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LA VICTORIA ESTRATÉGICA
Quevedo en Jigüe
(Capítulo
11)
En
contra de lo que cabía prever
razonablemente, las dos compañías del
Batallón 18 enemigo, llegadas en la
tarde del jueves 26 de junio a Jigüe, no
prosiguieron de inmediato su penetración
río arriba, sino que se dedicaron a
establecer campamento en ese lugar y
fortificar sus posiciones. Esa misma
noche fueron tiroteados por los hombres
de Raúl Podio y Fernando Chávez. El
primero, como se recordará, cuidaba el
firme de Cahuara, encima de la posición
enemiga; y el segundo asumía el mando
del personal rebelde en el río La Plata
desde la noche anterior, en sustitución
de Pedro Miret y René Rodríguez.
La
llegada de esta tropa a Jigüe y su
establecimiento en ese lugar nos
permitía preparar las condiciones para
ejecutar el plan que ya habíamos
empezado a elaborar. De lo que se
trataba era de encerrar a la fuerza
enemiga en un cerco del que no pudiera
escapar, mantenerla inmovilizada hasta
lograr su rendición, detener y, si fuese
posible, destruir los refuerzos que se
enviasen en su auxilio. Para ello, el
teatro de operaciones en Jigüe y en el
curso inferior del río La Plata reunía
condiciones topográficas ideales. El
campamento enemigo, metido en el centro
del sector meridional del territorio
controlado por nosotros, estaba rodeado
por todas partes de firmes y altos que
podían ser ocupados con facilidad, por
nuestro personal, y desde los cuales
podía mantenerse, con una cantidad
relativamente pequeña de combatientes,
la presión, el bloqueo de suministros y
el hostigamiento necesarios para
sostener un cerco efectivo. La única vía
que tendría el enemigo para reforzar a
la tropa sitiada era la del río, por el
camino que subía desde la playa, y a lo
largo del cual existían decenas de
lugares en los que se podían crear
emboscadas eficaces contra cualquier
refuerzo.
En
este caso funcionaba nuestro
conocimiento íntimo del terreno, una de
las prioridades del guerrillero y una de
las cuestiones a las que prestamos mayor
atención desde el inicio de la lucha en
la Sierra Maestra. Ese conocimiento era
lo que nos había dado pie para concebir
el plan de acción, y era, además, lo que
nos permitía llegar a la convicción de
que el lugar que más se prestaba para el
combate contra los refuerzos, por sus
características topográficas y por su
distancia relativa, tanto de la costa
como de la tropa que sería sitiada, era
Purialón.
El
28 de junio, apenas día y medio después
de la llegada del Batallón 18 a Jigüe,
orienté a Paz las primeras órdenes
preparatorias del cerco y del
establecimiento de la línea defensiva
contra los eventuales refuerzos. En
cuanto a lo primero, reforcé la posición
de Podio en el alto de Cahuara con la
escuadra de Ramón Fiallo, que antes
cubría algunos de los puntos de la costa
al oeste del río La Plata, y envié desde
Mompié una pequeña escuadra de reserva,
al mando de Arturo Pérez, a copar el
sendero que ascendía de frente desde
Jigüe al alto llamado de El Pino y a la
zona de Mayajigüe. En cuanto a lo
segundo, le pedí a Paz que mandara un
explorador a verificar si no habían
quedado guardias en Purialón. Yo contaba
con la inminente llegada de Camilo y su
personal a La Plata para enviarlo a esa
posición crucial, mientras que los
combatientes de Paz serían los que se
encargarían del cerco a la fuerza
enemiga principal.
En
esa fecha, mi atención estaba centrada
en la preparación del golpe a la tropa
estacionada en Santo Domingo. Pero,
incluso, esta planificación tenía que
tomar en consideración la posibilidad de
que, al iniciarse el combate en Santo
Domingo en la forma prevista —al día
siguiente—, la fuerza enemiga acampada
en Jigüe recibiera la orden de avanzar
hacia el alto de La Plata para ir en
auxilio de sus compañeros, atacados del
otro lado del firme de la Maestra. Así
se lo hice saber a Paz para que
estuviera preparado, ya que esa podía
ser su oportunidad de dar el buen golpe
que esperábamos con tanta ansiedad.
