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LA VICTORIA
ESTRATÉGICA
(Introducción)
Capítulos
I l
II
l
III
l
IV
l
V
l
VI
l
VII
l
VIII
l
IX
l
X
l
XI
l
XII
l
XIII
l
XIV
l
XV
XVI
l
XVII
l
XVIII
l
XIX
l
XX
l
XXI
l
XXII
l
XXIII
l
XXIV
l
XXV
La Batalla
de Jigüe, el combate
contra los refuerzos
(Capítulo
18)
Durante los primeros seis días de la
Batalla de Jigüe, mientras se
desarrollaban las acciones iniciales en
el cerco y los dos combates de Guillermo
García en el río La Plata, las fuerzas
rebeldes, concentradas en Purialón en
espera de los refuerzos que debían venir
desde la playa para apoyar a la tropa
sitiada, habían permanecido casi todo el
tiempo ociosas. Solamente tuvieron
ocasión de actuar los días 15 y 16 de
julio en la captura de la mayor parte de
los guardias escapados de la segunda
emboscada de Guillermo el día 14. En una
de estas escaramuzas murió el 15 de
julio, como ya dije, el combatiente
Eugenio Cedeño, Geño, del pelotón
de Lalo Sardiñas. En realidad, casi
todos los soldados prisioneros como
resultado de ese combate fueron
capturados por nuestros hombres en
Purialón, así como la mayoría de las
armas ocupadas.
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Alumnos de la escuela de reclutas
de Minas de Frío, dirigida por el
Che. |
Al
anochecer del propio miércoles 16 de
julio, Curuneaux me informó, en una
notica, haber interceptado varias
comunicaciones enemigas, algunas de las
cuales indicaban que la tropa
concentrada en la playa había recibido
la orden de avanzar en dirección a Jigüe
para romper el cerco de la fuerza
sitiada. No estaba claro si la intención
era reforzarla con la pretensión de que
cumpliera su misión original, lo cual a
estas alturas resultaba totalmente
absurdo o, por el contrario, auxiliarla
a escapar. El caso es que con esta
noticia recibíamos el primer indicio
concreto de que el tan esperado refuerzo
proveniente de la playa estaba ya en
camino.
Esa
misma noche trasladé la información a
nuestros tres capitanes encargados de la
línea de contención del refuerzo en la
zona de Purialón. Según lo interpretado
por Curuneaux, se trataba de un batallón
enemigo que avanzaría desde la playa.
Por eso, en mi mensaje a Cuevas, Lalo y
Paz les decía:
Un
batallón no es nada para ustedes. En
Santo Domingo se destruyó uno con muchos
menos hombres, y Paz ha rechazado dos
veces al ejército con 8 hombres. Ojalá
manden un solo batallón para que quede
prisionero de ustedes.
En
realidad, el mando enemigo no había
dispuesto el envío de un batallón, sino
de la propia Compañía G-4 de retaguardia
en la playa. Pero eso lo sabríamos
después del combate. Nuestra valoración
en aquel momento era que, desde el punto
de vista del enemigo, debía ser obvio a
estas alturas que haría falta mucho más
que un batallón para llegar donde la
tropa cercada y tener alguna posibilidad
real de sacarla. Por eso, la noticia de
que se trataba solamente de un batallón
nos causaba cierta seguridad, a tal
punto que en la respuesta que le mandé a
Curuneaux le decía confiado: "Si nada
más han enviado un batallón, queda en el
camino".
Sería bueno detenerme en las
instrucciones contenidas en el mensaje a
los capitanes de Purialón, a la luz de
lo que ocurrió después:
Es
de suma importancia que el arroyo de
Manacas, que está situado de la parte
[de] allá del alto donde está Paz, esté
tomado por nosotros, para que no
intenten dar un rodeo por allí.
Considero conveniente reforzar a Paz con
una escuadra por lo menos para que con
algunos hombres más suyos, la sitúe en
dicho arroyo a unos seiscientos u
ochocientos metros del camino. Paz que
se sitúe en el lugar más alto posible
del punto que le señalé, tratando de que
los guardias no hagan contacto con él en
los primeros momentos, en cuyo caso, los
del arroyo Manacas deben atacar por el
flanco a los guardias que lleguen al
alto donde está él.
