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LA VICTORIA ESTRATÉGICA
La entrada en Santo Domingo
(Capítulo
7)
El
15 de junio, la fuerza enemiga que había
alcanzado dos días antes El Descanso se
movió desde ese punto hasta la boca de
Los Lirios y entró en contacto visual
con Lalo Sardiñas, quien me informó que
se trataba de 400 guardias. La cifra,
indudablemente, tal vez fuera alta, pero
hay que tener en cuenta la impresión que
debió causar al jefe guerrillero ver
desfilar a pocos cientos de metros de su
posición a casi un batallón completo de
las fuerzas más experimentadas, y al
jefe más agresivo y sanguinario del
Ejército de Batista.
A
esas alturas, el grueso de las tropas de
Sánchez Mosquera se había reagrupado. El
día 16, el Batallón 11, ya completamente
reforzado, siguió su marcha paralela al
firme de la Maestra y acampó en El
Verraco. Se confirmó así mi evaluación
táctica: el enemigo había cambiado la
dirección de su golpe en este sector. En
ese momento el objetivo inmediato que
debía protegerse era Santo Domingo. Le
ordené a Paco Cabrera Pupo que se
ubicara con su escuadra en el alto de El
Cacao para cubrir esa entrada, y a Lalo
que se retirara al camino entre Rancho
Claro y Loma Azul, desde donde podía
actuar en distintas direcciones, según
las circunstancias.
Ese
mismo día, Ramiro me informó en dos
mensajes por separado que el enemigo que
presionaba a sus fuerzas cambió el rumbo
después de llegar al alto de Quintero,
en lo que parecía ser la retirada de un
territorio ya conquistado, y que el
grueso de las fuerzas del Batallón 11
había completado su movimiento hasta La
Estrella. Se confirmó plenamente mi
evaluación, aunque la certeza no la tuve
hasta el día 20, al saber que la tropa
que ocupó Santo Domingo era la misma que
avanzaba desde Minas de Bueycito.
Desgraciadamente,
no hemos podido localizar las órdenes de
operaciones cursadas por el puesto de
mando de Bayamo al Batallón 11, ni los
informes de operaciones de Sánchez
Mosquera. Por eso, no es posible conocer
la versión oficial acerca del cambio de
dirección efectuado en su avance por el
sanguinario jefe enemigo. No podemos
saber si se trató de una maniobra
preconcebida, de una variante impuesta
por las circunstancias o de un cambio de
plan sobre la marcha.
El
hecho cierto es que la maniobra no
correspondía a lo planteado en el plan
primario de operaciones. Como ya se
explicó, el Plan F-F contemplaba el
establecimiento de una línea de Norte a
Sur que cortaría el firme de la Maestra
por las inmediaciones del alto de Palma
Mocha. Desde el punto de vista de los
estrategas de la tiranía, este aspecto
del plan estaba siendo cumplido a la
altura del 10 de junio. El Batallón 11
había logrado cierta penetración en
territorio rebelde desde su punto de
partida en Minas de Bueycito, mientras
que el Batallón 18 ya había establecido
con relativa facilidad su cabeza de
playa en el Sur, en Las Cuevas. Por
tanto, la hipótesis de que el cambio de
dirección del Batallón 11 obedeció a una
maniobra preconcebida no parece tener
mucha sustentación.
Se
debió tratar, pues, de una variante
sobre la marcha, bien como resultado de
una nueva planificación o ante el
imperativo de las circunstancias. En
favor de la primera hipótesis está el
hecho de que el puesto de mando
necesitaba concentrar en Estrada Palma
las terminales de las líneas de
abastecimiento de los batallones en
operaciones en los frentes nordeste y
noroeste, y desde allí sería muy difícil
apoyar al Batallón 11 si este se
mantenía operando al este de Los Lirios,
sin una base intermedia avanzada. La
base intermedia ideal, por supuesto, era
Santo Domingo. Esta consideración pudo
haber contribuido a variar el plan
original en el sentido de lograr la
ocupación de Santo Domingo y, luego,
ascender por el río Yara hasta La
Jeringa o algún punto anterior desde el
cual se pudiera intentar el asalto al
firme de la Maestra.
Sin
embargo, no parece probable que un jefe
como Sánchez Mosquera, tan cerca
aparentemente de su objetivo primordial
—coronar el firme de la Maestra— fuera
persuadido de variar su dirección de
ataque por esta única consideración.
Debieron influir otros factores. A esta
altura del razonamiento, lo único que
cabe inferir es que la táctica de
desgaste aplicada por las fuerzas
rebeldes dio el resultado que se
esperaba de ella. El avance desde Minas
de Bueycito resultó demasiado arduo y
costoso para el enemigo. La tenacidad y
movilidad defensivas de los efectivos
rebeldes minaron la disposición
combativa del batallón, mermaron el
empuje de su ofensiva y agotaron sus
fuerzas. En estas circunstancias, en el
ánimo del jefe del Batallón 11 podría
resultar aconsejable intentar un rodeo
que conduciría a esa unidad a una zona
desde donde podría lanzarse un asalto
más directo, en caso de que las
condiciones fuesen favorables.
