo Márquez
González, había permanecido un tiempo
con la tropa de Angelito Verdecia.
Estaba en su casa en Calambrosio, de
permiso, cuando fue sorprendido por los
guardias. Fue llevado herido, pero vivo
todavía, a Jibacoa, donde lo torturaron,
efectivamente, en la forma que se indica
en el parte de Radio Rebelde, y luego lo
asesinaron. Pero este no fue el único
crimen cometido por esos días, ni el
único momento en que el Ejército se
comportó de manera bestial en esa zona,
ni fue este tampoco el único lugar de la
Sierra en el que los guardias hicieron
tales barbaridades.
Salvo estas acciones criminales, el
único incidente notable que ocurrió en
los días inmediatamente posteriores a la
entrada de los guardias en Las Mercedes,
fue la voladura de un jeep
enemigo, cerca del Cerro, en la mañana
del día 27, por una mina colocada por
personal rebelde, que provocó al menos
cinco bajas, de ellas tal vez hasta
cuatro muertos, incluido un oficial.
La
respuesta de los guardias fue seguir
asesinando campesinos y quemando casas.
Casi todas las viviendas a lo largo del
camino entre el Cerro y Las Mercedes
fueron reducidas a cenizas, así como
todas las de La Herradura, y algunas
dentro del propio caserío de Las
Mercedes.
Desde el mismo día de la ocupación de
Las Mercedes, dediqué buena parte de mi
atención a instruir a los jefes
posicionados en la segunda línea de
defensa, detrás del caserío, acerca de
las medidas que debían ir tomando para
proteger las dos direcciones principales
del posible avance enemigo desde su base
adelantada hacia el interior del
territorio rebelde. Esas dos direcciones
eran las de Vegas de Jibacoa y San
Lorenzo, es decir, el camino que salía
desde Las Mercedes hacia Las Caobas, La
Güira, Los Isleños, El Mango y las
Vegas, y el que tomaba en dirección a
Gabiro, La Esmajagua y San Lorenzo. La
primera de estas direcciones, como ya
dije, estaba custodiada por unos 20
combatientes en total, al mando de
Horacio Rodríguez, distribuidos desde el
alto de Las Caobas hasta el de Los
Isleños, incluida una escuadra dirigida
por Marcos Borrero que cuidaba el camino
de Arroyón por la zona del alto de La
Güira. Para reforzar aún más esta línea,
en la noche del 28, envié para allá a
Andrés Cuevas con su pequeño, pero
disciplinado y aguerrido grupo de
combatientes, quienes se posicionaron
también en la zona del alto de Las
Caobas. La segunda dirección era la que
vigilaba desde el alto de El Moro el
pelotoncito a cargo de Raúl Castro
Mercader, reforzado ahora con algunos de
los hombres de Angelito Verdecia.
De
estas dos posiciones, me preocupaba más
la del camino de las Vegas, a pesar de
que en ese momento no era la vía que yo
consideraba con más probabilidad de ser
tomada por el enemigo en su ulterior
penetración al territorio rebelde desde
esta dirección. Sin embargo, era la que
más se prestaba, por sus condiciones
topográficas, a la posibilidad de un
avance desplegado y, por tanto, a la
necesidad de una mayor dispersión de las
escasísimas fuerzas con que contábamos
en ese frente. Por otra parte, si bien
no tenía hasta ese momento razón alguna
para dudar de la capacidad combativa de
Horacio Rodríguez, lo cierto era que
Horacio no contaba con una gran
experiencia. No obstante, había decidido
dejarlo allí para no tener que realizar
movimientos de personal en una situación
tan comprometida como aquella, en la que
el enemigo podía lanzar un ataque en
cualquier momento.
En
el caso de Horacio, pues, puse
particular empeño en instruirlo
detalladamente. El mismo día de la
ocupación definitiva de Las Mercedes por
el enemigo, junto con un detonador y un
poco de cable que le mandé para una
mina, le cursé indicaciones precisas
para que procurara que sus soldados
construyeran trincheras hondas y bien
dispuestas en los tres puntos más
estratégicos de la línea defensiva de
esa zona, a saber, el alto de Las
Caobas, la salida del camino de Arroyón
y el alto de Los Isleños, en la
retaguardia de las posiciones rebeldes.