Sin
embargo, durante todo el desarrollo de
la primera Batalla de Santo Domingo,
entre los días 28 y 30 de junio, el
Batallón 18 no se movió de su campamento
de Jigüe. Según testimonio posterior del
comandante Quevedo, la primera acción
concreta de su personal fue la
exploración realizada río arriba por la
Compañía 103, una de las dos integrantes
de la fuerza acampada, que no arrojó
resultado alguno. Todo indica que esta
incursión no se alejó mucho de Jigüe,
pues ni siquiera se acercó a las
posiciones de Paz en El Naranjal, a
menos de cuatro kilómetros del
campamento de Quevedo.
El
2 de julio, el jefe del Batallón 18
envió dos pelotones de su fuerza en
misión de abastecimiento a la playa.
Esta hubiese sido una buena oportunidad
para golpear al enemigo, pero todavía no
contábamos con el personal suficiente
para cerrar el cerco.
Otras dos ocasiones se presentaron al
día siguiente, la primera, por la mañana
cuando regresaron a Jigüe los dos
pelotones custodiados por otros dos de
la Compañía G-4, que integraba el
Batallón 18, y que, como se recordará,
había permanecido en la desembocadura de
La Plata; y la segunda, por la tarde,
cuando esta última fuerza volvió a su
base en la playa.
Al
fin, el enemigo se movió el sábado 5 de
julio. Esa mañana salieron del
campamento de Jigüe cuatro pelotones y
parte de las armas de apoyo del Batallón
18 —una bazuca y un mortero de 60
milímetros— en dirección a las cabezadas
del río La Plata, a lo largo de su curso
superior. Como era de esperar, poco
después chocaron con la emboscada de Paz
en El Naranjal.
El
combate comenzó exactamente a las 10:20
de la mañana. Desde el día anterior yo
me había movido a la zona de Meriño para
organizar el cerco que planeaba tender a
la fuerza enemiga llegada el día 3 a ese
lugar. Allí me llegó un primer aviso de
Camilo desde La Plata informándome que
escuchaba un fuerte tiroteo en dirección
a la playa, confirmado pocos minutos
después por un recado similar del Che
desde Mompié. No fue sino hasta las 2:00
de la tarde cuando Camilo me comunicó
haber recibido un primer mensaje de Paz
en el que informaba que los guardias
avanzaron en dos direcciones sobre su
posición, y que había tenido que
abrirles fuego antes de que llegaran a
las minas colocadas en el camino.
En
realidad, ya a esa hora Paz había
rechazado el avance de los guardias
después de un intenso combate de más de
tres horas de duración. Los pocos más de
30 combatientes rebeldes, parapetados en
buenas trincheras, decididos a resistir
y actuando con inteligencia, fueron
capaces de frustrar el empuje de más de
150 soldados enemigos, apoyados por un
mortero, provistos de parque abundante y
bajo el mando de un jefe habilidoso.
Junto a los hombres de Paz combatieron
en la decisiva acción de El Naranjal las
escuadras de Hugo del Río, Joel Pardo,
Fernando Chávez y Vivino Teruel, así
como el personal de la ametralladora 50
operada por Fidel Vargas.
