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LA VICTORIA ESTRATÉGICA
La retaguardia rebelde
(Capítulo
15)
Resulta obligado
dedicar, en este recuento de la gran
ofensiva enemiga, un capítulo al
funcionamiento del dispositivo de
retaguardia de nuestra acción militar,
pues su actividad fue, sin duda alguna,
una de las razones de nuestra victoria.
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El destacado guerrillero El
Vaquerito. |
Ya
dije antes que en la labor de
retaguardia fue decisivo el papel
desempeñado por Celia. Gracias a ella y
a sus colaboradores, yo pude
despreocuparme muchas veces de esos
miles de detalles que coadyuvaban al
mejor desempeño de nuestras unidades en
el plano militar, y concentrar mi
atención en los aspectos estratégicos y
tácticos de la operación.
Un
problema esencial que debía resolver
nuestro aparato de retaguardia, quizás
el más importante, era el de garantizar
los suministros necesarios para apoyar,
tanto la acción militar —armas, balas y
otros pertrechos de guerra—, como los
alimentos y otros bienes —ropa, calzado
y equipos.
En
el caso de las armas, no era tanta mi
preocupación. La vida y la experiencia
de la lucha en la Sierra habían
demostrado, y lo hacían todavía de
manera más clara durante la ofensiva,
que el principal suministrador de armas
de todo tipo era el enemigo, al que se
las arrancábamos en combate.
Después de las acciones de la primera
Batalla de Santo Domingo, incrementamos
de manera considerable nuestro arsenal,
de nuevo aumentado sustancialmente tras
la victoria en Jigüe y en las acciones
finales de nuestra contraofensiva. No
era, por tanto, la obtención de armas un
asunto de prioridad para nuestra
retaguardia.
No
obstante, como nunca estaba de más
cualquier ayuda en ese sentido, no dejé
de insistir a nuestras organizaciones en
el exterior para que continuaran los
esfuerzos por conseguir armas y
pertrechos. Pensando en recepcionar las
que nos llegaran por esa vía, habíamos
habilitado la pista aérea llamada Alfa
en el río La Plata. Incluso, llegué a
advertirles que, en el caso de que Alfa
fuese tomada por el Ejército de la
tiranía, siempre cabía la posibilidad de
continuar los envíos de armas por
paracaídas sobre algún punto de la
montaña no dominado por el enemigo. La
realidad, sin embargo, fue que durante
toda la ofensiva no recibimos ningún
otro envío de armas del exterior. Fue
suficiente con las que conquistamos en
combate.
En
sentido general, tampoco era de gran
preocupación obtener balas, pues también
nuestro suministrador principal era el
enemigo. Sin embargo, para mí, sí era
fundamental la cuestión del ahorro de
esas balas. A lo largo de estas páginas
hemos visto la importancia que yo
concedía al tema del ahorro del parque,
y la gran irritación que me producía el
gasto excesivo e inútil de balas que, en
ocasiones, realizaban algunos
combatientes.
El
5 de junio, por ejemplo, le escribí a
Celia:
Creo que los planes de defensa han sido
adelantados bastante. El problema que me
preocupa mayormente hoy por hoy es que
la gente no acabe de darse cuenta [de] y
que en un plan de resistencia continua y
escalonada, no se puede tirar en dos
horas las balas que deben durar un mes.
Lo único que me queda por hacer es
guardar bien las que me quedan y no dar
una bala más a nadie, hasta que no sea
ya cuestión de vida o muerte porque
realmente no le quede a nadie una bala.
¿Recuerdas el día que íbamos a ver a
Horacio [Rodríguez] el segundo día de
combate en las Mercedes, que escuchamos
fuego de fusiles? Pues bien: en esos 15
minutos solamente, Raúl Castro
[Mercader] tiró 80 balas con su fusil.
Yo
no me canso de insistir en ese problema
que es realmente nuestro talón de
Aquiles.