En ese mismo mensaje le recomendaba que
organizara la cocina en alguna casa
campesina detrás de sus líneas, pues era
importante para él garantizar que su
personal pudiera comer caliente durante
los días que tuvieran que permanecer
allí.
Otra de mis
constantes recomendaciones a todos
los jefes de pelotones y escuadras
era el ahorro del parque. Ya el día
que bajé hasta cerca de Las
Mercedes, muy próximo al escenario
del primer combate de la ofensiva
enemiga, me di cuenta de que algunos
de nuestros compañeros no tenían un
sentido claro de la imperiosa
necesidad de no gastar balas
innecesariamente. El desperdicio del
parque, de esas balas que tanto
esfuerzo y sacrificio costaba
conseguir, era una de las cosas que
más me indignaba y que más duramente
combatí durante toda la guerra. Al
pobre Horacio, que realmente no
había demostrado ser de los
principales responsables del
derroche de parque, le tocó recibir
por estos días la siguiente
respuesta mía a un pedido de
orientación:
La orden más
importante que tengo que darte es la
de ahorrar balas a toda costa.
Peor enemigo que el Ejército, hoy por
hoy, son los
estúpidos que tiran balas por gusto.
En
cuanto a la otra dirección —la de San
Lorenzo—, en la noche del 27 de mayo, o
sea, al día siguiente de la ocupación
definitiva de Las Mercedes por el
enemigo, decidí trasladar más atrás la
posición de Raúl Castro Mercader en el
alto de El Moro. La presencia de los
guardias en el caserío de Las Mercedes y
su dominio del camino hacia Bajo Largo y
La Montería, creaban una fuerte amenaza
a las fuerzas del alto de El Moro que
pudieran ser flanqueadas. Por otra
parte, la posición estaba delatada y,
por su proximidad a las líneas enemigas
en Las Mercedes, era de suponer que los
guardias tratarían de desalojarla o
liquidarla con fuego de artillería o
morteros. Era preferible, por tanto,
retirar la posición para un punto
conveniente sobre el mismo camino de San
Lorenzo, y preparar allí una buena línea
defensiva. Este punto resultó ser la
falda de la loma de El Gurugú, a unos
dos kilómetros de Las Mercedes, y hacia
allí dispuse la retirada del pelotón de
Castro Mercader.
En
la tarde del día 28, en efecto, los
guardias iniciaron el bombardeo con
morteros al alto de El Moro, y poco
después avanzaron hasta ocupar el lugar.
Tomada la posición sin encontrar
resistencia rebelde, la primera medida
del mando del batallón enemigo fue
quemar las tres casas que existían en el
alto.
Junto con estas órdenes acerca de las
dos direcciones principales del posible
avance enemigo, el día 28 decidí también
reforzar un tercer camino que subía
desde Las Mercedes por Purgatorio hasta
Minas de Frío. Esta posición era de
importancia relativamente secundaria,
pues a los guardias no les sería fácil
tomar por ese sendero mientras se
mantuviesen las posiciones rebeldes
sobre el camino de San Lorenzo, y aun,
en caso de que se retirasen, el avance
en dirección a este último punto tendría
más racionalidad. No obstante, el
enemigo podía intentar una infiltración
sorpresiva por esta vía, o una maniobra
de diversión o de flanqueo de una de
nuestras posiciones principales. De ahí
que, como le escribí al teniente Laferté
en el mensaje que le envié ese mismo día
para indicarle que escogiera del
personal de la escuela de reclutas
varios hombres y un jefe para este
grupo, no quería "dejar de tomar una
precaución mínima".
