| 17
de septiembre de 2002
Nunca he
sentido tan cerca la dignidad de nuestros pueblos como esta
noche
Palabras del
intelectual mexicano Carlos Montemayor, en el acto homenaje
por el aniversario 192 del Grito de Dolores
Comandante en
Jefe Fidel Castro Ruz;
Miembros del Gobierno de Cuba;
Cuerpo Diplomático;
Mexicanos aquí
presentes;
Amigos
cubanos y, sobre todo, hermanos artistas, cantantes, músicos,
danzantes, jóvenes de las Escuelas de Trabajo Social y
particularmente de las Escuelas de Instructores para las
Artes, que me han sorprendido cuando estaba por entrar aquí
en el teatro, los centenares, quizás millares de estudiantes:
Permítanme,
entonces, compartir el mensaje que traigo para ustedes, y les
confiese a esos jóvenes que la vida es compleja, pero
conforme se va haciendo más plena se torna quizás sencilla.
La clave de nuestra vida, conforme llega a ser plena, tiene
una palabra muy breve: amor. Amor por la mujer, el hombre, el
destino; las mujeres, los hombres que amarán; sus hijos que
amarán; sus padres, sus abuelos, su trabajo, su vocación, la
Patria.
El amor es lo
que nos define, porque nos completa. Pero todo ser humano
cuando llega a esa plenitud, o cuando va llegando a esa
plenitud y de amar lo que más profundamente ama, de llegar a
tocar con su ser, con su vida entera, con su sangre ese amor
que lo transforma y lo convierte en un ser humano total, ese
amor se expresa no solo con las caricias, con la cercanía,
con el tacto —no siempre podemos estar cerca palpando y
tocando, no—, se expresa con la danza, con la palabra, con
la música, con el arte, con el cine, con el canto. No hay
misión más profunda, más intensa, más pura, más limpia
que esta expresión cultural del ser humano, que esa expresión
artística y cultural de nuestros pueblos.
Mucho éxito,
mucha plenitud les deseo a ustedes, porque son portadores de
un mensaje de felicidad para todo su pueblo, que esté en su
mano, en su vocación, en su honestidad, en su vida artística
hacer feliz a este país que tanto amamos los mexicanos. Que
su propio arte los haga amar más a esta tierra. Y no sé los
destinos, pero que les dé también la oportunidad de hacer
felices a muchos otros compañeros de nuestro Continente, a
muchos mexicanos quizás, a muchos brasileños, argentinos,
chilenos, franceses, no sé. Que su alegría y felicidad
lleguen a todo el mundo.
Permítanme
decirles, pues —y es un gran honor el dirigirme a ustedes en
un momento tan fundamental para mi país—, que en 1810, en
Dolores, se convocó ya avanzada la noche del 15 de
septiembre, al pueblo de México a una de sus más
extraordinarias luchas: la guerra de independencia.
Desde hace
muchos años celebramos ese grito de libertad y dignidad.
Hidalgo, Allende, Abásolo, Aldama, son los nombres de los
primeros combatientes caídos. Fueron acosados, reprimidos,
asesinados. Sus cabezas estuvieron expuestas en una fortaleza
de la ciudad de Guanajuato como escarmiento para todo
guerrillero que se atreviera a enfrentar el dominio colonial y
defender la libertad de la patria. Después de su lucha, después
de su muerte, muchos más tuvieron que combatir y morir antes
de que se hiciera realidad la independencia de México.
Es decir, los
mexicanos celebramos desde hace varias generaciones el inicio
de un esfuerzo y no su conclusión o cancelación. Celebramos
el inicio de un esfuerzo por la libertad, no el inicio de la
libertad misma. Es como recordar el inicio de un esfuerzo que
una y otra vez debía recomenzar tenazmente, de una gesta que
requirió más sacrificios que la vida misma de quienes la
iniciaron. Muchos después lucharon para hacer verdadera la
libertad, para que después la libertad fuera para todos y
gracias a todos. Es, repito, celebrar el inicio de un esfuerzo
por la libertad, no el inicio de la libertad misma. Es
recordar algo no conquistado, sino un primer esfuerzo que debía
continuar.
La libertad no
es solo un reducto de la memoria, una gesta del pasado, un mérito
de los antiguos. La libertad es un ejercicio diario. Tenemos
que construirla día con día. Si fuimos libres ayer, debemos
serlo nuevamente hoy. Si no lo hemos sido, hoy, entonces,
debemos serlo por vez primera. Se es libre cada día, siempre,
por vez primera.
Porque la
dignidad de nuestros abuelos o de nuestros padres no asegura
hoy nuestra dignidad. Cada generación tiene el compromiso con
su propia dignidad. Cada día la dignidad debe permanecer. Su
claridad, su pujanza, su júbilo, acrecienta la fuerza del
poeta, del artista, del trabajador, del político, del diplomático,
del maestro. La dignidad se acrisola con el paso de los días,
de los años, de las luchas, de las dudas, para no pisotear lo
que orgullosamente fuimos, para que nadie se vuelva contra sí
mismo y contra lo que amó, contra lo que respetó, contra lo
que aspiraba ser.
Celebro
profundamente ahora estar en Cuba. Recordar hoy, aquí, la
gesta de la dignidad de México, la gesta de su Independencia.
Los pueblos de Cuba y de México han estado unidos durante
muchas generaciones por su música, su canto, su danza, sus
poetas, sus luchadores políticos, su mesa, sus sueños, su
arte. Nunca he sentido tan cerca la dignidad de nuestros
pueblos como esta noche. Porque hoy, particularmente, el grito
de independencia es un ejercicio de dignidad, una demostración
de libertad, una prueba irrebatible de que la dignidad y
libertad de nuestros pueblos, de nuestros creadores, de
nuestra memoria, no están sujetas al capricho.
La grandeza de México
no solo se expande en su territorio y en la memoria de sus
gestas libertarias. También en el corazón de los mexicanos
que se encuentran en cualquier territorio del mundo. Y se
engrandece ahora con el corazón de los cubanos que nos
reciben y que con nosotros recuerdan esa gesta. Cuba se
engrandece esta noche extendiendo su mano a estas fiestas. Se
engrandece y se expande también en los corazones de los
mexicanos que aquí nos encontramos, en los corazones y las
convicciones de los mexicanos que en México y en otras partes
del mundo saben que aquí estamos.
¡Viva México!
¡Viva Cuba!
¡Vivan la dignidad y la libertad de nuestros pueblos!
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