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LA VICTORIA
ESTRATÉGICA
(Introducción)
Capítulos
I l
II
l
III
l
IV
l
V
l
VI
l
VII
l
VIII
l
IX
l
X
l
XI
l
XII
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XIII
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XIV
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XV
XVI
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XVII
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XVIII
l
XIX
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XX
l
XXI
l
XXII
l
XXIII
l
XXIV
l
XXV
La Plata
amenazada
(Capítulo
9)
Los
días 19 y 20 de junio fueron
posiblemente los más críticos de toda la
ofensiva. En el transcurso de esas
jornadas, como ya hemos relatado en los
capítulos anteriores, las fuerzas
enemigas lograron ocupar Santo Domingo y
las Vegas de Jibacoa, bases de
operaciones potencialmente muy
importantes para el posterior asalto al
reducto rebelde en el firme de la
Maestra, y alcanzaron una penetración
profunda en el territorio rebelde desde
el Sur después de ser rechazadas por la
pequeña fuerza de Ramón Paz en La
Caridad.
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Fidel y Luis Crespo, responsable
de la armería de la Columna 1, en
El Naranjo. |
Para nosotros, lo peor durante los dos
días, como también hemos visto, fue, por
una parte, la convicción de que al menos
en uno de esos frentes —el de las Vegas—
la resistencia no había sido todo lo
eficaz y decidida que hubiese hecho
falta, y, por la otra, la incertidumbre
ante la carencia de informaciones
precisas de lo que estaba ocurriendo en
el Sur. Pero, incluso, ante esta
realidad, que me provocaba, como es de
suponer, profunda inquietud, hice un
esfuerzo por evaluar serenamente la
nueva situación creada y tomar una serie
de medidas con el fin de aplicar el plan
previsto para una eventualidad de este
tipo.
Incluso, en este momento en que el
enemigo llevaba la iniciativa táctica,
nuestros planes no contemplaban
simplemente la defensa escalonada del
territorio rebelde. En una guerra
clásica, pudiera suponerse que en una
coyuntura así lo que procedía era
aplicar a plenitud las ideas y
estrategias concebidas según las
características del terreno y la
disponibilidad de fuerzas propias.
En
efecto, una de las líneas dominantes en
mis razonamientos estratégicos, desde el
comienzo mismo de la ofensiva enemiga,
era el aprovechamiento del terreno.
Específicamente, el empleo en beneficio
de nuestros planes de la topografía
característica de la Sierra Maestra,
matizada por valles o depresiones
rodeadas de alturas. En la práctica, no
me preocupaba mucho que alguna de las
unidades enemigas lograra penetrar en el
territorio donde se había concentrado la
defensa rebelde, siempre que la unidad
cayera en uno de esos valles o
depresiones. En realidad, no podía dejar
de hacerlo, ya que en los valles de la
Sierra es donde se encuentran dos de los
elementos más importantes para el
sostenimiento de un contingente
relativamente numeroso de tropas, a
saber, el agua y las vías de
comunicación más expeditas, que, aun
cuando discurren en parte de su
recorrido por los firmes de la montaña,
tienden a buscar el curso de los ríos o
arroyos que de manera invariable corren
por el fondo de esas depresiones.
Una
tropa estacionada en un valle de la
Sierra Maestra era blanco propicio para
el establecimiento de un cerco a lo
largo de las alturas circundantes. Con
una ubicación así —y teniendo en cuenta
que un asalto frontal a una altura es
siempre, en todo tipo de guerra, una de
las operaciones más difíciles, y más aún
dadas las características montuosas de
la mayor parte de las laderas de la
Sierra en aquel momento— la tropa
sitiada tenía tanto en teoría como en la
práctica pocas posibilidades de salir de
la situación en que se encontrara si no
contaba con apoyo exterior; en otras
palabras, si no disponía de refuerzos
que acudieran a romper el cerco desde
fuera y ayudar a salir a la tropa
cercada.
Como operación militar, el cerco suele
ser de carácter netamente ofensivo. Su
intención, por lo general, es lograr la
rendición de la tropa sitiada por
hambre, o buscar el agotamiento de sus
recursos defensivos mediante acciones de
desgaste, con el fin de poder lanzar al
final un asalto a la posición cercada,
en caso que fuese necesario. Pero puede
darse otro tipo de cerco, cuyo objetivo
sea solo contener cualquier movimiento
ofensivo de la tropa asediada. Este
último da al cerco, más que un carácter
ofensivo, uno contraofensivo.
La
operación que yo tenía en mente, como
primera fase de la respuesta a la
amenaza planteada por la tropa enemiga
que logró penetrar en Santo Domingo el
19 de junio, pudiera ser caracterizada
como una combinación de estos dos tipos
de cerco.
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Celia, Fidel y Haydée sentados en
un secadero de café, en abril de
1958. |
Desde el día anterior, cuando llegué a
la conclusión realista de que no iba a
ser posible impedir la entrada del
enemigo en ese lugar, en mi mente
comenzó a conformarse el plan de
establecer eventualmente el cerco a la
tropa. Pero no vaya a pensarse que, en
ese momento, el objetivo principal a que
aspiraba era, como instancia inmediata,
la captura de la fuerza enemiga que iba
a ser cercada, lo cual solo podría
lograrse mediante un asalto frontal. Era
obvio que a esas alturas la correlación
de fuerzas no nos permitía emprender una
acción de tal naturaleza, que, por otra
parte, podría provocar un número
considerable de bajas en nuestras filas.