Para que se tenga una idea aproximada de
la escasa capacidad de nuestras reservas
en hombres y armas en ese momento, basta
decir que a esa posición asigné la suma
total de cuatro hombres: dos sacados de
la escuadra de Cuevas, con sus fusiles,
y los otros dos de la escuela de
reclutas, que habilité con un fusil
30.06 con el cañón cortado que se había
quedado en uno de nuestros campamentos
en la Maestra, un fusil que se armó con
piezas de un Springfield defectuoso y
otro rifle tirado por ahí. Sobre tan
magra tropita le informé al Che con
característico optimismo: "Así por lo
menos podrán resistir allí con buenas
trincheras mientras mandemos refuerzos".
Otra ventaja que tenía dominar esta
tercera vía era la posibilidad de
utilizarla ofensivamente para penetrar
por ahí en la retaguardia del enemigo,
una vez que iniciara el avance hacia San
Lorenzo. Convencido como estaba de que
esa sería una de las rutas probables de
los guardias, insistí durante todos
estos días en la necesidad de
fortificarla debidamente, para lo cual,
incluso, le propuse al Che enviar a 40 ó
50 reclutas de Minas de Frío a trabajar
en el mejoramiento de las
fortificaciones en esa dirección.
A
Horacio también le insistí
reiteradamente en lo mismo durante todos
estos días. El 1ro. de junio, por
ejemplo, le escribí en uno de mis
mensajes: "No dejes de hacer hoyos cada
cincuenta metros más o menos, por la
ruta de retirada, para que se protejan
de los aviones. ¡Mucho hueco y mucha
fortificación!".
Ya
Horacio me había ratificado dos días
antes que estaba tomando las medidas
necesarias en el camino hacia las Vegas
para impedir el paso de las tanquetas y
los camiones enemigos.
Hay
que tener en cuenta, además, que yo
estaba esperando la llegada inminente de
un lote de armas que debía arribar por
la pista aérea de Manacas, nuestro punto
Alfa, según las claves usadas en las
comunicaciones con el extranjero a
través de Radio Rebelde. Ese vuelo
llegó, efectivamente, el 29 de mayo,
procedente de Miami. Fue la única otra
ocasión que tuvimos para utilizar la
pista de Manacas. Piloteaba la avioneta
Pedro Luis Díaz Lanz, y al frente de la
expedición venía el periodista Carlos
Franqui, quien se quedó con nosotros
cuando el aparato volvió a despegar ese
mismo día hacia Jamaica.
A
la altura del día 29, por tanto, el
sector noroeste del frente rebelde
estaba cubierto por las fuerzas de
Horacio Rodríguez y Raúl Castro Mercader
en los dos accesos principales hacia la
Maestra desde Las Mercedes, con sus
respectivos refuerzos, y por una pequeña
escuadra en el acceso secundario del
camino de Purgatorio. Más al Oeste, el
Che había redistribuido las fuerzas
disponibles, pertenecientes casi todas a
la Columna 7 de Crescencio Pérez, de la
siguiente manera: un pelotón de 29
hombres con nueve armas, al mando de
César Suárez, dividido entre Cienaguilla
y Aguacate, en una dirección que pudiera
ser utilizada por el enemigo para tratar
de alcanzar La Habanita por la vía de
Los Ranchos de Guá; otro grupo de 27
combatientes, con 8 ó 10 armas, al mando
de Mongo Marrero y Angelito Frías, en El
Porvenir, cubriendo una vía alternativa
de acceso a la propia La Habanita a
través de Aguacate y Pozo Azul. Este
grupo tendría también la misión de
resistir a lo largo del camino de Pozo
Azul para defender las instalaciones del
hospital rebelde, ubicado allí por el
doctor René Vallejo. En la zona de
Cupeyal y Puercas Gordas había otras
escuadras que debían, en caso necesario,
retirarse hacia La Habanita por la vía
de Tío Luque, mientras que el acceso por
El Jíbaro hacia La Montería estaba
cubierto por la pequeña tropa, cuyo
mando había sido confiado a Alfonso
Zayas. Un poco más abajo, en dirección a
Purial de Jibacoa, ocupaba posiciones la
escuadra de Ramón Fiallo.