La
importancia del Combate de El Naranjal
no estuvo dada por la cantidad de
material ocupado o las bajas sufridas
por el enemigo. En cuanto a lo primero,
solamente pudo ocuparse un fusil
Springfield, varios cientos de tiros y
algunas granadas de fusil. Las bajas
enemigas reconocidas ascendieron a ocho
heridos, aunque Paz afirmó en sus partes
haber dado muerte a no menos de cuatro
soldados. Radio Rebelde informó después
cinco guardias muertos. Sin embargo, el
hecho tenía la enorme significación de
haber liquidado de manera definitiva la
amenaza planteada por la tropa enemiga
en su avance desde el Sur. No solo se
impidió al enemigo alcanzar su objetivo
y se le rechazó de regreso a su
campamento base, sino que se le propinó
un golpe psicológico demoledor, como lo
demostraron los acontecimientos
posteriores. Vale la pena citar aquí la
valoración realizada por el propio jefe
del Batallón 18, el comandante José
Quevedo:
[...] el saldo más doloroso para
nuestros hombres era moral: se notaba la
decepción en todos y cada uno de ellos.
Sin
comentarios sabíamos, que no era tanto
por el fracaso, sino por el abandono
constante de que se veían objeto por
parte del puesto de mando y del alto
mando militar. Sabían que para la
operación habíamos pedido apoyo aéreo y
no se nos había brindado; sabían de los
compañeros heridos, de que habíamos
solicitado un helicóptero para
evacuarlos y no se nos había enviado;
sabían por los comentarios de sus
compañeros, que los jefes de Bayamo
hablaban de que los prisioneros estaban
mal custodiados, y más aún de que
estaban de acuerdo con los custodios, al
extremo de que dichos jefes hablaban de
que no se explicaban cómo era posible
que hasta el momento no los habíamos
rescatado, y que al salir a cumplir una
misión tan "sencilla" se encontraran
ante un enemigo poderoso, que contaba
con abundantes armas automáticas,
inclusive hasta con ametralladoras
calibre 50.
Está claro que en este análisis omitió
una consideración fundamental: no se
trataba tanto de una pretendida
superioridad rebelde en armas y parque
—que nunca existió— ni del supuesto
abandono del que fueron objeto los
guardias por parte de los altos mandos
de la tiranía —que sí existió en alguna
medida—, sino de la evidente calidad
moral del guerrillero en relación con la
pobre moral combativa del guardia, por
un lado y, por otro, del buen
conocimiento y adecuado aprovechamiento
del terreno por nuestros hombres, lo
cual les confería una ventaja adicional
de mucha importancia.
El
propio Quevedo reconoció que entre los
factores que lo hicieron retirarse de
nuevo hacia Jigüe figuró la
consideración de que los rebeldes
desarrollaban el combate en el terreno
escogido por ellos y en posiciones
"inexpugnables". Según el jefe del
Batallón 18, otros elementos tomados en
cuenta fueron la necesidad de evacuar
sus heridos y el peligro de que su
retaguardia se viera envuelta por las
fuerzas rebeldes.
Esta última mención es interesante, pues
era precisamente lo que yo hubiese
dispuesto si en ese momento contáramos
con los hombres suficientes para
hacerlo.
Se
recordará que desde el 26 de junio,
cuando Fernando Chávez recibió la misión
de preparar la defensa rebelde en el río
más abajo de Jigüe, y retirarse si
tuviese que hacerlo hacia el alto de
Cahuara, ya estaba concebida por
nosotros la variante de atacar con esa
fuerza al enemigo por la retaguardia, en
caso de que los guardias llegados a
Jigüe prosiguieran su avance y chocaran
con la emboscada de El Naranjal. Pero
después fue necesario llevar a Chávez a
ese punto para reforzar las posiciones
de Paz, y quedaron en el alto de Cahuara
solo las escuadras de Podio y Fiallo.
Por otro lado, la maniobra era casi
imposible desde el momento en que el
enemigo dejó parte de su fuerza en
Jigüe, cuidando, precisamente, su propia
retaguardia.
Al
día siguiente del Combate de El
Naranjal, mi decisión estaba tomada:
concentrar un dispositivo lo bastante
numeroso como para poder de-sarrollar
con todo éxito la operación de cerco y
la destrucción de refuerzos que habíamos
concebido. Como parte de la preparación
del cerco, mandé a buscar ese día a
Guillermo García, quien con su pelotón
estaba posicionado desde antes en el
camino de San Francisco, con el
propósito de tapar la entrada al curso
superior del río Yara desde El Cacao o
El Verraco. Después de la contención del
enemigo en Santo Domingo, era muy
improbable que en esa dirección fuese a
surgir una amenaza de consideración.