El enemigo mantenía aún la iniciativa y
sus tropas se encontraban más o menos
intactas, avanzaba de manera simultánea
desde tres direcciones. Nosotros no
estábamos en condiciones de concentrar
en una operación, por un tiempo
relativamente prolongado, la cantidad de
fuerzas necesarias para establecer una
correlación local adecuada. Eso
significaría debilitar demasiado las
líneas defensivas opuestas a las otras
direcciones de ataque del enemigo, lo
cual podría traer consecuencias
desastrosas.
El
cerco que tenía en mente, en esta
primera fase, era fundamentalmente de
contención. No había sido posible evitar
la penetración en el territorio rebelde.
Lo que cabía hacer ahora era no dejar a
esa fuerza enemiga dar un paso más, ni
adelante ni atrás. En otras palabras,
para utilizar la expresión que yo mismo
empleé en el mensaje al Che del 18 de
junio, ya citado, de lo que se trataba
era de "embotellar" al enemigo. O como
le escribí a Suñol ese mismo día, antes
de la ocupación de Santo Domingo por los
guardias:
Caso que los soldados
bajen por el Cacao y logren entrar en S.
D. [Santo Domingo] después de combatir
con Paco [Cabrera Pupo], entonces no los
vamos a dejar seguir ni para abajo ni
para arriba ni para adentro de la
Sierra, no quedándoles otro camino que
regresar por donde han venido si [no] es
que se lo tapamos también, cosa que no
resultaría muy fácil porque ese firme
[el alto de El Cacao] está completamente
pelado.
No
obstante, ese cerco podría desempeñar
también un papel ofensivo en la medida
en que fuera capaz de desgastar y
desmoralizar al enemigo atrapado en
Santo Domingo, así como, preparar los
medios necesarios para golpear o
destruir los refuerzos enviados en su
auxilio. De esa manera, tal vez crearían
condiciones propicias para, en una
segunda instancia, lograr la rendición
de la tropa sitiada.
La
fluida situación táctica que se produjo
el día 19 me obligó a variar
provisionalmente este plan, al menos en
lo que se refería al cierre del camino
del río Yara, aguas abajo de Santo
Domingo, para el que había pensado
utilizar la pequeña fuerza de Félix
Duque, y ya había dado las órdenes
pertinentes. No podía pensarse por el
momento en la ocupación del alto de El
Cacao, aparte del hecho de que estuviera
"completamente pelado", mientras
existiese aún alguna tropa enemiga
considerable en la zona de El Verraco.
Cualquier fuerza rebelde estacionada en
aquel alto quedaría entre tres fuegos:
por delante desde Santo Domingo, por
detrás desde la dirección de El Verraco
y El Cacao, y por arriba desde el aire,
en un firme donde no había posibilidad
de encubrimiento contra un ataque de la
aviación.
Por
estas razones, el plan de cercar a la
tropa de Santo Domingo no se ejecutó en
su totalidad desde los primeros
momentos. Como ya mencioné, la vía del
río quedó descubierta, y lo seguiría
estando en los días siguientes por la
necesidad prioritaria de cerrar todos
los accesos al firme de la Maestra al
oeste de Gamboa. El alto de El Cacao
sería ocupado de nuevo el 29 de junio,
después de que el resto de la tropa
enemiga ubicada del otro lado cruzara y
se incorporara a la de Santo Domingo.
En
su lugar, lo que se estableció de
inmediato fue una línea defensiva de
contención que abarcaba las direcciones
por las que no se podía permitir de
ninguna manera un avance ulterior del
enemigo. Estas dos direcciones fueron,
por supuesto, la del curso superior del
río Yara y la del firme de El Naranjo,
que conducían de manera más o menos
directa a una penetración a fondo en el
"territorio básico" rebelde.
En
cuanto al firme de El Naranjo, la misión
de impedir todo avance ulterior
correspondía, en un primer momento, a la
misma tropita de Paco Cabrera Pupo que
combatió en La Manteca, a la que se
había incorporado el grupo a las órdenes
de Huber Matos, reforzada ahora por el
de Geonel Rodríguez, llegado
inmediatamente después de ese combate.
Pero en los días subsiguientes a la
entrada del enemigo en Santo Domingo fui
fortaleciendo de manera progresiva esta
línea con la incorporación de nuevas
fuerzas extraídas de otras zonas de
operaciones.
Como parte de este reforzamiento
defensivo en el área del alto de El
Naranjo, alrededor del día 22, ubiqué
personalmente a la escuadra de Dunney
Pérez Álamo, que había estado en la
playa de La Plata como parte de las
fuerzas de Pedro Miret y a la que había
ordenado permanecer en la zona de la
Comandancia de La Plata después de su
retirada en ocasión del desembarco de la
Compañía G-4 en ese lugar el día 20. Las
nuevas posiciones de este personal
serían en la bajada de El Naranjo, del
otro lado, y muy cerca del firme de La
Plata, en el punto donde entroncaban el
camino de El Naranjo con el de Los Mogos.
La gente de Álamo debía cubrir
cualquiera de esas dos direcciones en
caso necesario. Este grupo, de unos 20
hombres, también permanecería por el
momento en condición de reserva para ser
utilizado según las circunstancias y,
posteriormente, formaría parte del cerco
en Santo Domingo.
Mandé también a buscar una escuadra
perteneciente a las fuerzas de Camilo,
la cual fue separada del resto de esa
tropa y quedó en la zona de Agualrevés
con Ramiro; la ubiqué cerca y a la
izquierda de la posición de Lalo
Sardiñas, al comienzo del firme de Los
Mogos. Esta escuadra, de unos seis o
siete hombres, estaba al mando de Zenén
Meriño.