En
el contexto de la conducta habitual de
los mandos militares de la tiranía, no
sería nada raro que la decisión de
cambiar la dirección de su avance fuera
tomada unilateralmente por el jefe del
batallón, y que el puesto de mando de
Bayamo la aceptara como un hecho
consumado, y haya variado, en
consecuencia, el plan de operaciones del
Batallón 18, con el fin de que el
ansiado encuentro de las dos unidades en
el firme de la Maestra —primer paso
definitivo hacia el cumplimiento del
Plan F-F— se produjera más al Oeste de
donde se planificó originalmente, esto
sería a la altura de los cabezos del río
La Plata, en lugar de un punto sobre la
Maestra situado al este del firme de
Palma Mocha.
Por
supuesto, todo lo anterior es pura
especulación. El hecho cierto es que
entre el 12 y el 13 de junio, Sánchez
Mosquera inició un cambio de dirección
—no puede hablarse en propiedad de un
repliegue, y mucho menos de una
retirada—, y el día 16 ya el mando
rebelde estaba plenamente apercibido de
las implicaciones de ese cambio. Además
de las medidas antes mencionadas,
comencé a preparar en La Plata una
escuadra de siete combatientes al mando
de Huber Matos, armados todos con
fusiles Garand, a los que pensé agregar
dos más de la escuela de reclutas que
pedí al Che.
Huber Matos, por cierto, era capitán por
haberse distinguido en la construcción
de trincheras. Había llegado a la Sierra
en el avión que trajo a Miret y otros
valiosos compañeros con dos
ametralladoras 50, varias carabinas San
Cristóbal y 100 000 balas de carabina
M-1, que enviaba un amigo de la
Revolución Cubana. Llevaba solo unos
meses en la Sierra Maestra.
Posteriormente, resultó ser un ambicioso
y un traidor, que utilizaba los trucos
anticomunistas para sembrar intrigas. No
por ello ignoramos su participación en
las acciones donde estuvo presente.
Este grupo salió de La Plata a reforzar
a Paco Cabrera Pupo en el alto de El
Cacao al amanecer del día 17. Ya a esa
altura, yo estaba convencido de que por
ahí era por donde el enemigo intentaría
penetrar.
Ese
mismo día llegó el Batallón 11 a El
Cacao. Desde el día anterior, Paco
Cabrera Pupo había ocupado la posición
indicada por mí en el alto. Allí sus
hombres cavaron algunas trincheras a lo
largo del filo del firme, en un terreno
completamente descubierto. Cerca de
ellos, a pocos cientos de metros a la
izquierda, estaban las casas de los
campesinos Hilde Álvarez y Elpidio
Cedeño, de quienes dependían durante su
estancia allí para obtener un magro
abastecimiento.
Tendidos en sus trincheras poco
profundas, entre la hierba de guinea,
los combatientes podían ver apenas
algunas de las casas de El Cacao, abajo.
La ladera que descendía delante de ellos
hacia el valle estaba cubierta por un
monte tupido, a través del cual
serpenteaba en su ascenso el camino que
presuntamente tomaría el enemigo si
quería ganar el alto. Enfrente, a más de
un kilómetro en línea recta, la
prolongación del firme de Providencia
hacia el Este cerraba casi todo el
panorama. Detrás de ese firme y a la
derecha, surgía otro alto, al que en la
zona daban el nombre del Infierno.
A
la izquierda, el estrecho filo del alto
de El Cacao empata con el firme de la
loma de El Brazón, cuya altura no
sobrepasa la de aquel, mientras que a la
derecha comienza a elevarse sin
interrupción la falda imponente de la
loma del Gallón. Detrás y abajo, muy
abajo, Santo Domingo y el río Yara. A su
espalda, el puñado de hombres que traía
bajo su mando Paco Cabrera Pupo tenían
una falda abrupta y pelada que cae 200
metros más abajo a la profunda cañada
por donde se desliza entre el monte, a
su encuentro con el Yara, el manso
arroyo de Santo Domingo. Algunos
campesinos habían edificado sus
viviendas cerca del arroyo, en el fondo
de la cañada, y le dieron al lugar,
váyase a saber por qué, el nombre de La
Manteca.
El
17, poco antes de la salida del sol,
apareció el enemigo. Todavía estaba muy
lejos. Ascendió desde El Verraco al
firme del Infierno y comenzó el descenso
hacia El Cacao. A esa misma hora,
aproximadamente, apresté en La Plata el
refuerzo y lo envié a Santo Domingo. A
media mañana llegó el mensaje de Paco
Cabrera Pupo en el que me informaba que
el enemigo bajaba a El Cacao.