Lo
perfecto es que los guardias crucen sin
chocar con Paz y el combate comience
cuando caigan en la emboscada de Lalo y
Cuevas, para que sean encerrados; ya
ustedes saben lo que pasa cuando eso
ocurre, no hay quien venga a sacarlos.
Lalo y Cuevas, deben tener bien tomados
todos los firmes y altos que ellos
puedan intentar tomar para rechazarlos
completamente.
No
dejen de usar las minas, sobre todo las
bombas de cien libras.
Tomen todas las disposiciones desde bien
temprano para que les alcance el tiempo.
No se preocupen de ninguna otra cosa.
Concentren la atención en la tarea de
ustedes. Es posible que el avión
ametralle primero; eso los hará venir
más confiados.
En
una posdata del mismo documento les
aclaraba: "Quiero añadir que el ataque
de flanco lo puede hacer Paz desde el
alto y la gente del arroyo Manacas desde
abajo".
A
Raúl Podio —posicionado desde dos días
antes en el firme de Gran Tierra, a la
derecha del río La Plata—, le envié
también esa noche aviso del anunciado
movimiento de los guardias, y le
expliqué detalladamente lo que debía
hacer en caso de que una parte de la
tropa de refuerzo intentase avanzar por
ese firme. El meollo de sus
instrucciones era que no podía
retroceder ni un paso, lo cual podía
lograr si actuaba con inteligencia y
coraje.
Mi
mensaje a Cuevas, Lalo y Paz concluía
con estas palabras, que indican la
aspiración que yo abrigaba en ese
momento, y la confianza en que podía ser
alcanzada:
Yo
no he querido mover un solo hombre de
ahí, porque nuestro propósito en esta
batalla decisiva debe ser muy ambicioso,
no sólo rendir la tropa sitiada, sino,
destruir también los refuerzos.
Esto puede ser el fin de Batista.
¡Mucha serenidad y mucho ánimo y buena
suerte!
Esta misma seguridad se refleja en el
mensaje que también esa noche le envié
al Che, a quien siempre había mantenido
al tanto en detalle del desarrollo de
los acontecimientos, y que vale la pena
citar en extenso para que se tenga una
idea precisa de nuestro estado de ánimo
en la víspera de lo que considerábamos
un combate decisivo para el curso
posterior de la guerra:
Al
anochecer interceptamos un mensaje de la
avioneta al jefe de un batallón, al
parecer situado en la playa diciéndole
que avanzara ocupando los puntos llaves,
esto es, las alturas y protegiera el
arria de mulos con un pelotón.
Esta misma noche acabo de enviar
mensajero a Cueva[s], Lalo y Paz
informándole esto. Cuentan entre los 3
con 76 hombres bien armados con una
moral altísima de lucha, buenas
posiciones y están prevenidos. En pocas
ocasiones anteriores, tal vez ninguna,
se esperó al enemigo en mejores
condiciones. Lo que más me atrae de toda
esta operación es la destrucción de los
refuerzos, vengan por donde vengan.
Teniendo la tropa sitiada al borde del
colapso y el gobierno obligado a
socorrerla, nosotros debemos tratar de
convertir esta operación en una batalla
decisiva. Ya el Ejército no puede hacer
más, ha llegado en estos días al límite
de su potencialidad; más bombas, más
metralla, más cohete, más napalm y más
morteros no puede usar; ni tampoco más
columnas; se palpa su impotencia.
Situado tú en el vértice de la Mina y
Camilo en la Plata, con los refuerzos de
Almeida y Ramirito a mano, no podemos
tener mejores perspectivas de victoria.
Me
ocupé de trasmitirle la misma confianza
a Curuneaux —cuya participación en toda
la operación estaba siendo tan
destacada—, en la mañana del día en que
la tropa enemiga de la playa debía estar
ya en movimiento:
Vamos a ver cuál es el resultado de la
batalla contra los refuerzos. Si
derrotamos los refuerzos estos [los
guardias cercados en Jigüe] se rendirán
irremisiblemente con poco esfuerzo de
nuestra parte. Esta es la oportunidad de
hacerle a la Dictadura un desguazo
completo que puede ser su caída. Están
obligados a mandar refuerzos y a los
refuerzos los podemos aniquilar.