El
día 26 envié también al firme de El
Naranjo a nuestra principal arma pesada,
la "artillería": la escuadra de la
ametralladora calibre 50 al mando de
Braulio Curuneaux. En los días finales
del mes de junio situé al pelotón de
René Ramos Latour, Daniel —quien
había llegado el día 23 a La Plata al
frente de un grupo de refuerzo
procedente de Santiago de Cuba—, más o
menos a mitad de distancia entre esas
posiciones y el alto de la Maestra, como
segundo escalón de reserva que entraría
en acción en caso necesario. Esta
relativa concentración de fuerzas
demuestra la importancia concedida a la
defensa de la subida de El Naranjo, la
vía más directa para el asalto al firme
de la Maestra en las cercanías de La
Plata.
Todas las escuadras de la primera línea
de contención hubieran estado
subordinadas a Paco Cabrera Pupo, salvo
el grupito de Zenén Meriño, que por su
ubicación se subordinaría al mando de
Lalo Sardiñas en Pueblo Nuevo. Pero,
precisamente por estos días, Paco
Cabrera Pupo enfermó, con un dolor
apendicular agudo en el costado derecho,
y tuvo que retirarse; como consecuencia
de esto, no pudo asumir funciones de
combatiente durante el resto de la
ofensiva. En ausencia de Paco, no me
quedó otra alternativa que confiar el
mando general de esta línea a Huber
Matos.
El
día 20, el grupo de Paco Cabrera Pupo se
había trasladado al otro lado del arroyo
de El Naranjo, y ocupado posiciones en
el camino que sube por el arroyo, un
poco más arriba de la casa de Clemente
Verdecia, la misma que había servido
hasta pocos días atrás de taller de
confección de bombas y reparación de
armas. En ese lugar se podía hacer
resistencia tanto en el caso de que los
guardias intentaran subir por el arroyo
para ocupar El Naranjo, como en el de
que tomaran hacia el firme, pues ese
camino salía unos 100 metros detrás de
la posición ocupada por Paco.
Fue
de allí de donde Paco Cabrera Pupo se
tuvo que retirar el día 22 ó 23 hacia La
Plata. Durante esos dos o tres días, el
enemigo no intentó entrar por El
Naranjo. Se limitó a hacer algunas
exploraciones por las faldas de los
estribos que caen sobre la margen
izquierda del Yara, a los lados del
arroyo de El Naranjo.
Después que Huber Matos asumió el mando,
di la orden de dividir el grupo en tres.
Una pequeña escuadra de cuatro o cinco
hombres, al mando de Paco Cabrera
González, ocupó dos trincheras
existentes en el punto donde el camino
que subía al firme de El Naranjo entraba
en el monte y comenzaba a ascender,
después de dejar atrás las primeras
casas de El Naranjo y un tramo de
potrero. La escuadra de Geonel Rodríguez
se ubicó en el mismo alto de la loma de
Sabicú, a la izquierda del camino. Huber
Matos, por su parte, se instaló con el
resto del personal en otras trincheras
en un punto intermedio de la subida al
firme, en pleno monte de la falda de
Sabicú.
La
idea de esta distribución era cubrir dos
de las posibilidades de avance de los
guardias, en caso de que intentaran
subir al firme de El Naranjo, a saber,
por el camino —faldeando la loma de
Sabicú— o de frente, a monte traviesa,
para ganar directamente el alto de
Sabicú. En cada caso chocarían con los
grupos de abajo y de arriba,
respectivamente, mientras que la función
del grupo intermedio de Huber Matos era
reforzar arriba o abajo, donde hiciera
falta. La escuadra de Geonel, además,
debía prevenir la posibilidad de que el
enemigo intentara ganar el firme por la
falda opuesta a El Naranjo, esto es, por
la ladera del arroyo de Los Mogos.
Muchos de nuestros combatientes, a
quienes correspondió ocupar posiciones
en esta línea, encontraron sus
trincheras ya hechas. Esta falda del
firme de El Naranjo, por su proximidad a
las instalaciones de la Comandancia de
La Plata, había sido uno de los lugares
donde trabajamos con más intensidad en
la preparación del terreno, con vistas a
la defensa del corazón de nuestro
territorio.
Colateral al firme de El Naranjo estaba
el estribo del firme de Gamboa, que
muere en el río Yara frente a Santo
Domingo, allí donde se había situado
primero Paco Cabrera Pupo inmediatamente
después del Combate de La Manteca. Al
pasar Paco al estribo de El Naranjo,
envié a Félix Duque a cubrir esta otra
importante vía de posible acceso al alto
de la Maestra por esta zona. La escuadra
de Duque, que en ese momento contaba con
no más de 10 hombres, se ubicó muy cerca
de la mitad del camino entre el río Yara
y el alto de la Maestra.
Otra entrada a la propia Maestra que
podía ser utilizada por los guardias era
la vía de los lugares conocidos como El
Cristo y El Toro, por donde se accedía
al firme de la llamada tiendecita de la
Maestra, ubicada en la zona de Jiménez,
entre La Plata y Mompié. Este acceso fue
cubierto de inmediato por la escuadra de
Eddy Suñol, cuyas posiciones en
Providencia carecían de sentido después
de la entrada del enemigo en Santo
Domingo.