Guillermo llegó a La Plata el 7 de
julio, el mismo día del Combate de
Meriño, y partió hacia la zona de Jigüe
el día 8, luego de recibir detalladas
instrucciones mías.
Este personal hizo dos cosas al llegar a
Jigüe, después de una dura caminata por
el firme de Manacas para rodear el
campamento enemigo. La primera fue
explorar toda la zona para conocer en
detalle las posiciones que ocupaban los
guardias y las medidas defensivas que
habían tomado. La segunda, llenar de
trincheras toda la falda del firme de
Manacas, de cara al campamento enemigo,
y la del firme de Cahuara.
Otra medida de reforzamiento del
dispositivo rebelde en Jigüe fue el
traslado de la ametralladora 50 de
Curuneaux hacia la posición de Paz,
quien se había mantenido en El Naranjal
después del combate, en espera de nueva
ubicación. Curuneaux, como se verá en el
capítulo siguiente, había participado el
día 8 en el Combate de Meriño.
Yo
había decidido ocuparme personalmente de
la dirección general de toda la
operación de Jigüe, teniendo en cuenta
su carácter complejo y la significación
decisiva que pudiera tener una victoria
rebelde contundente en el desenlace, no
solo de la ofensiva enemiga, sino
también, en el desarrollo ulterior de
toda la guerra. Esto no quería decir que
carecíamos de jefes capaces de hacerlo.
No tenía la menor duda de que Camilo o
el Che, por mencionarlos solamente a
ellos dos, tenían capacidad sobrada.
Pero a mi juicio, la consideración
principal era que el jefe que dirigiera
la operación debía tener la mayor
autoridad sobre un grupo numeroso de
capitanes, a quienes durante los
próximos días se les exigiría el máximo,
y debían, a su vez, exigir el máximo a
sus hombres.
Tal
decisión suponía mi traslado físico al
teatro de operaciones durante todo el
tiempo que durase la batalla, y mi
dedicación casi completa a su
desarrollo. Para ello tenía que resolver
el mando de los otros dos sectores del
frente, en cada uno de los cuales
todavía estaban planteadas amenazas
concretas.
En
el caso del sector de Santo Domingo, la
presencia de Sánchez Mosquera seguía
siendo un elemento a tener en cuenta. Yo
estaba seguro de que aún el sanguinario
jefe enemigo no había hecho su última
movida en el intento de alcanzar el
firme de la Maestra en la zona de La
Plata. De enfrentar esa amenaza quedaría
encargado Camilo, a quien de hecho ya
había convertido en jefe de todo el
sector desde mi traslado a la operación
de Meriño, la noche del 3 de julio.
En
el caso del sector noroccidental,
continuaría el Che organizando la
defensa del territorio rebelde en los
alrededores de Minas de Frío y las Vegas
de Jibacoa, como lo había estado
haciendo generalmente hasta entonces.
Aquí la amenaza estaba planteada, en
primer lugar, por la presencia del
fuerte contingente enemigo en San
Lorenzo y la posibilidad de que
intentara el asalto al firme de la
Maestra en la zona de Minas de Frío; en
segundo lugar, por la continua ocupación
de las Vegas de Jibacoa por el Batallón
19 y el peligro de que esa tropa pudiese
forzar el acceso a la Maestra por la
zona de Mompié o de las propias Minas.
Sin embargo, contar con estos dos
lugartenientes me ofrecía confianza más
que suficiente para poder ocuparme de la
operación de Jigüe, y dejar en sus
respectivas manos el cuidado de tan
importantes accesos al corazón del
territorio rebelde.