En
la noche del 29 de mayo, una mina
colocada cerca de Estrada Palma por
personal de la escuadra de Eddy Suñol,
quien, como se recordará, estaba en ese
momento posicionado a la entrada de
Providencia, en el sector nordeste del
frente, estalló en el lugar conocido por
La Cantera, y reventó a un camión lleno
de guardias. Suñol informó que la
explosión había causado ocho muertos,
entre ellos un oficial, y 10 heridos.
Aunque estas cifras hayan sido
exageradas, el efecto de estas minas
rebeldes empezaba a hacerse sentir de
manera significativa en las filas
enemigas.
Aparte de la mina de La Cantera, en los
días finales de mayo no ocurrieron
incidentes importantes en todo este
sector. Llovió fuertemente durante esos
días. El enemigo fortificaba sus
posiciones en Las Mercedes y los
alrededores más cercanos del caserío y,
ofensivamente, se limitaba a disparar
morteros a rumbo hacia donde presumía
que estaban las posiciones rebeldes, y
realizaba algunas exploraciones cerca
del perímetro de su campamento. En una
de ellas, una patrulla de guardias a
caballo pasaba a pocos metros de las
posiciones de la escuadra de Marcos
Borrero en el alto de La Güira, y el
jefe rebelde, inexplicablemente, ordenó
a sus hombres no disparar y dejó pasar
la oportunidad de ocasionar algunas
bajas al enemigo.
Informado de este hecho, ordené el día
1ro. de junio la sustitución de Marcos
Borrero en el mando de ese grupo, y
designé primero al capitán Fernando
Basante, y luego al combatiente
Aeropagito Montero, quien fue ascendido
a teniente. Aproveché también para
ratificar explícitamente la orden ya
dada: "Si [los guardias] se acercan lo
suficiente para ocasionarles al seguro
varias bajas, hay que disparar sobre
ellos y tratar de recogerles las armas".
Fue
también por estos días últimos de mayo
cuando el Ejército enemigo situó fuerzas
importantes en Cayo Espino, Purial de
Jibacoa y Cienaguilla. Después sabríamos
que se trataba de compañías
pertenecientes a los Batallones 12 y 13,
al mando, respectivamente, de los
capitanes Pedraja Padrón y José Triana
Tarrau. El reforzamiento de la línea
Cayo Espino-Purial, sobre todo, fue
interpretado entonces por nosotros, como
el paso previo para el lanzamiento de un
segundo ataque enemigo hacia La
Habanita, aunque estábamos convencidos
de que el golpe principal en ese sector
del frente nordeste sería lanzado desde
Las Mercedes, en dirección a San
Lorenzo. En este momento todavía no
había llegado el Batallón 19 a la zona
de Arroyón, lo cual, como se verá
oportunamente, hizo variar nuestras
apreciaciones.
Previendo aquella variante, a una
consulta del Che el día 1ro. de junio
acerca de cuál sería la mejor decisión
con las fuerzas de la Columna 7, en caso
de que los guardias ocupasen La
Habanita, indiqué que se le ordenara a
Crescencio reagrupar su personal del
otro lado de las líneas enemigas y
mantener un hostigamiento permanente de
su suministro y de su retaguardia, en
todo el sector occidental. El extremo
oeste de nuestro frente no estaba en las
mismas condiciones de sostener una
defensa exitosa del territorio rebelde,
como sí lo estaba la parte central,
donde habíamos concentrado nuestras
fuerzas más aguerridas y mejor armadas.
Aun así, yo estaba convencido de que,
llegado el momento, ese personal
pelearía con la misma determinación que
había mostrado, digamos, la escuadra de
Angelito Verdecia en Las Mercedes, y que
al enemigo también le sería
tremendamente difícil alcanzar la
Maestra por esa zona. Sin embargo, había
que prever todas las contingencias
posibles, y en caso de que la
resistencia rebelde en ese sector fuese
vencida, entonces las fuerzas de la
Columna 7 pasarían, de hecho, a actuar
en la retaguardia del enemigo en
condiciones muy difíciles para nuestros
compañeros, pero con algunas
posibilidades, ya que parte de ellos
eran campesinos de la zona. Si actuaban
con decisión e inteligencia,
ocasionarían la suficiente perturbación
al enemigo como para que tuviera que
distraer fuerzas de su objetivo
principal, que era la destrucción del
núcleo central rebelde, e incluso le
darían golpes concretos de cierta
consideración.