En
lo que respecta a la segunda vía
principal, la de río arriba, desde el 18
de junio, cuando recibí las primeras
informaciones no confirmadas —que
resultaron inciertas— de que el enemigo
ya había penetrado en Santo Domingo, le
ordené a Lalo Sardiñas que bajara con
sus hombres por La Jeringa y se situara
lo más cerca posible de los guardias por
el camino del río. Los hombres de Lalo
realizaron a marcha forzada, esa misma
noche, la difícil y agotadora caminata
por Loma Azul, y llegaron al río Yara, a
la altura de la finca de Gustavo Sierra
en Santana, al amanecer del 19, casi al
mismo tiempo en que comenzaban los tiros
en La Manteca. Al día siguiente, ya
habían tomado posiciones en la zona de
Pueblo Nuevo, a poco menos de dos
kilómetros aguas arriba de la casa de
Lucas Castillo en Santo Domingo, donde
Sánchez Mosquera instaló su puesto de
mando.
Cualquier tropa estacionada en Santo
Domingo tenía cuatro rutas posibles en
caso de que su intención fuese penetrar
más profundamente en el territorio
rebelde. Tres de ellas conducían de
forma directa al firme de la Maestra. La
más occidental era la que subía por todo
el estribo de Gamboa, cuyo acceso estaba
cubierto por Duque. La seguía hacia el
Este, la vía que tomaba por el arroyo de
El Naranjo y la falda de la loma de
Sabicú hasta el firme de El Naranjo, y a
lo largo de este hasta el alto de la
Maestra, muy cerca de la Comandancia de
La Plata y de las instalaciones de Radio
Rebelde. La tercera de estas rutas era
un sendero que salía de Pueblo Nuevo,
más allá del arroyo de Los Mogos, y
entroncaba con el camino de El Naranjo
cerca del firme de la Maestra. La unión
de estas dos vías era la posición
defendida por Álamo. Por último, la
cuarta ruta probable era seguir aguas
arriba por el camino del río Yara, con
intención después de desviarse a la
derecha hacia el firme, bien por el
camino que subía por Santana o bien por
La Jeringa, a ganar la Maestra cerca del
alto de Palma Mocha. La ruta de Gamboa
llevaría al enemigo al oeste de la
Comandancia; y las de Santana o Palma
Mocha, al este. Conducían directamente a
la zona de la Comandancia los caminos de
El Naranjo y de Los Mogos, que se unían,
como se ha dicho, muy cerca del firme.
La
posición que le ordené tomar a Lalo
Sardiñas a la altura de Pueblo Nuevo
tenía precisamente como objetivo cubrir,
tanto la eventual subida de la tropa
enemiga río arriba, como la posibilidad
de un intento de ascender por el camino
de Los Mogos. En un mensaje que le envié
al amanecer del día 21, le di
instrucciones expresas a Lalo para que
se posicionara más abajo del sendero de
Los Mogos, que sería, además, su vía de
retirada en caso necesario, y le
advertí:
Es preciso combatir
duro. Cada pedazo de terreno que se
retroceda tiene que ser después de
haberlo defendido duramente. Cuando
estés ya en el trillo que sube a la
Maestra tienes que parapetarte y no
dejarlos pasar.
A
toda costa había que impedir que el
enemigo alcanzara el firme de la
Maestra, del cual aparentemente lo
separaba solo un paso. Yo estaba
convencido de haber evaluado de un modo
certero las intenciones enemigas, y
estaba dispuesto a hacerle pagar bien
caro ese paso. Se trata, quizás, del
momento más crítico, en el orden
táctico, de toda la ofensiva. No
obstante, se mantenía inalterable mi
confianza en la capacidad defensiva de
las fuerzas rebeldes en esa zona. Al Che
le informo el propio día 20:
La situación aquí ha
mejorado algo pero sigue todavía
imprecisa.
La tropa de la casa de
Lucas no se ha movido un metro hacia
arriba o hacia Naranjo donde están
nuestras emboscadas prácticamente dobles
[...]. Lalo está ya en Santo Domingo
cuidando el camino por ese lado [...].
Lalo, en definitiva, temiendo que en
caso de un encuentro los guardias
pudieran alcanzar una altura en la
margen derecha del río desde la cual
podrían batir o envolver la emboscada
rebelde, ocupó una posición
aproximadamente 200 metros más atrás de
la indicada, pero todavía delante del
camino de Los Mogos. Allí había
distribuido los 23 hombres de su tropa a
los lados del río y del camino, entre
los cafetales cercanos a la casa del
colaborador campesino Mario Maguera. De
este lugar a la casa de Lucas Castillo,
donde tenía instalado Sánchez Mosquera
su puesto de mando, había unos 1 200
metros por el río.
En
aquel momento, el pelotón de Lalo
Sardiñas contaba apenas con 11 armas, de
las cuales unas siete se podían
considerar más o menos efectivas. Las
demás eran escopetas y mosquetones
Máuser. En cuanto a parque, las armas
más provistas disponían de entre 60 y 80
tiros. Uno de los fusiles contaba tan
solo con ocho tiros. El aspecto general
de esta pequeña tropa, mal vestida y
peor calzada, provocó que muchos
combatientes rebeldes se refirieran a
ella como "los descamisados". Por otra
parte, aunque ya en ese momento la
situación había mejorado
considerablemente gracias a la ayuda del
propio Mario Maguera y, sobre todo, de
Feliciano Rivero —un haitiano cuyo chalé
estaba construido sobre la margen
izquierda del río, unos 600 metros más
atrás de la emboscada—, las largas
semanas que permanecieron en la zona de
Los Lirios habían sido difíciles para
ellos en cuanto a la alimentación.
Dentro de la disposición operativa
prevista en el plan de operaciones del
Ejército, la fuerza de choque al mando
del teniente coronel Sánchez Mosquera
estaría compuesta por su batallón —el
número 11— y por el Batallón 22, a las
órdenes directas del comandante Eugenio
Menéndez. Esta segunda unidad tendría en
un inicio la misión de marchar a la zaga
de la otra, para asegurar su retaguardia
y sus líneas de abastecimiento.
