| 17
de septiembre de 2002
Semejante
identidad de sentimientos, de emociones, de historia, no se
borra por decreto
Palabras de
la actriz mexicana María Rojo en el homenaje del pueblo
cubano al aniversario 192 del Grito de Dolores
Comandante Fidel
Castro;
Señoras y señores, amigos de Cuba y México que nos acompañan:
Participo en
este significativo acto, con un cúmulo de emociones mixtas,
intensas, y también, por qué no decirlo: encontradas.
Celebrar
aquí, en La Habana, con ustedes, el aniversario del inicio de
nuestra lucha por la independencia, es no solo un raro placer,
sino también un privilegio. Privilegio, sí, porque me
permite expresarles el enorme cariño que incontables
mexicanos sentimos por su gente y por su patria, cariño que
nace de la afinidad, de la inmensa simpatía, de la seducción
al grado de hechizo que existe entre nuestros pueblos consanguíneos;
que tiene sus raíces en una historia colonial común, en el
embeleso mutuo, en la similitud de las culturas, en la
semejanza de nuestras gestas libertarias.
Unos y otros,
tal parece, tuvimos que expresar nuestras ansias de libertad,
democracia e independencia, a gritos: allá en el batey de La
Demajagua ustedes, con el de Yara; con el de Dolores nosotros,
en nuestra tierra. Esos gritos libertarios y redentores fueron
seguidos y apuntalados por el derramamiento, abundante y
generoso, de la sangre de nuestros héroes; mambises o
insurgentes, patriotas ilustres todos ellos. De Céspedes y
Maceo, Allende, doña Josefa Ortiz, La Corregidora, Máximo Gómez
e Hidalgo, Morelos y Martí se funden, al final, en uno solo.
Son los héroes que nos dieron patria, que sentaron los
fundamentos de una Cuba y de un México modernos, si bien para
llegar a esa etapa hubo que librar, aún, numerosas y
encarnizadas batallas en contra de las más sanguinarias y
crueles tiranías de que se tenga memoria, arraigadas en
nuestras sufridas tierras; en contra de abyectas
intervenciones y de espurios intereses extranjeros; sacudirse
la oprobiosa Enmienda Platt, apurar el trago amargo y
desastroso de la pérdida de más de la mitad de nuestro
territorio.
Semejante
identidad de sentimientos, de emociones, de historia, no se
borra por decreto; no se puede, es sencillamente imposible,
anular de un solo plumazo el latido común de nuestra gente.
Pienso en nuestros millares de compatriotas en todo el mundo,
como aquellos que se ganan penosamente el sustento de cada día
en el corazón mismo del imperio, sin dejar de tener presente
un solo instante a la patria, a la suave patria tan cercana y
tan lejana; aquellos a quienes se ha despojado hasta de ese
pequeño gran consuelo que supone la celebración de los
festejos patrios en tierras extranjeras. Por razones de
presupuesto, nos señalan. Por mezquina vendettas personales
afirmamos otros.
Pues bien, eso
no lo aceptamos. Si hoy estoy aquí, es porque casi antes de
nacer, diría, he estado en desacuerdo con las prácticas
imperialistas, que desde los inicios de nuestra vida como
naciones independientes han pretendido imponernos sus políticas,
su modo de pensar, de sentir, y de vestir, su forma de
gobierno, sus costumbres, creencias y cultura, su dieta y
hasta su manera de hacer el amor.
Esta mentalidad
imperial se ha exacerbado hasta límites inconcebibles,
inaceptables, a raíz de los trágicos, desde todo punto de
vista condenables actos de terror del 11 de septiembre. Esos
atentados, lamentables e inhumanos, han servido sin embargo de
pretexto para desatar una cruel guerra de venganza y
exterminio contra un pueblo lejano, en la práctica inerme, y
a todas luces ajeno a los hechos. Han servido de excusa para
pretender imponer, con la sola razón de la sinrazón, la de
la fuerza, la total hegemonía del país más poderoso del
mundo sobre la faz de la Tierra.
El miedo y el
falso patriotismo desatado por lo atentados, ya nos lo dijo
Chomsky, han sido explotados para avasallar al mundo. Con esa
misma justificación tramposa se prepara ahora otra guerra,
confrontando incluso la mejor opinión de sus propios aliados,
en contra de una nación a la cual le ha sido colgado el
sambenito de villano global, de malhechor de tiempo completo.
La absurda
división del mundo entre buenos y malos, el inaudito concepto
de un eje del mal , en la mejor tradición del peor cine de
Hollywood, nos ubica a todos al borde del abismo. Con
nosotros, o en contra nuestra: la falaz y amañada disyuntiva
es inadmisible.
Sin embargo, no
todo es irracionalidad. Abundan las voces, aun en las entrañas
mismas del monstruo —permítaseme esta pequeña licencia—
que llaman a la cordura y al entendimiento.
Afortunadamente,
como siempre, está la voz de Cuba, que nos ha suministrado
pasaporte de dignidad a todos los latinoamericanos; este entrañable
caimancito ubicado en pleno Caribe, inamovible y desafiante, a
solo 90 millas del poderoso imperio, que no desperdicia
oportunidad de hacerse oír en todos los foros, abogando por
la legalidad, por el derecho de los pueblos, y en contra de
las políticas depredadoras que pretenden subyugar a las
naciones débiles, sojuzgar a los países emergentes, cuyo único
pecado es pretender el bienestar de sus ciudadanos.
La dignidad,
Comandante Fidel Castro, como usted bien nos lo ha demostrado,
ni se compra ni se vende. Es el arma que nos queda reservada a
los pobres de la Tierra para hacer valer nuestros derechos; es
por ello que estamos en deuda con usted y con su valeroso
pueblo, que ha sabido mantener en alto los valores
primordiales de humanidad y humanismo en estos tiempos del cólera,
a la hora de los hornos.
Le debemos,
Comandante, tantas otras enseñanzas; en materia de política,
de economía, o en la del sutil manejo de la diplomacia.
Recordemos, por dar tan solo un ejemplo, cuánto tiempo ha que
declaró usted de manera tajante, contundente, que la deuda
externa —eterna— de los países tercermundistas, era
simple y llanamente impagable. Hoy, contemplamos atónitos e
impotentes cómo el Cono Sur se debate en medio de la más
tremenda crisis económica, y nos dan ganas de gritar como
Mafalda: "¡paren el mundo, que quiero bajarme!",
pues bien sabemos que esto es apenas el comienzo.
¡Cómo no vamos
a llorar por ti, Argentina!
Cuba no es solo
de los cubanos, como no lo es México solo de los mexicanos.
América toda, la continental y la insular, la del Siglo de
las Luces, la que dio paso "...al cuarto día en el
primer capítulo del Génesis", dimensionando nuevos
continentes, mares y océanos, esa, nos pertenece a todos. Una
América donde forzosamente ocuparán su legítimo espacio
nuestros vejados pueblos indios, donde el derecho predomine
sobre la fuerza, y donde Libertad y Justicia siempre se
escriban con mayúscula.
En los tiempos
por venir, hemos de sustituir el nefasto enunciado del Destino
Manifiesto por el acariciado Sueño Bolivariano.
Les agradezco su
atención y su paciencia, y no me queda más que concluir con
un reconocimiento sincero por su amistad y por su cálida
hospitalidad de siempre.
¡Viva Cuba! ¡Viva
México!
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