La
diversión de la sangre
Joaquín Rivery Tur
FUE en Kandahar, Afganistán. Cinco
soldados norteamericanos tomaron como
diversión matar a mansalva a civiles
para entretenerse porque se aburrían.
Hasta donde llega la denuncia del
diario británico The Guardian, llegaron
a asesinar a tres ciudadanos indefensos
afganos, mientras otros siete los
protegían.
La gravedad no está en las divertidas
ejecuciones que hacían reír a los
infantes cuando algún inocente volaba
por los aires destrozado por una
granada. Lo grave está en que muchos
soldados norteamericanos están
penetrados hasta el tuétano de los
deseos de matar a los no
norteamericanos.
Para el grupo de asesinos, ningún
afgano es otra cosa que un animal de
matadero y ellos posiblemente cumplen la
misión que los instructores militares
les han enseñado y ellos aprendido en
Iraq y el mismo Afganistán.Traen en el
recuerdo la impunidad de las torturas de
Abu Ghraib y Bagram y los
entretenimientos macabros de tropas y
jefes en aquellas cárceles.
El muy revelador el detalle de que
todo comenzó, según revela el diario The
Guardian, citado por Cubadebate, cuando
el sargento Calvin Gibbs llegó a
la base de Ramrod el pasado noviembre.
Éste, que ya había estado en Iraq y
aprendido a asesinar civiles, comentaba
lo "fácil que sería lanzar una
granada a cualquiera y matarle".
Con esa idea fija, que podría ser
copiada también de los torturadores de
los centros de la base de Guantánamo,
Gibbs, de 25 años, trazó un plan con
otro soldado, Jeremy Morlock, de 22, y
otros miembros de su misma unidad para
formar el grupo.
La primera víctima fue Gul Muldin, al
que hicieron volar por los aires con una
granada en enero pasado, y luego
completaron el macabro juego
disparándole con un fusil.
Cualquier excusa bastaba para
explicar la explosión al mando, que
nunca se ha preocupado por las muertes
de los afganos, cáuselos una patrulla o
una orden de Washington.
Es increíble, el sitio Cubadebate,
hurgando en medios norteamericanos,
encontró que The Army Times reveló que uno
de los soldados coleccionaba dedos de
las víctimas como recuerdo; de hecho
Morlock asustó a Holmes mostrándole un
dedo de un muerto.
El divertimento de sangre viene en la
mente de los militares norteamericanos.
Recordando las excusas de los jefes de
Abu Ghraib, no creo que ellos sientan el
menor remordimiento por las atrocidades
que ordenaban cometer. No creo en las
excusas de Robert Gates ni de la Casa
Blanca.
Ese pensamiento que guía los crímenes
atroces de los norteamericanos explica
por qué el reverendo protestante Ferry
Jones —expulsado de Alemania por su
propia comunidad de fe— es capaz de
convocar a la quema masiva del Corán a
partir del 11-S como una muestra de odio
racial y religioso y una falta de
consideración a una religión tan
respetable como la suya.
Esas ideas llaman a la guerra, a la
crueldad, al exterminio de etnias
completas y son, en fin de cuentas, el
combustible que hace funcionar al peor
sistema que ha tenido la humanidad: el
capitalismo.•