Los
próximos movimientos de esta tropa
estuvieron ya completamente claros para
mí. Traían la misión de ocupar Santo
Domingo. Defender este punto se
convirtió en la máxima prioridad. La
ocupación de Santo Domingo entrañaba un
doble peligro: primero, la presencia de
una tropa enemiga al pie mismo del
corazón rebelde en La Plata; segundo, el
debilitamiento de las posiciones
avanzadas rebeldes en Providencia y Casa
de Piedra, que tendrían al enemigo río
arriba a sus espaldas. No en balde lo
segundo fue lo que más me preocupó en
ese momento, a pesar de que el peligro
táctico era inmediato. Pero yo sabía
perfectamente que, a la hora de la
verdad, un puñado de hombres sabrían
defender hasta el final la subida al
firme de la Maestra por El Naranjo.
Para conjurar la nueva amenaza pedí con
urgencia al Che que me enviara desde
Minas de Frío una escuadra de seis
hombres armados de M-1, al mando de
Geonel Rodríguez, a los que pensaba
enviar también de refuerzo al alto de El
Cacao. Se trataba del personal de
reserva con que contaba el Che para
defenderse de cualquier intento de
penetración del enemigo a las Minas
desde San Lorenzo, pero una vez más se
impuso en nuestras evaluaciones tácticas
la primordial importancia del peligro
inmediato.
Sánchez Mosquera estableció campamento
al mediodía del día 17 en El Cacao, y
envió rumbo a Estrada Palma un arria de
mulos en busca de suministros.
Ese
día me llegaron a La Plata diversos
rumores e informaciones en el sentido de
que ya el enemigo había efectuado el
cruce hasta Santo Domingo. De ser así,
los acontecimientos se habían
precipitado en relación con mis
cálculos. Mientras esperaba recibir
confirmación de estas noticias de parte
de Paco Cabrera Pupo, el jefe que había
situado a cargo de la zona, tomé
preventivamente, no obstante, diversas
medidas. Ordené a Félix Duque que, de
ser cierta la información, avanzara por
el Yara, río arriba, y se situara lo más
cerca posible del enemigo, con el fin de
abrirle fuego y contenerlo si intentaba
explorar río abajo; y a Eddy Suñol que
se replegara río arriba para organizar
la defensa de la entrada del río desde
Providencia.
Estas disposiciones tenían un doble
propósito. El inmediato era obvio, pero
más significación tenía el que lo era
menos. Aun cuando resultara falsa la
noticia, yo estaba convencido de que
sería muy difícil impedir la entrada del
enemigo en Santo Domingo. Y como siempre
procuré, y sigo procurando, ir por lo
menos dos o tres pasos por delante de
los acontecimientos, ya estaba formando
en mi mente la idea de tender un cerco a
la tropa que lograra penetrar en Santo
Domingo.
Mientras tanto, el refuerzo había
llegado al alto de El Cacao. Después de
evaluar la situación sobre el terreno,
Paco Cabrera Pupo y Huber Matos llegaron
a la conclusión de que las posiciones en
el alto no eran propicias. Consideraron,
en primer lugar, que la tropa enemiga
que subiera por la falda de El Cacao
tenía la posibilidad de desplegarse y
protegerse en el monte, una vez que
sintiera fuego desde el alto, y rodear
con relativa facilidad las posiciones
rebeldes. Estas, además, quedaban
descubiertas, malamente disimuladas
entre la hierba de guinea y expuestas a
un fácil ataque aéreo. Por último, la
retirada tendría que efectuarse por la
abrupta ladera de La Manteca, muy pelada
y de trabajoso descenso, con la
agravante de que ya el enemigo tendría
tomado el alto.
Estas consideraciones, a mi juicio,
podían tener cierta validez, pero
partían de la premisa de abandonar la
posición del alto y, como principio,
siempre era preferible una fuerza
guerrillera bien atrincherada cuando se
trataba de contener a una tropa de
infantería en ascenso. No obstante, Paco
decidió trasladar su emboscada más
atrás, al punto donde el camino que baja
del alto de El Cacao a Santo Domingo cae
por primera vez en el arroyo. El lugar,
escogido después de una rápida
exploración, tenía ventajas
indiscutibles, y también inconvenientes.
La fuerza rebelde podía ocultarse entre
el monte y tomar posiciones no solo en
el arroyo, sino también, a los dos
lados, en las pendientes laderas del
fondo de la cañada. Por otra parte, todo
hacía suponer que el enemigo, que en ese
momento llevaba cinco días sin encontrar
resistencia, avanzara en orden de marcha
de hilera a lo largo de todo el camino,
sin precauciones especiales. Lo tupido
del monte y lo escabroso del terreno
harían dificultosa cualquier maniobra de
rodeo que pudieran intentar los guardias
después de caer en la emboscada. En
suma, se trataba de un lugar propicio
para efectuar una resistencia momentánea
y causar cierto número de bajas al
enemigo. Pero no parecía ser una
posición defendible por tiempo
indefinido, sobre todo, con tan poca
cantidad de hombres. El plan de Paco
Cabrera Pupo consistía en repetir
pequeñas emboscadas del mismo tipo a lo
largo del descenso hasta el río, pero
conociendo de antemano que sería
improbable impedir la llegada del
enemigo hasta Santo Domingo.