El
personal de la Compañía G-4, al mando
del capitán José Sánchez González,
inició su avance desde la desembocadura
del río La Plata a las 6:00 de la mañana
del jueves 17 de julio. Iban apoyados en
su movimiento por el fuego de la fragata
Máximo Gómez, situada frente a la
playa, y por la observación desde la
avioneta que sobrevolaba constantemente
la zona. Durante varias horas los
guardias subieron por el río y las
faldas laterales, en aquellos lugares
donde la pendiente hacía practicable el
avance, sin encontrar resistencia
rebelde.
Alrededor de las 11:00, después de haber
sobrepasado el amplio recodo del río en
Purialón, la vanguardia enemiga chocó
con la emboscada rebelde y comenzó el
combate. El personal de Lalo y de Cuevas
se batió firmemente en sus posiciones,
de donde no podían ser desplazados por
la fusilería y los morteros del
Ejército, y pronto comenzaron a causar
las primeras bajas entre los guardias.
De hecho, a los 15 minutos de combate ya
los dos primeros pelotones de la
compañía habían quedado totalmente
desarticulados, y muchos guardias huían
de manera desordenada.
Esta retirada de los restos de la tropa
enemiga fue posible en gran medida
porque la fuerza rebelde de Ramón Paz,
posicionada en el firme de Manacas, no
se movió durante el combate. Por un
error de interpretación de mis órdenes,
Paz no cumplió con su encomienda de
bajar en dirección al río una vez
iniciada la acción, con el propósito de
cerrar por la retaguardia al enemigo,
impedir su retirada y embotellarlo en un
cinturón de fuego rebelde que lo pusiera
en la disyuntiva de rendirse
íntegramente o ser destruido en su
totalidad. A causa de este error, la
primera acción en Purialón no causó el
desastre previsto para el Ejército.
Sobre este tema volveré dentro de un
momento.
Pero, a pesar de este contratiempo, el
combate del 17 de julio en Purialón
significó una notable victoria rebelde.
En primer lugar, se logró el objetivo
principal: detener el refuerzo e impedir
que llegara hasta el batallón sitiado en
Jigüe.
En
segundo lugar, si bien no se alcanzó
—como ya dije— el propósito de destruir
dicho refuerzo, lo cierto es que la
Compañía G-4 quedó tan vapuleada que
dejó de contar como fuerza oponente. El
primer parte enviado por Cuevas a
nuestro puesto de mando en el alto de
Cahuara, a las 2:20 de la tarde, daba
las cifras de 12 guardias muertos y 14
prisioneros. El conteo final de hombres
capturados, sin embargo, se elevó a 24.
Sin duda, hubo cierto número de heridos
evacuados por los soldados en su
retirada.
En
tercer lugar, hay que destacar el botín
ocupado en este primer combate contra
los refuerzos. En nuestro poder quedaron
nada menos que 34 armas largas: 17
fusiles Springfield, 10 carabinas San
Cristóbal, 4 fusiles semiautomáticos
Garand, dos fusiles ametralladoras
Browning y una ametralladora de trípode
calibre 30, además de 18 000 balas y 48
granadas de fusil. Cayeron, además, en
nuestras manos, casi todos los
suministros para aliviar la situación
del batallón cercado que traía la
compañía en un arria de mulos.
El
personal rebelde no tuvo una sola baja
en este combate, lo cual indica la
calidad de las posiciones preparadas por
Lalo y Cuevas para la emboscada.
Por
los primeros informes recibidos, me
percaté de que la operación no había
funcionado tal y como había sido
planificada. En un principio decidí
esperar por noticias de Paz, pues estaba
convencido de que un jefe tan
responsable, capaz y decidido como él
cumpliría al pie de la letra su misión,
y que, tal vez, lo que había ocurrido
era que había cortado a los guardias
mucho más abajo sin tiempo de informar
el resultado. Sin embargo, en el
transcurso de la noche, al recibir el
informe de Paz, quedó claro que el éxito
completo de la operación no había sido
posible debido a la inacción de esta
fuerza rebelde, que era parte muy
importante del plan. Pero tan persuadido
estaba de las condiciones de este jefe,
que a la mañana siguiente le envié un
mensaje donde le decía que parecía haber
ocurrido una confusión con las órdenes,
le pedía que me mandara mi mensaje de la
noche del 16 en el que estaban
contenidas las instrucciones a él, a
Cuevas y a Lalo, y lo exhortaba a que no
se desanimara, pues aún quedaban muchas
cosas por hacer.