A
tal punto llegaba mi obsesiva atención
al asunto, que determiné crear en La
Plata una reserva central de balas
manejada personalmente por mí. Una de
las funciones que cumplió Ramiro durante
buena parte de la ofensiva fue la de ser
el administrador de esta reserva, con
instrucciones expresas de no entregar
nada sin mi autorización. Esta tacañería
mía no era comprendida por todos los
jefes subalternos, pero muchos otros,
como el Che, estaban conscientes de que
esta extrema austeridad en el caso del
uso del parque era una política
necesaria.
En
estas páginas he citado la preocupación
que al respecto manifestaba, por
ejemplo, Braulio Curuneaux, quien con
frecuencia me daba parte de la cantidad
exacta de balas utilizadas en un combate
y, con mucha precisión, de las que le
quedaban. Y eso que Curuneaux, magnífico
combatiente y maestro en el uso racional
y efectivo de la ametralladora calibre
50 —nuestra única "artillería" hasta que
no conseguimos morteros y bazucas— en
muy contadas ocasiones no fue ejemplo de
ahorro estricto del parque de su arma.
Donde debía lucirse nuestra retaguardia
era en garantizar otros suministros,
sobre todo, alimentarios.
Ya
dije que, en previsión de la ofensiva,
creamos en el barrio de Jiménez, cerca
de La Plata, en la finca del colaborador
Radamés Charruf, una fábrica de carne
salada. La tasajera de Jiménez, bajo la
dirección del combatiente Gello Argelís,
funcionó durante toda la ofensiva,
incluso cuando la penetración desde el
Sur, del Batallón 18, condujo al enemigo
muy cerca de Jiménez. Mediante una
constante selección y transportación de
ganado bajo los bombardeos y la metralla
de la aviación enemiga, la producción y
el suministro de carne salada a nuestras
fuerzas en las primeras líneas de
combate nunca faltó.
Otro tanto puede decirse de la
producción de queso, organizada por
Celia en diversos puntos del territorio,
y su distribución entre nuestros
combatientes. Un ejemplo de la flamante
producción láctea queda de manifiesto en
este mensaje que le cursó Celia el 12 de
julio, desde el alto de Cahuara, a Ramón
Paz, quien en ese momento estaba
posicionado en Purialón, en espera de la
llegada de los refuerzos que debían ir a
socorrer a la tropa enemiga sitiada
desde el día anterior en Jigüe:
Ahí
le manda el Comandante ese queso y
cigarros para usted y Orestes [Guerra].
Aunque sabemos que se abastecen por allá
y malamente, igual aquí, pero así la
vamos pasando. Queremos que participen
del primer queso de la quesería nuestra.
También de los días de la Batalla de
Jigüe, e igualmente referido a la leche,
es este otro ilustrativo mensaje de
Celia a Curuneaux, quien en ese momento
estaba en la primera línea de combate
del cerco a la tropa sitiada en ese
lugar:
A
usted y al guardia herido les mandé
leche, para usted dos [latas]. [...]
Aquí me quedan tres latas que las he
guardado, una suya mañana y dos de los
heridos; esto para asegurar porque yo
mandé a buscar y me debe llegar leche
esta tarde, entonces mañana le mandaría
más. Pero si no llega le tengo aunque
sea una separada.
Gracias a la administración de Celia y a
su manejo riguroso y organizado de los
suministros, nuestros escasísimos
recursos fueron distribuidos de acuerdo
con las prioridades de cada momento.
Y
ya que he mencionado las latas de leche
condensada, debo decir que dentro de
nuestros limitados abastecimientos
alimentarios este era uno de los
artículos que recibían un tratamiento
especial. La leche condensada, por su
valor energético y su gusto tan
apreciado, era para nosotros un producto
de lujo, y su distribución estaba sujeta
a mis indicaciones personales. Un
ejemplo: en previsión de la dura
caminata que tendrían que realizar los
hombres de Lalo Sardiñas desde los
alrededores de Santo Domingo —cuando le
ordené a Lalo trasladarse sin pérdida de
tiempo a Meriño para completar el cerco
a la tropa que había penetrado en ese
lugar—, le envié a Celia la indicación
expresa de que entregara a cada uno de
los hombres del pelotón de Lalo dos
latas de leche condensada. Sin esta
indicación personal mía, cero leche
condensada para los abnegados
combatientes del pelotón de Lalo.