En
la noche del 17 recibí el informe de
Paco acerca de las disposiciones
adoptadas y, por tanto, la confirmación
de que el enemigo no se había movido de
El Cacao. En consecuencia, revisé las
órdenes enviadas a Duque y Suñol en el
sentido de que esperaran a que los
guardias llegaran a Santo Domingo antes
de realizar los movimientos que les
había orientado anteriormente. La
flexibilidad táctica que caracterizaba
nuestra actuación nos permitía elaborar
un nuevo plan de acuerdo con la
situación cambiante. Al amanecer del 18
le comuniqué al Che mi apreciación de
que el enemigo lograría penetrar en
Santo Domingo:
[¼ ] en cuyo caso
trataríamos de embotellarlo en la casa
de Lucas [Castillo] y aprovechando las
ventajas del terreno, no dejarlos subir
ni bajar por el río, ni entrar para acá
[para el alto de El Naranjo y La Plata],
mientras Suñol quedaría impidiendo el
avance desde Providencia.
Para ello yo contaba con cerrar el río
por abajo con Duque, y por arriba con
Lalo Sardiñas, a quien pensaba ordenar
que en ese caso se moviera hacia Pueblo
Nuevo, y tapar la subida por El Naranjo
con las propias fuerzas de Paco Cabrera
Pupo, reforzadas por las escuadras de
Huber Matos y Geonel Rodríguez. Como se
verá más adelante, este fue, en esencia,
el plan que se aplicó en la primera
Batalla de Santo Domingo.
A
estas alturas éramos conscientes de que
la entrada del enemigo en Santo Domingo
era la señal para que se desatara con
intensidad la ofensiva. En ese mismo
mensaje al Che le escribí: "Si se
produce choque en Santo Domingo se va a
armar en todas partes". Mi plan era
bajar al día siguiente lo más próximo
posible a Santo Domingo para observar de
cerca la situación. Sin embargo, los
acontecimientos del día 19 en los otros
dos sectores de la batalla me impidieron
moverme de La Plata.
En
Santo Domingo y El Naranjo, los vecinos
no se habían movido de sus casas.
Llevaban varios días de incertidumbre e
inquietud. Los rumores sobre el
acercamiento del Ejército eran
contradictorios y alarmantes. La
escuelita que mantenía Rolando Torres
Sosa, llamado entre los rebeldes El
Barberito, había seguido abierta a pesar
de los frecuentes ametrallamientos y
bombardeos en la zona. La armería de
Luis Crespo, instalada en la casa de
Clemente Verdecia en El Naranjo,
continuaba funcionando, aunque se habían
tomado todas las medidas para garantizar
una evacuación rápida en caso necesario.
Los
combatientes al mando de Paco Cabrera
Pupo llevaban dos noches ocultos en la
espesura del arroyo, unos 500 metros más
arriba de las casas de La Manteca. No
llegaban en total a 15 hombres. No
hicieron campamento, no tendieron sus
hamacas ni prepararon cocina. Llegaron
al atardecer del día 17 seguros de que a
la mañana siguiente ya estarían en
combate. Esa primera noche la pasaron
todos en tensión. Sabían que el enemigo,
del otro lado del alto, era fuerte. No
se enfrentarían con una patrulla ni un
pelotón, ni siquiera con una compañía.
Amaneció el 18. Desde el fondo de la
cañada percibían que el día había
llegado porque el oscuro violeta del
cielo se disolvió en una bruma gris a
través de la espesura que los envolvía.
Pasaron las primeras horas de la mañana
mientras el sol en su ascenso iba
diluyendo las sombras al fondo del
valle.
El
día transcurrió sin que el combatiente
de guardia en el alto diera la alarma
que todos esperaban ansiosos. Había un
poco de desconcierto. ¿Y si toda la
ansiedad resultaba innecesaria? ¿Y si
los guardias habían seguido hacia
Providencia en lugar de tomar el camino
de Santo Domingo? Pero el observador,
desde el alto, informó que el enemigo no
se movía. Los hombres no podían siquiera
cocinar, pues el humo los podía delatar.
Además, ¿qué iban a poner en la candela?
Desde que bajaron del alto no habían
comido. No había nada que comer.
Después de trepar la ladera de El Cacao,
el camino que lleva a Santo Domingo
irrumpe en el monte y gana el firme
entre la hierba de guinea; pasa junto a
las casas como si quisiera dar
oportunidad al caminante de recuperar
aliento antes de iniciar el empinado
descenso. Cortando una S tras otra en el
ralo potrero, el sendero se precipita
entonces hacia el fondo de la cañada. Es
una bajada molesta. ¡Cómo será la
subida! El que se mueve debe afincar con
cautela el talón antes de atreverse a
dar un nuevo paso. El jinete vacila, se
desmonta, o bien decide confiar en el
instinto ciego de la bestia. Cualquier
precipitación o descuido puede provocar
una caída que nadie sabe hasta dónde
puede llevar rodando cuesta abajo. Si ha
llovido, el suelo es doblemente
traicionero: pendiente y, de contra,
resbaloso. Pero casi peor es que haya
sol. Alguna guásima retorcida o palma
esbelta —árboles sin sombra— matizan a
trechos el inacabable serpenteo del
sendero. Abajo, lejos, el monte invita
con frescura y agua. Abajo, lejos, la
muerte aguardaba al enemigo.