Estábamos convencidos de que la
rendición de un batallón completo y la
destrucción de los importantes refuerzos
que, sin duda, enviaría el mando enemigo
en auxilio de la tropa sitiada, serían
golpes demoledores para la tiranía,
tanto en el orden moral como en el
material. Ciertamente, ya habíamos
logrado detener el empuje enemigo y la
iniciativa había pasado en la práctica a
nuestras manos. Pero no podía, ni con
mucho, decirse en ese momento que la
ofensiva ya había sido derrotada. Lo
sería a partir del momento en que el
batallón que pensábamos cercar en Jigüe
se rindiera.
Si
fuéramos a dividir en etapas los setenta
y tantos días que duró la ofensiva
enemiga, tendríamos que señalar un
primer momento de desarrollo de dicha
ofensiva, en el que la iniciativa
correspondió totalmente al enemigo,
enmarcado entre el 25 de mayo y el 28 de
junio, es decir, entre el comienzo de la
operación de la toma de Las Mercedes y
el inicio de la primera Batalla de Santo
Domingo, con el Combate de Pueblo Nuevo.
A partir de este momento se abrió una
segunda etapa que pudiera caracterizarse
como de contención de la ofensiva, en la
cual el enemigo recibió los primeros
reveses de consideración, y se le
inmovilizó o impidió avanzar en dos de
los tres sectores. La única excepción
era la entrada de los guardias en
Meriño, pero el resultado de esa
maniobra fue tan desastroso para el
enemigo que la excepción no basta para
invalidar la regla. Esta etapa se
prolongó tal vez hasta el 11 de julio,
fecha en que comenzó la Batalla de
Jigüe, a partir de la cual se inició la
etapa que pudiera denominarse de
contraofensiva rebelde, durante la cual
la iniciativa nos perteneció por entero.
Hay también una excepción: la ocupación
de Minas de Frío por el enemigo el 15 de
julio, pero tampoco fue suficiente para
impedir la caracterización de este
momento.
Concluida con un resultado bastante
favorable la operación de Meriño,
regresé de Minas de Frío a Mompié, y en
la noche del 9 de julio me trasladé al
alto de Cahuara, encima del campamento
enemigo en Jigüe, adonde llegué al
amanecer del día siguiente. Había
decidido establecer en este lugar mi
puesto de mando mientras durase la
operación contra el Batallón 18 y los
refuerzos, lo cual significaba regresar
a la etapa seminómada de la guerrilla,
con campamentos en el monte. No era
posible dirigir una operación de esa
envergadura por control remoto, era
vital hacerlo desde la misma línea de
combate.
Antes de salir de las Minas, me reuní
con Lalo Sardiñas y Andrés Cuevas, y les
expliqué en detalle la misión que debían
cumplir. En su caso debían formar en
Purialón la línea principal de
contención y rechazo de los refuerzos
que vinieran desde la playa en apoyo de
la tropa que cercaríamos en Jigüe. A
estos dos capitanes les correspondería
la tarea más importante en toda la
operación planificada. El arrojo y la
capacidad combativa que habían
demostrado en las semanas anteriores
justificaban plenamente la confianza que
depositábamos en ellos y en los hombres
bajo sus órdenes directas.
El
esquema táctico se completaba con la
misión que tendría Ramón Paz, a quien
pensaba darle la tarea de ubicarse
también en la zona de Purialón, con el
objetivo de copar por la retaguardia a
los refuerzos, una vez que chocaran con
la emboscada de Cuevas y Lalo. La idea
sería no solamente detener y rechazar al
refuerzo, sino destruirlo.
La
selección de Paz para esta misión era
también obvia. Este capitán había
probado, primero en La Caridad y luego
en el Combate de El Naranjal, su
inteligencia, iniciativa y decisión,
condiciones que lo convertían en el jefe
idóneo para esta parte de la operación,
que requería esas cualidades de quien
fuera a ejecutarla.
Para ello era preciso instruir a Paz,
quien aún estaba ubicado en El Naranjal.