Después del 12 de junio, al producirse
el cambio de dirección en el avance del
Batallón 11, la otra unidad varió
también la ruta de su marcha y siguió la
misma que tomó Sánchez Mosquera. Entre
los dos batallones se mantenía siempre
una distancia aproximada, equivalente a
dos días de marcha.
El
19 de junio, el Batallón 22 se
encontraba en El Verraco. Recibí la
confirmación de esta noticia en un
mensaje que me envío Lalo Sardiñas al
llegar a La Jeringa, donde me informaba
con bastante precisión que se trataba de
una tropa de 300 hombres. El propio día
19, Almeida también me comunicó sobre la
presencia de esta tropa en El Verraco y
apreció, erróneamente, que se movía en
dirección a Estrada Palma.
Esta situación fue motivo de inquietud
para nosotros durante los días críticos
del 19 y el 20 de junio. A Lalo le
ordené que dejara algunos hombres en el
alto de San Francisco, para prever la
posibilidad de que esta fuerza enemiga
intentara el cruce hacia el río Yara por
una ruta paralela a la de Sánchez
Mosquera, pero mucho más al Este, con lo
cual caería a la retaguardia de la
posición que le había ordenado ocupar al
propio Lalo en Pueblo Nuevo y crearía
una situación sumamente complicada. El
20 de junio le comuniqué esta
preocupación al Che. En el mensaje que
le mandé califico la probabilidad de ese
movimiento como un "factor nuevo que
puede presentarse" y que alteraría otra
vez mi plan. Y al día siguiente, en otro
mensaje a Paz, que estaba en el frente
sur, volví sobre el mismo tema:
Por el momento no hay
peligro de que suba tropa desde Santo
Domingo hacia la Maestra por el camino
de Palma Mocha [el de Santana], pues la
tropa enemiga que llegó a Santo Domingo
la tenemos medio embotellada en casa de
Lucas [Castillo], pero ese peligro puede
surgir si del Verraco o del Cacao,
entran tropas por San Francisco o la
Jeringa hacia los cabezos del río Yara,
Santo Domingo arriba.
Cuando esa situación se
presente confío resolverla si Cuevas
acaba de aparecer con su pelotón y los
reclutas que llevó. Ni qué decir tiene
que si además llega Camilo entonces
vamos a abusar de los guardias.
En
realidad, como quedará demostrado por
los hechos, mi apreciación acerca del
punto de destino de esta fuerza era
correcta. Lo que varió fue la ruta
escogida. Apenas se resiste la tentación
de especular lo que hubiera ocurrido si
el Batallón 22 hubiese intentado hacer
el cruce hacia el río Yara por el alto
de San Francisco. Tal vez no lo hicieron
porque el mando enemigo consideró que
esa vía estaba muy defendida, cuando lo
cierto era que en ese momento no había
nadie cuidando el camino de San
Francisco. Lalo no recuerda haber dejado
personal en aquel momento en esa
posición.
El
21 de junio, Guillermo García, quien
había venido siguiendo una ruta paralela
al enemigo por los firmes desde que se
produjo el cambio de dirección, estaba
por la zona de Agualrevés y La Jeringa,
e informó que la tropa se encontraba a
la altura de Rancho Claro. Con la
llegada del capitán Guillermo a esta
zona se aliviaba un tanto la amenaza
táctica, pues los combatientes de que
disponía podían ofrecer una primera
resistencia efectiva en caso de que el
enemigo intentara el cruce hacia el río
Yara.
Teniendo en cuenta la situación
planteada por estas dos fuerzas
enemigas, y previendo además el cerco
que yo pensaba tender alrededor de Santo
Domingo, le había ordenado a Andrés
Cuevas que se posicionara en la zona de
Rascacielo, a poco más de un kilómetro
al este del firme de La Plata. Cuevas
llegó a ese lugar el día 22. Desde allí
podía actuar como reserva, en cualquiera
de las dos direcciones en que su
presencia como refuerzo fuese necesaria,
ya que estaba más o menos equidistante
de Santo Domingo y de La Jeringa. Los
hombres de Cuevas llegaron a Rascacielo
después de otra fatigosa jornada desde
el alto de La Caridad. La situación
material de esta tropa rebelde era
bastante difícil. Como se recordará,
habían perdido sus mochilas en La
Caridad, capturadas por los soldados del
comandante Quevedo, el 19 de junio.
Cuevas me escribió el día 23:
[...] lo que necesitamos es que nos
mande algo con que abrigarnos, que
anoche 9 hombres no pudimos dormir
porque hace aquí mucho frío y no tenemos
nada, y sobre los zapatos Ud. sabe que
con las caminas que hemos dado habemos
unos cuantos que están descalzos. De
mercancías tenemos un hombre que nos
sirve viandas, nos hace falta sal y si
no un poco de carne salada de la de Yeyo
[Gello Argelís] que esa nos sirve y
también unos frijoles.
A
despecho de estas penurias, la
disposición combativa del bravo capitán
rebelde y sus hombres no había decaído:
"[...] este es un buen lugar para
esperar los soldados", me decía Cuevas
en el mismo mensaje.
Salvo pequeñas patrullas de exploración
que enviaba a corta distancia de su
campamento, Sánchez Mosquera no realizó
ningún movimiento durante varios días
después de su entrada en Santo Domingo.
Todo parecía indicar que, de acuerdo con
un plan preconcebido, estaba esperando
la llegada del segundo batallón, que
componía su fuerza de asalto, antes de
dar el siguiente paso.