Sánchez Mosquera no se movió en todo el
día 18. Evidentemente, el puesto de
mando de Bayamo quería sincronizar la
entrada del Batallón 11 en Santo Domingo
con ataques simultáneos en los otros dos
sectores principales. El 19 de junio era
el "Día-D" escogido por el enemigo para
el inicio de la segunda fase de la
ofensiva. Desde varios días atrás, las
tropas del Batallón 19, del comandante
Suárez Fowler, habían llegado a Arroyón,
donde se limitaron a realizar fintas
exploratorias en el camino hacia las
Vegas. El 19 de junio lanzarían el
ataque a fondo en combinación con el
Batallón 17 del comandante Corzo, que
avanzaba desde Las Mercedes. También
desde el día anterior, el Batallón 18
del comandante Quevedo había iniciado su
movimiento desde la costa, y debía
llevarlo al día siguiente a entrar en
contacto con las fuerzas rebeldes que
protegían la entrada desde el Sur.
La
tarde del 18 de junio le avisé a Paco
Cabrera Pupo que al día siguiente le
enviaría este refuerzo. En mi escueto
mensaje le advertí: "No dejen entrar los
guardias por ningún camino".
También le recomendaba que utilizara las
minas. A esas alturas yo estaba ansioso
por comprobar el resultado de los
artefactos explosivos que, por mi
iniciativa e insistencia, se habían
preparado en el taller de armamentos de
Luis Crespo en El Naranjo. De hecho, el
tema era martillante en todas las
comunicaciones que le dirigí por estos
días a los jefes. Al Che le escribí el
18: "Tengo ya ganas de ver reventar una
mina en la vanguardia de una tropa. Esa
que viene de El Cacao se ha paseado.
¡Qué buena está para sorprenderla!".
Por
la noche llegó a La Plata la escuadra de
M-1 que mandaba el Che desde Minas de
Frío al mando de Geonel Rodríguez.
"Verás que hoy va a haber función
amplia", le anuncié al Che en un mensaje
enviado a las 6:00 de la mañana del día
19, que amaneció claro y soleado. Ya en
ese momento se escuchaban en La Plata
los cañonazos que tiraba la fragata
Máximo Gómez. Poco después de
redactar el mensaje al Che, me dispuse a
partir hacia Santo Domingo junto con los
hombres de Geonel Rodríguez.
Más
o menos a esa misma hora, el Batallón 11
inició su movimiento. Iba a la
vanguardia la Compañía 96. El jefe del
batallón ocupó una posición al centro de
la columna en marcha, junto a la
Compañía A. Cubría la retaguardia la
Compañía 97. El movimiento fue detectado
desde el alto de El Cacao por el
observador de guardia con tal fin, un
muchacho campesino hijo de un vecino de
El Cacao de apellido Castellanos.
Después de cerciorarse de la ruta que
tomó la tropa, el muchacho se arrojó
potrero abajo a plena carrera para
avisar a Paco Cabrera Pupo que ya se
aproximaba el enemigo.
Después de sortear la empinada cuesta,
el sendero que baja hacia La Manteca
penetra de nuevo en el monte. El terreno
se nivela en la medida en que el camino
va banqueando la bajada hacia el arroyo.
Unos 200 metros después de entrar en la
espesura, el camino cae por primera vez
sobre la margen derecha del cristalino
arroyo que baja de la falda de El
Gallón. Inmediatamente antes se endereza
después de una última curva del banqueo,
cavada ya bastante por la erosión de las
aguas y de cientos de miles de pisadas.
Saltando sobre las piedras, el camino
cruza el arroyo junto a una pequeña poza
en la roca donde se acumula el gélido
hilo de agua. A los dos lados, las
márgenes ascienden dentro del monte
espeso.
Paco Cabrera Pupo calculó que, en ese
punto, la vanguardia de la columna
enemiga, obligada a marchar en hilera
por el estrecho sendero, se detendría a
beber. Según el camino que traían, no
habían visto agua desde que iniciaron el
largo ascenso de la falda de El Cacao.
Su idea era tender la bolsa de la
emboscada alrededor de la poza del
arroyo para tomar inadvertida a la
vanguardia cuando se detuviera a
refrescar. En la margen izquierda, del
otro lado, en una posición desde donde
se dominaban unos 30 metros de camino en
su caída al agua después de su última
curva, se situaron él, Huber Matos,
Evelio Rodríguez Curbelo y un
combatiente llamado Raulito, que estaba
encargado de hacer estallar una mina. El
monte clareaba un poco en la posición
escogida. En la margen derecha,
dominando un trozo de sendero antes de
la última curva, se ubicó la mayor parte
del personal del pelotón de Paco. En el
centro, en el arroyo, Paco Cabrera
González y Miguel Ángel Espinosa —el
primero, detrás de una piedra grande,
dentro del agua; y el otro, tras las
raíces de un corpulento jagüey— tenían
quizás la posición más peligrosa, pues
estaban a menos de 30 metros del cruce
del arroyo y de la poza. Estos
combatientes eran los encargados de
abrir el fuego cuando la punta de
vanguardia se detuviera en el agua.