Por eso, lo primero que hice al llegar
al alto de Cahuara, después de conocer
por Podio y Fiallo la situación de las
fuerzas enemigas y las posiciones
ocupadas por sus hombres, fue avisar a
Paz que iría a verlo para coordinar con
él las ideas del plan, y pedirle que
saliera a mi encuentro por el camino del
hospital de Martínez Páez para que me
diera tiempo a reunirme con él, y
regresar esa misma noche a Cahuara. Esto
último era crucial para mí, ya que el
plan debía comenzar a ejecutarse en la
mañana del viernes 11 de julio, y yo
quería estar en mi puesto en ese
momento.
Junto con ese aviso, le pedí a Paz que
despachara de inmediato, sin esperar por
mi llegada al encuentro con él, la
ametralladora 50 de Curuneaux con su
escuadra de apoyo. Esta era otra pieza
clave del plan, pues debía formar parte
esencial del dispositivo de cerco de la
tropa enemiga acampada en Jigüe. Otros
elementos de ese dispositivo serían, en
un primer momento, las escuadras de
Fiallo y Podio, redistribuidas en la
falda del firme de Cahuara,
inmediatamente al oeste y noroeste del
campamento de los guardias; la pequeña
escuadra de Arturo Pérez, que llevaba
varios días posicionada en la subida
hacia el alto de El Pino, al norte de la
posición enemiga; y el personal de Hugo
del Río que estaba junto a Paz en El
Naranjal, tendrían que ocupar posiciones
en un pequeño firme al nordeste del
campamento del Batallón 18, en dirección
hacia El Naranjal. Este sería el
personal destinado inicialmente al
cerco, que se iría completando y
reforzando en la medida de lo necesario.
Después del mediodía del jueves 10 de
julio emprendí la marcha desde el alto
de Cahuara a encontrarme con Paz. El
camino se hacía más largo y difícil a
causa del rodeo que era preciso dar por
toda la loma de Jigüe para evadir el
campamento enemigo y poder salir al otro
lado. Al poco rato de estar caminando se
sintió el ruido característico de la
explosión de una de nuestras minas,
relativamente cerca del lugar por donde
iba cruzando el pequeño grupo que me
acompañaba, seguido de un breve pero
intenso tiroteo. Tomamos de inmediato
las precauciones debidas y esperamos
tensos durante los minutos que duraron
los tiros. Al cesar toda actividad
enviamos a uno de nuestros compañeros a
explorar los alrededores, y regresó con
la noticia de que no se veía nada,
entonces decidimos continuar la marcha.
Cuando nos topamos con el personal de la
escuadra de Arturo Pérez supimos la
causa del tiroteo. Resulta que una
patrulla enemiga que subía por el firme,
en dirección al alto de El Pino, tropezó
por sorpresa con la posición rebelde. El
Vaquerito, que después de haber
terminado su trabajo de ayuda a Celia en
las Vegas de Jibacoa había solicitado
ser enviado a la línea de combate, y lo
habíamos asignado a esta escuadra,
decidió estallar una mina sin grandes
esperanzas de causar daño a los
guardias, sino para amedrentarlos y
ahuyentarlos. Se logró hasta cierto
punto el efecto, pues el enemigo dio
vuelta y emprendió una veloz carrera
loma abajo, mientras que nuestros
hombres abrían fuego indiscriminado y se
lanzaban a su vez, en carrera veloz,
loma arriba. El resultado fue una
posición delatada, una mina
desperdiciada y varias decenas de balas
gastadas inútilmente.
Días después, por los informes de
algunos de los guardias capturados,
supimos que no se trataba ni siquiera de
una patrulla, sino de tres o cuatro
guardias que salieron a acompañar hasta
su casa en el alto de El Pino al
práctico de su tropa, un campesino
llamado Isidro Fonseca. Confirmé,
entonces, mi apreciación inicial de que
si la posición rebelde hubiese estado
debidamente protegida por la
observación, y si se hubiese actuado con
serenidad y decisión al producirse el
encuentro sorpresivo, habría sido
posible capturar allí a esos guardias,
lo cual significaría la posibilidad de
contar con una apreciable fuente de
información sobre la composición y los
planes de la fuerza enemiga que nos
proponíamos hostigar a partir del día
siguiente.