Paz
me contestó esa misma tarde, entre
dolido y disgustado. Su respuesta es
digna de ser reproducida:
La
realidad es que entendimos que me
situara más arriba, pues usted sabe que
yo no soy capaz de rehuir un combate, ni
dejar de cumplir una orden suya aunque
en ella me vaya la vida; pues un hombre
de mi convicción no quiere la vida el
día que se considere indigno de vestir
el uniforme de nuestro glorioso
ejército.
Ahora mi dolor es que no he podido coger
ni
un arma y tengo 9 hombres desarmados.
Mándeme órdenes, pero que sean de
pelear.
Desgraciadamente, Paz había interpretado
mi orden de la noche del 16, en el
sentido de que se situara en lo alto del
firme y no se moviera de allí en
previsión de que una parte de la tropa
de refuerzo enemiga fuese a avanzar por
allí. A su mensaje le contesté de nuevo:
No
tienes que decirme lo que yo sé
sobradamente de tu valor y capacidad de
lucha y de mando porque lo has sabido
probar muchas veces.
Te
pedí mi comunicación para cerciorarme de
la forma en que había enviado las
instrucciones porque a mí me cabe la
responsabilidad de cualquier fallo que
pueda haber. [...] Mi preocupación de
que te situaras en lo más elevado del
pico era pensando en la conveniencia de
que los guardias no fuesen a hacer
contacto contigo antes que con Cuevas.
La instrucción que les dio el avión era
la de ir tomando los puntos llaves.
Nosotros tomamos las precauciones
debidas a la situación. Se esperaba un
ataque en regla y no el envío de una
compañía solitaria que venía como si
estuviera desfilando por el paseo del
Prado. Son cosas absurdas de las que
hace el enemigo.
Mi
intención era que se les cortara por la
retaguardia avanzando desde el alto tuyo
y desde el arroyo Manacas. Si la columna
enemiga hubiese sido muy larga, el
ataque entonces, más que de retaguardia
sería de flanco.
La
retirada de ellos parece también que fue
demasiado rápida, aunque una patrulla
situada en el arroyo Manacas a 600 u 800
metros del camino los hubiera podido
cortar a tiempo.
Hombre de gran vergüenza, Paz estaba
sumamente molesto con lo que había
pasado, pero quise que entendiera que
para mí estaba claro que lo ocurrido fue
consecuencia de una mala interpretación
de mi orden, y que en ningún momento
pensé que fuera resultado de una actitud
de inercia o cobardía de su parte.
Cuando lo vuelvo a leer ahora pienso que
tal vez pude explicarle con más claridad
cuál era su misión y le habría ahorrado
aquella amargura a un hombre tan digno.
Con
la inyección de las armas capturadas fue
posible armar a casi 40 nuevos
combatientes, entre personal que mandé
pedir a Almeida y reclutas de la escuela
de Minas de Frío. El personal desarmado
de los pelotones de Cuevas y Lalo
también recibieron armas a raíz del
combate, con lo que se logró reforzar
más aún la línea rebelde en Purialón y
mover un grupo de 15 combatientes hacia
las posiciones de completamiento del
cerco principal en Jigüe.
Nos
acostumbramos de nuevo a los aviones.
Ellos no podían, sin embargo, atacar a
los que sitiaban al batallón porque
estaban atrincherados muy cerca de sus
posiciones.
Contra la tropa sitiada se emplearon
muchos elementos de acciones
psicológicas que incluían altoparlantes,
arengas, las cartas capturadas a
refuerzos se enviaban con algún
prisionero. Los disparos, incluidos
algunos de la calibre 50, eran
rigurosamente calculados y medidos. Al
final quedaron sin agua ni alimentos.
Ante el desastre sufrido el 17 de julio
con el primer intento de refuerzo del
Batallón 18, el mando enemigo comenzó a
prepararse al día siguiente para un
nuevo movimiento. Esta vez encomendó la
misión al llamado Batallón de Los
Livianos, al mando del capitán Noelio
Montero Díaz. Se trataba de una fuerza
de choque integrada por las Compañías I,
K y L de la División de Infantería, con
sede en el campamento de Columbia —que
hasta ese momento habían actuado en la
zona de operaciones como compañías
independientes—, a las que se sumaron
los restos que pudieron salvarse de la
Compañía G-4. Este contingente no solo
era mucho más numeroso, sino además,
mejor entrenado y equipado que la
compañía derrotada en el combate del día
17. Era la carta de triunfo del enemigo
en esta operación, con la cual pensaban
ilusamente que podrían sacar al batallón
cercado de su desesperada situación. Ese
mismo día desembarcaron en La Plata la
mayor parte de los elementos del
batallón, más unas cuantas piezas de
artillería de 75 milímetros.