Por estos días
la prensa norteamericana publicó una
entrevista concedida por el dictador
Fulgencio Batista, en la que, entre
otras mentiras y declaraciones sin
fundamento ni sentido, afirmó,
significativamente, que en los
últimos combates el Ejército había
ocupado a los rebeldes "una bandera
de China comunista y casquillos de
fabricación rusa". A raíz de esa
declaración, Radio Rebelde
comentaba:
Dentro de poco, según Batista, estarán
Chou En Lai y Mao Tse Tung dirigiendo
las maniobras de nuestro ejército.
¡Pobre dictadorzuelo, cada día más
miserable, más ridículo, más tocado del
queso!
También por
esos días, en recordación del primer
aniversario del Combate de Uvero,
Radio Rebelde trasmitió un
comentario que terminaba con estas
palabras:
Si la
diferencia en equipo militar y en
recursos es muy grande, hasta los
adversarios más encarnizados tendrán
que reconocer la superior calidad
humana de nuestros hombres, que por
no tener distinta sangre ni distinta
nacionalidad de los que luchan junto
a la dictadura, demuestra
irrebatiblemente que la moral, la
justicia de una causa y el ideal son
los factores decisivos de una
guerra.
El soldado de
la dictadura pelea bien cuando está
rodeado y es atacado, porque le han
hecho creer que si caen prisioneros
sufrirán las mismas torturas y los
mismos horrores que ellos han visto
aplicar en los cuarteles a los
adversarios de la tiranía; pero
cuando el soldado de la tiranía
ataca es de una ineficacia
asombrosa, porque no combate para
salvar la vida sino porque le pagan
y se lo ordenan los que les han
pagado, como se paga una bestia o se
adquiere un rebaño para llevarlo al
matadero, donde hacen fortuna los
usufructuarios del negocio.
El militar
cubano, que como hombre es valiente,
como soldado de la tiranía que ha
convertido a los Institutos Armados
en pandillas al servicio de la peor
causa, está haciendo uno de los
papeles más tristes que puede
hacerse en una guerra.
Al
conmemorarse hoy el primer aniversario
del glorioso y heroico combate de Uvero,
nuestro recuerdo y nuestro cariño para
los héroes que cayeron ese día; nuestro
juramento de que así sabremos caer todos
antes de plegar nuestras banderas
auroleadas por más de 70 combates
victoriosos, y nuestro mensaje al pueblo
recordándole que hubo días más duros que
éstos cuando teníamos menos balas, menos
armas y menos experiencia, sin que
nuestro ánimo flaqueara ni la menor duda
ensombreciera nuestra seguridad absoluta
en el triunfo final.
Durante estos días me estuve moviendo,
sobre todo, entre La Plata —donde estaba
la emisora y la posibilidad de
comunicación con el exterior—, y Mompié,
lugar convenientemente céntrico, desde
donde me mantenía al tanto de todas las
incidencias en los tres sectores del
frente de combate. A principios de junio
ya había quedado instalado el teléfono
entre estos dos puntos, con un enlace
intermedio en el alto de Jiménez, en el
lugar conocido por los rebeldes como la
tiendecita de la Maestra. Nuestros
técnicos en Radio Rebelde habían
preparado incluso una especie de
amplificador, que permitía dar
suficiente volumen a la voz del teléfono
para poder ser captada por el micrófono
de la emisora. De esa forma podía
intentar comunicarme con el extranjero
desde Mompié o la tiendecita.