Otro producto estratégico que nuestra
retaguardia debía asegurar era la sal.
La necesitábamos, no solo para el
consumo normal de nuestras tropas, sino
también para el funcionamiento de la
tasajera e, incluso, para la actividad
de una fabriquita de cuero que también
llegamos a instalar. Como se recordará,
en previsión a la ofensiva, Celia había
organizado una producción suficiente de
sal en varios puntos de la costa.
Algunas de estas salinas artesanales,
cercanas a las desembocaduras de los
ríos La Plata y Palma Mocha, tuvieron
que ser abandonadas tras el desembarco
del Batallón 18 en esa zona, pero otras,
como las de Ocujal, La Magdalena, El
Macho y El Macío, se mantuvieron
funcionando durante toda la ofensiva, y
cubrieron nuestras necesidades básicas.
Fue otra proeza de la retaguardia.
Sin
embargo, no siempre las cosas
funcionaron como deseábamos. La
movilidad requerida para poder atender
cabalmente el desarrollo de las
operaciones o dirigirlas, como en el
caso de la Batalla de Jigüe, supuso para
nosotros, desde el punto de vista de las
condiciones materiales que rodeaban al
dispositivo de la Comandancia rebelde,
el regreso, en ocasiones, a situaciones
características de los primeros meses de
la guerra. Nunca fue esto más evidente
que durante los 11 días que permanecí en
el alto de Cahuara, conduciendo la
operación de Jigüe. Allí hubo que
improvisar un puesto de mando más o
menos permanente dentro del monte; crear
condiciones mínimas para el
funcionamiento de la Comandancia y para
el abastecimiento de su cocina y del
personal que participaba en el cerco del
Batallón 18. Una muestra de los pequeños
y grandes problemas cotidianos durante
esos días la ofrece Celia en este
mensaje que envió desde Cahuara a Delsa
Puebla, Teté para nosotros, en
Mompié, el primer día de la Batalla de
Jigüe:
Llama por teléfono a Camilo [a La Plata]
y dile que me mande una de las cajas de
tabacos que hay allí de Fidel, que trate
de ver a Gello [Argelís] que viene para
acá para que la traiga. Aquí no tiene
tabacos Fidel ni el Ché. Al Ché lo
llamas [a Minas de Frío] y dile que
Fidel solo se quedó con un tabaco y dos
le mandé a él, que mando a buscar a
Camilo y cuando me lleguen yo le
mandaré.
En
ese mismo mensaje, Celia se refiere
también a otros problemas más serios que
este de los tabacos:
[¼
] anoche nos mojamos todos y la
mercancía y las balas también. Estamos
acampados en el monte y llueve desde la
tarde hasta la salida de la luna. Pedí
los nylon y los zapatos desde el día
antes de salir de la Mina; cuéntale a
Camilo la necesidad que tenemos para que
se apure y los mande. Hemos pasado dos
días sin comer, por aquí no teníamos
nada; recordando tiempos que no han
pasado, se alejan pero vuelven. He
cogido el gran catarro.
Esa
noche el agua le cayó encima a la
Comandancia.
Una
de las consecuencias del estricto
bloqueo impuesto a la Sierra Maestra por
el enemigo, como parte de su ofensiva,
fue el hecho de que dejamos de recibir
las contribuciones monetarias que nos
enviaban desde el llano, recopiladas a
partir de donaciones de hacendados,
empresarios, comerciantes u otras
fuentes, así como de los propios
militantes clandestinos del Movimiento.