Pero no todo era tiempo perdido para
este teniente coronel que había ganado
sus estrellas asesinando campesinos.
Ante la inminencia de la llegada de los
guardias, Lucas Castillo había
abandonado su casa, junto con toda su
familia, y se había refugiado en el
monte. Sánchez Mosquera le envió un
recado con una de sus hijas: "Dile al
viejo que regrese a su casa, que cómo va
a estar pasando trabajo en el monte, que
no tiene nada que temer".
Lucas Castillo, ingenuamente, confió en
esa palabra y se presentó a los pocos
días. Los detalles de lo que ocurrió
después nadie puede testimoniarlos a
ciencia cierta. El caso es que tras la
presurosa retirada de Sánchez Mosquera a
finales de julio, el cadáver de Lucas
Castillo, baleado y bayoneteado,
apareció en una de las decenas de tumbas
cavadas en el cafetal contiguo a su
propia casa, que sirvió de improvisado
cementerio para las múltiples bajas y
víctimas inocentes de los guardias.
Junto con el anciano, fueron masacrados
otros cuatro campesinos, dos de ellos
miembros de su familia, con los que el
oficial asesino quiso saciar su vesania
o vengar cobardemente su impotencia.
Estos días de inactividad en Santo
Domingo coincidieron, en otros frentes,
con el desembarco del grueso del
Batallón 18 en la boca de La Plata, y el
inicio de la penetración de esa fuerza
enemiga a lo largo de todo el río desde
el Sur. Sin embargo, no será sino hasta
el día 26 por la noche cuando llegarán
las tropas de Quevedo a Jigüe y
establecerán campamento en ese lugar. En
cuanto al sector noroeste, después de la
ocupación de las Vegas de Jibacoa el día
20, las fuerzas enemigas no habían
realizado ningún otro movimiento de
significación.
Por
tanto, en los días inmediatamente
posteriores al 20 de junio, el peligro
principal, en el orden táctico, estaba
planteado por las fuerzas enemigas
ubicadas en Santo Domingo, las que
habían penetrado más a fondo y se
encontraban, al parecer, a un paso del
corazón del territorio rebelde.
El
24 de junio, cinco días después de la
llegada de Sánchez Mosquera a Santo
Domingo, ocurrió un hecho al parecer
intrascendente, pero que ejerció una
influencia considerable en los
acontecimientos posteriores.
A
media mañana de ese día, una patrullita
de tres guardias a caballo se acercó por
el río hasta el arroyo de Los Mogos, y
comenzó a subir por la margen izquierda.
Al parecer, más que con ánimo de
explorar, se habían aventurado hasta
allí, a un kilómetro de las últimas
líneas del perímetro del campamento
enemigo en Santo Domingo, en busca de
unas reses y unos mulos que, según
noticias recibidas, andaban sueltos por
la zona. Este ganado significaba comida
para el campamento, donde nunca venía
mal un suplemento alimentario, que se
sustraía de la población campesina y de
los rebeldes. Los tres guardias
avanzaban confiados; los fusiles
amarrados en las monturas.
Evidentemente, no tenían información
sobre la existencia de rebeldes en ese
lugar, o no creían probable que
estuvieran tan cerca del campamento
enemigo.
Los
hombres de Lalo Sardiñas estaban en sus
posiciones a lo largo de la carrera de
Júpiter que sube por el lomo del
estribo. Llevaban cuatro días allí,
esperando en cualquier momento ver la
aparición del batallón completo acampado
en Santo Domingo. Al ver acercarse a los
soldados a caballo, uno de los
combatientes de Lalo disparó su arma.
Otros rebeldes creyeron que era la señal
para abrir fuego y comenzaron también a
disparar.
Los
tres guardias, sorprendidos y asustados,
viraron grupas y trataron de escapar.
Una de las bestias cayó herida, pero el
jinete saltó a tiempo, agarró su fusil y
siguió corriendo loma abajo junto a sus
dos compañeros, hasta que se perdieron
en el monte de la orilla del río.
Todavía sonaban disparos cuando a lo
largo de la fila rebelde se corrió la
voz de retirada. Al parecer, en la
confusión general, alguien creyó que
Lalo había dado la orden. Los
combatientes comenzaron a ascender por
el arroyo de Los Mogos y se reunieron en
la casa del campesino Nando Alba. Allí
les llegó por la tarde mi orden de que
subieran todos a La Plata.
Yo
recibí las primeras informaciones sobre
este tiroteo apenas dos horas después.
La primera versión que llegó a La Plata
estaba magnificada. A tal punto era así,
que a las 11:15 de la mañana del día 24,
en un mensaje a Paz, le escribí:
Ya le hemos dado otro
combate a los guardias, en el mismo
Santo Domingo, en casa de Mario [Maguera]
y tuvieron que retroceder de nuevo a
casa de Lucas. No hemos abandonado el
río.
Sin
embargo, poco después, el incidente fue
cobrando su verdadera dimensión. Me fui
enterando de que se trató de unos tiros
desorganizados a una patrulla de tres
guardias a caballo, que se gastaron
balas y no se ocuparon armas ni parque.
Se delató, pues, una posición sin
obtener nada a cambio. Pero me enteré,
además, de que el grupo rebelde se había
retirado sin justificación, a pesar de
mis constantes exhortaciones, en el
sentido de que cada pulgada de terreno
tenía que ser defendida con las uñas y
los dientes, y no podía ser cedida más
que cuando no quedara otro remedio. El
incidente podía echar a perder el plan
de cerco que ya en ese momento estaba
elaborando. No era, por cierto, de buen
humor como mandé buscar a Lalo y a sus
hombres.