Por
nuestros equipos de comunicación
podíamos interceptar todas las
comunicaciones enemigas relacionadas con
la preparación de este segundo y
decisivo refuerzo. Ese día ratifiqué a
los tres capitanes de Purialón las
órdenes anteriores, y avisé también a
Podio que era inminente el nuevo intento
enemigo.
Los
Livianos partieron de la playa de La
Plata poco después de amanecer el sábado
19 de julio, y comenzaron a subir por el
camino del río, en un movimiento casi
idéntico al realizado dos días antes por
la Compañía G-4. En todo caso, el jefe
del contingente desplegó un poco más sus
flancos, sobre todo el derecho, por las
laderas del cañón de La Plata. Esta vez,
sin embargo, el avance enemigo contó con
el apoyo martillante, tanto de la
fragata como de las piezas de artillería
emplazadas en la playa y, sobre todo,
con un redoblado apoyo aéreo. Fue, sin
duda, el día de mayor actividad de la
aviación durante toda la batalla y,
posiblemente, una de las jornadas aéreas
más intensas que presenciamos durante
toda la guerra.
Un
objetivo especial de la aviación eran
las posiciones donde el mando enemigo
suponía, por las informaciones recibidas
de los oficiales y jefes de la compañía
diezmada el día 17, que se mantenía la
emboscada rebelde sobre el río. Desde
las primeras horas de la mañana el
ametrallamiento y bombardeo sobre la
zona de Purialón fue muy intenso. Pero
nuestros combatientes no se dejaron
impresionar y mantuvieron sus
posiciones. Cerca del mediodía, poco
antes del comienzo del combate, una
bomba de 500 libras estalló junto a la
trinchera donde se encontraban los
combatientes Victuro Acosta, El
Bayamés, y Francisco Luna, en la
retaguardia de las posiciones de Cuevas,
y les causó instantáneamente la muerte.
Alrededor de las 2:00 de la tarde, la
vanguardia enemiga chocó con los hombres
de Cuevas en Purialón y se entabló el
combate. Esta segunda acción contra los
refuerzos del Batallón 18 fue una de las
más intensas de toda la guerra. El
enemigo, debidamente preparado y
advertido, ofreció una resistencia tenaz
e, incluso, trató en varias ocasiones de
forzar las líneas rebeldes. Pero cada
vez que los guardias lograban
reagruparse e intentar un ataque, eran
repelidos con fuertes bajas por los
combatientes de Cuevas y de Lalo.
Mientras tanto, Ramón Paz, quien, como
se recuerda, estaba posicionado en el
alto de Manacas en espera del comienzo
de la acción, realizó esta vez de manera
impecable la maniobra prevista desde el
combate anterior y, bajando a toda
velocidad hacia el río, encerró por la
retaguardia al enemigo. Simultáneamente,
algunos de los hombres de Paz, situados
a media falda del firme de Manacas,
intentaron detener el avance de un
pelotón enemigo por ese lugar, pero en
un momento determinado decidieron
retirarse unos metros hacia mejores
posiciones. Fue durante ese repliegue
por un potrero descampado cuando fue
alcanzado y muerto por el fuego de los
guardias el combatiente Roberto Corría,
del pelotón de Paz.
Al
atardecer, después de más de tres horas
de duro combate, los guardias comenzaron
a dar finalmente señales de agotamiento.
Se escucharon entre sus filas gritos de
rendición, mezclados entre el sonido
cada vez más espaciado del fuego
enemigo. Interpretando tal vez que la
tropa estaba desmoralizada y en
situación de rendirse, e impulsado por
el ardor del combate, el capitán Cuevas
salió de su trinchera y comenzó a
avanzar hacia los guardias con la
intención, al parecer, de precipitar la
rendición. Sin embargo, apenas dio unos
pasos fue alcanzado por una ráfaga
disparada desde las posiciones enemigas
y cayó sin vida.
La
muerte de Cuevas desconcertó
momentáneamente a los combatientes
rebeldes y frustró la probable rendición
esa misma tarde del segundo refuerzo.