Era este dinero el que se utilizaba para
pagar escrupulosamente toda la mercancía
que se adquiría de los campesinos, sobre
todo, viandas y otros productos
alimenticios. Sin embargo, a pesar de
las entregas gratuitas espontáneas que
realizaron muchos de los pobladores del
teatro de operaciones, pronto
encontramos algunas alternativas para
suplir esa carencia de dinero. Un
ejemplo de ello queda de manifiesto en
este mensaje que me envió Ramiro el 28
de mayo desde la Columna 4:
He
autorizado a un hombre responsable y
serio para hablar con los caficultores
de una extensa zona para recabar fondos.
El ejército amenaza por esa zona y es
propicio el momento para la gestión,
pues ellos esperan protección. Le he
dado instrucciones al enviado para que
los caficultores no vayan a pensar que
sus aportes económicos sean un canje con
nuestra protección. Si tienes algún plan
para la próxima cosecha de café házmelo
saber para ponerlo en práctica.
Ya
recibí la contesta a una de mis
gestiones: $2.000 de crédito en un
almacén de Bayamo; ya salió el primer
envío de mercancías para ésta.
Factor de gran importancia, y muchas
veces determinante de nuestro desempeño
exitoso en las acciones emprendidas por
las fuerzas rebeldes durante la
ofensiva, fue el papel de los mensajeros
rebeldes. A lo largo de estas páginas
hemos visto y seguiremos viendo
numerosas ocasiones en que fue posible
tomar a tiempo decisiones cruciales para
garantizar el éxito de una operación
determinada, gracias a la celeridad y
eficiencia con que nuestros mensajeros
trasmitían las órdenes o indicaciones
pertinentes, o me hacían llegar las
informaciones enviadas por los jefes en
los frentes de combate.
Ya
expliqué en el capítulo referido a los
preparativos para la defensa de nuestro
territorio que, en previsión de la
ofensiva, habíamos logrado establecer
comunicación telefónica entre La Plata,
la tiendecita de la Maestra y Mompié;
que ya durante plena ofensiva pudo
extenderse hasta Minas de Frío, gracias
al bravo esfuerzo del grupo encargado de
ello. Ese era todo el alcance de nuestra
red telefónica, la cual, a pesar de su
limitación, fue muy útil en varias
ocasiones. En cambio, el enemigo tenía a
su disposición todos los medios de
comunicación inalámbrica existentes en
aquel momento, sobre todo, equipos de
microonda, lo cual le aseguraba una
comunicación inmediata entre sus
diferentes unidades, y entre estas y el
puesto de mando de Bayamo o los puestos
avanzados en Estrada Palma, Cerro
Pelado, Cienaguilla y otros puntos.
Nosotros, sin embargo, teníamos que
depender de la habilidad, la astucia y
la resistencia física de nuestros
mensajeros, capaces de recorrer largas
distancias en las montañas, casi siempre
a pie, en un tiempo asombrosamente
corto.
Muchas veces los mensajes eran llevados
por algún combatiente escogido por el
jefe de una de nuestras escuadras o
pelotones, con estas características que
acabo de mencionar. Pero por lo general,
en el caso de los mensajes que yo
enviaba desde donde tuviera instalado en
un momento determinado mi puesto de
mando transitorio o sencillamente desde
donde me encontrara en esa ocasión,
nuestro intercambio de mensajes era
realizado por un grupo selecto de
combatientes cuya función era la de
actuar como mensajeros. De todos ellos,
quizás el más confiable por su rapidez y
responsabilidad fue el ocurrente Juan
Pescao, ya mencionado en estas páginas.
Otros nombres que no puedo dejar de
registrar son los de Edilberto González
Rojas y Eliécer Tejeda Peña, ambos
subordinados a Remigio Álvarez
Figueredo, quien fungía como jefe de
este pequeño grupo de mensajeros al
servicio de la Comandancia.
