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C I E N C I A  Y  T E C N O L O G I A

La Habana. 3 de junio de 2003

¿Cómo Graham Bell se adueñó del teléfono?
Antonio Meucci, un italiano que hace poco fue reconocido como el verdadero inventor, pasó 15 años en La Habana, época en que descubrió la transmisión de la voz por vía eléctrica
POR FÉLIX LÓPEZ, del diario Granma

Un siglo y 26 años después de que Alexander Graham Bell patentara el teléfono en Estados Unidos, el Congreso de ese país, ante irrefutables pruebas y el incansable reclamo del congresista italo-norteamericano Vito Fossella, tuvo que reconocer —11 de junio del 2002— a Antonio Meucci, inmigrante italiano, la paternidad absoluta del invento, considerado hoy como el instrumento de telecomunicación de mayor difusión en todo el mundo.


Antonio Meucci,
 el inventor.



Imagen del 
"teletrófono"
original.

En Italia se celebra por estos días el primer aniversario de la reivindicación del florentino Meucci, quien murió en 1896, dejando tras sí una triste historia: con mucho dinero, fraudes y la astucia de sus abogados, la rica compañía Bell —hoy ATT— logró comprar a la justicia norteamericana, que retrasó año tras año el proceso judicial emprendido por Meucci y permitió que Graham, para decepción del pueblo norteamericano, se agenciara la patente del teléfono.

Según se recoge en Wikipedia, la denominada enciclopedia libre, los italianos venían defendiendo desde siempre que el inventor había sido su compatriota, al que dedicaron muchos años atrás, junto a Garibaldi, un museo que ahora puede "visitarse" en la red: http://www.garibaldimeuccimuseum.org/. El mundo poco les creía, por aquello de que los grandes inventos tienen muchas patrias. Ahí está el ejemplo de la radio, cuya invención fue reclamada a lo largo de la historia por austriacos, húngaros, alemanes, rusos e italianos.

LOS DÍAS CUBANOS DE MEUCCI

Hasta aquí, el lector medio cubano no encontraría nada digno de asombro. Pero pocos conocen que el verdadero inventor del teléfono vivió 15 años en La Habana, en una época en que comenzó a gestar su genial invento. Así lo documenta el libro "Los días cubanos de Antonio Meucci y el nacimiento de la telefonía", selección de textos de José Altshuler y Roberto Díaz Martín, quienes siguieron en nuestro país las huellas del italiano.

Al terminar sus estudios en la Academia de Bellas Artes, Meucci se ganó la vida como empleado aduanero, hasta que fue contratado por el Teatro de la Pérgola como tramoyista. Su fama de creador de las más variadas máquinas usadas en el escenario lo trajo, junto con su esposa, al teatro Tacón de La Habana, sitio donde desarrolló su pasión por los inventos, el primero de ellos un nuevo método para galvanizar los metales.

A su paso por la Pérgola, Meucci había construido un primer teléfono acústico, una especie de tubo con el cual comunicar desde el escenario hasta 18 metros más alto, y en Cuba descubrió que era posible la transmisión de la voz por vía eléctrica. Un día, mientras trataba la enfermedad de un amigo con choques eléctricos, un método terapéutico que popularizó en La Habana, dejó a este en una habitación y se fue a ultimar detalles en otra. Su amigo le habló y él oyó lo que le decía a través de los cables de cobre que unían las dos habitaciones.

Meucci se dio cuenta de su potencial y pasó la década siguiente perfeccionando el invento. En 1850, en busca de mercado, se trasladó a Nueva York, donde realizó su experimento más sistemático: la artrosis deformante de su esposa, que le impedía moverse, le hizo crear una conexión fija entre su laboratorio, en el sótano, y la habitación de ella en el segundo piso de la casa.

Cuentan sus biógrafos que el escaso conocimiento del inglés y la absoluta falta de fondos le impidieron hacer valer su invención. En el verano de 1871 un peligroso accidente —la explosión del vapor Westfield, en el que regresaba a Nueva York— lo obligaron a alejarse del trabajo y a vivir de la ayuda de sus amigos... Ese fin de año (con los 20 dólares de una colecta) se presentó en la Oficina de Patentes, donde logró depositar una inscripción preliminar del "teletrófono", que requería ser renovado anualmente.

Todavía sorprende la imagen que el museo italiano guarda de su invento, porque es el diseño básico de los primeros teléfonos comerciales. Con él, en 1860, organizó demostraciones prácticas para atraer inversionistas. Por ejemplo, logró que la voz de un cantante se oyera con claridad transmitida a través del aparato. Los periódicos italianos de Nueva York describieron el hecho, pero la trampa de Bell, amparado en las cortes, ya estaba en marcha. Se dice que Edward Grant, entonces vicepresidente de la poderosa empresa de telegrafía Western Union, se negó a asistir a la demostración que le haría el italiano de su "telégrafo parlante". En 1874 Meucci pidió a los ejecutivos de la Western que le devolvieran el material, pero le dijeron que se había perdido. Dos años después, ante el asombro de los que conocían a Meucci, Alexander Graham Bell patentó el teléfono.

Diez años después (1886) se celebró el juicio Meucci vs. Bell. Hasta el Secretario de Estado mostró públicamente que existían pruebas suficientes para atribuir la prioridad al primero y Thomas Alva Edison envió una carta al juez posicionándose a favor de Meucci. Pero en la corte ganó el dinero de Bell y los prejuicios del sistema contra los inmigrantes. Un siglo y 26 años después, sin tiempo para disfrutarlo, Antonio Meucci ha sido reivindicado, pero las causas de su injusto despojo han cambiado poco.

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