Sin
embargo, la instalación no había
alcanzado a Minas de Frío, un punto de
importancia estratégica decisiva y una
especie de puesto de mando del Che para
la atención al sector noroccidental. Mi
comunicación con él y con nuestros
compañeros en la escuela de reclutas,
por tanto, tenía que ser por mensajero o
mediante una visita mía al lugar. El 3
de junio fui hasta las Minas para
revisar la situación allí, y estuve
hasta la mañana siguiente, cuando
emprendí el regreso a Mompié.
Poco después de
salir de aquel lugar, la aviación
enemiga desató uno de los bombardeos
y ametrallamientos más feroces
padecido por Minas de Frío en toda
la guerra. En particular, la casa de
Mario Sariol, nuestro viejo y eficaz
colaborador campesino residente en
ese lugar, fue blanco de una lluvia
de metralla, y hasta se dispararon
contra ella varios cohetes de
fabricación norteamericana. La
indignación que me produjo el brutal
bombardeo, cuando conocí mayores
detalles del hecho, y la
confirmación del empleo por la
aviación batistiana de cohetes
recibidos de los Estados Unidos por
la tiranía, a pesar del anunciado
embargo del suministro de
armamentos, fue lo que me motivó al
día siguiente a escribirle a Celia,
al final de un largo mensaje, el
párrafo que luego ha sido tan citado
(documento p. 431):
Al
ver los cohetes que tiraron en casa de
Mario, me he jurado que los
[norte]americanos van a pagar bien caro
lo que están haciendo. Cuando esta
guerra se acabe, empezará para mí una
guerra mucho más larga y grande: la
guerra que voy a echar contra ellos. Me
doy cuenta [de] que ése va a ser mi
destino verdadero.
El
doblez de la política norteamericana
hacia el régimen de Batista y hacia la
Revolución quedaba en evidencia. En
marzo, el gobierno de los Estados Unidos
había anunciado la suspensión de todos
los envíos de armas a la dictadura, en
lo que se trataba de un primer paso en
la maniobra destinada a distanciarse
oficialmente de la tiranía, cuya
permanencia en el poder ya comenzaba a
resultar incómoda para algunos sectores
en aquel país; al tiempo que se
impulsaba la promoción de una salida
alternativa a la crisis cubana que, de
hecho, impidiese la toma del poder por
la Revolución. Sin embargo, las entregas
de armas prosiguieron por otros canales,
incluso a través de la base naval
norteamericana en Guantánamo, sobre lo
cual habíamos recibido informaciones de
los compañeros del Movimiento en los
Estados Unidos.
El
empleo de cohetes norteamericanos en el
ataque a Minas de Frío no hacía más que
confirmar mi criterio, basado, en
definitiva, en la propia historia de
Cuba y de las aspiraciones seculares de
los Estados Unidos de ejercer su dominio
sobre nuestro país, de que una
revolución verdadera en Cuba era
incompatible con los intereses
norteamericanos. La nota a Celia no era,
por tanto, la expresión de una voluntad
preconcebida de enfrentamiento, de la
futura revolución en el poder a los
Estados Unidos, sino la muy explicable
reacción ante una política tan hipócrita
y taimada, y la manifestación de una
clara conciencia acerca de la
inevitabilidad de ese enfrentamiento a
partir del hecho evidente de que para
nuestro vecino del Norte sería
inaceptable la presencia en Cuba de un
poder revolucionario con un programa de
cabal liberación nacional.
Este es el mismo mensaje, por cierto, en
el que insto a Celia para que suba desde
las Vegas de Jibacoa hasta Mompié y
estableciera allí su puesto de mando.
Debo dedicar en este libro un capítulo a
la labor de retaguardia desarrollada en
esta etapa en el Primer Frente rebelde.
Mucho antes del inicio de la ofensiva
enemiga, ella había instalado su puesto
de mando en la casa de Bismark Galán
Reina, en las Vegas, y desde allí, con
la ayuda de un pequeño grupo de
colaboradores —entre ellos Roberto
Rodríguez, a quien todos llamábamos El
Vaquerito, y Arturo Aguilera, conocido
por Aguilerita, debido a su delgada
figura—, se había dado a la tarea de
garantizar las miles de grandes y
pequeñas necesidades de las fuerzas
rebeldes para resistir eficazmente el
fuerte embate que se esperaba del
Ejército de la tiranía. Pero ya a
principios de junio la situación de las
Vegas de Jibacoa resultaba precaria, en
vistas de la presencia del fuerte
contingente enemigo en Las Mercedes.