Con
ellos y con otros, nuestro Ejército
Rebelde tiene una enorme deuda de
gratitud. Quizás muchos no hayan
disparado jamás un solo tiro ni hayan
estado presentes en algún combate, pero
todos se merecen con creces el
reconocimiento de su condición de
combatientes, pues también contribuyeron
decisivamente a nuestra victoria.
No
debe olvidarse tampoco la labor
desarrollada por nuestros arrieros,
responsables de trasladar con sus mulos
todo tipo de suministros, incluidos, en
ocasiones, armas, municiones y otros
pertrechos de guerra. Era un trabajo de
gran responsabilidad y plagado de
peligros, pues en cualquier momento
estas arrias, generalmente acompañadas
por arrieros desarmados, podían caer en
una emboscada enemiga o ser blanco de un
ataque aéreo. Recuerdo ahora el nombre
de Eduardo Rodríguez Vargas, Pipe,
arriero de confianza de Celia, quien por
su íntimo conocimiento de todos los
rincones de la montaña prestó después
del triunfo de la Revolución, durante
muchos años, un inapreciable servicio
como práctico del equipo de
investigadores históricos que con su
trabajo minucioso contribuyeron a
reconstruir la historia de la Sierra, y
en los que me he apoyado para la
redacción de estas páginas.
Mención especial en este recuento
merecen los médicos rebeldes. En
condiciones sumamente precarias, a veces
sin los recursos mínimos necesarios,
realizaron verdaderas proezas. Los
heridos, tanto los rebeldes como los
guardias enemigos capturados tras un
combate, y también niños y otros
pobladores de la montaña, deben sus
vidas, en muchas ocasiones, al empeño
abnegado y eficiente de los médicos que
prestaban servicios en nuestras filas.
Doctores como René Vallejo, Manuel Piti
Fajardo, Julio Martínez Páez, Bernabé
Ordaz, Vicente de la O, Sergio del
Valle, Fabio Vázquez, Raúl Trillo y el
dentista Luis Borges Alducín, entre
otros, no pueden dejar de ser
mencionados en estas páginas. Varios de
ellos, como Vallejo, Piti Fajardo y De
la O, realizaron, en varias
oportunidades, funciones de apoyo a
nuestra acción, ajenas a su profesión
médica.
Dentro del teatro de operaciones de la
ofensiva en el Primer Frente funcionaban
solamente dos instalaciones que pudieran
ser consideradas como hospitales
sedentarios de campaña: el de Pozo Azul,
atendido por el doctor Vallejo, que en
un momento determinado fue preciso mudar
a la zona de Limones ante la amenaza de
que fuese ocupado por una tropa enemiga
que llegó hasta Aguacate, a unos cinco
kilómetros de distancia; y el de La
Plata, establecido primero en
Camaroncito, al cuidado del doctor
Martínez Páez, junto al río La Plata,
que debió cambiarse de lugar después que
una crecida del río lo afectó
severamente, entonces fue ubicado en
Rincón Caliente, a media distancia entre
la Comandancia y el barrio de Jiménez. A
partir del mes de junio, este
hospitalito fue trasladado a la propia
Comandancia, donde funcionó durante la
ofensiva, en instalaciones
provisionales, y en el que prestaron
servicios, entre otros, aparte de
Martínez Páez, los doctores Ordaz,
Fajardo, De la O y Trillo. En la
Comandancia de La Plata se conserva
todavía el hermoso hospital construido
después de la ofensiva como instalación
permanente, y el rústico vara en tierra
que sirvió como gabinete dental del
doctor Borges Alduncín. Salvo estos
hospitales, la labor de nuestros médicos
se realizó principalmente en el mismo
campo de batalla.
