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No
queremos pensar en un mundo sin Lucius
Walker
AIDA CALVIAC MORA
La ironía del
mazazo nos estremeció a todos: cuando la
amenaza de guerra nuclear se cierne
sobre nuestras cabezas, uno de los
hombres de paz imprescindibles se nos ha
ido, tras 80 años de verdadero ejemplo.
Ha muerto Lucius Walker, el reverendo
norteamericano que hace casi dos décadas
emprendió una irreversible lucha frente
a la obstinada y cruel política del
gobierno de su país contra Cuba.
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Fidel saluda al líder de los
Pastores por la paz en un
acto en el Memorial José
Martí, el 26 de julio de
2010, durante su última
visita a Cuba.
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Armado de fe y
resistencia, aferrado a las grandes
causas y a la justicia social, Lucius
llegó a esta Patria a pesar de las
detenciones y los golpes de quienes
siempre han temido que se divulgue la
realidad antillana.
Con
anterioridad, dejó su impronta solidaria
en los movimientos de liberación en
África, durante misiones de apoyo a los
patriotas de Guinea Bissau, Cabo Verde,
Angola... Luego en Centroamérica, en
particular en El Salvador y Nicaragua.
Este último destino, según narró en
múltiples ocasiones, inspiraría el
surgimiento de la Fundación
Interreligiosa Pastores por la Paz.
"El 2 de agosto
de 1988, mi hija Gail y yo estábamos
entre otros 200 civiles en un viaje por
el río Escondido en Nicaragua que fue
crudamente atacado por los contras. Dos
nicaragüenses murieron y 49 pasajeros
fueron heridos. Esa noche en el
hospital, mientras recibía tratamiento
por una herida de bala, oré a Dios
buscando una guía espiritual para
encontrar una respuesta adecuada para
tal acto de terrorismo. La inspiración
que Dios me dio fue crear Pastores por
la Paz para llevar caravanas de ayuda
material a las víctimas de la agresión
norteamericana".
Finalmente esta
Isla conquistó sus esfuerzos. En 1991,
en momentos en que diluviaban las
mentiras sobre la Revolución, los
conteos regresivos y los pronósticos
apocalípticos, un diálogo en La Habana
con el reverendo Raúl Suárez, director
del Centro Martin Luther King, impulsó
la idea.
En entrevista
concedida a Granma al año
siguiente Walker declaró: "Al principio
pensamos que nuestra tarea debía ser
enviar caravanas como se hacía con
relación a Centroamérica. Pero mientras
más observábamos la situación, más nos
percatábamos de que los problemas
primarios de Cuba no necesitaban mucho
de nosotros, sino de romper el bloqueo.
Nos dábamos cuenta de que Cuba no
requería la misma ayuda que otros países
porque tenía la capacidad y fuerza para
proveerse a pesar del bloqueo. Nuestra
dirección evaluó el caso y decidió que
nuestra contribución sería luchar para
terminar con el bloqueo".
En 1992 la
noticia de que un grupo de religiosos
recorrió varios estados norteamericanos
y reunió una flotilla de 45 vehículos
para enviar medicinas, materiales
escolares y alimentos a Cuba, fue
considerada por las autoridades una
afrenta, más que un "acto de
desobediencia civil".
La peregrinación
por al menos 90 ciudades tendría su
momento más tenso con la llegada a
Laredo, en Texas, por donde debían pasar
hacia México las 15 toneladas de ayuda
humanitaria. El gobierno les exigía una
"licencia de exportación", sin embargo,
el reverendo había afirmado durante el
recorrido que "no vamos a pedir permiso
a Washington para hacer llegar el
cargamento, porque ello sería reconocer
la legalidad del bloqueo y el derecho
del estado a intervenir en la misión de
la Iglesia".
De nada
sirvieron entonces las advertencias
intimidantes ni los "golpecitos en el
hombro" de más de un funcionario del
Departamento del Tesoro o de la Aduana.