Este incidente cerca del alto de El Pino
fue sobredimensionado en un primer
momento. Al producirse el encuentro con
los guardias y antes de mi llegada al
lugar, Arturo Pérez envió un mensaje
alarmista e inexacto en el que daba a
entender que un contingente enemigo
importante iba subiendo en dirección al
alto de El Pino, y que sus hombres se
habían visto obligados a retirarse. De
ser cierta esta noticia, quería decir
que los guardias habían intentado un
movimiento sorpresivo destinado a ocupar
el estratégico alto de El Pino, que
dominaba la posición del enemigo en
Jigüe, o quizás con el fin de rodear la
emboscada de El Naranjal y seguir hacia
las cabezadas del río La Plata y el
firme de la Maestra. En cualquiera de
los dos casos, la retirada de la
escuadra que protegía esa dirección
dejaba abierto el camino al enemigo, y
se podía crear una situación muy
peligrosa.
Por
suerte llegué al lugar casi
inmediatamente después del incidente, y
pude percatarme de que lo informado por
Arturo Pérez no obedecía a la realidad.
Pero a este primer mensaje se añadía
poco después la información también
fantasiosa de que los guardias no solo
habían rebasado la posición rebelde en
la subida de El Pino, sino que, además,
habían alcanzado la zona de Mayajigüe,
del otro lado del macizo, con lo cual
podrían amenazar la retaguardia de
nuestras posiciones en El Naranjal y la
propia zona de La Plata. El Che recibió
las dos informaciones y también se dio
cuenta de que no resultaban muy
coherentes. No obstante, de manera
preventiva instruyó por teléfono a
Camilo en La Plata para que enviara un
refuerzo a cubrir el camino del
hospital.
Una
vez que nos dimos cuenta sin duda alguna
de lo que había ocurrido tomé la
decisión allí mismo de desarmar a Arturo
Pérez y entregar el mando de la escuadra
a El Vaquerito, con la indicación de que
debía ahora ocupar nuevas posiciones más
cerca aún del campamento enemigo.
A
todas estas, ninguno de mis dos
lugartenientes principales sabía que yo
estaba al corriente de lo acontecido.
Por el contrario, como conocían de mi
proyecto de trasladarme ese día al
encuentro con Paz, les preocupó el hecho
de que no estaba ubicado, y que andaba
precisamente por la zona donde se decía
que había ocurrido el combate, con el
consiguiente riesgo de ser sorprendido
por los mismos guardias que, se suponía,
habían asaltado el alto de El Pino. Pero
ya, en las primeras horas de la noche,
todo quedó aclarado, y por la madrugada
mandé de vuelta a donde estaba Camilo al
refuerzo enviado por él.
Durante esa noche también quedó armada
la trama para el comienzo —al día
siguiente— de la operación contra la
tropa enemiga de Jigüe. Ya expliqué la
disposición de la línea organizada en
Purialón para esperar y rechazar a los
refuerzos que vinieran de la playa, así
como las escasas fuerzas rebeldes que se
ocuparían en una primera fase de
mantener el hostigamiento sobre los
guardias sitiados. Un grupo de estos
hombres avanzaría en la noche sobre las
posiciones enemigas, y se acercaría al
campamento lo suficiente como para abrir
fuego al amanecer sobre los guardias.
La
intención de esta primera escaramuza
sería causar entre el enemigo algunas
bajas, lo que obligaría al jefe del
batallón a evacuarlos hacia la playa;
ocasión que aprovecharía Guillermo,
quien estaría posicionado sobre el río
en espera de la columna de guardias que
bajase desde Jigüe, para asestarles el
primer golpe de consideración. Así,
según el plan, comenzaría la batalla,
para la cual todo había quedado
dispuesto en la madrugada del 11 de
julio. |