Cuando llegó jadeante el observador
rebelde que estaba en el alto, los
combatientes ocuparon presurosos sus
posiciones respectivas. Se sucedieron
los interminables minutos que siempre
preceden a un combate. La visibilidad
era nula; el enemigo sería avistado en
el último momento.
Poco antes de las 7:00 de la mañana, el
pelotón de avanzada de la Compañía 96
alcanzó el alto. Allí esperaron unos
minutos a que se reuniera el resto del
personal de su compañía, que venía
subiendo trabajosamente la cuesta. Los
ánimos estaban exaltados. Esperaban
encontrar resistencia antes de alcanzar
el firme. Exploraron el filo de la
altura y descubrieron las trincheras
abiertas cuatro días antes por los
combatientes del grupo de Paco Cabrera
Pupo. Pasaron el informe al jefe del
batallón, que venía más abajo. Este
ordenó continuar la marcha, ya estaba
seguro de que entraría en Santo Domingo
sin disparar un solo tiro.
En
el camino, la vanguardia enemiga obligó
a un haitiano, residente en El Cacao, a
que continuara delante como práctico. El
hombre, asustado, señaló con el dedo la
bifurcación del camino: a la derecha
hacia El Brazón, a la izquierda a La
Manteca y Santo Domingo. El jefe de la
compañía, capitán Orlando Enrizo, le
ordenó que siguiera adelante en la
segunda dirección.
Comenzaron el laborioso descenso; iban
conversando y bromeando, de cuando en
cuando se escuchaba alguna palabrota si
alguien resbalaba o perdía el equilibrio
y tenía que sujetarse ligero del primer
plantón de hierba a su alcance. Poco a
poco iban llegando a los labios del
monte. Se aproximaban sin precaución.
Desde sus posiciones, los rebeldes
emboscados escuchaban el avance de los
primeros soldados; sintieron sus
conversaciones y sus gritos.
Experimentaron la extraña y mixta
sensación de saber que se acercaba un
enemigo todavía invisible, al que los
ojos aún no habían dado una
tranquilizadora dimensión humana. Los
primeros en divisar al enemigo fueron
los combatientes apostados sobre la
margen derecha. De inmediato hicieron la
señal que esperaban impacientes los del
otro lado y los dos hombres que estaban
en el arroyo. Paco me contó después que
en ese momento todos se tensaron con las
armas preparadas. Era una sensación
conocida para todos nosotros, la de los
últimos instantes antes del comienzo del
combate.
Según el relato que escuché a los
combatientes de esta emboscada, el
primer soldado que apareció en el campo
visual limitado de los dos rebeldes en
el arroyo, era un hombre negro,
corpulento. Llevaba su fusil, un Garand,
colgado del hombro. Se detuvo un
instante. Buscó la continuación del
trillo del otro lado del arroyo. Entró
en el agua y dio unos pasos en dirección
a la piedra tras la cual estaba
agazapado Paco Cabrera González. Detrás
de él aparecieron otros cuatro o cinco
guardias. También entró el haitiano.
De
repente, el soldado que venía delante se
detuvo, repentinamente petrificado. Por
detrás de la piedra había surgido una
figura barbuda, con un sombrero tejano y
un fusil en la mano. Los ojos del
soldado se abrieron desmesurados, y tan
solo atinó a proferir un grito. El
combatiente rebelde disparó apenas a 10
metros de distancia.
En
un segundo la cañada retumbó con el
fuego rebelde. Paco Cabrera Pupo comenzó
a disparar con su Beretta. Un instante
después, el combatiente encargado de la
mina juntó las puntas de los cables y
estalló el artefacto explosivo en el
recodo del camino, adonde habían llegado
también otros miembros de la vanguardia
enemiga. Los que habían alcanzado el
agua se pegaron aterrados a la orilla
izquierda de la poza, donde la piedra
formaba una pequeña faralla. Del camino,
otros se tiraron al arroyo. Casi ninguno
hizo ademán de defenderse. El haitiano,
al sentir el primer disparo, saltó sobre
las piedras y, rápido como una flecha,
pasó por detrás de Paco Cabrera
González. Este, ocupado en disparar y en
cargar apresuradamente dos o tres tiros
cada vez en el depósito de su
Springfield, con el que disparaba, lo
miró aprensivo: "¡No mata! ¡No mata!",
gritó sin parar el haitiano. Allí mismo
quedó, a la espalda del combatiente
rebelde, sumergido en el agua hasta la
nariz y gritando espantado, durante el
combate.
En
los primeros minutos, el fuego enemigo
fue desorganizado. Todos disparaban, los
que estaban en el camino detrás del
recodo de la mina, los que venían más
atrás, incluso, los que permanecían
todavía en el alto. Pero disparaban
desconcertados, a todas partes y a
ninguna. En el alto un morterista
emplazó su arma y lanzó dos o tres
proyectiles sin rumbo.