Supe después que en la Sierra fueron
siempre famosos y temidos mis disgustos
ante cualquier manifestación de
incompetencia, indisciplina o
negligencia. Supongo que ya se sabía que
yo no me mordía la lengua cuando tenía
delante al responsable, aunque, por lo
general, media hora después estaba
bromeando con él o —como se dice—
suavizando un poco el regaño. Quería
hacerlos pensar, hurgar en su vergüenza,
no herirlos; todos eran absolutamente
voluntarios y sus sacrificios eran
grandes. En este caso, me consta que los
que recibieron mi reprimenda aquella vez
todavía se estremecen al recordarlo.
Debe ser que estaba tan molesto con lo
ocurrido que fui particularmente duro.
No
recuerdo de manera exacta todo lo que
les dije a los miembros del pelotón de
Lalo. Me parece que de lo que menos los
acusé fue de ser unos comevacas, un
calificativo muy duro entre los
combatientes. Estuve a punto de pasarle
las armas a otros ansiosos por luchar,
lo cual constituía el más duro castigo
que podía aplicarse. Pero les manifesté
que tendrían que regresar a la misma
posición, y que no podían dejar pasar
por allí al enemigo, vinieran cuantos
vinieran; que tenían que fortificar sus
posiciones, y que no podían dar un paso
atrás; si los guardias lograban romper
la defensa por ese lugar sería porque ya
no quedaría uno solo de ellos; al que
subiera en retirada lo estaría esperando
yo con una calibre 50 en el alto. Nunca
le hablé así a nadie. ¡Qué trabajo me
costó enviarlos otra vez a aquel punto
crítico!
Esperaba a los hombres de Cuevas para
darles la tarea, pero no habían llegado
todavía.
A
algunos de los combatientes del grupo de
Lalo se les llenaron los ojos de
lágrimas de coraje y vergüenza. Otros
argumentaron que habían recibido la
orden de retirada, pero que estaban
dispuestos a volver a la posición. Al
poco rato, después de haberme calmado un
poco, les di algunas balas y dos minas,
y los mandé de regreso.
Los
acontecimientos posteriores parecen
indicar que el tremendo regaño mío
cumplió su papel. Por lo visto, mis
palabras calaron hondo en el amor propio
de aquellos rebeldes. Los combatientes
del pequeño grupo de Lalo Sardiñas
regresaron a ocupar sus posiciones
dispuestos, en efecto, a morir todos
antes que dar un solo paso atrás.
Algunos de ellos, incluso, según supe
después, hicieron un secreto juramento
colectivo de que la próxima vez no
habría retirada, aunque la orden fuese
dada.
Lalo no ocupó exactamente la misma
posición. Esta vez situó a sus hombres
cerrando el camino del río, a los dos
lados, unos 350 metros más atrás. En el
propio cauce del río, donde el camino
cae al agua desde la margen derecha en
uno de los innumerables pasos de su
serpenteante recorrido, se distribuyeron
entre las piedras Lalo y la mayor parte
de sus hombres. Otros se ubicaron entre
las sombras y los troncos del umbroso
cafetal de la margen izquierda. Del otro
lado, en el cafetal de la margen
derecha, un tercer grupo cerró la U de
la emboscada. Pocos metros más atrás de
nuestra línea, asciende hacia el firme
de Los Mogos el camino que entronca
arriba con el del firme de El Naranjo.
En
el firmecito de la carrera de Júpiter,
de la parte izquierda del arroyo, se
ubicó la escuadra de siete hombres al
mando de Zenén Meriño, que pertenecía a
la tropa de Camilo. La escuadra había
aparecido días antes por la zona de
Agualrevés, y Ramiro me la había enviado
a La Plata. Era parte del reforzamiento
de la zona que yo había solicitado y
Camilo mandó por delante. Di
instrucciones de ubicarla en un trillo
que subía a la Comandancia.
Al
otro lado del río, a la altura de la
casa del campesino Benito García, los
combatientes de Lalo Sardiñas colocaron
una de las minas, cuyo funcionamiento
estaría a cargo de Joaquín La Rosa,
desde el cafetal de la izquierda. La
emboscada, así conformada en Pueblo
Nuevo, resultaba una trampa mortífera.
Como ya expliqué, a los pocos días de la
llegada de los guardias a Santo Domingo
comenzamos a ejecutar el plan de cerco
de esa tropa. Decidí aplicar la táctica
de encerrar y hostilizar al enemigo en
su campamento, con el fin de provocar el
envío de refuerzos desde fuera o un
intento de ruptura del cerco desde
dentro. En cualquiera de los dos casos
el enemigo sería sorprendido en
movimiento por las emboscadas
convenientemente situadas en todas las
vías de acceso o retirada.
Esta era, por supuesto, la táctica que
habíamos ido aplicando y perfeccionando
durante la guerra y que terminaríamos de
perfilar en todos sus detalles en la
lucha contra la ofensiva enemiga, hasta
alcanzar su éxito más rotundo y su
ejecución más limpia en la Batalla de
Jigüe, y hacia el final de la guerra en
la Batalla de Guisa. Pero todavía en
este momento, Quevedo no había penetrado
desde el Sur, y las tropas de Las
Mercedes y las Vegas no daban nuevas
señales de actividad.
En
los días posteriores al 20 de junio,
como ya dije, el Batallón 11
representaba el peligro inmediato y más
cercano para las posiciones esenciales
del territorio rebelde.
Mi
intención inicial, en efecto, era
declarar un cerco en toda regla a las
fuerzas enemigas acampadas en Santo
Domingo, lo cual provocaría, quizás, el
envío de refuerzos desde Estrada Palma.
