Mientras se celebra en Miami un
juicio de deportación a un represor
salvadoreño con el cual pretende
limpiarse de su fama de protector de los
represores, Estados Unidos sigue
ignorando las solicitudes de varios
países de América Latina que reclaman la
extradición de algunos de los peores
asesinos de su historia, refugiados en
territorio imperial.
El Departamento de Seguridad Interna
(DHS, por sus siglas en inglés), "armó
el show" en Miami —ciudad donde está
hospedo el terrorista Luis Posada
Carriles— ante el juez de deportación
Michael Horn, solicitando al funcionario
que ordene la deportación del exministro
de Defensa de El Salvador, general José
Guillermo García, en virtud de una ley
del 2004 que "permite" que un extranjero
vinculado a torturas y ejecuciones sea
deportado.
"UN CAMBIO POLíTICO HISTÓRICO",
DICE EL HERALD
Para el Nuevo Herald de Miami, diario
afiliado a la inteligencia
norteamericana y a la mafia
cubanoamericana, el juicio es "el más
reciente ejemplo de un cambio político
histórico para el gobierno de Estados
Unidos".
Esta afirmación algo gratuita es
acompañada de una confesión: "Durante
gran parte del siglo pasado, las
administraciones estadounidenses estaban
del lado de los dictadores o comandantes
militares de derecha en América Latina,
viéndolos como baluartes contra el
comunismo".
Contrario a lo que pretende el Herald,
la realidad no corresponde a estas
afirmaciones.
Para quienes tienen mala memoria, la
guerra civil de El Salvador (1980-1992)
dejó 75 mil muertos y unos 8 000
desaparecidos. Muchos militares se
jubilaron y emigraron a Estados Unidos,
incluso después de haber sido
denunciados por organizaciones de los
derechos humanos por asesinatos,
secuestros y torturas.
Nada ha cambiado EE.UU. sigue como
siempre del lado de los políticos que se
sometieron al dominio imperial y de los
exalumnos de su siniestra "Escuela de
las Américas" y demás academias
regionales del terror.
MASACRES CON ASESORES
Tres casos recientes demuestran el
tradicional cinismo con el cual se
descartan las solicitudes de extradición
venidas del Sur.
En octubre pasado, en Argentina, el
Tribunal Oral Federal de Comodoro
Rivadavia, Chubut, condenó a prisión
perpetua a tres imputados por los hechos
conocidos como la Masacre de Trelew, un
hecho de la dictadura militar que costó
la vida a 16 jóvenes revolucionarios.
En este juicio no fue juzgado el más
repugnante cómplice de este crimen: el
exteniente de corbeta Roberto Bravo,
aunque fue localizado en Estados Unidos
en el 2009 por el diario argentino
Página/12.
Detenido en febrero del 2010 después
de una denuncia de Argentina, Bravo fue
rápidamente liberado bajo fianza y sin
indicios de que prospere nunca el pedido
de extradición presentado luego.
Bravo es el oficial que se encargó de
rematar a los 16 jóvenes
revolucionarios. Actuaba a nombre de una
dictadura militar cuyas técnicas de
represión se inspiraban obsesivamente en
los instructores y manuales del norte.
Muy recientemente también, la
justicia chilena anunció la petición de
extradición del oficial retirado del
ejército Pedro Barrientos, radicado en
Estados Unidos, y protegido por el asilo
que le fue otorgado por el Departamento
de Estado.
Barrientos es acusado nada menos que
del asesinato del cantautor Víctor Jara,
junto al oficial Hugo Sánchez Marmonti,
el 16 de septiembre de 1973, a menos de
una semana del golpe de Estado que
derrocó a Salvador Allende.
En Bolivia, se cumplirán diez años de
la huida del expresidente Gonzalo
Sánchez de Lozada a Estados Unidos y de
la masacre de octubre del 2003, que
ocasionó 67 muertos y centenares de
heridos. Bolivia solicitó repetidamente
su extradición y el Departamento de
Estado apenas contestó que "estudiaba"
el pedido.
En Miami, el juicio del exgeneral
García tiene las características de una
cínica farsa hasta en sus posibles
conclusiones. Con sus 79 años de edad,
tiene poco que temer: ya se prevé que el
juez Horn no anunciará su decisión al
término del juicio, sino meses más
tarde.
Si el magistrado decreta la
deportación, García acudirá a la Junta
de Apelaciones de Inmigración en
Washington, cuya decisión puede apelar
al tribunal federal de apelaciones de
Atlanta. Si le falta la suerte, siempre
le quedará la Corte Suprema de Justicia.