Dentro de la actividad de retaguardia,
mención aparte merecen también las
mujeres. En esta época no había surgido
aún la idea de la creación de un pelotón
femenino, que cuajó en el mes de
septiembre, después de la ofensiva, al
constituirse por iniciativa mía, en
contra de la opinión de algunos, el
Pelotón Mariana Grajales. Las mujeres
presentes en nuestras filas durante la
ofensiva, muchas de las cuales
integraron más tarde el pelotón de las
Marianas, desempeñaron en esta época
funciones de apoyo de todo tipo, como
asistentes de los médicos, mensajeras,
cocineras, ayudantes en tareas de
suministro, reparadoras de uniformes y
calzado, centinelas; en fin, prestaron
valiosísimos y variados servicios.
Ejemplar fue la labor de asistente de
Celia realizada por Teté Puebla, quien,
además, como veremos en su momento,
desempeñó con eficacia la delicada
misión de ser la emisaria enviada por el
Che al campamento enemigo en las Vegas
de Jibacoa para negociar los detalles de
la entrega de prisioneros y heridos
enemigos, efectuada el 23 de julio, aún
en plena batalla contra la ofensiva.
Otras mujeres destacadas en esta etapa
fueron Rita García y Eva Palma,
sobrevivientes milagrosas del morterazo
que mató a Geonel Rodríguez; Orosia Soto
y Juana Peña, ayudantes de los médicos;
Olga Guevara, Angelina Antolín y Ada
Bella Pompa.
Papel decisivo, como parte de nuestra
retaguardia durante la ofensiva,
correspondió a Radio Rebelde. La emisora
que, como se recordará, fue trasladada a
finales de abril desde Pata de la Mesa,
en la zona del Che, hacia La Plata,
funcionó durante los 74 días de combate
como vehículo de información a otros
frentes rebeldes, a los combatientes de
la clandestinidad en el llano y a todo
el pueblo, de lo que estaba ocurriendo
día a día en las montañas de la Sierra.
Casi a diario, Radio Rebelde trasmitía
un parte de guerra, muchas veces
redactado por mí, acerca del desarrollo
y los resultados de las acciones
combativas. Por esta vía sus oyentes,
dentro y fuera de Cuba, recibían una
información absolutamente veraz de lo
que ocurría, y podían hacer caso omiso
de las falsedades, exageraciones,
omisiones y desinformaciones divulgadas
por los medios de propaganda del
Ejército enemigo.
En
esta labor de Radio Rebelde
participaron, de manera decisiva: Luis
Orlando Rodríguez, director titular de
la emisora; el técnico principal Eduardo
Fernández, asistido por Orlando Payret,
Luis González y Otto Suárez, quienes
fueron capaces de mantener la emisora
funcionando con regularidad a pesar de
todas las dificultades; la asistente
Alicia Santacoloma, mecanógrafa y
editora; los locutores Jorge Enrique
Mendoza, Orestes Valera, Ricardo
Martínez y Violeta Casals, quienes con
sus voces llegaron a convertirse en
exponentes emblemáticos de la lucha
rebelde.
A
propósito de los locutores, entre los
papeles se conserva esta nota mía a
Orestes Valera, que incluyo en estas
páginas para mostrar la atención
minuciosa con que yo seguía la labor de
Radio Rebelde, precisamente por la
importancia que le concedía, a pesar de
que ya teníamos un futuro traidor,
Carlos Franqui, que después de desertar
del Partido Comunista —entonces PSP— fue
erróneamente captado por el Movimiento
26 de Julio, y resultó ser, en realidad,
un tránsfuga y ambicioso que trataba de
sembrar la cizaña del anticomunismo en
nuestra filas:
Orestes: Vas adquiriendo un tono y un
énfasis por radio parecido a los
locutores de Díaz Balart [Rafael Díaz
Balart, principal vocero del régimen
batistiano]. No te vayas a ofender por
eso. Solo quiero que trates de
superarlo. Tú sabes que la de clamación
es un arte. Tú tienes voz sonora y
dicción buena, pero das énfasis de gente
fascinerosa a las frases. Ricardo
[Martínez] le da un
énfasis más amable aunque menos
enérgico. Me luce que lo perfecto para
nuestras trasmisiones es el tono amable
y el énfasis
enérgico. ¿Podremos conseguirlo? Ayer me
gustó más la lectura de Ricardo.