Transcurrieron unos 20 minutos de
combate. El jefe de la compañía logró
dar las órdenes necesarias, y envió sus
otros dos pelotones a flanquear por
ambos lados la emboscada rebelde.
Con
mucho trabajo y gran despliegue de
fusilería, el pelotón que avanzaba por
la falda derecha alcanzó la misma línea
de las posiciones rebeldes, loma arriba.
Paco Cabrera Pupo se dio cuenta de la
maniobra y ordenó la retirada. El primer
combate había dado el resultado que se
deseaba. Al enemigo se le contaron no
menos de 12 bajas en la vanguardia. Los
combatientes rebeldes se replegaron
ilesos, a pesar del intenso fuego
enemigo y de la proximidad con que se
desarrolló el combate. La acción había
durado poco más de media hora. El fuego
se calmó momentáneamente, mientras los
guardias se reagrupaban y recogían a sus
heridos y muertos. Eran alrededor de las
7:45 de la mañana.
En
Santo Domingo y El Naranjo, los vecinos
comenzaron a abandonar precipitadamente
sus casas cuando sintieron el inicio del
combate. Escondieron en el monte sus
pocos muebles, su ropa, todo lo que no
podían llevarse. Dejaron sus casas
vacías. Mientras el padre y los hijos
mayores se ocupaban de esta faena, la
madre ensartaba su rosario de niños
pequeños, y con el recién nacido en los
brazos, iniciaba el ascenso hacia el
firme de El Naranjo, o hacia Gamboa, o
río arriba a Pueblo Nuevo, hacia donde
pudiera encontrar refugio para ella y su
familia. Las casas de La Manteca también
quedaron solas, pero de aquí no hubo
tiempo de llevarse nada.
Unos cuantos cientos de metros más
abajo, Paco Cabrera Pupo preparó una
segunda emboscada, similar a la primera,
de acuerdo con las instrucciones
recibidas. Arriba, en el alto, Sánchez
Mosquera ordenó continuar el avance por
el arroyo y por las dos faldas
laterales. No quería correr el riesgo de
caer en una segunda trampa y seguir
perdiendo hombres, lo cual dañaba su
prestigio de hábil táctico
antiguerrillero. Al mismo tiempo ordenó
avanzar en zafarrancho de combate,
peinando sin cesar el monte con un
continuo fuego de registro en el que
intervenían, no solo la fusilería, sino
también, las bazucas y los morteros.
Sánchez Mosquera había decidido, además,
hacer a los campesinos pagar cruelmente
el apoyo que él presumía había brindado
a los combatientes guerrilleros. Las
casas de La Manteca por las que pasó su
tropa, enardecida por el revés sufrido y
por la marihuana y por los demás
estimulantes que llevaban en sus
mochilas casi todos los soldados del
Batallón 11, fueron reducidas a cenizas.
Así, entre otras, las pobres viviendas
de Plácido Vaillant, de Lucrecia
Santana, de Eduardo e Ismael Tamayo,
ardieron junto con lo que estas familias
poseían en el mundo. La tropa cargó a su
paso con los animales que encontraba
—gallinas, patos, guanajos, lechones—,
se llevó el café, el cacao, el arroz,
las viandas, todo lo que servía de
botín. En media hora las familias de La
Manteca quedaron arruinadas.
Después del enfrentamiento, Paco Cabrera
Pupo me envió un mensaje urgente. Yo
había escuchado el combate que se venía
desarrollando desde poco después de las
7:00 de la mañana, mientras bajaba por
la falda del firme de El Naranjo con la
escuadra de Geonel. Solicité al Che el
envío urgente de los últimos siete
hombres de reserva de los que se podía
disponer en Minas de Frío. Otro
mensajero rebelde había salido en busca
de Lalo Sardiñas con la orden de que
también se trasladara de inmediato a la
zona.
Los
guardias poco después avanzaban
desplegados. Paco Cabrera Pupo
comprendió que nada podía hacer por
contenerlos con la docena de hombres con
que contaba. En consecuencia, ordenó la
retirada. Los combatientes bajaron hasta
la casa de Lucas Castillo, cruzaron el
río Yara hacia su margen izquierda y
ocuparon posición en el estribo terminal
del firme de Gamboa, frente a la casa de
Lucas. A su derecha les quedaba el
arroyo de El Naranjo y un poco más
atrás, abajo, la armería de Crespo y las
otras casas de El Naranjo. Desde esa
posición pensaban resistir cualquier
intento de avance ulterior del enemigo
hacia el firme de la Maestra, si así lo
pretendieran después de ocupar Santo
Domingo.
A
las 10:20 de la mañana los primeros
soldados terminaron el descenso del
arroyo y salieron al río Yara.
Comenzaron a explorar los alrededores de
la casa de Lucas Castillo, en la margen
derecha, y a hacer preparativos de
campamento. Al parecer, no tenían
intenciones de seguir avanzando, aunque
mantuvieron un fuego indiscriminado con
todo tipo de armas. Desde el estribo de
Gamboa, al otro lado del río, los
observaban los hombres que esa misma
mañana les habían hecho pagar con un
alto precio de sangre su intento de
penetración en el corazón del territorio
rebelde.