Sin
embargo, el mismo desarrollo posterior
de los acontecimientos volvió a dar más
importancia a La Plata, y al final
prevalecieron las ventajas de este punto
en el momento de decidir la instalación
de una comandancia permanente.
En ese preciso
momento, mi inquietud principal no
era la avalancha de guardias que se
nos venía encima. Como le decía a
Celia en la carta ya citada:
Creo que los planes de defensa han sido
adelantados bastante. El problema que me
preocupa mayormente hoy por hoy es que
la gente no acabe de darse cuenta [de]
que en un plan de resistencia continua y
escalonada, no se pueden tirar en dos
horas las balas que deben durar un mes.
Lo único que me queda por hacer es
guardar bien las que me quedan y no dar
una bala más a nadie, hasta que no sea
ya cuestión de vida o muerte porque
realmente no le quede a nadie una bala.
[...] Yo no me canso de insistir en ese
problema que es realmente nuestro talón
de Aquiles.
En
la mañana del sábado 7 de junio, después
de varios días de relativa calma en todo
el sector, la gente de Angelito Verdecia
hizo estallar una mina colocada cerca
del campamento enemigo de Cerro Pelado,
en su ruta hacia la Sierra, con el
posible resultado de seis o siete bajas
entre los guardias.
Dos
días después, el lunes 9, desde otra
dirección, los guardias intentaron una
exploración por el río Jibacoa con el
apoyo de una tanqueta, y tropezaron con
los hombres de Cuevas, quienes habían
relevado esa misma mañana al personal
del pelotón de Horacio en la emboscada
establecida sobre el camino de La
Herradura que subía de Las Mercedes en
dirección a las Vegas, y no habían
tenido tiempo aún de mejorar las
posiciones recibidas. Se produjo una
escaramuza en la que los rebeldes
gastaron varias decenas de tiros e
hicieron explotar una mina, sin más
resultado concreto que haber detenido el
avance de la patrulla enemiga, casi
simultáneamente con su propia retirada
de la posición, la que resultaba, de
hecho, muy poco defendible.
Era de nuevo el
tipo de comportamiento, a mi juicio
inaceptable, si queríamos tener
éxito en la batalla que se
avecinaba, aunque en realidad no
podía atribuir responsabilidad
alguna a Cuevas, quien había
demostrado ser un jefe valiente y
capaz. De ahí mi reacción
relativamente violenta en el mensaje
que le envié a Horacio al día
siguiente:
Considero que
nuestra gente hizo ayer un papel muy
pobre y vergonzoso. Ustedes no
acaban de comprender que tienen que
hacer verdaderas trincheras y no
hoyitos que no sirven para nada. Tal
vez tengan que pagar bien cara la
experiencia pero los golpes los
enseñarán.
Me da pena solo
de pensar que no fueron capaces de
sostener la posición ni 15 minutos.
Recomiendo en lo adelante el máximo de
disciplina y firmeza. Parece que la
batalla dura va a comenzar de un momento
a otro.
Esto último se debía a las noticias
recibidas en la tarde del 10 de junio,
acerca de un desembarco enemigo en la
costa sur, indicio evidente de que el
Ejército enemigo creaba ya las
condiciones para dar inicio a la segunda
fase de su ofensiva: la penetración a
fondo, desde varias direcciones, en el
corazón del territorio rebelde. En lo
que respecta al sector noroccidental,
estos indicios fueron confirmados apenas
tres días después, con la llegada al
teatro de operaciones de una segunda
unidad de combate, el Batallón 19, al
mando del comandante Antonio Suárez
Fowler, con lo cual quedaba dispuesto el
escenario para la reanudación de los
combates en este sector.
Continuará
-
(Capítulo
2)
-
(Capítulo 1)
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