Los hombres y
mujeres de Lucius Walker, emulando la
determinación de su líder, se
mantuvieron firmes en su voluntad de
pasarlo todo y no solamente la parte
permitida por la legislación
norteamericana, amén de que la violación
del bloqueo podría acarrearles sanciones
de hasta 250 000 dólares de multa y diez
años de prisión, riesgos que decidieron
asumir.
Algunos miembros
de la caravana pasaron a pie, llevando
consigo hasta el lado mexicano aquellos
productos que las regulaciones no
consideraban ayuda humanitaria. Entre
ellos, un sillón de ruedas que Lucius,
el primero en cruzar, trasladó con un
letrero que demandaba: Let Cuba live.
Lift the embargo (Dejen vivir a
Cuba. Levanten el bloqueo).
Aquel primer
paso sobre el puente fronterizo le valió
un arresto de diez horas, pero ya la
suerte estaba echada.
Mil novecientos
noventa y tres fue el año de la segunda
caravana, y los obstáculos, lejos de
disminuir, volvieron a poner a prueba su
firmeza y su condición de hombre de fe.
Esta vez los
funcionarios de la aduana incautaron un
pequeño ómnibus amarillo de transporte
escolar, bajo el insólito pretexto de
que podría ser utilizado para trasladar
tropas cubanas, y fue el ayuno
prolongado la respuesta de varios de los
miembros de la caravana, a pesar de que
por las altas temperaturas de Laredo
—por encima de los 40 grados—, la huelga
de hambre era aún más peligrosa. Otra
vez Lucius Walker, otra vez la moral y
el ejemplo. La carta que dirigiera al
presidente William Clinton, redactada el
decimotercer día de ayuno, quedó como
constancia de ello: "nuestra resolución
de continuar enarbolando los derechos de
los pobres y desposeídos a recibir ayuda
religiosa y médica, sin interferencias
del gobierno, permanece invariable".
El ómnibus
amarillo, liberado tras 22 días de
huelga de hambre, se convirtió en
símbolo del espíritu combativo del
reverendo, que pocos años después, en
1996, lideró una manifestación parecida
por más de 90 días, para exigir la
devolución de 395 computadoras que les
fueron arrancadas por la fuerza a los
miembros de la caravana.
Lucius fue
condecorado con la orden Carlos J.
Finlay por la contribución de aquellos
equipos a modernizar nuestro Sistema de
Salud; distinción que le fue impuesta
por el Comandante en Jefe Fidel Castro,
quien afirmó en aquella oportunidad que
"la ética, la moral y la fe no pueden
ser destruidas".
Además, Cuba
otorgó al reverendo la Orden de la
Solidaridad, y la Medalla de la Amistad
a su organización como muestra de
respeto y admiración a su reiterado
apoyo a la Isla.
También, a
partir de la humanista iniciativa de
Fidel de posibilitar que jóvenes del
continente y de otras naciones vinieran
a estudiar en la Escuela Latinoamericana
de Medicina, más de 100 jóvenes de los
barrios más pobres de Estados Unidos
—bajo la coordinación de Lucius Walker—,
se forman como galenos en Cuba. De ellos
ya se han graduado varias decenas.
Más de 20
caravanas han llegado a estas tierras
con su carga moral y material, y
Pastores por la Paz —que refleja en
buena medida la composición de los
estadounidenses—, ha contribuido a
introducir dentro de la psicología
social de parte de la población, la
necesidad de luchar contra el bloqueo y
de un acercamiento constructivo entre
ambos países. Al decir de su líder:
"Cualquier cosa que nosotros hagamos es
en primera instancia una respuesta al
amor que Cuba ha brindado al mundo.
Nuestra solidaridad está basada en la
importancia que tiene mantener su
ejemplo. No me gustaría pensar en un
mundo sin Cuba".
Los cubanos, en
agradecimiento, tendríamos que decir que
no queremos pensar en un mundo sin
Lucius Walker.
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