¡Esfuérzate! Cuando hay condiciones todo
es cuestión de voluntad.
Otra función crucial de Radio Rebelde
fue la de servir de enlace con el
exterior, especialmente con los núcleos
del exilio revolucionario en los Estados
Unidos, Venezuela y otros países
americanos. Por esta vía conocíamos,
entre otras informaciones de
importancia, sobre la próxima llegada de
algún cargamento de armas y pertrechos,
como el que arribó en el avión que
aterrizó el 10 de mayo en nuestra
improvisada pista aérea del río La
Plata, en la desembocadura del arroyo de
Manacas, a la que habíamos bautizado con
el nombre en clave de Alfa. Ya desde el
día anterior yo tenía la sospecha de que
estaba próximo a llegar un avión, pues
me habían mandado a preguntar a través
de Radio Rebelde si Alfa estaba lista, y
yo había contestado afirmativamente.
En
los primeros días de la ofensiva enemiga
tuvimos problemas con la comunicación
mediante clave por Radio Rebelde.
Ocurrió lo que yo siempre había temido y
sobre lo que había advertido en varias
ocasiones, y es que a la hora de
descifrar algunos mensajes no contamos
con la clave adecuada. Nos pasó con un
mensaje importante que debía
descodificarse mediante dos libros y una
pluma que llegarían de Santiago de Cuba.
Nadie me pudo dar una explicación del
paradero de los libros, y tuve que
contestar que el mensaje era imposible
de descifrar por falta de los elementos
necesarios. Otro mensaje llegado de
Miami, cifrado en una clave numérica que
dominaba el Che, tuve que enviárselo a
Minas de Frío para que él lo hiciera y
pedirle que mandara a alguien de regreso
a explicarme el funcionamiento de esa
clave.
Pero, salvo estos tropiezos ocasionales,
la comunicación con el exterior funcionó
bastante bien durante la ofensiva,
gracias a Radio Rebelde y a su dedicado
personal.
Un
buen ejemplo de ello fue la entrevista
de más de una hora de duración que
concedí a principios de julio a un grupo
de periodistas venezolanos. Recuérdese
que el pueblo de Venezuela acababa de
librarse de la brutal dictadura de
Marcos Pérez Jiménez. De esta larga
entrevista me parece oportuno citar el
siguiente fragmento:
Los
venezolanos y los cubanos nos
comprendemos bien, porque ambos
conocemos el dolor de la opresión y el
precio de la libertad. Después del
cubano el pueblo que más me emociona en
estos instantes es el de Venezuela.
La
profunda admiración que sentí hacia ese
país, donde nació el más grande hombre
de este Continente, se acrecentó con el
extraordinario ejemplo de civismo que
acaba de dar al mundo, cuando muchos
creían lejano el día de su hermoso
despertar.
A
la admiración se une la gratitud por la
hospitalidad que allí encuentran los
perseguidos políticos cubanos, la
atención que reciben en la prensa ya
libre de Venezuela, las noticias que no
puede publicar la prensa amordazada de
Cuba y el dolor conque ese pueblo
hermano siente como si fueran propios
los sufrimientos nuestros.
Y a
la gratitud se une la esperanza: la
esperanza de que Venezuela siga adelante
por el camino que se ha trazado, y la
esperanza de que nos ayude con el mismo
espíritu conque Bolívar ayudó a otros
pueblos oprimidos, para buscar en la
unión de las naciones libres de América
Latina, la solidaridad y la fuerza que
nos preservasen de los graves peligros
de la debilidad, la desunión, la tiranía
y el coloniaje.