La
escuadra de Geonel se unió al grupo de
Paco Cabrera Pupo cuando ya los
combatientes estaban llegando en su
retirada a El Naranjo. En la Comandancia
solo quedaba un fusil, el mío, y gran
número de minas, los cables y los
fulminantes pertinentes, que podían,
incluso, hacerse estallar
simultáneamente, con los cuales me
acercaba a la zona de Lucas Castillo, si
los guardias superaban con rapidez la
resistencia de Paco Cabrera Pupo.
Pensaba crear rápidamente un campo de
minas que podían activarse al unísono.
Tuve que regresar con todas ellas antes
de alcanzar el punto.
Poco después de su llegada a la casa
abandonada de Lucas Castillo, que de
inmediato ocupó como puesto de mando,
Sánchez Mosquera ordenó la salida de dos
pelotones río abajo, con la misión de
sacar a los heridos del combate. Desde
su punto de observación, los
combatientes rebeldes contaron siete
camillas. Es una pena no haber dispuesto
en aquel momento de suficientes hombres
para haber cubierto también esa
previsible ruta enemiga de refuerzo o
evacuación, pues un segundo golpe ese
mismo día —y este podía haber sido más
efectivo— hubiese sido sumamente
desmoralizador para el prepotente
Sánchez Mosquera.
Los
muertos fueron recogidos y sepultados al
fondo de la casa de Lucas. Con este
grupo el jefe del batallón dio inicio a
un cementerio particular a donde fue
enterrando todos los muertos de su tropa
durante los 40 días que permanecería en
Santo Domingo, muchos de los cuales ni
siquiera reportó a sus mandos
superiores. Al final, los rebeldes
descubrieron cerca de 100 tumbas, en
algunas de las cuales habría más de una
persona enterrada. Este cementerio
acogió también los cadáveres de las
víctimas campesinas de la crueldad de
este sanguinario jefe enemigo, entre
ellas, el propio Lucas Castillo y varios
miembros de su familia, quienes fueron
asesinados alevosamente pocos días
después.
La
tropa que despachó el jefe del Batallón
11 con los siete heridos, bajó sin
tropiezo por todo el río, y esa noche
acampó en Casa de Piedra. Duque había
observado el movimiento desde el firme
de Gamboa cuando se dirigía al mediodía
a ocupar posiciones por la zona de
Leoncito, lugar inmediatamente contiguo
a Santo Domingo, aguas abajo del río.
Viró para tratar de interceptarla en
caso de que la misión de esta tropa
fuera subir por el arroyo de El Cristo
hacia El Toro o Gamboa y la Maestra. En
ese momento, las fuerzas de Duque
sumaban un total de nueve hombres.
Al
día siguiente, esta fuerza enemiga pasó
por Providencia y siguió la marcha sin
tropiezos hasta Estrada Palma, donde
entregó los heridos. La ubicación
posterior de este pelotón correspondería
al terreno de la conjetura. No ha sido
posible determinar si quedó separado del
resto del batallón y no participó, por
tanto, en la primera Batalla de Santo
Domingo, o si, por el contrario, volvió
a su base de operaciones. En este
segundo caso, ¿regresó por el río o
entró por El Cacao desde Providencia? Si
lo hizo por el río, ¿por qué no fue
interceptada? Son interrogantes que, más
de 30 años después, corresponde aún
aclarar a los historiadores.
Todo parece indicar que el camino del
río no fue cubierto por tropas rebeldes
hasta el 29 de junio. Las dos fuerzas
principales que operaban en la zona
fueron ubicadas por mí en los
principales firmes de acceso a la
Maestra: la de Duque en el estribo de
Gamboa frente a Santo Domingo, y la de
Suñol en El Toro. No estaban, pues, en
posición de cerrar la vía del propio
río, que al parecer quedó expedita para
los movimientos de los guardias durante
los días inmediatamente posteriores a la
entrada del Batallón 11 en Santo
Domingo.
En
cumplimiento de mis instrucciones, Suñol
se retiró de sus posiciones en
Providencia después de la entrada de
Mosquera en aquel punto. Entre los
papeles hay un documento del 20 de
junio, esto es, al día siguiente del
Combate de La Manteca, en el que le
informé al Che que "Suñol se retiró
perfectamente bien, sin perder
absolutamente nada. Está cuidando ya la
entrada de la Maestra [es decir, del
firme] por el Cristo y El Toro".
El
mantenimiento de la posición avanzada en
Providencia ya no tenía sentido después
de la ocupación tanto de Santo Domingo
como de las Vegas de Jibacoa. Por
cualquiera de las dos direcciones el
enemigo podría salir a la retaguardia de
las posiciones rebeldes en Providencia.
Durante las semanas subsiguientes, esta
zona quedaría patrullada únicamente por
el grupo de escopeteros al mando de
Urbano Garcés, hijo del colaborador
campesino Polo Garcés, y conocido por el
sobrenombre de Viejo. Esta escuadra
tendría la misión de vigilar los
movimientos enemigos y, en la medida de
sus posibilidades, hostigarlos. |