Ningún ejército puede dejar abandonada
una tropa a su suerte sin correr el
riesgo de que su moral combativa y sus
planes concluyan por derrumbarse. Lo que
debía lograrse era crear líneas lo
suficientemente sólidas que fuesen
capaces, en el caso de que llegaran los
posibles refuerzos, no solo de
detenerlos, sino también de destruirlos
y, en cuanto a la tropa sitiada, de
mantener una presión apreciable que
lograra el desgaste y la desmoralización
del enemigo, y estar en condiciones de
darle un golpe final a la posición
cercada si las condiciones fuesen
favorables.
A
la altura del día 24, cuando ocurrió el
incidente de los tres guardias a
caballo, ya estábamos dando los pasos
para completar la organización del
cerco. "Estoy planeando una encerrona
buena", le escribí a Paz ese día. En
este mismo mensaje le pedí al capitán
rebelde que me enviara para el día
siguiente la ametralladora calibre 50 de
Braulio Curuneaux: "[...] para cuyo uso
tengo formidables posiciones y puede
decidir el éxito del plan". A la otra
calibre 50 se le partió una pieza que no
pudo ser resuelta, pero la de Curuneaux
heredó todas las balas.
Los
guardias se habían atrincherado bien
alrededor de la casa de Lucas Castillo.
Hacía falta sacarlos de sus cuevas con
el fuego pesado de la "artillería"
rebelde.
Desde la loma de Sabicú se dominaba el
campamento enemigo, a unos 400 metros en
línea recta y abajo. Curuneaux se
instaló el día 26 de junio en el firme
de El Naranjo, unos 100 metros detrás
del alto de Sabicú.
El
propio día 24 mandé a buscar también la
escuadra de Roberto Elías, que cuidaba
el camino de Palma Mocha más arriba de
la casa de Emilio Cabrera. Para ese
momento se había determinado que no
quedaban guardias en esa dirección. La
escuadra de Elías fue asignada como
refuerzo a Duque en el firme de Gamboa.
Al
día siguiente, Camilo llegó con 40
hombres a El Descanso, y así me lo
informó: "Siguiendo sus instrucciones
voy hacia Santo Domingo", me escribió,
"[...] vamos un poco lentos, todos
estamos agotados, los hombres hacen un
esfuerzo grande, hace 10 noches no
dormimos [...]". Debo decir que recibí
esta noticia con extraordinaria alegría.
Yo sabía bien que con la llegada de
Camilo podía contar con un jefe
experimentado, valiente y responsable, y
con una tropa decidida y aguerrida cuya
participación en el plan de cerco
significaba una inyección de fuerzas
importante. "Me alegro muchísimo de tu
arribo", le contesté a Camilo el día 27
en un mensaje en el que le indicaba que
prosiguiera la marcha hasta la casa del
Santaclarero en La Plata, donde yo
estaba en ese momento. Y le agregué:
"Has llegado en el momento más
oportuno". El 27, Camilo alcanzó la zona
de La Jeringa, a unas dos leguas de
camino de La Plata. Desde allí me
escribió: "Todos queremos nos dé el
lugar donde más haya que pelear y le
prometo que no subirán, a no ser cuando
se termine el parque, y sabremos
ahorrarlo".
Ese
mismo día le ordené a Guillermo García
que se moviera con todo su personal al
alto de San Francisco. Una vez allí,
esperaría la llegada de otras fuerzas
que estaba reuniendo —algunas de ellas
debía enviarlas Almeida— y ocupar El
Cacao. La intención de este movimiento
era tener a Guillermo en posición de
cerrar una de las dos vías más probables
de llegada de refuerzos a Santo Domingo
desde Estrada Palma. Para la otra ruta,
que era el camino del río, tenía pensado
utilizar a Camilo, con una emboscada en
Casa de Piedra.
La
escasez de fuerzas rebeldes en este
sector me obligaba a replantear con
rapidez la disposición de nuestros
combatientes para el cerco. A la altura
del 27 de junio, estaba considerando
mover al personal de Lalo para la zona
de La Manteca, y cubrir las posiciones
de Pueblo Nuevo con la gente de Cuevas.
A Suñol le ordené bajar al río Yara y
ocupar la región de Leoncito, pues con
Camilo en el camino de Casa de Piedra
—hacia donde pensaba mover también a
Duque— no parecía ser necesaria la
presencia de aquel personal en la subida
de El Cristo. Con estos movimientos, el
cerco de Santo Domingo quedaría casi
totalmente conformado.
Sin
embargo, como demostración de lo fluida
que resultaba ser la situación general
en estos días finales de junio, ese
mismo 27 se produjo la penetración por
parte de la tropa enemiga estacionada en
las Vegas de Jibacoa hasta Taita José,
con lo cual —como se verá en detalle en
un capítulo posterior— los guardias no
solo podían flanquear las posiciones de
Suñol y avanzar en dirección a La Corea
y el firme de la Maestra a la altura de
la tiendecita, sino que también
resultarían amenazadas desde la
retaguardia las posiciones que se
ocupasen en Casa de Piedra. Por esa
razón, Suñol debió mantenerse en El
Cristo a la expectativa.
Guillermo, jefe experimentado, llegó al
alto de San Francisco el 28 de junio. De
inmediato dispuso que una de sus
escuadras siguiera para El Cacao, me
informó de este movimiento y se mantuvo
a la espera de mis órdenes.
Lo
había mandado a buscar a la escuadra de
Reinaldo Mora, que estaba en El Confín,
y aguardaba también la llegada del
personal que debía enviar Almeida. Ese
día, sin embargo, los acontecimientos se
precipitaron. |