En
esa misma entrevista, por cierto, dije
lo siguiente con relación al intento de
huelga del 9 de abril de ese año:
La
movilización del pueblo para la huelga
tiene una técnica propia a la cual hay
que ajustarse, y que está reñida con el
secreto, el rigor y la sorpresa que
exigen las acciones armadas. Mientras el
éxito de una acción armada puede
depender de muchos factores
imponderables, la movilización del
pueblo, cuando hay conciencia
revolucionaria, llevada a cabo con
métodos correctos es infalible y no
depende de eventualidades.
El
paro general tenía extraordinario
ambiente pero el Comité de Huelga
cometió el error fundamental de
supeditar la movilización de las masas a
la acción sorpresiva de milicias
armadas. A la seguridad de estas
acciones de carácter sorpresivo se
sacrificó la movilización del pueblo. [¼
]
La
huelga es el arma más formidable del
pueblo en la lucha revolucionaria y la
lucha armada debe supeditarse a ella. No
se puede llevar al pueblo a una batalla,
como no se puede llevar a un Ejército si
no se le moviliza adecuadamente para el
instante de la acción. Y eso ocurrió el
9 de abril. [¼
] El error no volverá a repetirse.
A
la huelga general no hemos renunciado
como arma decisiva de lucha contra la
tiranía.
Uno
de los entrevistadores venezolanos me
preguntó, refiriéndose a la ofensiva
enemiga en pleno desarrollo, si "ante el
brusco giro de los acontecimientos ¿es
cierto que pensó abandonar la Sierra
Maestra?". He aquí mi respuesta:
El
Ejército Rebelde no abandonará jamás sus
posiciones de la Sierra Maestra como no
sea para avanzar sobre el resto del
territorio nacional. La muerte o la
victoria es la única alternativa que
aceptamos. Sin libertad y sin patria
ninguno de nosotros quiere la vida. La
idea de abandonar la Sierra Maestra no
llegó a tentarme siquiera cuando me vi
con tres hombres y dos fusiles.
En
ese espíritu se ha forjado la conciencia
de nuestros combatientes. Hemos
aprendido a luchar contra lo imposible.
Aquí caerá gloriosamente si es necesario
desde el primero hasta el último
rebelde. La patria no se abandona para
salvar la vida. Un ejemplo vale siempre
más que un hombre.
Muchos otros temas de interés abordaron
con apetito insaciable los
entrevistadores venezolanos, entre
ellos, el crucial tema de la unidad y
los planes de un futuro gobierno
revolucionario, pero no quiero alargar
excesivamente este capítulo dedicado al
papel de la retaguardia rebelde durante
la ofensiva.
Solo me queda apuntar, por último, que
también en plena ofensiva comenzaron a
sentarse las bases del aparato
administrativo que, al cabo, a partir
del mes de septiembre, quedó constituido
en la Comandancia de La Plata con el
nombre de Administración Civil del
Territorio Libre (ACTL), al frente de la
cual estuvo Faustino Pérez hasta el
final de la guerra. Esta administración
se dedicó al necesario manejo de la vida
económica y social de la montaña
rebelde, vasto territorio
definitivamente liberado, cuya población
carecía casi en lo absoluto de todo, y
llegó a estar integrada por ocho
departamentos encargados, de asuntos
agrarios y campesinos, educación,
salubridad y asistencia social,
justicia, promoción, industrias, obras
públicas, suministros y finanzas.
Aspectos relevantes de su labor fueron
la asistencia médica, la escolarización,
la alfabetización, el desarrollo de
infraestructuras para producir alimentos
y la creación de no menos de 35
cooperativas campesinas.
Al
igual que las instituciones creadas por
Raúl en el Segundo Frente, la
organización civil desarrollada en la
Sierra Maestra en los meses finales de
la guerra elevó a un plano superior las
relaciones existentes, desde el inicio
de la lucha en la montaña, entre el
Ejército Rebelde y los campesinos, y
constituyó la semilla del nuevo Estado
que surgiría tras el triunfo
revolucionario, fiel al espíritu
democrático y popular de la Revolución. |