Fue un revés de consideración, pues se
trataba de uno de nuestros jefes más
audaces y efectivos. Como le escribí al
Che al informarle de los resultados del
primer día de combate: "[...] espero que
se les haya ocasionado a los guardias un
enorme destrozo, pero la muerte de
Cuevas tiene a todos aquí muy tristes y
la casi segura victoria nos resulta
amarga". Esa misma tarde, al conocer la
noticia, emití la siguiente orden:
Se
asciende póstumamente al grado de
Comandante del Ejército Rebelde por su
ejemplar conducta militar y su heroico
valor al Capitán Andrés Cuevas, muerto
en el día de hoy, cuando avanzaba sobre
el enemigo. En lo adelante se mencionará
su nombre con el grado de Comandante.
Márquese el sitio de su sepultura para
construir allí un obelisco que perdurará
con el recuerdo imborrable de todos sus
compañeros de ideal.
Esta orden se cumplió en todos sus
puntos. Hoy la Revolución ha construido
en Purialón, a pocos metros de donde
Andrés Cuevas cayó combatiendo de cara
al enemigo, un hermoso monumento en
memoria de quien fue uno de los más
aguerridos combatientes y de los más
capaces jefes del Ejército Rebelde.
Esa
misma tarde también, después de recibir
los primeros informes de Lalo Sardiñas,
dispuse el envío a Purialón de un grupo
de más de 20 combatientes desarmados que
acababan de llegar, al mando de René de
los Santos, con la intención de que se
equiparan con parte de las armas
ocupadas. A Lalo le comuniqué que
pusiera al pelotón de Cuevas a las
órdenes del combatiente Antonio Sánchez
Díaz, conocido por Pinares, quien fungía
como segundo al mando de esa fuerza.
Después de evaluar la situación sobre la
base de las informaciones recibidas, le
cursé esa noche las siguientes
instrucciones a Lalo Sardiñas:
Este es un momento decisivo. Los
compañeros tienen que llenarse de valor
a pesar de las bajas. Si retrocedemos
habremos perdido la oportunidad de
escribir una de las páginas más
gloriosas de la historia de Cuba; si
resisten nuestros hombres, ese ejército
no podrá avanzar y Batista estará
perdido. Confío en ti que tienes valor y
tienes inteligencia para afrontar la
situación. Si la gente amanece mañana
pegada a los guardias los aviones no
podrán bombardearlos; si continúan
ametrallando por el río, la gente se
puede apartar del camino, pero tomando
precauciones para cortar a los guardias,
si intentan avanzar.
[...] Si en cualquier circunstancia
hubiera que perder terreno, hay que
resistir firmemente un poco más acá. En
ninguna forma debe quedar libre el
camino al enemigo. Yo estoy seguro [de]
que con el destrozo que ustedes les han
hecho hoy esa tropa no avanza. ¡Mucho
ánimo y mucho valor que esta es una
oportunidad para todos ustedes de
escribir una página en la Historia!
El
balance provisional del combate, al
amanecer del domingo 20 de julio, era de
siete muertos y 21 prisioneros enemigos,
más de 20 armas y buena cantidad de
parque calibre 30.06; por la parte
rebelde, cuatro muertos —Cuevas, Acosta,
Luna y Corría— y otros tantos heridos.
Al
segundo día de combate, los combatientes
de Lalo y Pinares, que habían acercado
sus posiciones durante la noche a las de
los guardias, volvieron a rechazar
durante la mañana los débiles intentos
de romper el cerco rebelde. Los hombres
de Paz, por su parte, siguieron
presionando por la retaguardia, aunque
durante la noche muchos guardias
lograron escapar hacia la playa. Al
mediodía, casi 24 horas después de
iniciado el combate, toda resistencia
había cesado. El total de muertos
enemigos se elevaba a 17, y en nuestro
poder quedaban 14 fusiles San Cristóbal,
10 fusiles Garand, dos cajas de obuses
de mortero calibre 81 y un arria de
mulos con suministros.
Pero el resultado más significativo era
que el segundo y último refuerzo al
batallón cercado en Jigüe había sido
rechazado. A partir de este momento, la
suerte de esa tropa quedaba
definitivamente sellada, y con ella tal
vez —pensábamos todos— la suerte final
de la tiranía batistiana. |